En los dos anteriores números de
propuesta
Socialista, hemos publicado, en dos partes, el artículo titulado
“Una propuesta de los socialistas para la actual crisis”.
El primer punto fue,
precisamente, Distribución del trabajo entre todos para que todos tengamos el
derecho a trabajar.
En el presente número queremos
hacer un comentario para que se entienda que lo que estamos proponiendo es
mucho más que una consigna economicista.
1. En el sistema capitalista, el trabajo es un castigo.
“Ganarás el pan con el sudor de
tu frente”. Con estas palabras, según la expresión popular, dios expulsó a Adán
del paraíso; por arrastre, a Eva, también expulsada, le correspondió su parte.
Parte que consistía, dado que el condenado a trabajar fue Adán, en quitarle los
sudores.
En otras palabras, de no haber
desobedecido, la pareja (y sus descendientes) hubiera vivido en la mayor
holgura. De manera que, para no tener que trabajar (y sudar) hay que ser
obediente.
Trasladándonos desde los tiempos
“genésicos” a nuestros días, comprobamos varias cosas, dos en particular:
efectivamente, el trabajo es un castigo y a la mujer, además de limpiar
sudores, le tocó sobrecargar su existencia con el trabajo en tanto que castigo;
dos tazas de caldo, obviamente, por haber sido la provocadora.
En estos tiempos vemos también
que, si el tener que trabajar es consecuencia de una desobediencia, se castigó
a quien (quienes) osaron ser libres de tutorías e independientes de todo tipo
de vasallaje al señor.
Lo cierto es que el capitalismo
se encargó de poner las cosas en su lugar: el castigo es triple, primero porque
hay que trabajar, segundo porque hay que aguantar la super-explotación y, tercero, porque se puede quedar sin
trabajo pero sin volver al paraíso.
Moraleja: el burgués es la
encarnación del dios castigador y es más papista que el papa.
En este rol de dios aterrizado,
el burgués logró varias cosas, a saber: 1. no sólo ganarás el pan con el sudor
de tu frente sino que una nada despreciable porción de ese pan (con el nombre
de plusvalía), será mío, 2. dado que se debería duplicar el pan, se duplica la plusvalía
con el trabajo femenino (a veces, con bastante frecuencia, se triplica con el
trabajo infantil), 3. por aquello de que la letra con
sangre entra (viejísimo axioma de los maestros de muy antaño) el castigado se
re-castiga con el trabajo informal, el desempleo, pagándole un salario inferior
al mínimo de ley y, si se pone malcriado (defecto genético, como puede
colegirse), se lo pone en la cárcel para que aprenda de una buena vez, 4. no por mucho trabajar, se lava el pecado. En consecuencia,
se eleva la edad para jubilarse, se aumentan las cuotas previsionales, se le da
educación de mala calidad, se presta un mal servicio de salud y se los amontona
en casuchas en barrios pletóricos de basura y de calles henchidas de huecos y
sin aceras o a la orilla de los ríos para que las tormentas tropicales,
deslaves mediante, ejerzan su acción purificadora.
2. Según el marxismo, el trabajo es un atributo del ser humano, su
característica distintiva.
Somos de la opinión de que el
ser humano, el Homo sapiens, es el producto de la evolución de la materia que
ha sido posible por haber desarrollado esa cualidad. Todas las otras cualidades
son una derivación de ella.
En consecuencia, es imposible
hablar de ser humano al margen de su
capacidad de realizar trabajo, es decir de transformar el material natural
(materia prima) en producto o bien necesario para satisfacer una necesidad.
No existe otra especie que pueda
hacerlo. Porque, el trabajo no es una cosa repetitiva; es el origen de todo
tipo de modificaciones y cambios. En ese sentido las especies que se le pueden acercar (hormigas, abejas, tan
mencionadas por los etólogos) hacen siempre lo mismo, de tal suerte que lo suyo
es invariable y escapa por completo al concepto de técnica o tecnología.
El hombre, trabajando, se desarrolla,
transforma el entorno y se transforma.
Por medio del trabajo, construye
su espiritualidad en tanto corrobora su identidad y, lo que es más importante,
la modifica sistemáticamente cumpliendo, así, con la propiedad fundamental que
tiene la materia (por lo tanto la define y explica) que es transformarse,
evolucionar. Ser materialista, entonces no es un producto intelectual abstracto
sino la consecuencia de reconocerse materia en su desarrollo, por lo tanto en
el tiempo que, a su vez, lo es si la evolución tiene lugar. La
conceptualización de esa evolución de la materia es la dialéctica.
Este reconocimiento de su ser el
más elevado grado de desarrollo hasta nuestros días y ello ha sido posible por
el trabajo a lo largo de su historia, construida, por otra parte por el
trabajo.
Esa concepción está presente en
cómo se comprende el trabajo, derecho y deber, actividad dignificante y
creativa, capaz de generar una nueva naturaleza, enteramente compatible con la
preexistente a él pero ubicada en el centro de la actividad humana.
3. El trabajo como derecho y como deber.
Como puede apreciarse (al menos
es lo que esperamos) hay dos concepciones acerca del trabajo. Por nuestra
definición, nos identificamos con la marxista.
Y es a partir de ahí que se
elabora la propuesta socialista, como actividad política en tanto que el
marxismo es una concepción del mundo y del universo producto del desarrollo de
la humanidad en la era del capitalismo expresada como movimiento social.
Si la capacidad de realizar
trabajo es un atributo del Homo sapiens, todos los seres humanos deben
trabajar. El no hacerlo es la propia negación. El negarle a cualquier ser
humano poner en práctica dicho atributo es humanicida,
por definición.
En el sistema capitalista, según
lo dicho, humanicida, se debe luchar para conseguir
trabajo aunque sea trabajo no creativo, negador de la realización de su
espiritualidad.
Aunque parezca absurdo, en esas
condiciones, el trabajo es un derecho negado por cuanto hay quienes no lo
practican dado que, salario mediante, el trabajador vende su fuerza de trabajo
como cualquier otra mercancía y, al igual que la mercancía, se sobre-produce
para, competencia mercantil mediante, abaratar su costo y su incidencia en la
determinación del precio final. Por eso existe el ejército proletario de
reserva.
Es, entonces, imperativo, en el
sistema capitalista, exigir plena ocupación y para que ello sea así, el reparto
de las tareas y las horas laborales entre todos los que se ofrecen como fuerza
de trabajo. Al mismo tiempo, exigir que el menor número de horas de trabajo no
signifique disminución del salario, de por sí, siempre, escuálido.
Con consideraciones económicas
(similares a las que niegan la recuperación del poder adquisitivo) se trata al
trabajador como mercancía, una vez más, ahora como producto que debe ser
destruido en la misma forma que sistemáticamente, por diferentes medios, se
destruye fuerza productiva para salir de una crisis de sobreproducción como la
que estamos viviendo.
Exigir trabajo para todos y
adecuada remuneración es un derecho, por lo tanto no puede ser sujeto de
coyunturas o decisiones políticas.
Rescatar el carácter humano del
trabajo, su condición creadora, es la tarea que está más allá (y al mismo
tiempo) que la reivindicación del derecho, no entendido según los abogados y
las leyes.
Entendido como constitutivo,
genético, innato. Es el rescate de la humanidad. Es socialismo. Es república de
trabajadores.