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“Bienvenidos”
a la barbarie capitalista
Chile
el repris de Haití
El
devastador terremoto del sábado 27 de febrero frente a las costas de
Concepción, Chile, no se escapa de tener
las mismas consecuencias que tuvo el de Haití. A pesar de ser
Chile un país menos atrasado que Haití, las características que tiene la
disposición y utilización de la tierra y de los asentamientos humanos en un
sistema capitalista, así como las relaciones sociales, políticas y económicas
que este sistema impone en la sociedad, hace que Chile sea un “deja vu” en relación a lo visto y vivido
en Haití.
Es
muy difícil pensar en una invulnerabilidad absoluta de las estructuras viales,
edificaciones y casas ante un terremoto de la magnitud del que vivió Chile días
atrás, pero que un edificio de dos años de construido se desplomara íntegro
dice de la irresponsabilidad del Estado en las características y controles en
las construcciones. Muchas de las construcciones que más sufrieron o colapsaron
son de gentes sencillas que para hacerse de sus viviendas han construido con lo
que pueden y no con lo que deben para una zona de características sísmicas tan
activas como Chile. Es cada vez más evidente que las leyes de concentración de
capital del sistema capitalista se manifiesta en la concentración urbanística
irracional, anárquica, des-planificada y en función de facilitar la actividad
del sistema de producción capitalista como reducción de costos y concentración
de mano de obra, por ejemplo que hacen crecer a grados de locura las ciudades y
centros urbanísticos.
La
falta de previsión del Estado y del Gobierno fue tal que las autoridades ni
siquiera se dieron cuenta del “tsunami” que arrasó con lo que el terremoto
había dejado en pie en las poblaciones costeras. Ningún sistema de alarma de
tsunami, ni protocolo para enfrentarlo se tenía en las poblaciones costeras y
ninguno se aplicó. En una zona de permanente actividad sísmica esto es una
muestra de la desidia e irresponsabilidad del sistema capitalista y sus
gobiernos.
Una
vez terminado el sismo, las autoridades gubernamentales respondieron lenta y
arrogantemente. Tardaron varios días para pedir ayuda internacional porque para
la burguesía chilena aceptar la incapacidad de poder resolver las consecuencias
del terremoto con sus propios medios dejaría en figurillas la imagen de país en sostenido crecimiento
económico.
Pero
su inmovilismo y lentitud pasmosa, así como la cruda y clara realidad de que
tal crecimiento económico no se ha derramado sobre las mayorías que viven en
condiciones de pobreza, hizo que la necesidad superara las falsas apariencias.
Los llamados saqueos fueron la forma en que estas poblaciones sumidas en la
pobreza, ante un evento natural devastador, salieran a reclamar lo que el
derecho a la vida les impone. Se apropiaron de los productos de consumo básico
y de todo cuanto pudieran hacer suyo para transarlo por productos que
necesitaban con urgencia. Muchos habían perdido sus casas y estaban durmiendo
en las calles. Las autoridades han tardado días para asegurar en muchas
poblaciones el agua y mucho menos han garantizado electricidad.
Que
los desposeídos salieran a expropiar a los poseedores difícilmente puede ser
calificado como “saqueo”. Desde luego que las masas empobrecidas sin
organización ni dirección revolucionarias realizan estas acciones de la manera
más desordenada y donde se confunden elementos de lumpenaje. Pero aún así sus
acciones no nos merecen la condena que los poseedores y los gobernantes se
empeñan en hacer de estos actos.
Encarados
de otra forma, con comités de afectados, con división de tareas para frenar
actos de pillaje, con mecanismos para la distribución de lo expropiado y no de
manera individualizada la sobrevivencia estaría mejor garantizada. Pero no sería
suficiente. Habría que plantearse la exigencia al Gobierno de la expropiación
de todos los stocks y todos los productos en bodegas de las grandes empresas de
la alimentación y distribución de productos como las grandes cadenas de
supermercados y las fábricas de alimentos, medicinas y ropa. A ello seguiría la
exigencia de que la distribución de lo expropiado y de las ayudas internacionales y recursos de las
instituciones del Estado esté en manos de los mismos afectados en asambleas y
comités democráticos e independientes del Estado.
Las
organizaciones de afectados y las organizaciones sociales y políticas chilenas deberían exigir también la moratoria
inmediata de la deuda interna y externa para destinar recursos a la
reconstrucción y una serie de medidas
como la expropiación de tierras
para los nuevos asentamientos o construcciones, la reducción de la jornada
laboral a 35 horas para que la gente que perdió sus trabajos por los efectos
del terremoto puedan encontrar trabajo. Así mismo deberían exigir el retiro de
las tropas del Ejército chileno y la instauración de comités de vigilancia de
los mismos afectados en milicias obreras y
populares que se encarguen de frenar las actividades lúmpenes, el
pillaje, el robo y la seguridad de la pequeña y mediana propiedad.
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