Palabra Socialista

Proletarios de todos los países: ¡UNÍOS!

¡Detener la guerra imperialista contra Irak! 

Declaración del Partido Obrero Socialista de Costa Rica. San José, 10 de febrero del 2003.

La ansiedad del presidente Bush por atacar de una vez por todas a Irak, está al margen de los antecedentes históricos y de la lógica de la política de guerra que se venía dando a lo largo de los tiempos. De ahí que tratar de explicar esa conducta según la personalidad del presidente Yanqui, es una tentación aunque, según nuestra concepción de la política, es insuficiente; opinamos que se escapa demasiado de la realidad.

Tampoco se puede explicar con el argumento de que desea apropiarse del petróleo y el gas existente en aquella zona del planeta; al igual que con el argumento anterior, nos parece una respuesta parcial; está también, por lo tanto, alejada de la realidad.

Muchísimo menos aceptable es aquella versión de que pretende vengarse de Saddan Hussein por qué, hace años, pretendió matar al ex presidente Bush, su padre.

Totalmente inaceptable es, obviamente, la argumentación -manipulada por el mismo presidente y por su escudero el primer ministro inglés Tony Blair- de que Saddam Hussein es una amenaza para la humanidad por cuanto posee armas de destrucción masiva y es un terrorista.

La respuesta debe buscársela por otro lado, en la coyuntura histórica que vive la humanidad. En otras palabras: creemos que nos encontramos en un período en el que se juega el futuro de la humanidad. Este es un momento de transición entre dos grandes épocas históricas: una que está muriendo pero que se resiste a ello y otra que está en plena gestación. Es el momento en el que el capitalismo -en su etapa de agotamiento- pelea para impedir el advenimiento del socialismo que se encuentra en proceso de recuperación-construcción.

Las obsesiones del presidente Bush

Si bien no se puede negar el papel del individuo en la historia, poner el acento en ese aspecto es inadecuado. Es cierto que, desde hace unas décadas, la presidencia de los Estados Unidos se caracteriza por la ausencia de estadistas en el sentido literal del término. Pero ello debe explicarse a partir de la situación que vive esa nación, otrora considerada como el máximo nivel posible de desarrollo de la democracia burguesa. Paulatinamente, la descomposición de la sociedad yanqui, permite observar conductas y políticas no imaginadas. No hablamos de su condición de mayor consumidor de las drogas llamadas prohibidas. Tampoco nos referimos al alto nivel de criminalidad que tiene, o al aumento de la pobreza o el grado de paranoia y temor que hay entre la población. No hacemos mención a la irregular definición de la última elección presidencial o a las estafas llevadas a cabo por las más poderosas transnacionales y a la corrupción imperante en los grandes monopolios.

Nos referimos a las políticas llevadas a cabo en muy diferentes campos. Veamos lo que, en relación con esto, escribió Germán Gutiérrez, en la revista PASOS, segunda época, No. 98, noviembre-diciembre del 2001, publicación del Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI), San José, Costa Rica.

 

"... en mayo del 2001, se había dado a conocer que Estados Unidos había perdido su puesto en la comisión de derechos humanos de Naciones Unidas y en la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes. La propia Asociación Americana de Juristas había denunciado ante la Comisión de Derechos Humanos la violación generalizada y persistente de los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales en Estados Unidos de América, agravada por el hecho de que sus gobernantes consideran que dicho país puede colocarse por encima y al margen del derecho internacional, y había instado a la Comisión a ... expresar su profunda preocupación por este estado de cosas y a indicar al gobierno de ese país que el derecho internacional y los derechos humanos existen para ser respetados por todos los estados miembros de la comunidad internacional, grandes y pequeños, sin excepción alguna. ". Más adelante, agrega: "Es de sobra conocido que Estados Unidos no se ha adherido a los acuerdos internacionales de derechos humanos vigentes, entre otros: al inicio mayo la Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, a ninguno de los dos Protocolos del Pacto de Derechos Civiles y Políticos, a la Convención contra el Apartheid, a la Convención sobre la imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y de lesa humanidad, a la Convención contra el tráfico de personas y explotación de la prostitución de terceros, a la Convención sobre el estatuto de los refugiados, a la Convención sobre los derechos de los trabajadores emigrantes y sus familias, y a la Convención de Ottawa de 1997 que prohíbe las minas antipersonales.

No respeta el protocolos de Kioto sobre reducción de la contaminación de la atmósfera. Tampoco aprueba la creación de una Corte Penal Internacional, pese a que sus nacionales tendrán garantizada la impunidad (el tribunal depende del Consejo de Seguridad de la ONU). Sobre más de 170 Convenios de la Organización Internacional del Trabajo, Estados Unidos adhirió sólo a 12 -no los principales- rechazando los números 87 sobre libertad sindical, 98 sobre el derecho de negociación colectiva y 138 sobre edad mínima (trabajo de menores).

Formuló reservas a numerosos artículos del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos; por ejemplo, al articulo 6.5 que prohíbe la aplicación de la pena capital a menores de 18 años y al articulo 20 que prohíbe la propaganda de guerra y la apología del odio nacional, racial o religioso (¡todo ello en nombre de la libertad de expresión!). Junto con Somalía es el único país del mundo que no ratificó la Convención de los Derechos del Niño, a pesar que 300 mil niños en Estados Unidos son objeto de prostitución y que casi todos los Estados de la Unión juzgan a los menores como adultos (12 menores víctimas de pena de muerte en los últimos diez años)."

 

Todo lo anterior es la mejor radiografía de la degeneración a que ha llegado el sistema capitalista; es tal, que las similitudes formales con la Alemania nazi, no se pueden atribuir a la imaginación de aquella ministra del actual gobierno teutón. Por lo mismo, es injusto recargar sobre las espaldas del presidente Bush, la responsabilidad de lo que ocurre. Más allá de sus características personales es, al mismo tiempo, expresión y producto de la circunstancia histórica de su país en particular y del sistema capitalista en general.

El interés por el petróleo.

No cabe ninguna duda que cualquier burgués que asume consecuentemente su condición de tal, se entusiasmaría ante la perspectiva de quedarse con las tierras en las que están los mantos petrolíferos de mejor calidad y mayor cantidad. Pero reducir la belicosidad del gobierno gringo a esa perspectiva, nos obliga a pensar en la forma que se encaraba la política cuando la burguesía, en plena expansión, añadía territorios y recursos naturales a su geografía y riquezas; nos referimos a la etapa de conquista y colonización que caracterizó las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del siglo XX. Es decir, cuando la burguesía estaba a punto de abandonar la libre concurrencia, generaba los primeros monopolios y se preparaba para su fase imperialista.

Hoy, cien años después, lo monopolios están firmemente entronizados, la concentración de capital es altísima, la competencia por el mercado llevó a la sobreproducción, a la alta inversión en capital fijo, a la caída de la tasa de ganancia, a la sobreexplotación de la fuerza de trabajo, al aumento de la miseria, a la disminución de la demanda y a la mayor caída -en el planeta en su conjunto- del crecimiento del PIB, de la inversión y del ahorro en los últimos treinta años, confirmando la constante caída que se da desde más o menos 1970 y que se expresa en la recesión imperante, la posibilidad de una depresión y la gran probabilidad de una crisis parecida a la de 1929. Ante semejante cuadro, reducir la fiebre guerrerista a las necesidades de petróleo, nos parece propio de, por lo menos, tuertos.

Paladines de la libertad.

Hace mucho tiempo que Estados Unidos dejó de ser el paladín de la libertad aunque muchos escribas burgueses persistan en llevar adelante esa mentira. Más bien, se ha ido desplazando, cada vez más, hacia el bando contrario. Vamos a hacer un pequeño recuento de hechos ocurridos en las últimas décadas.

No se tiene una idea exacta de cuantos fueron los muertos en la caída de las torres gemelas; que el número sea grande o pequeño, no anula nuestra conocida oposición a los métodos terroristas. Pero, ¿cuántos fueron los muertos en la invasión a Panamá, o en la Guerra del Golfo, o en manos de las dictaduras militares latinoamericanas que pusieron en práctica el Plan Cóndor con el patrocinio, el beneplácito y el apoyo logístico e ideológico del gobierno gringo a través de su Secretario de Estado estrella, Henry Kissinger?. ¿No es éste señor, un terrorista de primer nivel?. ¿Podemos olvidar el maccartismo?. ¿Podemos ignorar que en estos momentos, en nombre de la unidad nacional contra el terrorismo, se recrean estos métodos. Por si queda alguna duda, nos remitimos al cierre gubernamental de la página web de Barbra Streissand con ese argumento.

Está dicho (y lo está por cuanto fue demostrado por los hechos y la historia reciente) que ese argumento no es más que un cuento. Aquí, en Costa Rica, decimos: "... no coma cuento...". Pues bien, debemos decir a los yanquis y a sus panegíricos: "... no quieran darnos atole con el dedo...".

El frío no está en las cobijas.

Hace poco más de diez años, el mundo tenía resueltos todos sus problemas. Los intelectuales sueltos de lengua, cortos de entendederas, de mano grande y cuenta bancaria abundante", gastaron litros de saliva y ríos de tinta para explicarnos que, una vez desaparecido el Rey de Reyes del eje del mal (el llamado socialismo real) la humanidad entraba en un nuevo orden mundial. Lo prometido era, casi, ..., casi, el reino de la libertad. Si bien nunca pudieron explicar cual gran cambio se había dado para que ello fuera posible (y la razón para que se diera), habían pronosticado el fin de las ideologías, el fin del historia y el advenimiento de nuevos paradigmas.

Lo que nunca pudieron decir ni se animaron a balbucearlo siquiera, es que la desaparición del llamado socialismo real, de la "bipolaridad", de la guerra fría, etc., no fue el triunfo del capitalismo sobre el socialismo, sino la consecuencia de la crisis más grande de la historia del capitalismo. Esa crisis comenzó por ahí de 1970 y persiste. Todos los hechos de los últimos treinta años se pueden explicar si se entiende lo que ocurrió a partir de entonces. La actual necedad guerrerista del gobierno de los Estados Unidos, también. Pero con un agregado: así como el calamar se cuece en su propia tinta, la burguesía imperialista ce desgasta en el devenir de su propia historia (Marx diría que genera en sus entrañas al que será su sepulturero); ¿cómo se lleva adelante una guerra en un mundo unipolar?; ¿hay razones estructurales de peso para que una "guerra imperialista prolongada" sea necesaria?. Estas preguntas nos llevan de la mano a las respuestas necesarias para hacer una buena caracterización de cuales son los verdaderos propósitos del imperialismo.

Con la caída del Muro de Berlín, se cerró definitivamente, estrepitosamente, el período de posguerra que algunos dieron en llamar el de la vigencia del "estado social de derecho" y que otros denominaron como del "estado benefactor".

Queremos decir: el estalinismo pudo existir en tanto se dieron condiciones de expansión económica como ocurrió una vez finalizada la segunda guerra mundial. Cuando ello entró en crisis, la burguesía imperialista se vio sin la ayuda del mediador que tenía para con el movimiento de masas. En esas circunstancias, se la tuvo que jugar dando la cara directamente. A partir de entonces, el mundo quedó efectivamente polarizado, no quedó unipolar como muchos gustaron en llamar. En un polo los explotadores y sus epígonos y lugartenientes; en el otro, los trabajadores, los asalariados en general, los pequeños productores y comerciantes, la clase media profesional que se expandió con el estado benefactor y que ahora se contrae con el achicamiento del estado.

La burguesía sobrevive en tanto asegura la sobreexplotación.

El polo de los explotados se agranda conforme avanza la concentración del capital, la monopolización privada en manos de las transnacionales y sus minoritarios socios nacionales. En ese proceso se pauperizan cada vez más, se transforman en parias, se hacen más alienados, en fin, se barbarizan. En otras palabras, las bellezas prometidas de una sociedad capitalista satisfecha (algunos llegaron a decir -a mentir, en rigor- un mundo de propietarios y no de proletarios) se esfumaron. Cuando se cayó la venda, no quedó otra conducta posible que la lucha. De lo contrario, el futuro era el suicidio, primo hermano de la barbarie. Esa lucha se da en las peores condiciones: los dirigentes sindicales, en su inmensa mayoría, se pasaron con todo y maletas al campo de la burguesía; los partidos políticos burgueses o pequeño burgueses en los que confiaban (y con los cuales se engañaban piadosamente) están en franca demolición; la ruptura histórica que hicieron con la tradición del movimiento obrero mundial por entregarse a los brazos de la socialdemocracia, los estalinistas, los guerrilleros, los nacionalistas, los populistas, los dejó desarmados. Ahora deben comenzar a reconstruir la conciencia histórica del proletariado. Y ello en medio de las luchas y por ellas tonificadas.

Ese es el proceso que la burguesía imperialista quiere y debe abortar para seguir disfrutando de sus privilegios. La guerra, entonces, tiene por objetivo central la derrota física de las masas. Y no olvidemos que esto es, lisa y llanamente, fascismo.

La guerra un negocio redondo.

El segundo gran objetivo es salir de treinta años de caída sistemática de la tasa de ganancia. El PIB mundial, la inversión en la producción y el ahorro, vienen cayendo desde 1965-1970. Ni la concentración de capital y la consiguiente monopolización, ni la flexibilización laboral, ni la apropiación de las empresas estatales vía las privatizaciones, ni la liberación del comercio, ni las diferentes desregulaciones que se han propuesto en la definición de las competencias estatales y en las relaciones de producción, etc., han podido evitar la recesión mundial y eliminar el riesgo de depresión económica generalizada.

Sabido es que, para situaciones así caracterizadas, la guerra es el mejor negocio. La "guerra imperialista prolongada" en la que los "buenos" -ángeles de blondos rizos y azules ojos- se traban en lucha contra los exponentes del mal (Al Qaeda-Afganistán, Hussein-Irak, Irán, Corea del Norte, Colombia, tal vez Argentina, tal vez Venezuela, tal vez Brasil, obviamente los palestinos, etc.) es una buena medicina capitalista. EEUU es el más grande productor de armas, el más avanzado tecnológicamente, el mayor vendedor, está preparado desde hace años (en particular desde la caída del Muro de Berlín) para administrarla.

Unos barriles más de petróleo no vienen mal, Otros recursos naturales, tampoco.

De la misma manera que el grueso de la economía mundial está en manos de la burguesía imperialista que necesita y permite una ligera participación como socios menores y mínimos a las burguesías nacionales de cada país, los recursos naturales (tierra, agua, biodiversidad, minerales, fuentes de energía, etc.) deberán seguir el mismo camino, piensa esa misma burguesía. Esto será también un producto de altísimo valor de la guerra a la que nos invita a asistir desde la comodidad de la sala donde está la tele. Esa "distracción-entretenimiento" será posible, por ahora, por cuanto no sabemos en que momento el "tour" que se dispone a transitar es este periplo exorcista (ahora acompañado por el santo recién estrenado, el franquista monseñor Escrivá de Balaguer) tocará la puerta de nuestra casa.

Parar la guerra no es suficiente.

Sin embargo, a pesar de todas las vicisitudes, seguimos siendo optimistas. La humanidad no decidió suicidarse; tan solo deberá re-construirse. Lo hará en su conciencia, por lo tanto construyendo (valga la redundancia) su partido socialista revolucionario; en consecuencia, resolviendo el viejo drama de la humanidad: la crisis de dirección.

Hoy, el planeta, está sacudido por una generalizada opinión pública que se opone a la guerra. Ese sacudimiento se hace más enérgico por las movilizaciones que se suceden. Mientras ello ocurre, un perverso juego se desarrolla. Unos gobiernos burgueses sostienen que sin el visto bueno de la ONU, no se puede ir a la guerra; ésta, a su vez, no se pronuncia y se hace sorda y ciega cuando en el Golfo Pérsico se concentra una enormidad de material de guerra y soldados; los rusos envían parte de su armada a esa región; Turquía no quiere la guerra pero autoriza la reparación de sus aeropuertos por parte e los gringos; los árabes dicen que están por la paz, pero Jordania hace ejercicios militares con los yanquis y estos tienen miles de infantes en diversos países de esa región; Egipto que siempre hace declaraciones por la paz entre israelíes y palestinos y que no quiere la guerra, permite que la armada inglesa pase por el Canal de Suez; los alemanes afirman que no entrarán en la guerra pero permiten el uso de sus aeropuertos a los ejércitos de la OTAN, etc. Preguntamos: ¿si la guerra fuera declarada por el Consejo de Seguridad de la ONU, sería una guerra justa?. ¿No se está embelleciendo a esa cueva de bandidos?.

En tanto persista la situación descripta del capitalismo (y no dudamos que se tornará más grave) habrá mayor probabilidad de guerras como esta, de ataques a las libertades fundamentales, de agresiones a los pueblos que pretendan luchar, de mentiras y calumnias. Detener la guerra es un triunfo para la humanidad y un gran golpe para los mayores terroristas. Pero lo que se debe lograr es el desarme de todos los países imperialistas (EEUU en primer lugar) y la destrucción de todas las armas químicas, biológicas, nucleares y convencionales que están en su poder y con las cuales amenazan el futuro de la humanidad.

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