Para entender la situación internacional

A la luz del Manifiesto Comunista y de Imperialismo, último estadio del capitalismo

Nota: Tanto en el Manifiesto Comunista como en El Imperialismo, Último Estadio del Capitalismo, lo que aparece subrayado o en negrita es de nuestra autoría.

 

A modo de prefacio

 

Desde comienzos del siglo XX, Trotski analizó en sus grandes líneas las consecuencias de lo que hoy llamamos mundialización o globalización, es decir la unificación del mercado mundial. Describió las convulsiones que engendra su incapacidad creciente para consumir la masa de mercancías producidas y su tendencia a combatirla mediante la guerra económica y, luego, la guerra, a secas. Es cierto, no previó las modalidades particulares que esa globalización asume en nuestros días (eliminación de reglamentaciones, desregulación, flexibilidad, desmantelamiento de los códigos del trabajo, tercerización, deslocalización, individualización del salario, etc.), pero destacó que la dominación de las multinacionales, por entonces llamadas “monopolios”, desembocaría en la baja sistemática del costo laboral y la liquidación de la democracia, reducida a un puro ritual y un camuflaje verbal: a decir verdad, nada serio se decide hoy en los cuerpos compuestos de representantes elegidos, y todo se resuelve en los organismos financieros y políticos internacionales (Reserva Federal y trusts petroleros estadounidenses, Fondo Monetario Internacional, Banco Central Europeo, Organización Mundial del Comercio, Comisión Europea) que sólo rinden cuentas a los mercados financieros. La alternancia derecha-izquierda ya no representa otra cosa que dos modalidades apenas diferentes que aplican las órdenes de éstos. En consecuencia, la era de guerras y revoluciones abierta por la Primera Guerra Mundial no está cerrada; mantenimiento del régimen de propiedad privada de los medios de producción, que ya ha provocado dos guerras mundiales, resulta hoy en el desmembramiento de las naciones. Ese desmembramiento se efectúa sea por la regionalización que amenaza incluso a viejos países históricos como Italia o Francia, por no hablar de Bélgica, sea por la intervención militar brutal que ya ha deshecho a Yugoslavia e Irak. Símbolo de su carácter destructivo, la misma potencia estadounidense que invierte miles de millones de dólares en la devastación y el saqueo de Irak, ha descuidado el mantenimiento de los diques de Nueva Orleans, barrida por el huracán Katrina. Se trata en este caso no de un error personal del jefe del Estado estadounidense, sino de la naturaleza misma de un sistema.

“La degeneración del capitalismo implica una putrefacción social y cultural”, escribía Trotski en 1932. [1] Esa putrefacción deriva de la gigantesca sangría destructiva con que el capital financiero afecta a las riquezas producidas: así, el presupuesto de Brasil para el 2006 prevé 15 mil millones de dólares de inversiones y 168 mil millones de dólares destinados a la cancelación de la deuda externa (cuyos intereses crecen sin cesar y de forma galopante) con las instituciones financieras. Un presupuesto semejante estrangula a la población e impide responder a las necesidades de su mayoría; condena a 2 millones de campesino sin tierra a ser indigentes para siempre y a centenares de ellos a morir bajo las balas de los pistoleros a sueldo de los grandes propietarios, seguros de contar con una impunidad total.

Estados Unidos, que pretende regir el mundo, se encuentra bajo la amenaza de una gigantesca crisis financiera que estremecerá de uno a otro extremo del planeta entero. Su deuda era de 5 700 billones de dólares al cabo de dos siglos de existencia, cuando George W. Bush llegó al poder en el año2 000. En 2 005 –cinco años después, por lo tanto-, casi se ha duplicado para llegar a la abismal cifra de 10 800 billones de dólares. Ante esas cifras, David Walker, contralor general de la nación, declara: “Considero que nuestra irresponsabilidad fiscal es la mayor amenaza para nuestro futuro”. [2] Para intentar mitigar esta gigantesca crisis de dimensiones mundiales, el gobierno estadounidense no se conforma con desarticular Irak, amenazar a Siria e Irán y llevar al poder oposiciones muy complacientes y endeudadas con él en Georgia, Ucrania y otros lugares, también prepara la guerra civil contra su propio pueblo. Durante la catástrofe de Nueva Orleans, centenares de obreros de todos los gremios y de empleados de todas las categorías, médicos, enfermeros, etc., procuraron organizarse por sí mismos para alimentarse, alimentar a sus vecinos y salir del apuro en que se encontraban. El estado vio en esta auto-organización de la clase obrera un riesgo en su contra. El presidente Bush desplegó entonces la guardia nacional y el ejército para quebrar esa iniciativa, tratar a sus autores como bandidos, dispersarlos por la amenaza y la fuerza, intimidarlos y hasta aterrorizarlos. Ese enfrentamiento es la imagen reducida de una colisión universal, la misma que en 1 917, levantó en Rusia a millones de hombres contra un Estado que los enviaba a la muerte en defensa de miserables intereses de casta.

Lo que está en juego es de magnitud. Georges Charpak, premio Nobel de física, sostiene que “nos acechan muchas catástrofes de la amplitud de la de Chernóbil”; según un estudio que él cita, “numerosos ‘incidentes’ graves han ocurrido en las centrales [nucleares], como resultado, sobre todo, de los riesgos corridos para reducir los costos, a raíz de la desregulación del mercado de la energía”. [3] Ahora bien, la globalización quiere imponer la desregulación en todos los sectores de la vida económica y social; de ese modo los amenaza con un Chernóbil a su medida.

La putrefacción anunciada por Trotski si la Segunda Guerra Mundial no desembocaba en la revolución es universal: la privatización generalizada, el desmantelamiento de los servicios públicos, la precarización, la “lumpenización” de millones de hombres y mujeres expulsados del proceso de producción y el nuevo auge del charlatanismo, el oscurantismo y el fanatismo religioso, que son el preludio de toda decadencia de la civilización, el arte y la cultura, acompañan la gangrena galopante de la economía mundial provocada por los grupos mafiosos. Un especialista afirma lo siguiente: “El mafioso es un animal económico que ha encontrado en las sociedades de mercado el espacio ideal para sus apetitos depredadores […]. La criminalización del mundo avanza a buen paso”. [4]

Para terminar, Trotski escribía en 1940: “Volvemos a vivir la transición de un sistema a otro en una época de crisis social excepcional […]. Hoy, las ráfagas barren el planeta entero”. [5] Esas ráfagas se han convertido en un huracán.

 

Jean-Jacques Marie. Trotski. Revolucionario sin fronteras. 2 009. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, Argentina. Conclusión, p.583.


¿Cómo analizar la situación mundial de nuestros días?

 

Los acontecimientos son tentadores, por su gran variedad; los hay para todos los gustos: crisis económica, crisis energética, crisis alimentaria, desempleo creciente, huelgas y movilizaciones en varios países, situación de guerra cada vez más aguda, golpes de estado en América Latina, etc.

Sin embargo, todo eso tiene un elemento común; diríamos que le da origen. Y ese elemento no es otro que la formación económico-social en la que nos toca llevar adelante nuestras vidas: el sistema capitalista.

Pero, como dicho sistema se asienta en la moderna polaridad histórica burguesía-proletariado, debemos hacer un esfuerzo por enfocar el momento que vivimos en términos de la situación de la lucha de clases.

En este punto, se hace necesario echar mano de conceptos y principios en los que nos reconocemos. De todos ellos, hay una afirmación que nos identifica y se encuentra en el Manifiesto Comunista: “Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases.”

 

El Manifiesto Comunista

Recordemos, por venir al caso, algunos párrafos que continúan a la anterior oración.

Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes.

En los tiempos históricos nos encontramos a la sociedad dividida casi por doquier en una serie de estamentos dentro de cada uno de los cuales reina, a su vez, una nueva jerarquía social de grados y posiciones.  En la Roma antigua son los patricios, los équites, los plebeyos, los esclavos; en la Edad Media, los señores feudales, los vasallos, los maestros y los oficiales de los gremios, los siervos de la gleba, y dentro de cada una de esas clases todavía nos encontramos con nuevos matices y gradaciones.

La moderna sociedad burguesa que se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase.  Lo que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas modalidades de lucha, que han venido a sustituir a las antiguas.

 

Sin embargo, nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza por haber simplificado estos antagonismos de clase.  Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abiertamente, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado”.

Es muy importante detenerse en estos dos últimos párrafos.  El primero de ellos nos explica que la moderna sociedad burguesa ha creado nuevas clases y que esas clases son (segundo párrafo) la burguesía y el proletariado. Eso fue escrito en 1848. ¿Sigue siendo así?

Si queremos dar una respuesta adecuada, en términos metodológicos, podemos (y debemos) apoyarnos en lo que nos dice la historia. Veremos un fenómeno que manifiesta dos caras, un anverso y un reverso pero que constituyen una unidad.

 

Veamos.

De los siervos de la gleba de la Edad Media surgieron los "villanos" de las primeras ciudades; y estos villanos fueron el germen de donde brotaron los primeros elementos de la burguesía.

El descubrimiento de América, la circunnavegación de África abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía.  El mercado de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición.”

El régimen feudal o gremial de producción que seguía imperando no bastaba ya para cubrir las necesidades que abrían los nuevos mercados.  Vino a ocupar su puesto la manufactura.  Los maestros de los gremios se vieron desplazados por la clase media industrial, y la división del trabajo entre las diversas corporaciones fue suplantada por la división del trabajo dentro de cada taller.

 

Pero los mercados seguían dilatándose, las necesidades seguían creciendo.  Ya no bastaba tampoco la manufactura. El invento del vapor y la maquinaria vinieron a revolucionar el régimen industrial de producción.  La manufactura cedió el puesto a la gran industria moderna, y la clase media industrial hubo de dejar paso a los magnates de la industria, jefes de grandes ejércitos industriales, a los burgueses modernos.

 

La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América.  El mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra.  A su vez, estos progresos redundaron considerablemente en provecho de la industria y, en la misma proporción en que se desarrollaban la industria, el comercio, la navegación, los ferrocarriles, se desarrollaba la burguesía, crecían sus capitales, iba desplazando y esfumando a todas las clases heredadas de la Edad Media.

 

Vemos, pues, que la moderna burguesía es, como lo fueron en su tiempo las otras clases, producto de un largo proceso histórico, fruto de una serie de transformaciones radicales operadas en el régimen de cambio y de producción.”

 

A cada etapa de avance recorrida por la burguesía corresponde una nueva etapa de progreso político.  Clase oprimida bajo el mando de los señores feudales, la burguesía forma en la "comuna"  una asociación autónoma y armada para la defensa de sus intereses; en unos sitios se organiza en repúblicas municipales independientes; en otros forma el tercer estado tributario de las monarquías; en la época de la manufactura es el contrapeso de la nobleza dentro de la monarquía feudal o absoluta y el fundamento de las grandes monarquías en general, hasta que, por último, implantada la gran industria y abiertos los cauces del mercado mundial, se conquista la hegemonía política y crea el moderno Estado representativo.  Hoy, el Poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa.

La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario.

 

Dondequiera que se instauró, echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas.  Echó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas.  Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar.  Sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen de explotación, velado por los cendales de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen franco, descarado, directo, escueto, de explotación.

La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia.

 

La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían la familia y puso al desnudo la realidad económica de las relaciones familiares.

La burguesía vino a demostrar que aquellos alardes de fuerza bruta que la reacción tanto admira en la Edad Media tenían su complemento cumplido en la haraganería más indolente.  Hasta que ella no lo reveló no supimos cuánto podía dar de sí el trabajo del hombre.  La burguesía ha producido maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas; ha acometido y dado cima a empresas mucho más grandiosas que las emigraciones de los pueblos y las cruzadas.”

Toda esa larga y muy amplia descripción que, de la burguesía, su historia y sus realizaciones, hacen Marx y Engels, corresponden a 1848. Es decir, todavía no se había hecho del poder en los principales países de su tiempo (Alemania, Italia, en cierto sentido Francia) y se encontraba en lo que se llama fase de la libre concurrencia. Hoy (164 años después) nos encontramos en la fase imperialista (la fase de formación de los monopolios es la otra, la intermedia) pero con una muy importante aclaración: fase imperialista de un sistema capitalista agotado. ¿Qué es, exactamente, lo que queremos decir con este calificativo?

 

Sigamos con la lectura del Manifiesto Comunista.

La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social.  Lo contrario de cuantas clases sociales la precedieron, que tenían todas por condición primaria de vida la intangibilidad del régimen de producción vigente.  La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes.  Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su quito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces.  Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás.”

 

Es decir, según Marx, que si “la burguesía no puede existir si no es revolucionando los instrumentos de la producción”, desaparece. Pero, ¿cómo desaparece? Desaparece en tanto clase revolucionaria y deviene en clase contrarevolucionaria. Podríamos decir, desde el punto de vista del lenguaje, en clase no-revolucionaria, pero esto es, filosóficamente hablando, imposible. La condición de clase no-revolucionaria está más cerca de la nada que de la existencia; porque, en primer lugar, toda clase existe en función de intereses muy concretos: para hacerse del poder e imponer su sello a toda la sociedad o, en la etapa de su declinación histórica, para aferrarse al poder conquistado y no largarlo bajo ninguna circunstancia y defenderlo al precio que sea. Aún,  renegando de su historia que es lo mismo que decir negar de sí mismo. Y eso es lo que ocurrió, por ejemplo, con el nacional-socialismo. Es más; cuando empiezan a aparecer síntomas de esta negación de su propia historia, de su identidad, es consecuencia de que aparecen impedimentos objetivos que le impiden seguir desempeñando el mismo papel. ¿Cuáles son esos impedimentos?

 

Repasemos, una vez más, lo que escribieron Marx y Engels.

La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta a otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones.

La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas las partes del mundo.  Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba así mismo y donde no entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece con la producción material, acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común.  Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional van pasando a segundo plano, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal.

 

La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta a las naciones más salvajes. El bajo precio de sus mercancías es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China, con la que obliga a capitular a las tribus bárbaras más ariscas en su odio contra el extranjero. Obliga a todas las naciones a abrazar el régimen de producción de la burguesía o perecer; las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas.  Crea un mundo hecho a su imagen y semejanza.

La burguesía somete el campo al imperio de la ciudad.  Crea ciudades enormes, intensifica la población urbana en una fuerte proporción respecto a la campesina y arranca a una parte considerable de la gente del campo al cretinismo de la vida rural.  Y del mismo modo que somete el campo a la ciudad, somete los pueblos bárbaros y semibárbaros a las naciones civilizadas, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente.

 

La burguesía va aglutinando cada vez más los medios de producción, la propiedad y los habitantes del país.  Aglomera la población, centraliza los medios de producción y concentra en manos de unos cuantos la propiedad.  Este proceso tenía que conducir, por fuerza lógica, a un régimen de centralización política.  Territorios antes independientes, apenas aliados, con intereses distintos, distintas leyes, gobiernos autónomos y líneas aduaneras propias, se asocian y refunden en una nación única, bajo un Gobierno, una ley, un interés nacional de clase y una sola línea aduanera.

En el siglo corto que lleva de existencia como clase soberana, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Basta pensar en el sometimiento de las fuerzas naturales por la mano del hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación de vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo eléctrico, en la roturación de continentes enteros, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotaron de la tierra como por ensalmo... ¿Quién, en los pasados siglos, pudo sospechar siquiera que en el regazo de la sociedad fecundada por el trabajo del hombre yaciesen soterradas tantas y tales energías y elementos de producción?

 

Hemos visto que los medios de producción y de transporte sobre los cuales se desarrolló la burguesía brotaron en el seno de la sociedad feudal.  Cuando estos medios de transporte y de producción alcanzaron una determinada fase en su desarrollo, resultó que las condiciones en que la sociedad feudal producía y comerciaba, la organización feudal de la agricultura y la manufactura, en una palabra, el régimen feudal de la propiedad, no correspondían ya al estado progresivo de las fuerzas productivas.  Obstruían la producción en vez de fomentarla. Se habían convertido en otras tantas trabas para su desenvolvimiento.  Era menester hacerlas saltar, y saltaron.

Vino a ocupar su puesto la libre concurrencia, con la constitución política y social a ella adecuada, en la que se revelaba ya la hegemonía económica y política de la clase burguesa.

 

Repasemos y, luego, rearmemos el penúltimo párrafo: Cuando estos medios de transporte y de producción alcanzaron una determinada fase en su desarrollo, resultó que las condiciones en que la sociedad feudal producía y comerciaba, la organización feudal de la agricultura y la manufactura, en una palabra, el régimen feudal de la propiedad, no correspondían ya al estado progresivo de las fuerzas productivas

 

¿Qué es lo que nos queda al reordenar?; nos queda lo siguiente: Cuando estos medios alcanzaron una determinada fase en su desarrollo, la organización feudal de… y la manufactura…, no correspondían ya al estado progresivo de las fuerzas productivas. Es decir: llega un momento en que hay contradicción entre el régimen de propiedad y el estado o grado de desarrollo de las fuerzas productivas.

 

Lenín, hace casi 100 años, en 1916, escribió ese librito tantas veces mencionado y otras tantas no entendido que tiene por título: El imperialismo fase superior (estadio último) del capitalismo; (a nosotros no gusta más, dado que lo consideramos más adecuado a la realidad y, por lo tanto, más descriptivo, reemplazar fase superior por estadio último). Nos dice que el primer estadio, el de la libre concurrencia quedó atrás; lo mismo al referirse al estadio de formación de los monopolios (privados, agregamos nosotros) y que el capitalismo arribó, luego, a un nuevo estadio al que llamó imperialismo (no es de su autoría el término, aclaramos) y que se caracteriza por la fusión del capital industrial con el capital bancario como única forma posible que tenían los burgueses de prepararse para la competencia entre los diferentes sectores. Esa competencia (que ya exis-tía) manifestaba una nueva cara dado que en el estadio de libre concurrencia, la competencia tenía un objetivo muy restringido: el propio mercado a la vez que la oferta era, también, nacional.

 

Al mismo tiempo, se lleva a cabo el proceso de colonización que permite a los países colonizadores (futuros países centrales también llamados desarrollados o -más eufemísticamente- primer mundo) hacerse de las materias primas en cantidad suficiente y a muy bajo costo. En cantidad porque toda la parte del planeta que está más allá de Europa es la cantera, la mina proveedora; y es ahí donde están las colonias. De bajo costo, porque los pobladores de esos lugares son tratados en condiciones de super-explotación muy superiores a las que sufrieron los obreros (incluyendo mujeres y niños) europeos hasta ese momento. Pero, al mismo tiempo, el desarrollo del transporte, dio origen a la incorporación a los mercados nacionales, de los productos provenientes allende los mares. Ese proceso de colonización hizo posible que los colonizadores sean los dueños de todo lo existente en sus colonias, que fueran administradas por medio de un delegado y que la formación de clases autónomas de esa realidad fuera muy lenta.

 

¡Se creó una nueva realidad económica y social!

La formación de los monopolios fue la etapa intermedia en tanto permitió la fusión de capitales con mayor capacidad productiva y la eliminación de capitales depreciados de baja productividad y alto costo de producción que perturbaban la marcha ascendente del capitalismo. El estadio imperialista solo podía admitir a aquellos sectores burgueses de punta: sin angustias para encontrar capital, con el empleo de la mejor tecnología de su tiempo, y con una fuerza de trabajo de muy alto rendimiento. Con otras condiciones era imposible entrar en la competencia. ¡Había comenzado la era de las crisis, las guerras y las revoluciones!, al decir de Lenin.

 

Llevamos, desde entonces, casi 100 años, y esa ha sido la característica, la constante. Pero, esa característica, ¿permaneció igual, a lo largo de las décadas? La respuesta que demos a esta pregunta, nos permitirá caracterizar la etapa que estamos viviendo. ¡Eso es lo que intentamos!

 

Para ello, sigamos con lo que continúa del Manifiesto Comunista.

Pues bien: ante nuestros ojos se desarrolla hoy un espectáculo semejante.  Las condiciones de producción y de cambio de la burguesía, el régimen burgués de la propiedad, la moderna sociedad burguesa, que ha sabido hacer brotar como por encanto tan fabulosos medios de producción y de transporte, recuerda al brujo impotente para dominar los espíritus subterráneos que conjuró.  Desde hace varias décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de las modernas fuerzas productivas que se rebelan contra el régimen vigente de producción, contra el régimen de la propiedad, donde residen las condiciones de vida y de predominio político de la burguesía.  Basta mencionar las crisis comerciales, cuya periódica reiteración supone un peligro cada vez mayor para la existencia de la sociedad burguesa toda. Las crisis comerciales, además de destruir una gran parte de los productos elaborados, aniquilan una parte considerable de las fuerzas productivas existentes.  En esas crisis se desata una epidemia social que a cualquiera de las épocas anteriores hubiera parecido absurda e inconcebible: la epidemia de la superproducción. La sociedad se ve retrotraída repentinamente a un estado de barbarie momentánea; se diría que una plaga de hambre o una gran guerra aniquiladora la han dejado esquilmada, sin recursos para subsistir; la industria, el comercio están a punto de perecer. ¿Y todo por qué?  Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio.  Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiado poderosas para servir a este régimen, que embaraza su desarrollo.  Y tan pronto como logran vencer este obstáculo, siembran el desorden en la sociedad burguesa, amenazan dar al traste con el régimen burgués de la propiedad. Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado angostas para abarcar la riqueza por ellas engendrada. ¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía?  De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos.  Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas.

Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra ella.”

 

Esto fue escrito en 1848; estamos en el 2010. ¿Han existido cambios? El simple enunciado: burgueses contra proletarios, a la altura de los acontecimientos históricos que devinieron, ha dado lugar a la aparición de varios sectores y subsectores de clase en cada uno de los bandos contrapuestos.

Es que pasaron 162 años y, durante ellos, el capitalismo fue desarrollándose y una de las expresiones de ese desarrollo es la configuración de un nuevo cuadro de clases.

 

Así, tenemos burguesía imperialista, burguesía nacionalista, burguesía nacional socia de la imperialista, medianos y pequeños burgueses, por un lado y, por el otro, mucho más que solamente proletarios dado que tenemos a aquellos que venden su fuerza de trabajo (obreros y empleados, estén o no, ocupados) y aquellos que consumen su propia fuerza de trabajo (pequeños campesinos, pequeños comerciantes, pequeños productores, artesanos, trabajadores de oficios diversos por cuenta propia). En definitiva, dos bandos enfrentados a partir de un hecho que no se puede negar con ningún tipo de leguleyada: hay un sector que es dueño de los medios de producción y de cambio (los burgueses) y hay otro que es poseedor solamente de fuerza de trabajo que la pone en venta (ofrece) en el mercado (como una simple mercancía) por un precio por lo general definido monopólicamente por la burguesía  con la abierta complicidad del estado. Todos los otros sectores burgueses (los que no dirigen el estado) también viven de lo que le depara la explotación de la fuerza de trabajo respectiva; pueden tener conflictos con el sector dominante. Pero, excepto en situaciones límites en los que el tejido social está descompuesto y se produce la desarticulación de las instituciones (públicas o privadas, es lo mismo) que hacen y definen la formación económico-social en cuestióntienden a la unidad de acción, rescatando el espíritu de clase.

 

Los que viven explotando su fuerza de trabajo se dividen (ya lo vimos) en dos grandes sectores. Pero el que consume su fuerza de trabajo, depende (aunque no es consciente de ello) de los que la venden. Dado que el proceso del trabajo genera el valor que se apropia todo burgués más lo que éste le paga al trabajador, se hace posible la existencia de una demanda que parece autonomizadapero que en momentos de crisis está llamada a desaparecer y, en el mejor de los casos, transformar la condición de autoexplotado en trabajador. Decimos en el mejor de los casos por cuanto la dinámica del capitalismo es hacia la desocupación, el desempleo. De manera, entonces, que quedan sólo dos actores principalísimos que, dada la complejidad social denominamos burguesía imperialista (que incluye a sus socios de los países atrasados) y movimiento de masas, heterogéneo y contradictorio conglomerado de varios sectores que tienen en común el ser explotados, directa o indirectamente, por la burguesía imperialista. Eso es lo que ya se daba en aquellos años del siglo XIX.

 “Desde hace varias décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de las modernas fuerzas productivas que se rebelan contra el régimen vigente de producción, contra el régimen de la propiedad, donde residen las condiciones de vida y de predominio político de la burguesía.  Basta mencionar las crisis comerciales, cuya periódica reiteración supone un peligro cada vez mayor para la existencia de la sociedad burguesa toda. Las crisis comerciales, además de destruir una gran parte de los productos elaborados, aniquilan una parte considerable de las fuerzas productivas existentes.  En esas crisis se desata una epidemia social que a cualquiera de las épocas anteriores hubiera parecido absurda e inconcebible: la epidemia de la superproducción. La sociedad se ve retrotraída repentinamente a un estado de barbarie momentánea; se diría que una plaga de hambre o una gran guerra aniquiladora la han dejado esquilmada, sin recursos para subsistir; la industria, el comercio están a punto de perecer. ¿Y todo por qué?

 

Si nos detenemos a analizar la actual crisis mal llamada financiera, veremos que lo que hay es una reiteración de episodios ya vividos. Que sea una reiteración no nos debe confundir y hacer llegar a la conclusión de que nada ha cambiado con el paso de los años y las décadas. Que sea una reiteración nos dice que hay una situación de identidad que se prolonga en el tiempo en tanto persista el sistema capitalista. Que se hace cada vez más grave y que podemos llamar fenómeno objetivo independiente de la voluntad de los seres humanos (independiente de toda subjetividad) que tendrá sus episodios graves, sus recomposiciones y que volverá una y otra vez a repetir ese ciclo. Ello, en tanto exista pero con una condición: su gravedad es cada vez mayor. Por distintos factores, pero con la característica que esos factores agregan nuevos y, entonces, el conjunto cruje y, en la escala de Richter, da valores cercanos a 8 y a 9.

 

¿Y todo por qué?, se preguntaban Marx y Engels. La respuesta que dieron es la siguiente. “Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio.  Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiado poderosas para servir a este régimen, que embaraza su desarrollo.  Y tan pronto como logran vencer este obstáculo, siembran el desorden en la sociedad burguesa, amenazan dar al traste con el régimen burgués de la propiedad. Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado angostas para abarcar la riqueza por ellas engendrada. ¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía?  De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos.  Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas. Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra ella

 

¿Cómo se sobrepone a la crisis la burguesía? De dos maneras: destruyendo fuerza productiva y conquistando nuevos mercados. En cuanto a destrucción de fuerza productiva debemos tener presente que la mayor fuerza productiva es el hombre y que aquello construido es la manifestación objetiva de esa fuerza. Tengamos presente, además, que la naturaleza no es lo mismo para las especies anteriores al Homo sapiens a las que provee medios de sustento mientras que para el hombre es proveedora de materia prima, además de sustento; tengamos presente, también, que la ciencia, la técnica y las tecnologías que usa el hombre para obtener bienes, es  producto de la actividad humana. Para conquistar mercados, a su vez, en el estadio imperialista, va a la guerra que, a su vez, es la mejor forma de destruir fuerza productiva.

Destruyendo fuerza productiva.

Como si el mundo fuera una enorme pantalla de televisión, hemos visto, desde que empezó la actual recesión, a fines del 2007 principios del 2008, cómo se realiza. Empresas quebradas y fusión de empresas son las formas que asume. Excepto aquellas que, desde el vértice del poder, se decide rescatar (“porque son muy grandes para que se caigan” fue el mentiroso argumento) y que aprovechan el salvataje para acrecentar su capital operativo y concentrar el capital que se mueve en la rama productiva, comercial o financiera en que se desempeña.

Lo llamativo es que la mayoría de las empresas socorridas son bancos y aseguradoras, las que conforman el mundo financiero. Según el Wall Street Journal de las Américas del 29 de diciembre del 2009, Washington inyectó 245.000 millones de dólares en casi 700 bancos y compañías de seguros, garantizó deuda bancaria por casi 350.000 millones y concedió más de 300.000 millones en préstamos de corto plazo a empresas de primera línea; rescató a dos de las tres principales automotrices y desembolsó miles de millones de dólares para estimular el mercado de bienes raíces. Es llamativo pero no es una casualidad. Más bien, es lógico. EEUU tiene el PIB más grande del mundo, también el per cápita (PIBc). A ese PIB, servicios aporta el 67.8% (tengamos presente que en servicios entra todo lo que es financiero); la producción de bienes es del 19.8% (manufactura: 12.1, construcción: 4.9, petróleo, gas y minería, 1,9, agricultura, silvicultura y pesca, 0.9); los gobiernos federal, estatales y municipales aportaron el resto: 12,4. La fuerza de trabajo está constituida por 155 millones de personas de las cuales, el 81%, trabaja en servicios.

Según datos del año 2006, la economía de Estados Unidos está en primer lugar o cerca de él en varias clasificaciones internacionales:

Núm. 1 en productividad económica en 2006, lo que se conoce como producto interno bruto, por un monto de 13,13 billones de dólares. Con menos del 5 por ciento de la población mundial, unos 302 millones de habitantes, Estados Unidos representa, según distintas mediciones, entre el 20 y el 30 por ciento del PIB mundial. El PIB de un solo estado, California, que ascendió a 1,5 billones en 2006, fue mayor que el PIB de todos los países del mundo, menos 8, en ese año.

Núm. 1 en el total de importaciones, cerca de 2,2 billones en 2006, casi el doble que el país que registró el siguiente nivel más alto, Alemania. Núm. 1 en exportaciones de servicios, 422.000 millones en 2006.

Núm. 1 en déficit comercial, 765.300 millones en 2006, muchas veces mayor que el de cualquier otro país.

Núm. 1 en deuda externa, la cual se estimaba en más de 10 billones a mediados de 2006.

Núm. 1 como lugar de destino para la inversión externa, con una afluencia de más de 1,5 billones en 2006.

Núm. 1 en la afluencia de inversión externa directa —en empresas y bienes raíces— por cerca de 177.300 millones en 2006.

Núm. 1 en consumo de petróleo, con cerca de 20,6 millones de barriles diarios en 2006, y núm. 1 en importaciones de petróleo crudo, con más de 10 millones de barriles diarios.

Núm. 1 en presupuesto militar, bases militares alrededor del mundo, invasiones y despliegue naval.

Núm. 1 como fuente de remesas en efectivo para América Latina y el Caribe, que totalizaron 62.000 millones en 2006 y casi tres cuartas partes de los cuales fueron enviadas por personas que emigraron de esas regiones para buscar trabajo en el exterior.

Lugar de destino núm. 1 para la inversión externa directa de las 100 mayores corporaciones multinacionales del mundo, incluso algunas de países en desarrollo.

Núm. 2 en exportaciones de bienes, 1 billón en 2006, sólo superado por Alemania, aunque se pronosticó que China rebasaría a Estados Unidos en 2007.

Núm. 2 en tráfico de contenedores marítimos en 2006, sólo superado por China.

Núm. 3 en 2007 en cuanto a la facilidad con que se puede hacer negocios, después de Singapur y Nueva Zelanda.

Núm. 5 en holdings de activos de reserva en 2005 por un valor de 188.300 millones, el 4 por ciento de la participación mundial, detrás de Japón y China, con 18 por ciento cada uno), Taiwán y Corea del Sur, y un poco adelante de Rusia.

Núm. 15 en reservas de divisas y oro, por un valor aproximado de 69.000 millones a mediados de 2006.

Núm. 20 de 163, empatado con Bélgica y Chile, en el índice de Transparencia Internacional de 2006 para medir las percepciones sobre la corrupción (a las economías que obtienen números más pequeños se las considera menos corruptas).

 

Como un dato más, podemos poner el ejemplo de Costa Rica donde finanzas y seguros pasa del puesto 8 en 1992 al 2, en el 2007.

 

Cuando Lenin define al imperialismo como la fusión del capital industrial y el capital bancario, señala una situación dada en la economía de su tiempo pero apunta a una situación por venir. Si el capital industrial se une al capital bancario para poder enfrentar los problemas que le plantea la economía de su tiempo, empieza a subordinarse al sector financiero. Ergo, este es el que toma la delantera y, por lo tanto, es el que dibuja el mundo del futuro, la sociedad burguesa desarrollada. Pero tengamos en cuenta que el capital que genera el mundo de las finanzas no es otro que el resultado de los intereses que deviene el capital prestado. En consecuencia es el resultado indirecto de la explotación del trabajador. Tiene apariencia de capital ficticio. Se sustrae al pago de fuerza de trabajo directa y materia prima, se sustrae al rédito (ganancia) burgués y se sustrae a la reinversión en tanto que excedente. Se construye así, un mundo (sociedad) burgués con pies de barro que debe estimular ese mecanismo de generación de ganancias porque el tradicional, el clásico, por medio de la producción y el comercio está atascado por la sobreproducción, irracional condición necesaria para la competencia burguesa y subproducto inevitable de la baja de la demanda.

 

Tengamos presente, al decir de Claudio Katz, que la crisis que atravesamos tiene tres dimensiones: 1) hipertrofia financiera, 2) sobreproducción y, 3) intercambio comercial desigual entre los pesos pesados de la economía mundial. Pero, sobre todo, tengamos presente que estalló en el epicentro de la sociedad burguesa de nuestro tiempo (EEUU), que se corrió rápidamente al segundo escalón (Europa y Japón) y que pasó con muy poca incidencia en los países emergentes (tipo BRICS) y con un poco de mayor intensidad en el resto del mundo atrasado pero siempre inferior a los desarrollados.

 

¿Por qué, si en la últimas décadas (desde los 70s’) las crisis se daban, ocurrían, tenían lugar, en su mayor parte, en la llamada periferia (México, SE asiático, Rusia, Brasil, Argentina), ahora tiene origen en el primer mundo?

 

La primer respuesta es que en aquellos países pasaron por los ajustes que la dinámica burguesa, siempre, requiere y que no es otra cosa que la destrucción de fuerza productiva y conquista de mercados. En tanto que respuesta es correcta (hay evidencia de ello) pero, en nuestra opinión es insuficiente porque la separa del histórico curso objetivo que atraviesa (y ello es ineludible) el sistema capitalista.

 

Tengamos en cuenta, para hallar la respuesta adecuada, la que permite hacer proyecciones correctas acerca del curso político futuro, lo que dice el Manifiesto Comunista:

De los siervos de la gleba de la Edad Media surgieron los "villanos" de las primeras ciudades; y estos villanos fueron el germen de donde brotaron los primeros elementos de la burguesía.

 

El descubrimiento de América, la circunnavegación de África abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía.  El mercado de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición.”

 

El régimen feudal o gremial de producción que seguía imperando no bastaba ya para cubrir las necesidades que abrían los nuevos mercados.  Vino a ocupar su puesto la manufactura.  Los maestros de los gremios se vieron desplazados por la clase media industrial, y la división del trabajo entre las diversas corporaciones fue suplantada por la división del trabajo dentro de cada taller.

 

Pero los mercados seguían dilatándose, las necesidades seguían creciendo.  Ya no bastaba tampoco la manufactura. El invento del vapor y la maquinaria vinieron a revolucionar el régimen industrial de producción.  La manufactura cedió el puesto a la gran industria moderna, y la clase media industrial hubo de dejar paso a los magnates de la industria, jefes de grandes ejércitos industriales, a los burgueses modernos.

 

La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América.  El mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra. 

 

A su vez, estos, progresos redundaron considerablemente en provecho de la industria, y en la misma proporción en que se desarrollaban la industria, el comercio, la navegación, los ferrocarriles, se desarrollaba la burguesía, crecían sus capitales, iba desplazando y esfumando a todas las clases heredadas de la Edad Media.

 

Vemos, pues, que la moderna burguesía es, como lo fueron en su tiempo las otras clases, producto de un largo proceso histórico, fruto de una serie de transformaciones radicales operadas en el régimen de cambio y de producción.”

 

Pero ya volveremos a discutir por qué los países no centrales sufrieron menos la actual crisis. Por ahora sigamos con el proceso que siguió el capitalismo y las transformaciones que ocurrieron en la burguesía.

La moderna burguesía que se describe corresponde a la de 1848. Hoy debemos agregar que a la gran industria moderna le siguió, varios acomodos mediante, el imperialismo.

 

En las páginas finales de su trabajo, en el capítulo X: El lugar histórico del imperialismo, Lenin, cerrando todos los ajustes teóricos necesarios, escribe:

 Como hemos visto, el imperialismo, por su esencia económica, es el capitalismo monopolista. Con ello queda ya determinado el lugar histórico del imperialismo, pues el monopolio, que nace única y precisamente de la libre concurrencia, es el tránsito del capitalismo a un orden social-económico más elevado. Hay que poner de relieve particularmente cuatro variedades principales del monopolio o manifestaciones principales del capitalismo monopolista característicos del período que nos ocupa.

 

    Primero: El monopolio es un producto de la concentración de la producción en un grado muy elevado de su desarrollo. Son las alianzas monopolistas de los capitalistas, cartels, sindicatos (obviamente no se refiere a los sindicatos de trabajadores, aclaración nuestra), trusts. Hemos visto, qué inmenso papel desempeñan en la vida económica contemporánea. Hacia principios del siglo XX, alcanzaron pleno predominio en los países avanzados, y si los primeros pasos en el sentido de la cartelización fueron dados con anterioridad por los países con tarifas arancelarias proteccionistas elevadas (Alemania, Estados Unidos), Inglaterra, con su sistema de librecambio, mostró, sólo un poco más tarde, ese mismo hecho fundamental: el nacimiento del monopolio como consecuencia de la concentración de la producción.

 

    Segundo: Los monopolios han conducido a la conquista recrudecida de las más importantes fuentes de materias primas, particularmente para la industria fundamental y más cartelizada de la sociedad capitalista: la hullera y la siderúrgica. La posesión monopolista de las fuentes más importantes de materias primas ha aumentado en proporciones inmensas el poderío del gran capital y ha agudizado las contradicciones entre la industria cartelizada y la no cartelizada.

 

    Tercero: El monopolio ha surgido de los bancos, los cuales, de modestas empresas intermediarias que eran antes, se han convertido en monopolistas del capital financiero. Tres o cinco bancos más importantes de cualquiera de las naciones capitalistas más avanzadas han realizado la "unión personal" del capital industrial y bancario, han concentrado en sus manos miles y miles de millones que constituyen la mayor parte de los capitales y de los ingresos en dinero de todo el país. Una oligarquía financiera que tiende una espesa red de relaciones de dependencia sobre todas las instituciones económicas y políticas de la sociedad burguesa contemporánea sin excepción: he aquí la manifestación de más relieve de este monopolio.

 

    Cuarto: El monopolio ha nacido de la política colonial. A los numerosos "viejos" motivos de la política colonial, el capital financiero ha añadido la lucha por las fuentes de materias primas, por la exportación de capital, por las "esferas de influencia", esto es, las esferas de transacciones lucrativas, concesiones, beneficios monopolistas, etc., y, finalmente, por el territorio económico en general. Cuando las potencias europeas ocupaban, por ejemplo, con sus colonias, una décima parte de África, como fue aún el caso en 1876, la política colonial podía desarrollarse de un modo no monopolista, por la "libre conquista", por decirlo así, de territorios. Pero cuando resultó que las 9/10 de África estaban ocupadas (hacia 1900), cuando resultó que todo el mundo estaba repartido, empezó inevitablemente la era de posesión monopolista de las colonias y, por consiguiente, de lucha particularmente aguda por la partición y el nuevo reparto del mundo.

 

    Todo el mundo conoce hasta qué punto el capital monopolista ha agudizado todas las contradicciones del capitalismo. Basta indicar la carestía de la vida y el yugo de los cartels. Esta agudización de las contradicciones es la fuerza motriz más potente del período histórico de transición iniciado con la victoria definitiva del capital financiero mundial.

 

    Los monopolios, la oligarquía, la tendencia a la dominación en vez de la tendencia a la libertad, la explotación de un número cada vez mayor de naciones pequeñas o débiles por un puñado de naciones riquísimas o muy fuertes: todo esto ha originado los rasgos distintivos del imperialismo que obligan a caracterizarlo como capitalismo parasitario o en estado de descomposición. Cada día se manifiesta con más relieve, como una de las tendencias del imperialismo, la creación de "Estados-rentistas", de Estados-usureros, cuya burguesía vive cada día más de la exportación del capital y de "cortar el cupón". Sería un error creer que esta tendencia a la descomposición descarta el rápido crecimiento del capitalismo. No; ciertas ramas industriales, ciertos sectores de la burguesía, ciertos países, manifiestan, en la época del imperialismo, con mayor o menor fuerza, ya una, ya otra de estas tendencias. En su conjunto, el capitalismo crece con una rapidez incomparablemente mayor que antes, pero este crecimiento no sólo es cada vez más desigual, sino que esa desigualdad se manifiesta asimismo, de un modo particular, en la descomposición de los países más fuertes en capital (Inglaterra).” (El subrayado es nuestro).

 

¿Cuál es la descomposición de los países más fuertes en capital? La respuesta, empírica, de enorme resonancia, es la crisis que estamos viviendo. Para que quede claro: cuando decimos capitalismo agotado, estamos diciendo que se trata de una formación económico-social (sistema capitalista) en la que la producción y el subsiguiente comercio como forma de hacer posible la reproducción del capital, dio lugar a la forma parasitaria, que da lugar a la vida montada en las rentas, en los intereses que devengan los préstamos y (muy fuertemente presente en estos tiempos) en las estafas de todo tenor, como lo fueron las hipotecas sub-prime.

 

La burguesía apareció a caballo de una historia asentada en una ficción de la naturaleza material que es, al mismo tiempo, una realidad social: el capital. No existe en la naturaleza, no forma parte de las fuerzas productivas, su expresiónel dinero- es un fetichismo. Sin embargo, al igual que otros importantes eventos de la historia de la humanidad, la construcción de tal ficción, cumplió un papel importante en el desarrollo de la cultura humana, por aquello de su doble carácter: ficción material-realidad social.

 

Cuando, en el curso de su desarrollo, como consecuencia del mismo, queda expuesto en su condición de ficción, su permanencia se transforma en un objeto que necesita, nada más, una progresiva brisa de humanidad, para quedar reducido a lo que realmente es.

 

Una clara manifestación de este proceso, que transita por caminos de los arrabales, es lo que ocurre con las fuerzas

productivas.

 

Volviendo al Manifiesto Comunista.

Desde hace varias décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de las modernas fuerzas productivas que se rebelan contra el régimen vigente de producción, contra el régimen de la propiedad, donde residen las condiciones de vida y de predominio político de la burguesía.  Basta mencionar las crisis comerciales, cuya periódica reiteración supone un peligro cada vez mayor para la existencia de la sociedad burguesa toda. Las crisis comerciales, además de destruir una gran parte de los productos elaborados, aniquilan una parte considerable de las fuerzas productivas existentes.”

 

Se entiende por fuerzas productivas la conjunción de tres factores. De existencia material todos ellos. Ligados, a su vez, a la cualidad propia del ser humano, del Homo sapiens, aquello que lo identifica: su capacidad para obtener bienes de uso por medio del trabajo sobre la materia prima que ofrece la naturaleza. Tales factores son: 1) los recursos naturales, 2) las técnicas y tecnologías derivadas de la práctica empírica o del acerbo científico y que se comprueban y corroboran en su materialidad en la producción de dichos bienes de uso. El tercer factor (desde lejos, el más importante) no es otro que el personaje que emplea la naturaleza, la materia prima, y con las técnicas y el conocimiento obtiene productos: el recurso humano, el Homo sapiens.

 

En los dos párrafos anteriores, se mencionan las fuerzas productivas. En una, se las define como el rebelde motor que hace posible el desarrollo; podríamos decir, la cultura humana. En el otro párrafo, como aquello que es necesario destruir para que la burguesía, al frente de la sociedad, pueda sortear las crisis que vive aunque, con el resultado obtenido, prepare una crisis mayor.

 

Dicha dualidad, no es otra cosa que la expresión social e histórica del doble carácter que tiene la burguesía por ser el producto de una ficción de la naturaleza de la que tuvo necesidad de echar mano la humanidad para desarrollarse pero que, una vez logrado el objetivo de desarrollo buscado, pone en la superficie de la actividad humana, desnuda, su carácter fetichista y llama a su superación.

El desarrollo de las fuerzas productivas es la resultante de la conjunción de aquellos tres factores, no necesariamente en la misma proporción o participando con igual intensidad. En los primeros tiempos del capitalismo, cuando había una explotación feroz de la fuerza de trabajo que no diferenciaba entre niños, mujeres u hombres, el desarrollo de las fuerzas productivas existía en tanto el hombre incorporaba técnicas, tecnologías, equipos, aparatos, producto del desarrollo del conocimiento, de la ciencia. Este hecho ponía al hombre de entonces en condiciones de superioridad respecto de la naturaleza en tanto podía conocerla más y mejor. En tanto podía hacer conciencia de su ubicación en el mundo, de su perspectiva. Obviamente, no hablamos de todos y cada uno de los hombres, de las mujeres, de los niños; hablamos del hombre como especie, como Homo sapiens sapiens. Su actividad práctica, por lo tanto social, le proveía identidad. Lo separaba de las otras especies al mismo tiempo que, en un proceso mental, racional de gran envergadura, lo adentraba, conceptualmente, en la naturaleza y le brindaba argumentos que le permitían romper el cerco de alienación y de su manifestación en tiempos del capitalismo, la enajenación. En la medida que se hacía conciente, desarrollaba alas que le permitían levantar vuelo y construirse como especie relativamente más libre que en épocas y eras anteriores.

 

Somos de la opinión de que cuando se entra en el estadio imperialista, las fuerzas productivas entran en un cono de sombra. En esta condición, lo que se impone es la concentración del capital, del conocimiento, de los recursos. También aparece la concentración política y su necesario correlato, la sistemática y creciente restricción de la libertad, en todos sus aspectos.

 

Sin embargo, el hombre, como expresión concreta de la materia, como ser material, como producto de la naturaleza, tiene para sí, al igual que toda la materia, la propiedad de la autoorganización y la evolución. Esa característica, esa “herramienta” innata que tienen todos los exponentes biológicos, la reproducción, tiene su sentido lógico en la medida que lo que se pretende es la preservación de la especie. El hombre no es una excepción y, aunque la parálisis de las fuerzas productivas (como ocurre en las últimas décadas) frene su desarrollo, el instinto lo lleva a luchar por recuperar dicha herramienta.

 

La discusión acerca de si hay o no desarrollo de las fuerzas productivas es, sencillamente, una discusión de ignorantes cuando no de charlatanes o de mentirosos. Cuando el resultado de la actividad humana, bajo la dirección histórica de la burguesía, es la depredación de la naturaleza, no puede haber tal desarrollo.

 

Y si, a pesar de ello, aparecen sectores minoritarios que pretenden, con el desarrollo de la ciencia, sembrar las semillas de la recuperación de tal desarrollo, la burguesía -que solo entiende de su destrucción como consecuencia de su propia destrucción- se encuentra apabullada, arrinconada en su tozudez y maniobra una vez y otra para desviar el curso de las cosas.

 

De ahí que se plantee, permanentemente, la guerra y, cuanto más arrinconada se siente, la guerra a gran escala. No puede haber, no hay mejor forma de destrucción masiva de las fuerzas productivas.

 

La conquista de nuevos mercados.

En su tiempo Lenin tuvo una enorme discusión con Kautsky con respecto a la teoría del superimperialismo.

 

Podemos resumir la misma en los siguientes términos.

El programa de todas las burguesías, en toda su existencia, se concreta en la reproducción del capital. En sus tiempos de inicio, el escenario que requería para ello estaba definido por la libertad de comercio; de ahí sus consignas de libre circulación de personas y mercancías, libre asociación, libre expresión en la prensa, desaparición de las aduanas, creación de mercados más amplios. El sistema operativo era la concurrencia es decir, todos los productores concurrían al mercado donde exponían sus productos para poder venderlos. De esa forma lo que producía por medio de los trabajadores (poseedores de fuerza de trabajo) interactuando con la materia prima (ofrecida por la naturaleza) empleando técnicas apropiadas, se generaba valor pero si el producto  no era consumido en el mercado, no podía haber plusvalía y, por consecuencia, no había reproducción del capital. La concurrencia permitía competir por los consumidores. Esa competencia, inevitablemente, daría como resultado, entre los burgueses, exitosos y perdedores. Ese juego de dos caras depararía en el fortalecimiento de algunos y, más tarde, en la formación de monopolios (diversas formas de asociación entre distintos burgueses) para quedarse con sectores más amplios del mercado. Ese mecanismo, finalmente dio lugar a la asociación entre el burgués industrial y el burgués financiero. Ya no era la competencia por el mercado local sino por el mundial. Cuando el desarrollo del capitalismo llegó a ese nivel, se pasó al estadio imperialista. Esto es lo que define Lenin. Según esto quedó en el baúl de los recuerdos el capitalismo de libre concurrencia y el capitalismo de asociación. En términos históricos, empezó a quedar atrás el colonialismo (fenómeno más o menos llevado a cabo después de la segunda posguerra). Comienza la lucha entre las diferentes burguesías imperialistas (estados imperialistas) por apropiarse del mercado mundial; comienzan las grandes guerras mundiales. “Kautski sostiene (correctamente) que toda esa historia generará concentración de capital y llegará un punto en que, dado que el mercado no puede ser más grande que el definido por el número total de consumidores, las burguesías imperialistas llegarán a una situación tal en la que, por acuerdos explícitos, habrá un reparto del mercado y las guerras interimperialistas desaparecerán. ¿Qué dice ante esto, LeninLenin escribe, en 1915, el prefacio a la obra de Bujarin La economía mundial y el imperialismo (prefacio que Bujarin había creído perdido, y que ha sido encontrado entre los papeles de Lenin en forma de copia manuscrita y publicado en la Pravda del 21 de enero de 1927.

 

Por lo que se refiere a Kautski, su ruptura con el marxismo se ha traducido, no por una negación u olvido de la política, ni por "un salto" por encima de los conflictos políticos, trastornos y transformaciones particularmente numerosas y variadas en esta época del imperialismo, ni tampoco por una apología del imperialismo, sino por el sueño de un capitalismo "pacífico". Este ha sido reemplazado por un imperialismo, no pacífico, sino belicoso, catastrófico, y Kautski se ve obligado a declararlo, puesto que lo reconocía ya en 1909 en una obra especialmente consagrada a esta cuestión  (NR: Se trata del folleto de Kautski: El camino del poder); en ella hablaba por última vez en marxista, capaz de deducir inteligentemente las consecuencias de sus principios. Pero si no se puede soñar ingenuamente, con simplismo un poco grosero, en un retorno hacia atrás del imperialismo hacia el capitalismo "pacífico", ¿no puede darse acaso a estos sueños, que son los de un pequeño burgués, la forma de una meditación inocente sobre un "superimperialismo pacífico"? Si se llama "superimperialismo" a la asociación internacional de los imperialismos nacionales (o más precisamente de los imperialismos particularizados en los Estados), si se piensa que este superimperialismo "podría" eliminar ciertos conflictos particularmente desagradables, tales como guerras, conmociones políticas, etc., ¿por qué no sustraerse a las realidades actuales de esta época de imperialismo, que ha traído los más graves conflictos y catástrofes, para soñar inocentemente en un "superimperialismo" relativamente pacífico, y más o menos exento de conflictos y catástrofes? ¿Por qué no eliminar estos problemas tan graves que plantea "brutalmente" y ha planteado ya la época del imperialismo sobrevenida en Europa, soñando que tal vez esta época pasará muy pronto y que quizá sea permitido concebir una época de "superimperialismo" relativamente pacífico y que no emplee una táctica "brutal"? Es así precisamente como habla Kautski. Según él, "esta nueva faz (superimperialismo) del capitalismo es en todo caso teóricamente concebible"; pero, "si ella es realizable, no tenemos todavía premisas suficientes para resolver la cuestión". (NR: Lenin cita aquí pasajes del artículo de Kautski: Dos estudios por profundizar, aparecido en el número 5 de la Neue Zeit el 30 de abril de 1915).”

 

Sigue Lenín, más adelante en el mismo trabajo:

“(...). Pero, por otra parte, el desarrollo marcha en tales circunstancias, con tal           ritmo, con tales contradicciones, conflictos y conmocionesno sólo económicas, sino también políticas, nacionales, etc.- que, inexorablemente, antes de que se llegue a un único trust mundial, a la unión mundialultraimperialistade los capitales financieros nacionales, será inevitable que estalle el imperialismo y el capitalismo se convierta en su contrario

 

Superada, entonces, la discusión sobre el superimperialismo (también llamado, por aquel entonces, ultraimperialismo) no está descartada, para nada, una nueva guerra. Pero, ¿qué características debería tener la situación política, económica o militar para que ello ocurra?

 

La primera guerra mundial, confirmó todo lo que –durante su transcurso- escribió Lenin.

La propiedad privada fundada en el trabajo del pequeño patrono, la libre concurrencia, la democracia, todas esas consignas por medio de las cuales los capitalistas y su prensa engañan a los obreros y a los campesinos, pertenecen a un pasado lejano. El capitalismo se ha transformado en un sistema universal de opresión colonial y de estrangulación financiera de la inmensa mayoría de la población del planeta por un puñado de países "avanzados". Este "botín" se reparte entre dos o tres potencias rapaces de poderío mundial, armadas hasta los dientes (Estados Unidos, Inglaterra, Japón), que, por el reparto de su botín, arrastran a su guerra a todo el mundo.”

 

Es decir, todo aquello que se oponga a esa primacía se resolverá mediante la guerra, la política por otros medios, según Clausewitz.

 

Eso estuvo detrás de la primera guerra mundial. Recordemos: la Triple Alianza (Alemania, Austria-Hungría e Italia) contra la Triple Entente (Francia, Gran Bretaña, Rusia) que más tarde, en 1917, contó con la presencia de EEUU. Sin embargo, esa guerra finalizó como consecuencia de la situación revolucionaria que había en Europa (revoluciones en Rusia, Alemania, Hungría, Italia) que obligaron a las respectivas burguesías a tener que abocarse a sus propios trabajadores y campesinos y que derivó en la aparición de un inesperado, la Revolución Rusa. Esa situación de la lucha de clases dejó para una mejor oportunidad la resolución militar. En ese nuevo cuadro político, se dieron acontecimientos fundamentales que harían posible la continuación en la Segunda Guerra Mundial. Podemos mencionar, en esos acontecimientos, el triunfo del nacional-socialismo en Alemania, del fascismo en Italia, del franquismo en España, del stalinismo en Rusia, la derrota de la revolución china en 1927 a manos del fascismo chino en nombre del Kuomintang y bajo la dirección de Chian Kai-shek, la crisis mundial del 29, el New Deal en EEUU, el keynesianismo como “ideología” económica de la preparación para esa “necesaria guerra”. Decimos necesaria por cuanto había quedado una tarea sin cumplir y que era esencial para el desarrollo y la supervivencia del capitalismo en su fase imperialista.

 

Ese es el motivo de la segunda guerra mundial. El momento adecuado estuvo definido por tres factores: 1) la burguesía imperialista alemana tenía necesidad de ampliar el mercado que hasta entonces manejaba, 2) la clase obrera, a nivel mundial, había sido físicamente aplastada, derrotada (repetimos: Alemania, Hungría, Italia, España, Portugal, China) y, 3) las burguesías imperialistas europeas (Gran Bretaña, Francia) fueron obligadas a responder al ataque alemán pero, dado que estaban muy débiles, se creó el espacio para la intervención yanqui que se había pertrechado convenientemente y que, al igual que en la primera, decidió elegir el momento más conveniente para hacerlo. El resultado de esta segunda guerra tampoco fue  de una época de paz. Varios elementos permiten definirlo: 1) la burguesía imperialista más pujante y con menos destrozos por la guerra, la estadounidense, quedó en condiciones de enseñorearse en el mundo, 2) las débiles burguesías europeas, debieron ceder en su lucha contra los pueblos coloniales y semicoloniales que comenzaron a independizarse, 3) aparecieron burguesías nacionalistas y populistas en la periferia que se apoyaron en el movimiento de masas de sus países para llevar adelante sus proyectos nacionales, 4) la Unión Soviética apareció como país emergente que se propuso enfrentar a EEUU, 5) el movimiento de masas, vencido al comienzo de la guerra, comenzó una época de alza de sus luchas de tal suerte que terminó por ser factor importante en la derrota de los nazis y los fascistas (maquis, partisanos, pueblos coloniales de Asia y África), 6) dado que la destrucción de fuerza productiva que generó la guerra fue tan inmensa, la reconstrucción hizo necesario incorporar a las masas del mundo en esa tarea y facilitó la incorporación de sus países al mercado mundial, que se hiciera posible la conquista de viejas reivindicaciones siempre postergadas (el estado social de derecho se dio en buena parte de la periferia), 7) se entró en un mundo bipolar caracterizado por dos elementos sociales que rescató aquello de que “la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”: burguesía imperialista contra movimiento de masas. Esa bipolaridad persiste desde entonces y es el escenario en que se está dando la batalla, 8) Si tenemos presente que la aparición de Stalin en la Unión Soviética y su consolidación como burocracia por un lado y contrarrevolucionaria por el otro (socialismo en un solo país, coexistencia pacífica, acuerdos de Yalta y Postdam, propiciar en la periferia acuerdos con las burguesías por ellos definidas como democráticas y progresistas) significó, a lo largo de décadas, muerte de direcciones socialistas revolucionarias, ruptura con la tradición de lucha de la clase obrera y, por lo mismo, pérdida de la memoria histórica y destrucción de su organización, el ascenso del movimiento de masas que mencionamos párrafos atrás, se dieron dos situaciones sociales nuevas: los Partidos Comunistas se transformaron en dirección política mayoritaria de esas masas y la Unión Soviética apareció como su manifestación superestructural. La bipolaridad en la superestructura (EEUU vs Unión Soviética), fue la manifestación distorsionada de la bipolaridad estructural, 9) la burguesía imperialista en general (ya reconstituida) y la yanqui en particular pasaron a llevar adelante una doble tarea: enfrentar a una potencia que no era socialista, tampoco era capitalista, que estaba dirigida por una casta burocrática privilegiada, nacionalista, que creía que estaba (objetivamente) en la etapa de acumulación primitiva y -por su rasgo nacionalista, contrarrevolucionaria- capitalista, por una parte y, por la otra,  enfrentar a ese movimiento de masas con dirección populista, socialdemócrata, comunista, pero nunca socialista revolucionaria pero que no dejó de luchar. Las revoluciones china, vietnamita, argelina, cubana, son ejemplo de ello.

 

En resumen, según los aspectos más importantes, se estableció un nuevo orden mundial: excepto la burguesía imperialista yanqui, todas las otras fueron perdedoras; estas debieron poner el énfasis en su propia reconstrucción. El nuevo contendor de los estadounidenses fue la Unión Soviética pero no tanto por los mercados sino por una cuestión política aunque, si creciera la influencia soviética, se restringiría el potencial mercado para los yanquis, el movimiento de masas recompuso su capacidad de lucha aunque no su dirección revolucionaria (lo que abrió espacio para las burguesías nacionalistas, para los populistas y para la izquierda guerrillera). Por último, ahora sí se dio la mundialización al haberse incorporado las masas de los países atrasados, ahora sí el mundo estaba en condiciones de globalizar la pelea por los recursos naturales, por el mercado consumidor y por la oferta de fuerza de trabajo. Somos de la opinión de que la fase imperialista que describió Lenin, se completó aunque Lenin no previó estos tres aspectos. Es decir, el imperialismo, en su despliegue, con las dos guerras mundiales, creó esa realidad y, al hacerlo, creó las condiciones para que se generaran, aunque no simultáneamente, los tres momentos posteriores: la primavera pos guerra (los 30 gloriosos) que duró hasta mediados de los 70’s, el neoliberalismo hasta fin del siglo pasado, y, desde entonces, su agonía, agonía que abre dos perspectivas: la barbarización o su superación, eutanasia mediante por el movimiento de masas .

 

La guerra fría (iniciada no bien terminó la guerra) sirvió para que la burguesía imperialista se preparara para propiciar una nueva derrota física del movimiento de masas; para recrear las décadas del 20 y del 30 del siglo pasado; para acabar con la ficticia bipolaridad EEUU-URSS. No lo logró. Y no lo hizo porque la verdadera bipolaridad era entre el conjunto de la burguesía y el movimiento de masas. La URSS nunca amenazó al capitalismo porque su proyecto era propio del siglo XIX: crear y desarrollar un moderno estado, supuestamente socialista, pero con final escrito: su retorno a la condición capitalista (pero de tercer nivel) en cuanto se agotara el período de reconstrucción de la enorme destrucción de fuerza productiva que fue la guerra, destrucción como nunca hubo en la historia de la humanidad. Su final estaba escrito porque el suyo era una malformación: ni capitalista ni socialista (es imposible el socialismo en un solo país, el socialismo es sistémico o no lo es). Ese final coincidió con la finalización de los 30 gloriosos aunque el derrumbe se dio al final de los 80’s.

 

¿Por qué finalizaron los 30 gloriosos? Porque la reconstrucción de post-guerra demostró que el crecimiento al infinito, concepto burgués mantenido hasta ese entonces, es absolutamente imposible por la sencilla razón de que los recursos naturales no son infinitos y porque solamente pueden ser utilizados bajo dos condiciones: el reciclado y la producción de valores de uso y no de cambio, lo que lleva, inexorablemente a la planificación de la producción, de la distribución y del uso de los residuos de ambos procesos.

 

A ello debemos agregar que, conforme las características de la sociedad capitalista, la competencia lleva, inevitablemente, a la sobreproducción (¿hay otra forma de competir en el mercado que no sea con la sobre-oferta?).

 

Es sabido, por otra parte, que la parálisis del mercado es consecuencia del límite de la capacidad de compra que tiene el consumidor, aunque se lo incentive con la falacia del crédito y el dinero plástico (tarjetas) o con productos diseñados para tener corta vida útil. La consecuencia de la sobre-producción que no se realiza en el mercado, es pérdida de la ganancia. Tengamos presente que la ganancia es la relación entre la plusvalía y el capital invertido pero que la plusvalía se materializa en capital valorizado cuando el producto se vende (realización). Esto lleva a pensar que de la única manera que es posible obtener ganancia es aumentando la plusvalía. Esto es la esencia del neoliberalismo que, precisamente se genera como concepto a finales de los 70’s, cuando se empieza a tener conciencia que se acerca un cuello de botella.

 

Para aumentar la plusvalía, se deben tomar dos decisiones políticas: llevar a los trabajadores a condiciones de sobrexplotación y cercenar las libertades democrático-burguesas. Para lo primero, es necesario acabar con la forma fordista de producción en la que cada trabajador tenía asignada una tarea específica en el proceso productivo y aparece la flexibilidad laboral que impone cambios importantes en esas tareas: un trabajador debe ser útil en diferentes tareas, se imponen los equipos –llamados células laborales- en los que un grupo de trabajadores bajo la dirección de un supervisor puede desempeñar cualquier papel que es decidido por el conjunto –con lo que le hace creer al trabajador que tiene voz y voto- y donde establecen castigos a la ruptura del compromiso contraído y se asume por el conjunto la tarea del ausente; se establecen, a pedido de la patronal por medio del supervisor,  rangos de productividad que deben ser garantizados por el conjunto; las horas de trabajo y los días de descanso se definen de la misma forma; los salarios permanecen constantes y se establecen premios para el conjunto lo que genera peleas entre los trabajadores, etc. Esa forma de trabajo rompe las estructuras sindicales dentro de la empresa lo que da lugar a la desaparición de las asambleas y al desmantelamiento de los sindicatos nacionales. El eje de esa forma de organización del trabajo es la productividad: número de bienes producidos en la unidad de tiempo. Pero, si la productividad no origina aumento de la plusvalía, queda el recurso de bajar el salario y/o el despido. Esto último si, además, el trabajador hace gala de sindicalismo, lo que es un ataque a un derecho democrático.

 

Pero, el mayor ataque a las libertades democrático-formales se puede ejemplificar con lo que fueron las genocidas dictaduras de América Latina en la década del 70.

Además, hay otra forma de aumentar la productividad y es emplear tecnologías y maquinarias más modernas. La informatización, la robotización y la automatización brindan el sustrato adecuado. Es muy costosa pero permite lograr el objetivo aunque se corre un riesgo: al aumentar el capital constante (maquinarias y equipos, edificios, materia prima) si no aumenta la plusvalía, decrece la ganancia. Para ello, con el aumento de la productividad por la “modernización”, la fuerza de trabajo requerida es menor y el desempleo es la resultante.

Todo ello ocurrió durante la existencia del modelo llamado neo-liberal.

 

Pero los 30 gloriosos dejaron otra enseñanza para la burguesía imperialista. Si las crisis de sobre-producción eran recurrentes, se imponía otra forma de valorizar el capital. No inventaron nada; lo que existía, lo refinaron. Nos referimos al uso de préstamos, compra de bonos, inversión de capital especulativo en las bolsas de valores y compra de divisas. Algunos les llaman valorización del capital con capital ficticio dado que no es el producto directo de la plusvalía.

 

Deuda externa, deuda interna, participación en el negocio del seguro y en los fondos de pensiones, compra de empresas estatales a precio de remate, fueron algunas de esas actividades. Pero, más allá de que en el fondo esa plusvalía indirecta debía asentarse en la plusvalía directa (no puede salir de la nada) y, por lo tanto, era (es) una vuelta de tuerca más en la super-explotación de la fuerza de trabajo, su presencia creciente en el terreno financiero y en la economía en general, es un indicador de las dificultades que encuentra los capitalistas para reproducir el capital.

 

Otro recurso del que echaron mano, fue la llamada inversión extranjera directa (IED). La radicación de capitales en los países atrasados dio lugar a la mundialización de la producción asentada en los bajos salarios de esos países. India, China, Singapur, Tailandia, en menor medida Brasil, muchísimo menor Indonesia, Crecieron en su PIB al compás de las transnacionales que hacia ahí se orientaron. Obviamente, si la fuerza de trabajo superbarata fue el motivo, los que crecieron fueron China e India. Pero esto facilitó una nueva crisis de superproducción, la actual.

 

Podemos decir que es una confesión de que el capitalismo está, en términos objetivos, en una situación terminal. Por eso hablamos de capitalismo agotado. Porque la reproducción del capital no es, en su expresión más avanzada, a partir de la producción de bienes y servicios (aquí excluimos el servicio financiero) sino con la hipertrofia de lo financiero de tal forma que podemos agregar a lo de capitalismo agotado, los calificativos monetarista y parasitario. También esto explica que la actual crisis comience en el epicentro del sistema (EEUU) y se propague rápidamente al segundo escalón (Europa y Japón). Solo puede vivir un capitalismo parasitario, donde hay abundancia de capital-dinero. Que, a diferencia de las fuerzas productivas, no se destruye. Se concentra.

 

Pero podemos afirmar, sin lugar a dudas, que aquellos anuncios de esta crisis, fueron mediados por la situación política que trajo el actual siglo.

 

El siglo XXI no trajo un pan bajo el brazo; trajo el llamado argentinazo. No fue un fenómeno propio de Argentina; sino no hubiera aparecido la comparación de la actual crisis griega con aquella. Fue una insurrección popular contra un gobierno que poseía todos los atributos del neoliberalismo. Fue contemporáneo con la revolución ecuatoriana, con el triunfo de Hugo Chávez después del caracazo, con la guerra del agua en Bolivia. Ocurrió en la periferia que no tenía la capacidad de respuesta (capital) que mostraron los países centrales en la actual. Y que tenían a las masas que se fueron cansando de esperar.

 

Es que el sistema capitalista puede ser dibujado como conjunto con cuatro subconjuntos concéntricos que representan a su vez el desarrollo del orden mundial de la pos-guerra: en el centro, EEUU; hacia afuera, y en ese orden, Europa y Japón, luego los países del BRIC y, por último, la periferia. Las crisis económicas que se dieron durante esas dos décadas y medio, fueron desde la periferia al centro, pero todavía no golpearon a EEUU con la misma intensidad que en los otros. Europa la está viviendo con gran tumultuosidad pero EEUU sigue viviendo de las ganancias de la guerra y la posguerra. Una nueva crisis (algunos dicen que está en curso y que es la segunda etapa de la actual) sí le llegará.

 

Todo este recuento de lo que ocurrió desde la posguerra, tiene, por lógica, su expresión político-militar. Y tiene su epicentro: Vietnam. Fue la primera derrota militar de los gringos en su historia; y fue por paliza. ¿Cómo se explica? La voluntad de lucha del pueblo vietnamita, las ayudas que recibió de China y la URSS, no son suficientes para explicarlo. La comparación entre las fuerzas militares gringas y vietnamitas, no es posible desde la lógica. El factor determinante está en otro lugar, en la determinación de los vietnamitas en primer lugar, en las masas del mundo en segundo lugar y en el pueblo gringo por último. Es la explicación determinante, pero hay otra y tiene que ver con el momento en que ocurrió relacionado con la economía: la transición entre los 30 gloriosos y el neoliberalismo. La misma indicaba que el capitalismo empezaba a no tener repuesta ante su propio desarrollo y las contradicciones que develaba a su paso. Hoy debemos ver aquella derrota como el telón de fondo de la derrota en Irak, de la casi derrota en Afganistán, de las derrotas israelíes a manos de los palestinos, del fracaso de los golpes de estado prohijados en Venezuela y Ecuador, del fracaso del intento secesionista en Bolivia. 

 

Pero la burguesía imperialista no puede vivir sin guerras. Y está preparando la tercera. El mayor presupuesto militar de su historia es la demostración; las bases que tiene alrededor del mundo; el despliegue marítimo de su fuerza naval. Todo indica que se está preparando con los cuidados que indica la reciente historia. ¿Contra el terrorismo?, ¿contra el narco-tráfico? ¡Para nada! ¡¡¡Contra China!!!

 

Cuando la burguesía imperialista yanqui queda como dirigente del mundo en 1945, estaba en todo su esplendor: potencia militar, económica, científica, financiera, exportadora, importadora, con los mayores PBI y PBIc. Está en plena expansión una onda larga de crecimiento que llega hasta 1975. No tiene competidores a la vista en el mercado. Pero desde hace unos 30 años se da el crecimiento de China, sin parar y a muy altas tasas. Hoy China es la segunda economía, sus exportaciones atiborran el planeta, tiene un superávit comercial enorme y es el más grande poseedor de bonos de los EEUU. En tanto, la antigua potencia sigue en primer lugar pero en situación crítica: posee el más alto déficit fiscal de su historia, su deuda externa es la más grande del mundo, su balance comercial con China es muy negativo y su presupuesto militar alcanza valores record. El competidor número 1 es China, que no es un país típicamente capitalista y que tampoco tiene las características de la antigua URSS. Conserva algo del viejo modelo de Mao Tse-Tung Tierra comunal dadas en usufructo a los campesinos, prestación estatal de los servicios más importantes, pero permite la actividad privada en la producción manufacturera y abrió el país, en condiciones muy ventajosas, a la inversión transnacional.  La burocracia administra el aparato estatal y sus tentáculos llegan a las directivas de las transnacionales: son sus gerentes. Tienen un nivel de vida muy superior al del resto de la población (igual que la burocracia soviética o cubana) pero además tienen la posibilidad de un sobresueldo por sus relaciones carnales con esas transnacionales. A diferencia de la burocracia soviética, está en plena etapa de acumulación primitiva capitalista, condición necesaria para pasar a ser declaradamente capitalistas. Pretende, de una manera ordenada, dirigida desde la superestructura nacional, llevar adelante el período de transición para lograr su objetivo, inevitable, por otra parte dado el curso en que se embarcó. Sabe -no son tontos, conocen la historia y siguieron muy cerca el derrumbe de la URSS- que debe estar resguardada por un aparato militar a tono con el desafío.

 

Enfrente, la burguesía imperialista –la yanqui en primer lugar- no se queda atrás. Pero, ¿cuál es el escenario necesario para que ocurra la tercera guerra mundial? Trataremos este tema un poco más adelante.

 

¿Por qué, América Latina, sobrellevó -sin tanto descalabro- la crisis reciente?

Dice Claudio Katz en su trabajo Las tres dimensiones de la crisis, que no es posible entenderla si no se tiene en cuenta que ha sido la conjunción de tres factores –además, estructurales- lo que la definen: sobreproducción, hipertrofia financiera y desbalance en los términos de intercambio, fundamentalmente entre EEUU y la República Popular China. Ahí tenemos una primera respuesta a la pregunta que da origen a este subcapítulo.

Una segunda es que, en los países latinoamericanos, los ajustes que deben establecer las burguesías de EEUU, Europa y Japón, en relación con los sectores de menores recursos, para garantizar un curso sostenido en la reproducción del capital (que es todo el programa de la burguesía como clase, independientemente de los sectores en que está dividida) ya se aplicaron con el programa neoliberal que aplicaron en nuestros países.

Esta afirmación es cierta, pero nosotros opinamos que hay una razón muchísimo más profunda (histórica, di-ríamos) que se enlaza con la primer respuesta a la que, a su vez, abarca. Es lo que trataremos de explicar en lo que sigue.

 

El capitalismo (ya lo hemos visto) se desarrolla como consecuencia de la competencia entre burgueses y se asienta en la explotación de los poseedores de fuerza de trabajo. La sociedad que genera, “a su imagen y semejanza” es una sociedad dividida. Esa división se da, también, entre los países. Es por eso que algunos hablan de países centrales y periféricos; nosotros preferimos hablar de países desarrollados y atrasados. Los países latinoamericanos son un buen ejemplo de esto último. Quisieron, en el siglo XIX, constituirse en modernos países capitalistas pero no pudieron por cuanto el desarrollo de sus burguesías no fue un producto endógeno (como ocurrió en Europa) sino consecuencia de la explotación burguesa de la conquista y colonización. Nacieron y fueron, desde entonces, de segunda categoría, dada la división mundial del trabajo. ¡Pero dentro del sistema capitalista! Sus burguesías nacionales se desarrollaron como proveedores de materias primas y recursos alimentarios fundamentalmente y, en segundo lugar, atendiendo las necesidades primarias del mercado interno. La industria, siempre, jugó un papel mínimo. ¡Era imposible competir con los países desarrollados!

 

Cuando el capitalismo pasa a ser imperialismo, en sus primeros tiempos, el cuadro es el mismo pero, con la existencia de las dos guerras mundiales se da un ligero, pero interesante, cambio que se manifiesta en todo su esplendor en la segunda pos-guerra. Se produce la mundialización del mercado con la aparición de países formales en Asia Y África y su incorporación, ahora sumados a los latinoamericanos, al mercado mundial. Es la época de la generalización del estado social de derecho. Ello permite la aparición de países independientes y semiindependientes (políticamente hablando), la urbanización de amplios sectores rurales y la aparición de una nueva burguesía, de carácter más o menos nacionalista, cobijados todos en la política de sustitución de importaciones y con una alta participación en la reconstrucción posterior a la gran destrucción de fuerza productiva que significó la segunda guerra mundial. Esa primavera no duró más de tres décadas, los llamados “30 gloriosos”.

 

El neoliberalismo es la respuesta lógica, política e ideológica, a ese período. Surgió como necesidad de la burguesía imperialista mundial ante un nuevo escollo: se había llegado al mayor grado posible en la reconstrucción y el síntoma de ello fue el inicio de la caída de la tasa de ganancia. Ante ello, la burguesía de los países atrasados (que seguían siendo tales) se vio en la necesidad de volver sobre sus pasos y ser, nuevamente, exportadores de materias primas, productos alimentarios y (esto es la novedad) producir bienes que eran caros (por el precio de la mano de obra) en los países adelantados. Surge así, la aceptación de inversión de capitales (inversión directa) para montar empresas con fines muy particulares, la creación de zonas francas para “maquilar” la producción, y la deuda externa para realizar la infraestructura que esa nueva actividad requería.

 

La burguesía imperialista tuvo una buena recomposición de la tasa de ganancia. Pero las poblaciones de los países “maquilados” comenzaron a perder todos los derechos ganados durante los “30 gloriosos”. Así como el mercado se mundializó después de la segunda guerra mundial, el neoliberalismo “maquiló” el mundo. La competencia por el mercado entre las burguesías imperialistas, llevó a la sobreproducción; en consecuencia a la aparición de la dificultad para la realización de la plusvalía y en la necesidad de encontrar otras formas de reproducción del capital.

 

Aparece aquí la “sobreactuación” del capital financiero. Recordemos ante todo que la industria es producción de valor que caracteriza la primera fase del capitalismo. Pero, cuando se da el imperialismo, todo lo que tiene que ver con lo financiero se hipertrofia. En el período posterior a los “30 gloriosos” su primera gran manifestación es la generalización de los préstamos que se conocen como “deuda externa”; pero no es la única. La generalización del crédito para facilitar el consumo, del dinero plástico y de los seguros, son expresión de ella. Los juegos en las bolsas de valores, también crecieron.

 

En los países imperialistas esa sobreactuación llegó a proporciones elefantiásicas. Y eso solamente podía darse en los países con salarios altos o, por lo menos, más altos que los de los países atrasados. Pero la reproducción del capital-dinero a partir del capital-dinero y no de la producción de bienes, de valor, de la plusvalía, es obtener lo que algunos llaman “capital ficticio”.

 

Para mayor desgracia, el capital ficticio se puede lograr sólo, y sólo, si el que es sujeto de crédito tiene capacidad de respuesta. Pero esa no es la situación. Es decir, la sobrevaloración del “manejo abstracto del capital” es un paso necesario y obligado de la lógica del capital, que se hipertrofia cuando la reproducción del capital no es el resultado de la generación de valor.

 

Esta es la respuesta fundamental para explicar la forma atenuada en que la crisis se manifestó en América Latina. Forma que tiene una importante diferencia con los países atrasados que llevan la delantera en el maquilado del mundo: China, India, Singapur. Estos fueron elegidos por las grandes transnacionales para producir bienes de bajo costo porque ahí, los salarios son de hambre. Y no pueden darse el lujo de deprimir a aquellos países que permiten la realización de la plusvalía.

 

En América Latina hay otro factor que se debe aclarar, pero tiene más que ver con la lucha de clases y con la política. El neoliberalismo es esquilmado con gran fuerza como consecuencia de la crisis presente; algunos llegan a afirmar, con total desconocimiento de lo que es la historia o con gran ingenuidad, que estamos en presencia de un capitalismo moribundo. Al capitalismo no se lo verá morir; habrá que matarlo para que deje de existir.

 

En ese sentido, la descalificación del neoliberalismo fue llevada a cabo (lo sigue siendo) desde principios de este siglo y una de las formas que asumió fue el llamado Argentinazo (2001-2002), la aparición del bolivarianismo y la derrota del golpe de estado del 2002, la Guerra del agua en Cochabamba en el 2000 contra la privatización del agua, la revolución ecuatoriana del 2000 contra Jamil Mahuad, etc. No fueron los intelectuales, fueron las masas latinoamericanas. Por cierto que no estuvieron solas pero, para eso, tenemos otro capítulo en que veremos la situación desde un punto de vista político, de expresión de la lucha de clases.

 

La verdadera gran guerra

Hagamos un breve repaso de lo que nos dice la historia, en particular la segunda guerra, que es la más importante.

 

La primera gran guerra fue posible porque se dieron dos circunstancias; una, estructural: habían quedado atrás la fase del capitalismo concurrencista y la de formación de monopolios y, por lo tanto, se estaba en la fase imperialista. La otra circunstancia era la condición relativamente pacífica en que se formaron esas dos fases: la burguesía incorporaba cada vez más fuerza de trabajo y ello se expresó en el aburguesamiento de la dirección de la segunda internacional (recordemos el planteo de Bernstein de que, una vez consolidada la burguesía, en consecuencia superada la era feudal, lo que se imponía para los trabajadores eran luchas reformistas para mejorar la condición política y de vida que tenían). Recordemos también que la mayoría de la segunda internacional, ante la guerra, se proclamó social-patriota y que ello dio lugar a la ruptura de Lenin con esa organización.

 

Habíamos dicho que la primera guerra mundial fue una guerra inconclusa. Dos fueron los factores determinantes para que ello ocurriera. En primerísimo lugar, la Revolución Rusa, posible porque Lenin y Trotsky no eran social-patriotas y porque fueron la dirección de toda la revolución que, estaban seguros, debía orientarse al socialismo. El segundo factor, estimulada por ella, la situación revolucionaria generalizada en Europa. En esa situación, las burguesías nacionales imperialistas, de haber seguido la guerra, se enfrentarían a dos nuevos frentes: los dos mencionados anteriormente. Y, ante ello, no hay burguesía que pueda. Las tareas que pasaron a enfrentar, una vez finalizada, son ejemplo de lo dicho; pero puede resumirse en una sola expresión: las masas debían estar derrotadas, condición necesaria para tal carnicería. Ello es lo que ocurrió durante la segunda y la tercera década y ya lo describimos anteriormente.

 

Al mismo tiempo las burguesías imperialistas se dedicaron a retomar fuerzas. De todas ellas, la que mejor cumplió esa tarea fue la estadounidense. Después de la crisis de 1929 (que sirvió para hacer una gran concentración del capital, especialmente en EEUU), Franklin Delano Roosevelt, del partido Demócrata, impulsó el New Deal, asentado en ideas keynesianas, que permitió salir de la depresión, aumentar el empleo, desarrollar su industria en general y, especialmente, la militar y quedó en excelentes condiciones para enfrentar la segunda etapa de la guerra. Estallada la guerra y en plena evolución, una vez más, Roosevelt aguardó el momento indicado para entrar en ella; tenía claro el “Destino Manifiesto”.

 

Pero esta segunda guerra también fue inconclusa. Si bien EEUU quedó como potencia hegemónica, la burguesía se encontró con un convidado que no había sido invitado a la fiesta, la URSS. Pero, ese convidado temía, por igual, a dos actores: la burguesía imperialista y el movimiento de masas que se organizó para enfrentar al ejército invasor (el alemán). También la URSS compartía con la mencionada burguesía imperialista, un grande odio y temor a dicho movimiento de masas y a las direcciones díscolas a que dio lugar. Por eso los maquís y partisanos entregan las armas a los ejércitos de sus países, y, en connivencia con Churchil (especialmente), se asesina a buena parte de los dirigentes, y se firman los tratados de Postdam y Yalta. (Ver, DonnyGluckstein, La otra historia de la segunda guerra mundial. Resistencia contra imperio. Editorial Ariel, 2013, Barcelona, España).

 

La caída de la URSS y la desaparición del llamado “socialismo real” tampoco dio lugar al fin de la guerra y la posterior aparición de China (con creciente participación en el mercado internacional desde hace unos 30 años) le plantea a la burguesía imperialista y a las burguesías nacionales, socias minoritarias de ella, la necesidad de continuarla en la tercera guerra, inevitable en los próximos años, de acuerdo a lo que ya explicamos.

 

Ante esa afirmación, debemos hacer algunas consideraciones muy importantes para poder colegir el punto número uno del programa de los socialistas revolucionarios es decir, de los revolucionarios conscientes.

Dos son los aspectos fundamentales a tener en cuenta. En primer lugar la situación objetiva del capitalismo que comprende mucho más que la actual crisis económica. En segundo lugar, la situación del movimiento de masas tanto desde el punto de vista objetivo como del subjetivo.

 

La situación objetiva del capitalismo podemos resumirla en una sola frase: es una crisis sistémica. Podemos hacer una lista en la cual veríamos que es mucho más que  la actual y que Claudio Katz la define en tres dimensiones: hipertrofia financiera, sobreproducción y desbalance comercial. Existen, además, la crisis energética (agravada por la finitud de los recursos carboníferos, gasíferos y petrolero), la crisis ecológica (de la cual el cambio climático es una expresión), la crisis alimentaria (que es más que el hambre por cuanto la base está en cuales alimentos y de que calidad y en qué cantidad se produce), la crisis del empleo (que comprende el desempleo, el empleo informal, y la calidad de la fuerza de trabajo), la crisis sanitaria (que es más que la prestación de los servicios de salud por cuanto involucra la incapacidad para manejar epidemias y enfermedades crónicas de naturaleza social así como el sobreconsumo de medicamentos y la generalización del estrés), la crisis educativa que no se resuelve con la masividad (relativa) de la prestación de este servicio sino que se expresa dramáticamente en ignorar y despreciar la educación como factor de realización humana), la crisis habitacional que comprende el uso de la tierra para asentamientos humanos y la muy pobre calidad de las llamadas soluciones habitacionales), las catástrofes mal atribuidas a los llamados desastres naturales, la creciente restricción de los derechos y las libertades democrático-burguesas, la crisis de los recursos naturales que han sido depredados, la crisis militar que se inaugura con la derrota yanqui en Vietnam y se continúa con el fiasco que fue la guerra en Irak y el empantanamiento en Afganistán, país que se ubica en el lugar 113 (entre 180 países) en el PIB-PPA (Producto Interno Bruto a valores de Paridad de Poder Adquisitivo) según el FMI para el año 2009, el fracaso en los golpes de estado en Venezuela y Ecuador y en el intento de secesión en Bolivia y que se completa con la derrota del décimoprimer ejército del mundo (el israelí) frente a Hamas o Hezbollá.

 

No es  la suma de todas esas crisis. Es la globalidad en la que entran cada una de las que pusimos (y que no son todas) más las interacciones entre ellas. Es el capitalismo (en su fase imperialista) agotado. En la naturaleza, un fruto, llegado a su fase final de maduración, agotado en su crecimiento, se cae, para dar lugar a otra fase, la de reproducción, para la sobrevivencia de la especie.

 

El capitalismo, que es obra del Homo sapiens sapiens, a lo largo de la historia de la humanidad,  no cae por sí mismo; la humanidad, para sobrevivir, debe echarlo abajo porque de lo contario se agotaría. El fruto del capitalismo que hace posible tal sobrevivencia, se llama, hoy día, movimiento de masas.

 

En el Manifiesto Comunista, se habla de burgueses y proletarios, de dos clases que, lógicamente, se encuentran enfrentadas. De la burguesía, no hay dudas que se trata de una clase, porque tiene conciencia de cuál es la base material de su existencia. El proletariado, por su propia condición de clase sometida (la más clara demostración de ello es que su ideología es la de la clase que lo domina) fue analizada y descripta, desde el punto de vista de la conciencia en dos categorías: clase en sí y clase para sí. La clase en sí es la clase en tanto posee la conciencia de su enemiga; La clase para sí, en términos precisos, se reduce a la de los revolucionarios que son libres en tanto son concientes de su condición y de sus necesidades y que tienen, en consecuencia, una respuesta política que haga posible liberarse de la condición sometida y resolver todas las necesidades que tienen como resultado de la expropiación que, del producto de su fuerza de trabajo, es objeto. Pero, dado que el proceso capitalista es de concentración del capital (no de la democratización del mismo), la consecuencia es el engrosamiento de los sectores no burgueses. Esto es evidente cuando se analizan las estadísticas que se publican sobre la distribución de la riqueza (forma indirecta de entender la distribución del capital) y se divide a toda la población en deciles.

 

El capitalismo, a lo largo de su existencia ha arrojado, por fuera de su clase, a crecientes sectores de la población sean o no proletarios en el sentido clásico del término. Pero en ese heterogéneo conglomerado, hay desde desempleados absolutos hasta pequeñoburgueses. Todos, carne de cañón de la necesaria codicia del burgués. En ese conglomerado, son mayoría los que venden su fuerza de trabajo como una mercancía en el mercado de trabajo. Ese conglomerado es el movimiento de masas y dentro de él los asalariados son los que predominan. Es por eso que todos los planes de ajuste atentan contra el empleo, el salario, las condiciones de trabajo, los derechos previsionales y la capacidad de compra y de satisfacción de la necesidades elementales.

Ese movimiento de masas –ya lo hemos dicho, visto como totalidad- se resiste, desde la segunda posguerra a la expoliación. En los 30 gloriosos, consiguiendo derechos políticos, económicos y sociales y, desde el inicio del neoliberalismo, resistiendo los ataques a su condición de vida en general.

 

Esa resistencia –innata- da lugar a algunas victorias (que en algunos casos llegaron a ser revoluciones) pero todas bajo la característica de expresar el concepto clase en sí antes que el de clase para sí. Son, por lo mismo, respuestas empíricas. Pero tienen la enorme virtud de que desbaratan –de una o de otra forma- los planes de la burguesía. Lo que no quiere decir que no hayan existidos derrotas; pero ninguna de ellas fueron históricas. Ejemplo: las dictaduras genocidas que pulularon en los años 60s, 70s y 80s en Sudamérica, se repusieron prontamente y dieron lugar al panorama actual de esa región.

 

De la consideración de las situaciones objetivas del capitalismo y del movimiento de masas (en sus aspectos objetivo y subjetivo), surgen tres escenarios posibles en los próximos años. Ellos son:

1.      Paso a paso. Vigente. La burguesía (esencialmente la yanqui) se dispone a atacar los puntos conflictivos de a poco con el objeto de desactivarlos para derrotar a la masas y generar un panorama político y una relación de fuerzas favorables. Sea por medios militares (Irak, Afganistán, Irán, cercano Oriente), medios electorales (Chile, Venezuela, Brasil, países de la ex URSS, etc.), golpes de estado (Venezuela, Honduras, Ecuador), alentando conflictos internos (Bolivia). Mientras tanto, reforzar la política de alianzas por acuerdos militares (bases en Colombia, Perú, Panamá, Costa Rica, ejercicios conjuntos, instruyendo ejércitos, cuerpos policiales y agencias de inteligencia, vendiendo y regalando material militar, estableciendo redes misilísticas plurinacionales), comerciales (TLCs, inversiones en India) o simplemente políticos. Este escenario requiere delimitar muy claramente los campos que constituyen el llamado “eje del mal” y establecer, directa o subliminalmente, la idea de la necesidad de la guerra.

2.      Desesperación. Aunque poco probable, el crecimiento del neonazismo, fundamentalmente en EEUU y Europa pero también en las capas medias de América Latina, lo sugiere. Ante la incertidumbre que genera la evolución económica-financiera-militar, tomar la decisión de atacar varios frentes a la vez con el objetivo de lograr una acción ejemplarizadora para el movimiento de masas  y poder avanzar, luego, hacia el verdadero objetivo: China.

Es el gran competidor en el mercado, poseedora de la más grande cantidad de bonos de deuda externa de los EEUU, dueña de importantes recursos y, muy especialmente, de una enorme fuerza de trabajo muy barata. Esto último es lo que caracteriza, según nuestra opinión, el fundamental objetivo; recordemos que la única forma de aumentar la tasa de ganancia es aumentando la tasa de plusvalía.

3.      Revoluciones. Poco probable, en lo inmediato. Nótese que no decimos revoluciones socialistas. Puede ser la radicalización en las existentes o que se desarrollen condiciones pre-revolucionarias en alguna región o algún país. Puede, subsidiariamente, empujar hacia la desesperación antedicha. Pero es el riesgo que se debe correr porque, también, puede ser una inyección para las masas en Europa y, tal vez, en EEUU.

 

En resumen: el problema fundamental, entonces, es el movimiento de masas; sin su derrota física, no es posible pasar a la enorme destrucción de fuerza productiva que significa la guerra. Salvo que un acto desesperado rija la conducta imperialista.

 

Cualquiera sea el curso de los próximos años, si lo que afirmamos es lo correcto, surgen, sin mucho esfuerzo, cinco consignas –las fundamentales- para dirigirse al movimiento de masas. Esas consignas, no necesariamente deben ser patrimonio de los socialistas revolucionarios. Es más, pueden ser eje de unidades de acción con otros sectores de la llamada izquierda o con sectores progresistas y democráticos.

 

Primer consigna: Contra la guerra imperialista; no es lo mismo que decir Por la paz. Es una consigna activa activa y plantea el enfrentamiento con los militaristas y los guerreristas. Convoca a la solidaridad con el agredido. Plantea que la humanidad puede y debe vivir en paz si derrota a los partidarios de la guerra. Seamos claros: los partidarios de la guerra son la burguesía imperialista, las burguesías nacionales a ella asociadas y todo el séquito de funcionarios, burócratas, escribas, ideólogos, etc., que abrevan del estado capitalista

 

Segunda consigna: Por repúblicas de trabajadores, es decir, socialistas. El capitalismo reconoce el trabajo como fuerza de trabajo que contrata y por la que paga un precio porque el producto del trabajo, en esas condiciones hace posible la reproducción del capital, esencia del ser capitalista. Los socialistas, por nuestra parte, reconocemos en el trabajo la puesta en práctica de la condición fundamental del ser humano, lo que le da propiedad, que lo hace propio, diferente al resto de la naturaleza. Una república de trabajadores rescata, para toda la humanidad existente, la potencia humana, lo que hace a un ser humano sensiblemente igual a otro y, por lo tanto, lo que hace posible que cada ser humano sea, en potencia, distinto a otro, un individuo.

 

Tercer consigna: Por federación regional de repúblicas socialistas. El capitalismo reconoce el trabajo como fuerza de trabajo que contrata y por la que paga un precio porque el producto del trabajo, en esas condiciones hace posible la reproducción del capital, esencia del ser capitalista. Los socialistas, por nuestra parte, reconocemos en el trabajo la puesta en práctica de la condición fundamental del ser humano, lo que le da propiedad, que lo hace propio, diferente al resto de la naturaleza. Una república de trabajadores rescata, para toda la humanidad existente, la potencia humana, lo que hace a un ser humano sensiblemente igual a otro y, por lo tanto, lo que hace posible que cada ser humano sea, en potencia, distinto a otro, un individuo.

 

Cuarta consigna: Por la vigencia de todos los derechos y de todas las libertades.  El capitalismo en creciente agotamiento, el capitalismo dinerario y parasitario necesita, además de la guerra (y para que ella sea posible) derrotar al movimiento de masas. Busca derrotas físicas al mejor estilo fascista; la historia lo demuestra. Pero, cuando el movimiento de masas se resiste (y todo indica que esa resistencia va en aumento: ahí está la situación europea) adopta formas democráticas en apariencia pero fascistoides en su esencia. Para poder llegar a formas claramente fascistas. Es lo que llamamos régimen demo-fascista. Parece paradójico pero para poder vivir en un régimen de libertades democrático-burguesas, es necesaria la revolución. Esta segunda consigna que se desgrana en todos y cada uno de los derechos y todas y cada una de las libertades, arranca de reconocerse subproducto de la primera consigna. El primer derecho es el derecho a la vida y, por lo tanto, No a la guerra, aparece como la condición necesaria, aunque no suficiente. Pero es el inicio de la bola de nieve una vez echada a andar.

Derechos: a la vida y no a la guerra, al trabajo, a un salario digno, a la educación, a la salud, a la habitación, al ocio, a un sistema previsional respetuoso de la condición humana del trabajador, a un entorno sano y limpio, a una sociedad armónica con la naturaleza no humana, con seguridad alimentaria, climática, energética no contaminante, etc. Libertades: de expresión, de organización, de reunión, de circulación, de elección sexual, etc. Derechos y libertades que la burguesía no nos garantiza ni garantizará. Pero, esencialmente al desarrollo de la conciencia, forma superior del proceso humano, histórico, cultural, que se expresa en una libertad en constante crecimiento y, por lo tanto, en la autorealización humana emprendida hace 7, 8 millones de años, cuando lo que hoy es el hombre –en tanto que especie- se separó de aquel ancestro común compartido con los actuales póngidos.

 

Todas las otras consignas se derivan de estas dos. Es lógico; el capitalismo en creciente agotamiento, el capitalismo en su estadio imperialista, en su fase imperialista extrema, dinerario y parasitario, requiere negar las libertades democrático-burguesas para persistir porque estas corresponden a otro estadio de su existencia. El capitalismo agotado origina, más allá de las voluntades y las ideologías, el demo-fascismo, el fascismo (un nuevo fascismo, no la repetición de lo que fue) y la guerra. Por eso, independientemente de las necesidades de materias primas, las guerras tienen como primer paso ineludible, inevitable, necesario, la derrota del movimiento de masas. Irak, Afganistán, Palestina, Irán, Venezuela, Bolivia, son, antes que proveedores de materias primas diversas, combustible apto para las energías del movimiento de masas.

 

Llegado este punto, surge una pregunta dividida entre varias. ¿Qué se debe hacer para lograr tales objetivos?, ¿Cómo se debe hacer?, ¿Quiénes harán las tareas necesarias?

 

Hay respuestas que surgen desde los principios. La primera, fundamental, es que las revoluciones las hacen las masas; en realidad, llegan a entender la necesidad de la revolución como un acto de desesperación porque, de lo contrario, la perspectiva es la muerte. Para ello construyen sus propios organismos que deben elevarse a la categoría de organismos de doble poder, necesarios para desplazar del poder a la burguesía y que discuten sobre lo que se debe hacer, toman resoluciones, hacen balance de las actividades y reemplazan a aquellos dirigentes que no se ponen a la altura de los requerimientos de la coyuntura.

La segunda, no menos importante, tiene que ver con el partido socialista revolucionario. Aclaremos de una vez. Dicho partido es la concreción de la conciencia de aquel sector de los proletarios que rompió con la ideología de la burguesía y la reemplaza por la concepción del materialismo dialéctico. Aclaremos, también, que su papel en la revolución (y una vez ésta concretada) es dar respuestas a los problemas que plantea la realidad por medio de propuestas que permitan ir eslabonando desde lo inmediato a lo estratégico (la toma del poder) pero para que la decisión la tomen las masas. El partido no puede sustituir a las masas ni atribuirse tal cosa.

 

Aparece entonces, la necesidad histórica de construir tal partido como tarea primordial de los núcleos revolucionarios existentes en varios puntos del planeta. No vemos posible que, sin la existencia de tal partido, pueda darse una revolución socialista. Pueden ocurrir revoluciones pero no socialistas.

 

En la medida que ocurran las revoluciones socialistas, establecer repúblicas de trabajadores, será tarea posible y el establecimiento de federaciones regionales de repúblicas socialistas, la consecuencia obligada. Será una manifestación del internacionalismo proletario.

 

Pero no hay revolución internacional sin revoluciones nacionales y, en general, hay aspectos nacionales diferenciadores. Tampoco hay internacional socialista sin partidos socialistas nacionales internacionalistas. Es por ello que a las consignas internacionales habrá que agregar las nacionales. De ahí que agregamos, como consigna central, la siguiente:

 

Consigna central: Paz, pan, tierra y libertad. Paz para que la humanidad se dedique, por fin, a no destruir fuerza productiva como lo hace cotidianamente el capitalismo por medio de la competencia, por las guerras, por las crisis como la que estamos viviendo, por la indigencia, el desempleo y la pobreza, por la destrucción de los recursos. Pan por cuanto ello es condición necesaria para la sobrevivencia de la especie; conlleva, en su enunciado, trabajo para todos (sin mano de obra desocupada), trabajo digno en lo que se refiere a las condiciones laborales tanto como a la cuestión salarial; salud, educación, vivienda, régimen previsional y ocio a tono con la condición humana es decir, para vivir (no sufrir) la vida. Tierra por cuanto es el recurso fundamental que nos brinda la naturaleza para trabajar y obtener bienes y servicios para solventar las necesidades vitales de los seres humanos. Al decir tierra, decimos naturaleza, decimos fertilidad, decimos madre por cuanto el trabajo será el padre. Libertad porque es el horizonte que persigue la humanidad con su trabajo, la construcción de su historia y la realización de su cultura. Para los socialistas revolucionarios, el hombre, con su trabajo, se construye a sí mismo en un modo de vida de mayor conciencia de sí, donde es cada vez más racional hacedor de su propia identidad y se reconoce en esta con mayores grados de libertad o, lo que es lo mismo, como dueño de su propio ser y del camino que hace a la par de su quehacer. El hombre libre será cuando (y sólo cuando) el hombre se desaliene y se reconozca naturaleza humanizada consciente de su ser.

 

Imperio, colonia, recolonización

Aclarada así esa cuestión queremos señalar que los conceptos colonización y recolonización puestos en las consideraciones conceptuales por el grueso de las corrientes de izquierda, y el término Imperio, actualizado para nuestros tiempos por Michael Hardt y Antonio Negri, por no ser lo suficientemente claros (como eufemismo, solamente, pueden serlos) llevan a conclusiones que nos alejan de los ejes programáticos que hemos levantado en los párrafos anteriores.

 

La primer pregunta que debemos responder es la siguiente: ¿puede la humanidad regresar a formas económicas y sociales anteriores?; si es posible, ¿qué condiciones se requieren?

 

Para nosotros, si no se impone el socialismo (repetimos, como sistema) el capitalismo nos llevará a la más grande barbarización posible. Aunque, hay que decirlo, ya estamos viviendo en la barbarie. La barbarie, llevada al paroxismo, nos ubicará mucho antes de lo que significaron los imperios y las colonias.

 

El resultado presente del desarrollo capitalista no requiere imperios (en el sentido clásico del término) ni colonias (según la experiencia vivida por nuestros pueblos bajo la égida española). Requiere un escenario mundial en el que pueda desplegarse a pleno la fase dineraria imperialista. Pero, dado que esa fase dineraria no es posible si no hay, al mismo tiempo –aunque en un segundo plano- producción de bienes, no habrá plusvalía de donde extraer el capital parasitario, burguesía industrial mediante.

 

Los trabajadores vivirán en condiciones de ultra-super-explotación que recordará la época esclava del imperio romano, pero los modernos esclavos serán distintos al de aquellos tiempos; los recursos naturales serán empleados en condiciones de depredación casi absoluta; pero para ello no se requiere de la existencia de reyes y virreyes, se requiere de sectores burgueses nacionales que sean socios minoritarios de la burguesía imperialista en su doble papel de productora de bienes y servicios y, fundamentalmente, generadora de capital dinerario.

San, José de Costa Rica, 2012.

POScr, 07 del 2012.

 



[1] León Trotski, Écrits, 1928-1940, vol. 3, París, Quatrième Internationale, 1959, p.110.

[2] The New York Times, selección semanal de Le Monde, 9 de julio de 2005, p.2.

[3] Georges Charpak. ¿“Faut-il-diaboliser le nucléaire?” Le Nouvel Observateur, 2 134, semana del 29 de septiembre al 5 de octubre de 2 005, p.96.

[4] Jean-François Gayraud. “Les nouvelles menaces des mafias”, en Le Nouvel Observateur, 2132, semana del 15 al 21 de septiembre de 2 005, p.49.

[5] León Trotski, Stalin, París, Grasset, 1948 [trad. Esp. Stalin, Barcelona, Plaza y Janés, 1967].