Cuadernos Socialistas. N° 07


Honduras entre la vida (revolución) y la muerte (régimen demo-fascista)

Febrero del2010

 

Introducción

 

Cuando el 28 de junio, por la mañana, temprano, aterrizaba en el aeropuerto internacional Juan Santamaría de Costa Rica, el avión militar yanqui que había partido de la base militar gringa Palmerola, en Honduras, se iniciaba uno de los proyectos políticos más descabellados de las últimas décadas.

La personalización de tal proyecto fue la figura de Manuel Zelaya Rosales, presidente de la República de Honduras, bajando del avión, casi en calzoncillos por cuanto había sido depuesto, pocas horas antes, por los militares que lo sacaron de la cama, en un golpe de estado que, a muchos, les hizo preguntarse si así era, dado que se mostraba como una caricatura de lo que se conocía como tales en la historia latinoamericana de los últimos cincuenta años.

El paroxismo de tal atipicidad estuvo retratado en la figura del presidente de Costa Rica –casi en camiseta, como correspondía- esperando al depuesto que, sin embargo, fue recibido como si estuviera en pleno y absoluto ejercicio de su mandato.

El punto nodal de tal desaguisado político-militar-diplomático, lo dieron casi al unísono, como si hubieran dormido juntos la noche anterior, doña Hillary Clinton y don Oscar Arias Sánchez, llamando –urbi et orbe-a reconocer al gobierno electo en las elecciones del domingo 28 de noviembre llevadas a cabo bajo la atenta y falcónica mirada de un tal Micheletti, reemplazante de don “Mel” Zelaya, en el trabajoso desempeño de una función que suele calentar la poltrona presidencial. Por todo ello, por los vericuetos por los que anduvo, por las idas y vueltas que dio, por las presiones que ejercieron algunos algunas veces y las no-presiones que ejercieron otros en otras veces, decimos que fue un proyecto político descabellado. Descabellado sí pero con aviesas intenciones porque, recordemos, la lucha de clases no se caracteriza por la racionalidad científica y que la moral está muy por detrás de los intereses de clase y, por lo tanto, las conductas de los actores sociales no están regidas por la moral y la ética.

 Es muy poco común hablar en los términos que estamos empleando. Pero, acaso, en el terreno de la política cotidiana y su vaporoso correlato diplomático, ¿se conoce de algo tan falto de lógica y de sesuda decisión, que en su andar mostrara la empírica construcción de una respuesta casi siempre errática, a tientas y a ciegas, para desembocar en una incertidumbre mayor?

 

Tomemos como punto de partida el triunfo electoral de Barack Obama. Digamos, como ligero repaso de los antecedentes políticos y militares, que su predecesor, de ingrata memoria, construyó, para EEUU y para el sistema capitalista en su conjunto (valga la redundancia) un rosario de desastres como pocas veces se vio. Aclaremos, una vez más, que tal ex presidente fue un reflejo de sus escasas calidades para desempeñar el ejecutivo de una potencia mundial, pero que, a su vez, lo fue de un sistema, de un orden económico-social, que cada día está más agotado.

Ante tan desgraciado panorama, Obama apareció como un hálito de aire fresco. Para algunos -de todo pelaje ideológico- pero no para nosotros. El papel que debía (y debe) desempeñar Obama es el de quien, en nombre del cambio, persigue el reforzamiento del estado de cosas existente. Gatopardismo, se le suele llamar a esa conducta política. A nosotros no gusta llamarla senilidad burguesa es decir, en la fase imperialista de la existencia del capitalismo, en un sentido objetivo, medido en términos del desarrollo de las fuerzas productivas, éste se encuentra con la debilidad propia de cualquier organismo, en condición de senilidad.  (Ver el anexo I, editorial de propuesta Socialista del mes de julio del año 2008).

El señor Obama, una vez en el poder, debió encarar -con toda urgencia- una política que le ilusione poder salir del pantano asiático en que está metido: la cuestión israelo-palestina, Irak, Irán, Afganistán, Pakistán. Es un complejo político-militar (en ese orden) que se desplaza a lo largo del eje horizontal del continente asiático y que se detiene (a medias) ante la muralla china.

Contra todo lo que se opina, no está en juego la conquista de recursos naturales, en especial el petróleo; si eso ocurre bienvenido, pero no es el verdadero objetivo. Lo que se persigue (y la mejor demostración está dada por la confluencia de fuerzas militares diversas: gringas, OTAN, ex bloque socialista, algunos gobiernos “tercer-mundistas”  y lo emergentes: Brasil, Rusia, India y China), es la derrota política, con medios militares, de un movimiento de masas que, desde hace décadas, no permite construir un nuevo orden mundial (como gustaba decir el ex presidente Bush padre, también de ingrata memoria) independientemente de la ideología que sustente y de las direcciones políticas que posea dicho movimiento de masas.

Enfocado en tratar de encontrar (valga la poco ortodoxa conjunción de infinitivos) alguna “respuesta posible”, muy poca pelota podía darle a otro tema candente que tiene en agenda: la situación política latinoamericana. En ese sentido, podemos afirmar, en principio, que Honduras aparece como un ensayo político, un “test” para saber hasta donde se puede confiar en el movimiento de masas latinoamericano; pero también nos dibuja a unas burguesías que, en nuestros países, están dispuestas a explorar caminos “propios” para garantizar su supervivencia y el disfrute del poder. Aunque, siempre, todas esas burguesías más la imperialista, están con la brújula perdida.

Examinemos un poco esto último.

 

 Latinoamérica no es fiable

 

Luego del desastre (para los trabajadores, empleados, pequeños productores, sectores sociales y políticos contestatarios, etc.) que llevaron adelante las distintas dictaduras de nuestros atrasados países, apareció la “política de recuperación de la democracia” (como gustan decir los burgueses y los “progres”) y que nosotros definimos como política de reacción democrática. Según aquellos apologistas, en toda la región latinoamericana se establecieron regímenes democráticos y se recuperaron derechos conculcados de diversa índole: políticos, humanos, sociales, de respeto a la diversidad, de igualdad real, etc. Para nosotros, en cambio, una vez llevada a cabo la masacre que hizo imposible la aparición de gobiernos democrático-burgueses dirigidos por sectores populistas, pequeño-burgueses, o burgueses advenedizos (aclaramos de una vez que, según nuestro entender, las corrientes políticas que  dominaron en la izquierda en los 60 y los 70, no eran socialistas revolucionarias ni tenían interés alguno en establecer gobiernos orientados al socialismo) tanto la burguesía imperialista como el grueso de las burguesías locales se dieron un baño de santidad y proclamaron el “nunca más” con el que pretendieron dar atolillo con el dedo al conjunto del movimiento de masas de nuestra geografía; al decir del ex presidente argentino Alfonsín, “… con democracia, se come, se educa y se vive…”

Toda esa anestesiante borrachera pseudo-democrática, coincidió con otro fenómeno político de campanillas; la caída del “socialismo real” y la destrucción del muro de Berlín. Tan grande fue la borrachera, que se afirmó (y no sólo por los escribas burgueses) que el capitalismo se había impuesto sobre el comunismo y que nada ni nadie lo haría desaparecer de la faz de la tierra; (también aquí nos diferenciamos: para nosotros esos hechos reflejaban la profundización del carácter agotado del capitalismo y una acentuación de su senilidad. Recordemos que el estalinismo buscaba la coexistencia pacífica con el capitalismo; no pretendía superarlo con el socialismo, entendiendo éste como sistema).

Pero una cosa son las direcciones políticas y otras las decisiones políticas que asumen los desposeídos. Es llamativo, por lo menos, que el continente se encuentre cruzado por expresiones y experiencias políticas que no se caracterizan por su condición adocenada, precisamente.

Sin entrar a hacer grandes caracterizaciones (más luego entraremos a ese aspecto) hay que ser serios y dar una explicación al hecho político, inédito en Latinoamérica, de que personajes como Lula, Chaves, Tabaré Vázquez, los Kirchner, Bachelet, Evo, Correa, Ortega, Funes, Colom, Zelaya, hayan llegado a la presidencia de sus respectivos países sobre los despojos de los partidos tradicionales y con un heterogéneo discurso político que va desde la socialdemocracia rosado-amarillenta (Bachelet) hasta el locuaz exponente del socialismo siglo XXI (Chávez), o de tan diferente origen social como lo son el obrero metalúrgico Lula y el hacendado Zelaya. Tan importante es que, en toda la América Latina continental, tan solo cinco presidentes comparten y siguen a pie juntillas las políticas de la burguesía imperialista yanqui: Calderón, Arias, Martinelli, Uribe y García. Por eso, el ALCA no tuvo éxito (lo que no quiere decir, necesariamente, que el ALBA, sí lo tuvo).

Para el señor Obama la situación es, verdaderamente, cuesta arriba. Es cierto que se lo buscó y que, gustosamente, se presta a salvarle la ropa a este capitalismo con el agua al cuello; pero, menudo trabajo es.

Más claramente: el sistema capitalista está agotado; el agotamiento es creciente y su conducta tiene claras manifestaciones de senilidad; senilidad, no Alzheimer, porque todavía no se olvidó de su existencia plagada de intervenciones militares de toda índole y porque, además, las defiende como “guerras justas”. Estamos avisados y, a su vez, notificados de que las guerras de los pueblos son injustas. Por lo tanto, la resistencia de las masas llamadas árabes y de las multiétnicas masas de América Latina, son injustas. Y no lo son porque al frente tengan direcciones acusadas de ser terroristas que en nombre de Ala reivindican el atraso ancestral o porque otras direcciones se proclamen socialistas del siglo XXI aunque son tan populistas y defensoras del capitalismo con rostro humano como lo fueron Perón, Nasser, Nehru o el guerrillerismo latinoamericano de los años 70. No, esa resistencia es una guerra injusta (según lo entiende la burguesía) porque esas masas no se dejan dominar por una decadente clase dirigente que tampoco puede y, por lógica consecuencia, avizora que el peligro de revoluciones es un peligro cierto.

En Honduras, esta contradicción entre el movimiento de masas y sus direcciones es más que evidente. Mientras las masas se muestran incansables, su dirección (Mel Zelaya) y sus cuadros medios (los dirigentes del Frente de resistencia) se transforman en la valla inexpugnable para que aquella resistencia evolucione a esa categoría superior que se llama Revolución (que no necesariamente debe ser socialista). Es cierto que hay una correspondencia directa entre la conciencia de tal movimiento y el carácter más o menos tramposo, más o menos progresivo de su dirección. Pero recordemos que la conciencia es el epifenómeno de las condiciones de existencia. Mal podemos entonces -a menos que seamos charlatanes- exigir a ese movimiento de masas que tenga conciencia revolucionaria cuando sus condiciones de existencia son el producto de la clase dominante. No olvidemos, por otra parte, que toda revolución no es otra cosa que un acto de desesperación (“lo único que se puede perder son las cadenas”).

¿Cómo manejar tan complicada ecuación en tiempos de crisis global, por todos lados y de todo tipo? Esa es la cuestión.

 

Complejidad histórica. Respuestas complejas, toscas, enmarañadas.

 

Si bien no hemos vivido aquellos intensos tiempos en el que el feudalismo peleaba como gato panza arriba contra la pujante y adolescente burguesía, nos sentimos tentados a relacionar los tiempos actuales con aquellos. No porque creamos que el socialismo se muestra pujante o a la vuelta de la esquina, sino porque lo que sí está presente, viva, es la revolución (que no necesariamente es o deba ser socialista) y lo que está en la adolescencia (la segunda, en realidad) es el socialismo que, después de la desfiguración a que se vio sometido por los socialdemócratas, los stalinistas, los populistas, los guerrilleristas y los trotsko-stalinistas (producto híbrido entre la “teoría” trotskista y la práctica política stalinista, enemigo de la lucha teórico-ideológica, economicista, obsesionado por la conquista de aparatos políticos y sindicales, partidarios del verticalismo dentro de sus grupos o partidos y de sustituir al movimiento de masas en la lucha política) en distintos momentos de las últimas ocho décadas, está recuperando la memoria histórica, rehace (a los tumbos, es cierto) su superestructura a la vez que el movimiento de masas, a puro empirismo ante la ausencia de dirección política socialista revolucionaria –de dirección consciente- reconstruye sus organismos de lucha. Ese es el proceso que la burguesía debe abortar para garantizarse la reproducción del capital tan venida a menos desde los 70s’ y, con ello, la sobrevivencia del sistema.

A la burguesía no le interesa el cambio climático, la sistemática destrucción de los recursos naturales, el abatimiento de los recursos humanos, las llamadas crisis energética, alimentaria, del agua, etc. Lo único que le interesa es recuperar la seguridad de la reproducción del capital y para ello, lo primero, lo fundamental es la seguridad de que las masas no les echarán a perder los banquetes con que viven soñando los últimos tiempos.

En medio de ese caos, la política burguesa dispara diferentes intentos políticos para ver cual puede dar en el blanco. Hillary Clinton y Obama recorren el mundo asiático para descomprimir esa zona. Brasil asume en plenitud el papel que le asignaron de sub-imperialismo de paso firme (México, por sus problemas con el narcotráfico y por las consecuencias sociales derivadas de quince años de TLC con los yanquis, dio un paso al costado). Martinelli en Panamá se asocia con Uribe en Colombia para encabezar la recuperación beligerante y a tambor batiente contra la Latinoamérica girada a la izquierda. Oscar Arias Sánchez quiere un nuevo rol mediador en Centroamérica y sigue (no porque sea un lacayo sino porque esa es su más profunda convicción) la misma política de la versión pública de la diplomacia yanqui. Decimos, y afirmamos, que la versión secreta de la diplomacia fue la que dio el OK a los militares hondureños en la medida que el empresariado, los grandes hacendados, la cúpula de las iglesias católica y evangélica, asentados en la clase media de ese país, lleven adelante el plan-ensayo para encontrar la respuesta a la irreverencia del movimiento de masas hondureño en particular y del subcontinente en general.

Decimos del movimiento de masas hondureño porque, según nuestra forma de analizar la política, en Honduras se vive una revolución democrática.  Esa coyuntura explica la persistencia de la resistencia hondureña, el altísimo abstencionismo (55%) en las elecciones del 29 de noviembre, las características externas no clásicas del golpe de estado, la prontitud con que la OEA, la ONU, y otras instituciones internacionales de menor cuantía, se pronunciaron por la restitución de Zelaya aunque para ello tuvieron que pagar el muy caro precio de ser despreciados y tomados para el vacilón por los detentadores del poder en la hondureña banana republic. Esa coyuntura explica también el doble juego (público y privado) de los yanquis y que en los últimos tiempos haya sido elevada a pública parte de la conducta secreta. También explica el papel de Brasil y su doble juego (fogoso apoyo a Zelaya y contención diplomática de cualquier intento de estímulo al movimiento de masas vía el “asilo no formal” en la embajada). También explica el salto argumental de don Oscar Arias desde “Sr, Presidente” dado a Manuel Zelaya el 28 de junio al caritativo “hay que reconocer al gobierno salido de las elecciones para que el sufrido pueblo hondureño no sufra mucho más”.

 

El demo-fascismo

 

El presidente Obama [premiado -ungido- con el Nobel de la Paz al igual que terroristas como Henry Kissinger (1973) y Menahem Begin (1978) o sufridos representantes de ancestrales depravaciones como Rigoberta Menchú (1992) y N. Mandela (1993) (que nuca entendieron la relación entre el sistema capitalista y la colonización o semicolonización de los pueblos atrasados) o verdaderos y respetables luchadores por La Paz como  Linus Pauling (1962) y Adolfo Pérez Esquivel (1980) (que nunca pudieron entender que las guerras son consustanciales con sociedades basadas en la expropiación privada del producto del trabajo humano en beneficio de las clases en el poder)] es el elegido para lograr el añorado “nuevo orden mundial”. De no lograrlo, será un verdadero fiasco para la burguesía imperialista.

La táctica que desplegará Obama tiene tres fases o momentos:

1) amparado en la popularidad que tiene dentro y fuera de EEUU, articular acuerdos entre potencias imperialistas, entre países emergentes con algún peso internacional real o inflado, entre países atrasados con una clase burguesa dirigente deseosa de mieles y fortunas, entre los sectores que encabezan a las partes en conflicto, etc. Tomará (para consumo interno y para propaganda externa) algunas medidas democráticas (pocas, en realidad) con lo cual enmarcará sus gestiones diplomáticas tendientes a lograr tales acuerdos;

2) ir anudando acuerdos militares a lo largo y ancho del planeta para reforzar la primera fase y preparar la tercera. También hacer despliegues militares de entrenamiento y con propósitos disuasivos y de amedrentación a la vez que desarrolla tecnologías militares de enésima generación y de empleo para la guerra (incluidos materiales que pueden ser empleados como fuentes de energía) con vistas a la preparación de esa tercera fase;

3) estudiar con toda meticulosidad cual es el más adecuado escenario y el mejor enemigo para llevar adelante la guerra inconclusa ya que las primera y segunda guerras mundiales, no dieron lugar a ningún orden mundial estable. El New Deal y la estrategia de guerra de Franklin Delano Roosevelt (más ésta que aquel), aparecen como el manual de cabecera, lo que no quiere decir que sus aspectos tácticos se repetirán a pies juntillas.

En medio de ese verdadero galimatías se elabora, con premeditación, con alevosía, con total empirismo, el plan Honduras. Se elige este país después que aquella payasada intentada en Guatemala no pegó, por ser el eslabón débil de esa Latinoamérica “izquierdizada”. En otros países intentan crear las condiciones “democráticas” para poder golpear; así en Chile aparece, ganando la primer rueda electoral, Piñera, amigo y consejero económico de Pinochet; en Argentina, Macri, bendecido por los negociados de la época de Menem y que nunca oyó, vio u olió lo que pasó con la dictadura en su país; en Uruguay, Lacalle enfrentando al converso Mujica y que, si bien no ganó las elecciones, puso a la orden del día la necesidad de la concertación burguesa; en Brasil, para reemplazar a Lula, lanzan a una -también conversa- candidata que proviene del guerrillerismo de Mariguella, que ancló en el Partido de los Trabajadores y que ve en la condición sub-imperialista de Brasil la realización de su ideal “socialista”; en Paraguay toma vuelo el diálogo conducente a la “unidad nacional” para mejor cortarle las alas a Lugo corto de entendederas, pasiones políticas y horizontes de vuelo; en Perú ver cómo, con la condena a Fujimori como telón de fondo, responden a aquellos que en las pasadas elecciones se fueron detrás de Ollanta Humala; y así en los otros países.

Como la burguesía no “desensilla hasta que aclare”, además de todo el fuego mediático que le pone al plan “democrático” para “enderezar” Latinoamérica, sabiendo y aplicando aquellos de que “lo militar es la política con otros medios”, se lanza a tejer un tramado militar como nunca se vio en la región, ni siquiera en la época del Plan Cóndor. El epicentro de esa estructura militar –por lo tanto, política- se llama Uribe y está radicado en Colombia. Por eso está en primerísima fila a la espera de una nueva reelección; por eso y mucho más, como dice la canción.

No cabe duda que el mencionado tramado militar es el primer argumento. Pero el otro, muchísimo más importante, se responde a partir de esta pregunta: ¿es el modelo político de la Colombia de Uribe –por ende económico, social y militar- el más adecuado para aplastar al movimiento de masas? Para responder debemos tener por descontado que la cuestión del narcotráfico y la producción de cocaína se encuentra en el quinto o sexto lugar; no es lo importante aunque, debemos tener presente, es una excelente fuente de reproducción del capital SIEMPRE y CUANDO todo lo involucrado –producción de materia prima, industrialización y comercialización- pase de la burguesía advenediza y aventurera que ahora lo detenta, a sectores burgueses formales, aquellos que, desde hace décadas, disfrutan de las ventajas y gollerías del poder del estado.

Uribe y su modelo (nada original -por cierto- reconoce la paternidad del fascismo y sus expresiones regionales representadas por los Videla, Pinochet, Banzer, etc.) permiten que la burguesía hegemónica se mantenga por años en el aparato estatal, que las libertades formales tengan su mínima expresión, que los asalariados se sometan a los objetivos económicos y sociales de esa burguesía y que todo aquel (intelectual, político, sindicalista o activista social) que se pone “malcriado” deje este mundo antes de tiempo y como el resultado de “sumarísimas prácticas de prevención”.

Veamos cómo se perfila esta política para la región. Para ello observemos los cinturones militares en gestación a partir de aquello de que tan sólo cinco presidentes de nuestros países no se “manifiestan antiyanquis”. Comencemos con Centroamérica. Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua están flanqueados por México al norte y Costa Rica y Panamá al sur. En el centro geográfico, la base militar de Palmerola, en Honduras, es un estratégico enclave que irradia hacia todos los vecinos; si está en mano de los socios de Calderón, Arias y Martinelli, puede jugar un determinante papel disuasivo. Probablemente, en las discusiones que precedieron al golpe del 28 de junio, este argumento debió estar en la mesa aunque Colom, Funes y Ortega, no sean ningún peligro real.

En Sudamérica la cosa es un poco más complicada, pero no menos importante. Colombia colinda con Venezuela, Brasil, Panamá, Ecuador y Perú. Las bases militares en Colombia más Martinelli en Panamá más el sub-imperialista Brasil, pretenden constituirse en un buen “cinturón de castidad” para Venezuela con proyección hacia Ecuador. Este país, por otro lado, termina por ser cercado por Perú. Perú que, por el norte junto a Brasil por el este y Chile por el sur, constituyen el tercer cinturón, en este caso contra Bolivia. Por último, Argentina, Uruguay y Paraguay además de los vecinos (Chile y Brasil) tienen enclavado en la intersección llamada triple frontera (Brasil, Argentina y Paraguay, que en sus tiempos fue denunciada como base de operación de tareas de inteligencia de Al Qaeda) un grandioso objetivo militar estadounidense. Todo ello convenientemente re-asegurado por el Comando Sur con sede en EEUU y la reposición de la IV flota estadounidense surcando las aguas del Caribe y del Atlántico.

El cuadro descripto parece tentador en términos militares para la burguesía imperialista. Centra su accionar en aquellos países en los cuales ocurrieron revoluciones (aunque no fueron revoluciones socialistas): Bolivia, Ecuador y Venezuela. Tampoco avanzaron hacia el socialismo o formas transicionales de ese tenor pero agregan inestabilidad a la región, y juegan un papel que exacerba las dificultades de todo tipo que tiene el sistema. Vale decir: es muy difícil poder avanzar (por parte de las burguesías imperialistas y sus socios locales) en la resolución del conflicto asiático si América Latina, que juega el papel objetivo de apoyo para las masas de aquel continente, sigue y profundiza el clima  de beligerancia imperante.

Pensar en una guerra en Sudamérica, por decir, no es desatar la tercera guerra mundial como sí puede ocurrir en Asia con Irán, por ejemplo. Tendría carácter, en principio, local (vecinal) pero podría generalizarse si triunfa la burguesía pro-imperialista. No es seguro que ocurra lo mismo si triunfa la burguesía nacionalista que representa el ALBA pero podría llegar a involucrar a nuestros pueblos en una guerra anti-imperialista (en consecuencia, nacional) con rasgos menos declarativos que los de la guerra por las Malvinas y de alcance continental. Lo que si debe quedar muy claro es que no hay margen para el error. La estrategia imperialista puede triunfar si se analizan muy bien todos los aspectos involucrados. ¡Y la experiencia en Irak y la que se lleva a cabo en Afganistán no deja muy bien parados a los analistas y estrategas yanquis tanto en lo que concierne a lo militar como a lo económico, social y político! Sólo será posible encarar a fondo la cuestión de Medio Oriente y Asia Central si se logra una victoria militar muy rápida. El marco político mundial (con una crisis que muestra muchas caras) es altamente cuestionador de la condición de EEUU como potencia rutilante en el capitalismo.

Esto así descripto es lo que llamamos demo-fascismo, fascismo de contenido con formalidad demo-burguesa, hijo directo, consecuencia inevitable de la política de reacción democrática que mencionamos párrafos atrás.

 

La cuestión específica de Honduras

 

El golpe de estado hondureño crea una fisura en el muy heterogéneo conjunto conformado por los países del ALBA y los países allegados. Esa fisura es muy importante. Preserva, además la base de Palmerola en función del diseño geopolítico y militar de EEUU.

Pero debemos eliminar la impresión que puede generar nuestro análisis de que lo que generó el golpe fue la cuestión militar regional. También debemos dejar en claro que no fue diseñado en EEUU y dictado para su cumplimiento al ejército hondureño. Esa política fue posible en tiempos ya un tanto lejano.

Nosotros partimos de una caracterización y afirmamos que el capitalismo está históricamente agotado y que su conducta en general es directamente proporcional a su senilidad, que es creciente. Sobrevive como consecuencia de que el primer intento de establecer un sistema socialista comenzó con la Revolución Rusa de 1917. Que esta haya deparado en lo que son hoy los países que conformaron la URSS, nos dice que dicha revolución debe ser tomada como primer ensayo socialista de la historia, que fracasó (según nuestro entender) por no comprender, en su estamento dirigente, que el socialismo en un solo país es una utopía digna de los más enjundiosos nacionalistas que, por lo mismo, establecen algún parentesco político con el fascismo.

Tal caracterización respecto del sistema capitalista y del “fracaso” de la Revolución Rusa, hacen posible la situación histórica meta-estable que vivimos. El capitalismo no caerá por su propio peso (aunque muchos, impresionados por la crisis recesiva del año pasado, así opinaron) ni el socialismo será la consecuencia de la actividad política espontánea, por lo tanto empírica, del movimiento de masas. Pero ello no quiere decir que tales masas, puestas ante la alternativa de sobrevivir o ser deglutidas por la barbarie, con toda desesperación, luchen, se resistan y, por esa vía, hagan revoluciones. No otra es la explicación de las revoluciones que se dieron en Sudamérica aunque muchos, adictos a las explicaciones super-estructurales se largan a explicar la historia según  los personajes y sus apellidos; ¿cómo puede explicarse que los atrasados iraquíes derroten a los yanquis?; ¿cómo puede explicarse que los miserables palestinos derroten a los hijos de Sion?; ¿cómo puede explicarse la histórica (y primer) derrota de un golpe de estado como ocurrió con el que armaron contra Hugo Chávez?

Resultados históricos tan “ilógicos”, tan alejados de las probabilidades y los “racionales” análisis previos, nos dicen (¡más bien nos gritan!) que algo está podrido en la sociedad de la burguesía. Nos grita y nos recuerda que “cuando el barco se hunde las ratas salen disparando”. Nos dice, por lo tanto, que la burguesía no tiene un comportamiento homogéneo y que aparecen sectores cuestionadores, díscolos, con rasgos de independencia que, en términos muy relativos, eligen caminos propios; se mantiene el instinto de preservación de la clase pero se pierde el espíritu. Así ocurre  cuando hay una revolución o cuando una gran crisis tiene tanto peso como un tsunami. Honduras también es un ejemplo de ello.

Manuel Zelaya Rosales, nació en el seno de una rica familia dueña de haciendas y acostumbrada al gamonalismo (su padre fue puesto preso por haber participado en la tortura y asesinato de catorce dirigentes campesinos), llegó a la presidencia en nombre de un partido burgués tradicional, el Liberal; nada presagiaba que fuera distinto a los otros presidentes hondureños civiles, amigos y representantes de burgueses terratenientes, industriales y financieros. Pero la magnitud y la calidad de la crisis del sistema capitalista tampoco estaba en los cálculos de su partido, sus allegados y el mismo Zelaya.

Llegado al gobierno, como otros políticos burgueses de otros países, trató de sacar algún partido. Tuvo gestos de independencia (respecto de lo tradicional) que le generaron el apoyo de los sectores pobres (campesinos, obreros rurales e industriales, empleados, pequeños productores y pequeños comerciantes, etc.). Descubrió que el bipartidismo clásico estaba roto en muchos países y olfateó algo parecido en su país; desde arriba quiso aprovechar la situación y se “arrimó” al bolivarianismo. ¿Estaba el resto de la burguesía a tono con esa política?; ¿compartían la clase media-media y la media-alta la dirección que llevaba el proceso político hondureño y su empatía con el cuadro mundial?; ¿la jerarquía católica y los pastores evangélicos apoyaban tales “desatinos ideológicos”, re-encarnación de Satán?; ¿podían aceptar, todos estos sectores que, en medio de la crisis y los temores que ésta les generaba, permanecer impasibles si ello podía quitarles algo del poder y los beneficios económicos y sociales de que disfrutaban?; ¿no sentían que un poco más de libertad y derechos para los pobres y desposeídos podían llevar el país al desgobierno (según ellos) que se vive en otros países bolivarianos?; ¿no se le estaba yendo muy lejos la mano al liberal Zelaya?

Todas estas preguntas, de repuesta incierta, llevó a todos esos sectores a pensar en la necesidad del golpe.

No quedan dudas (está más que documentada) sobre la participación del representante gringo en esas conversaciones previas. Lo que no queda claro es si avaló el golpe pero sí está claro que no quiso romper puentes con los golpistas y por eso facilitó el avión que llevó a Zelaya a Costa Rica y que partió, repetimos, de su base militar.

También está claro que toda la pantomima institucional que se montó luego contó con su visto bueno y que estuvo monitoreando todo el proceso con un ojo puesto en el movimiento de masas; no tenía claridad hasta donde este podría llegar.

OEA, ONU, MERCOSUR, UE, los gobiernos individualmente, se fueron sumando al repudio al golpe aunque no todos (entre ellos EEUU) usaron este calificativo. ¿Cómo se puede explicar tanta unanimidad en esas decrépitas y acartonadas instituciones que NUNCA en su historia tuvieron conducta semejante? ¡Que no nos vengan con que hubo una defensa de la democracia! Tampoco podemos aceptar la superficial interpretación de algunos analistas políticos que explican que todo se debió al carácter antidemocrático de los sectores que apoyaron el golpe. Podemos decir lo mismo con aquel argumento de que la situación que derivó en el golpe radicaba, en exclusividad, en Honduras.

¡Entiéndase de una vez! La política es sistémica y los avatares que se dan en cada país son la expresión local de ese sistema. Toda otra forma de analizar y caracterizar una determinada situación debe ser desechada y discutir con ella es perder el tiempo. El imperialismo (en su sentido sistémico) es consciente de su debilidad. En otros momentos históricos hubiera actuado de acuerdo con la política del garrote (lo hizo en incontables ocasiones, en todos los continentes y por parte de todas las burguesías de los llamados países desarrollados y en todo momento). Pero es consciente, también, de loa resistencia que enfrenta. Por eso fue sacando a la luz pública, con cuentagotas, la parte oculta de su política. En algún momento, estuvo cierta la posibilidad del retorno de Zelaya al poder (nosotros lo creímos posible. “El imperialismo, a través de sus portavoces, sigue apostando por la resolución pacífica y sin enfrentamientos de la crisis política hondureña, definiendo una nueva mediación del Presidente de la República, Óscar Arias Sánchez, acompañado por el vicepresidente de Panamá, en un intento más por lograr la firma de los Acuerdos de San José y, con esto, evitar que la situación en Honduras se les salga definitivamente de las manos. Sin embargo, el Gobierno de Facto sigue demostrando su prepotencia, evitando el ingreso de la misión de avanzada de la Organización de Estados Americanos (OEA), que pretendía ingresar a Honduras el pasado 27 de septiembre...” escribimos, a finales de setiembre,  en el volante titulado Hay que continuar con la resistencia. Por la caída de los golpistas y el retorno de Zelaya. (Ver anexo II).

 

 

Epílogo

 

Nuestra posición es clara:

1) La ingobernabilidad es una característica de estos tiempos.

2) Esa ingobernabilidad es consecuencia de la lucha de clases. En ese sentido afirmamos que con un barco que navega a media agua (el sistema capitalista), con un capitán (la burguesía imperialista en su totalidad) con el rumbo perdido, con oficiales (las burguesías locales) desorientados y en aguas turbulentas (el polifacetismo que tiene la crisis), los marineros rasos y los grumetes (el conjunto del movimiento de masas) se rebelan. Es otra forma de decir aquello de que los de arriba no pueden y los de abajo no se dejan.

3) Las crisis, guerras y revoluciones siguen presentes y ese panorama debe cambiar para que la burguesía pueda reproducir el capital que su único objetivo.

4) Todos los intentos por clarificar ese panorama fracasaron. Las guerras perdidas por los yanquis, la OTAN, los israelíes, las burguesías de varios países, son el testigo de excepción de lo que afirmamos.

5) Si lo militar es la política por otros medios, las derrotas militares nos dicen que las políticas de la burguesía (tanto la imperialista como las locales) fracasaron en garantizar una apacible reproducción del capital.

6) La resistencia del movimiento de masas no se redujo durante todo este período aunque tuvo sus momentos de derrotas. Los gobiernos elegidos según modelos democrático-burgueses retaceados, el neoliberalismo, las guerras y el militarismo creciente, no fueron suficiente para adocenarlos.

7) La concentración del capital que se está dando requiere de una correspondiente concentración del poder con serio detrimento de la cacareada división de poderes. Al mismo tiempo, como correlato de la militarización creciente, hay un serio detrimento en las libertades formales.

8)  Honduras resume en términos nacionales esa viva realidad.

9) La revolución democrática evidenciada en la resistencia al Michelatto, no fue derrotada. Entró en un cono de sombra. Toda revolución se da por medio de atajos y rodeos; su camino está sólidamente empedrado.

10) El gobierno resultante de las elecciones de noviembre buscará la unidad nacional, eufemismo que debe entenderse como burgueses unidos contra el movimiento de masas para derrotarlo con métodos de guerra civil. Ante ese panorama, ante la ausencia de una dirección mínimamente clara en la organización de la resistencia que se avecina, su futuro depende de lo que ocurra con el movimiento de masas de Centro y Sudamérica y del curso de la guerra en Asia Central.

11) La consigna por el retorno de Zelaya era formalmente democrático-burguesa formal. Pero encerraba otra consigna, más potente, más esperanzadora, la consigna de Asamblea Constituyente. Los de abajo querían, deseaban, un nuevo país. Hoy, en el reflujo de la lucha de clases que se vive en ese país, contiene, encierra mayor beligerancia por que es el desconocimiento del minoritario gobierno surgido de las pestilentes elecciones llevadas a cabo por los golpistas.

12) Asamblea Constituyente es la más democrática de todas las consignas democrático-formales. Su agitación debe combinarse, necesariamente, con la construcción de una nueva dirección política, superadora de todas las anteriores, y que debe asentarse en la propagandización del modelo de país que propone que no puede tener otro color que el que emana de una concepción socialista es decir, una república de trabajadores, campesinos y sectores populares.

 

Anexo Nº I. Editorial de propuesta Socialista, Nº 27, julio del 2008.

 

Obama

 

Creemos que no exageramos si decimos que la casi segura nominación de Barack Obama como candidato presidencial del partido demócrata de los EEUU para las elecciones del próximo mes de noviembre, es el hecho político de mayor importancia en lo que va del año.

Creemos que no exageramos si afirmamos que a muchos se les caen las babas pensando en los cambios que tendrá EEUU (según ellos) con Obama presidente.

Creemos que no exageramos si señalamos que aquellos que viven a la sombra de los EEUU, cual perritos falderos, saldrán a proclamar a los cuatro vientos las ventajas que tienen los países democráticos que pueden elegir entre un afroamericano (que para llegar a candidato compitió con una mujer) y un típico exponente de la política clásica gringa.

Tampoco creemos que exageramos cuando afirmamos que la aparición de Obama en el cuadro político gringo es una muestra más, tal vez la de más envergadura, del camino sin retorno que comenzó -hace ya algunos años- el pujante país, cabeza de serie de la economía capitalista.

Ni nuevos aires para los pobres, los trabajadores, los migrantes y las minorías en los EEUU, ni revaloración de los países del hemisferio y de la relación de estos con el del patio de adelante. Ni demostración de la plena vigencia de la democracia capitalista ni nueva política en el marco de las relaciones internacionales.

Si de alguna manera podemos resumir el fulgurante ascenso del señor Obama debemos decir que refleja la necesidad de cambio que experimenta y siente la población gringa que empieza a sufrir los efectos de las mentiras y prácticas políticas que aceptó como verdades reveladas. Mentiras en las que fue envuelta, con las que fue narcotizada y en las que se cobijó. Pero esa necesidad de cambio también la vive como mentira con la que se arropa dado que no se acabó su ilusión con la democracia capitalista y el sueño americano.

Barack Obama tiene ante sí -y ante la población gringa- la tarea de recuperar para los EEUU los brillos de antaño. Posicionar su país como epicentro del mundo, como el faro que guía al puerto donde relumbra e ilumina la estatua de La Libertad.

Para ello deberá proponer un pacto nacional que sepulte al bipartidismo reinante. Deberá prohijar una política que de cabida a todo lo que representa Hillary Clinton y que también pueda cobijar a todos los republicanos que tengan a bien refundar una vieja y gloriosa nación. Su programa no puede ser otra cosa que una enumeración de tareas necesarias en tanto que política de estado antes que expresión de una manera partidista de entender y practicar la política burguesa clásica.

Deberá abarcar desde los indigentes hasta la biotecnología, pasando por la crisis de los alimentos, el precio del petróleo, el cambio climático, la crisis de la energía, los derechos civiles y el respeto al derecho internacional, las libertades democráticas y el empleo, la guerra de Irak y la crónica guerra entre sionistas y palestinos, los TLCs y la relación con la burguesía latinoamericana que se cree independiente, el creciente consumo de drogas por la población propia y el narcotráfico, el lavado de dinero y la crisis financiera, el desarrollo de la industria militar y el fortalecimiento de la informática, el control de los recursos naturales y el crecimiento de la técnica y la ciencia, etc.

Nuestra posición no es un ataque personal. Aparece en el momento menos indicado y en el peor lugar.

Su color de piel, su historia, su porte, su oratoria, su dominio del escenario, su mujer, son los atributos (según los valores de la actual política burguesa en crisis) que lo hicieron elegible y lo pueden llevar a la Casa Blanca. Será, tal vez, uno de los últimos intentos con cara de civilización antes que aparezca la versión americana de las dictaduras latinoamericanas que requiere la gran burguesía imperialista estadounidense.

El mundo capitalista en acelerada crisis de subsistencia, la expresión nacional de la misma, exigen de un moderno Bonaparte pero para administrar tal crisis antes que un Bismarck dispuesto a liderar la construcción de un moderno y próspero país.

Su epitafio dirá: quiso gobernar como un ciudadano negro y murió como un esclavo.

 

Anexo Nº II. Volante del POScr  del 28 de setiembre del 2009.

 

 

HAY QUE CONTINUAR CON LA RESISTENCIA,

POR LA CAÍDA DE LOS GOLPISTAS Y  EL RETORNO DE ZELAYA

DECLARACIÓN DEL PARTIDO OBRERO SOCIALISTA (POScr)

 

 

ABAJO EL GOBIERNO DE FACTO, RESTITUCIÓN INMEDIATA DE MANUEL ZELAYA.

 

POR UNA ASAMBLEA CONSTITUYENTE Y EL GOBIERNO DE LOS TRABAJADORES Y EL PUEBLO

 

ABAJO LOS ACUERDOS DE SAN JOSÉ Y LA TRAMPOSA NEGOCIACIÓN QUE IMPULSAN EL IMPERIALISMO, LA OEA Y ARIAS

 

A 3 meses del Golpe de Estado en Honduras, la resistencia del movimiento de masas se ha visto intensificada por el regreso a Honduras, el día 21 de septiembre, del Presidente democráticamente electo Manuel Zelaya Rosales, que en estos momentos se encuentra en la Embajada de Brasil en Tegucigalpa.

 

Este hecho ha alentado al pueblo hondureño a continuar con la lucha de resistencia a lo que el Gobierno de Facto respondió con la suspensión de garantías por 41 días, sacó al Ejército y a la Policía (ejército disfrazado) a reprimir al pueblo que se acercó a la Embajada brasileña y ocupó e incautó los equipos de Radio Globo y el canal 36 de oposición al Golpe quitándoles la frecuencia.

 

Tanto la acción de Zelaya de ingresar a territorio hondureño como la respuesta represiva de Micheletti han creado un espacio para un nuevo aliento a la negociación que está en proceso con visitas de delegaciones de OEA, de Brasil y de varios Cancilleres para buscar salvarle la ropa a la burguesía golpista y a su brazo armado y tratar de que de ninguna manera el retorno de Zelaya y la caída de esta dictadura sea producto de la acción del movimiento de masas.

 

Los acuerdistas coinciden con Micheletti en que la crisis hondureña se resuelva con las elecciones de noviembre próximo y quede impune el Golpe militar y burladas las aspiraciones democráticas de las masas hondureñas de ser respetadas en la decisión de haber elegido a Zelaya por el periodo correspondiente, truncado por el golpe, y de su justa aspiración a la discusión de un nuevo país con una nueva constituyente que haga ley una serie de derechos sociales y políticos populares.

 

Nuestro partido está seguro que a pesar de las tramposas negociaciones para que Zelaya vuelva  a la Casa Presidencial “pasado por agua” y entregue el Gobierno a una Junta o variante parecida de “Unidad nacional” y se legitimen las elecciones, o sea la continuidad de los Micheletti, estamos convencidos que en Honduras una revolución democrática está en curso y que en el caso muy probable de que el imperialismo y la burguesía hondureña  se  salga con las suyas, este proceso no acabará y solo buscará otras formas de expresión y de aprendizaje.

 

Pero ni Micheletti está por dejar el Gobierno que asaltó a mano armada, ni la negociación tramposa se ha concretado. Solo una salida hay para darle continuidad a la lucha del pueblo hondureño y es la Convocatoria a una Asamblea Nacional de la Resistencia y de todas las organizaciones populares para discutir y votar un Plan de lucha que prepare la realización de una Jornada Nacional de lucha y paralización hasta la caída revolucionaria de la dictadura Michelettista y  unido a esto la ruptura del Frente de Resistencia de su política de confianza en la negociación tramposa que se está cocinando.

 

Bajo el nombre de Cuadernos Socialistas, nuestro partido ha publicado una serie de documentos con los que pretendemos dar una respuesta clasista y revolucionaria, acorde con nuestra manera de entender la política en el país y en el mundo.

 

La existencia de cuestiones políticas y aspectos sociales e ideológicos de importancia, justifican su aparición.

 

Ediciones anteriores:

01- Salida socialista

02- Tesis sobre la educación costarricense

03- Argentinazo

04- Alto a la guerra imperialista

05- X, Y, Z del TLC

06- Programa alternativo al TLC