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En el año del bi-centenario de
muchas de las repúblicas latinoamericanas, destaca con perfil propio, el
centenario de la Revolución Mexicana.
Todas las luchas por la
independencia que libraron los pueblos de América Latina por su independencia
respecto de la potencia colonialista de su época, tenían un mismo significado:
sumarse a la construcción del mundo capitalista (pujante en Europa y lo que hoy
es EEUU); en las intenciones era sumarse como repúblicas democráticas y
burguesas, con libre participación en el mercado mundial de entonces.
Para esos años era imposible
saber que el mundo capitalista exigiría la división internacional del trabajo y
que, en esa perspectiva, esas jóvenes repúblicas entrarían a formar parte de lo
que hoy se llama periferia con un destino inmodificable: ser proveedores de
materias primas para satisfacer las necesidades productivas de las europeas.
México, también pasó por las
mismas vicisitudes. Luchas intestinas entre diferentes sectores burgueses,
búsqueda sangrienta de diferentes formas de estado, relaciones independientes o
semi-independientes con sus ex imperios o con los emergentes, secesionismo o
robo de parte de su geografía, etc.
Lo cierto es que el México
unificado bajo el férreo poder de Benito Juárez, resultante de esas
convulsiones, tuvo la misma característica que todos los otros países
independizados con excepción de Costa Rica: no realizó la más importante tarea
política (luego de la independencia): la Reforma Agraria. De alguna manera, esa
negativa marcó el futuro mediato y presupuso el futuro inmediato. En lo mediato
ser nada más que país de segunda en esa división internacional del trabajo. En
lo inmediato, no resolver la madre de los problemas que aquejaban a la mayoría
de su población, de asentamiento rural y con historia de pueblo originario.
Más allá de los vericuetos
históricos por los cuales transcurrió la Revolución Mexicana, queda claro que
dos de los personajes resonantes de esas historias ocupan lugar de privilegio:
el general Doroteo Arango, conocido como Pancho Villa, y Emiliano Zapata.
Fueron, cada uno por su lado y
ambos al mismo tiempo, los símbolos, los dirigentes político-militares de los
campesinos alzados en armas. Fueron, también, el programa por cuanto su único
objetivo era el cumplimiento del plan del presidente Madero de repartir las
tierras.
Pero la Reforma Agraria, en
nuestros países, contra todos los pareceres, dichos y suposiciones, era una
consigna burguesa contra los intereses de la burguesía llevada adelante por los
sectores más atrasados de la población.
Todos los países
latinoamericanos, independientemente de si la potencia colonialista fuera
española, portuguesa o francesa, fueron –desde el vamos– formaciones
económico-sociales burguesas. Aunque algunos aspectos formales de la
super-explotación a que fueron sometidos sus pueblos, tuvieran apariencia
feudal.
Si se comparte esta
caracterización (los únicos que durante años la negaron fueron los partidos
comunistas) la Revolución Mexicana (de base social campesina de origen
originaria) se inscribe en los tres hechos políticos y sociales de relevancia
de principios del siglo XX junto con la Reforma Universitaria argentina (de
base social pequeño burguesa, clase media y alcance latinoamericana) y la
Revolución Rusa (de base social obrera y campesina con dirección política
obrera y socialmente de mayoría campesina).
La Revolución Mexicana se
prolongó hasta la presidencia de Lázaro Cárdenas y fue la base del desarrollo
capitalista semiautónomo que éste llevó adelante. Sus efectos duraron menos
tiempo que la Revolución Rusa y más que la Reforma Universitaria.
Es que, para enfrentar a la
burguesía, ser campesino o clase media no alcanza.
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