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Escribimos este artículo el sábado 19 de marzo: el día que
comienza la intervención imperialista en Libia, 8 años después de la que
ocurrió con Irak.
A diferencia de aquella, por ahora es agresión e intervención;
todavía no es ocupación. También hay otra diferencia: para aquella, Bush ignoró
a todo el mundo. En la presente situación, hay un miserable acuerdo del Consejo
de Seguridad de la ONU asentado, a su vez, en un mucho más miserable acuerdo de
la Liga Árabe.
Cuando el presidente Bush hijo, decidió que era hora de
intervenir en Irak, las mentiras más grandes que la diplomacia es capaz de
decir, se echaron a rodar.
“Armas de destrucción masiva”, se dijo a diestra y
siniestra. El ex general Colin Powel recorrió el mundo llevando alzado el
portaestandarte diseñado por Bush y su camarilla. Hasta el Consejo de Seguridad
tuvo que ver la sesión de documentos y gráficas, fotos y videos creados por la
inteligencia militar yanqui para tratar de encontrar amigos de peso para esa
aventura.
Perseguía dos objetivos políticos bien definidos. En primer
lugar, tal cual lo prometiera (y no lo logró) el también ex presidente gringo
Bush padre, lograr un nuevo orden mundial que sustituyera al antiguo que se
derrumbó cuando el Muro de Berlín cayó bajo los mazazos de masas enfurecidas
que creían que, al tirar abajo el muro, abrían las puertas del “paraíso”
capitalista. En segundo lugar, poner en el vértice de ese piramidal nuevo orden
a la superpotencia económica, científica, militar que demostraría su poderío y
su omnipotencia, derrotando a los iraquíes y diciéndole al resto del movimiento
de masas mundial que (en sus palabras y las de sus corifeos) que el mencionado
nuevo orden es unipolar.
La burguesía (de todo pelaje) se creyó su propio cuento: que
antes de la caída del muro había un mundo bipolar y que, luego, el capitalismo
había demostrado su supremacía sobre “el socialismo” y que se había entrado en
una nueva era de la historia en la que no existirían las ideologías.
Nada más lejos de la realidad; y la burguesía lo sabía muy
bien. Su instinto de clase le decía algo muy distinto a lo que divulgaban, para
consumo del vulgo, los intelectuales del capitalismo: se había dejado atrás un
mundo aparentemente bipolar y se había entrado en uno que lo era
verdaderamente: la burguesía frente al movimiento de masas.
La agresión-invasión-ocupación de Irak, llevada a cabo en
una vertiginosa y tecnológica batalla (imaginaba Bush hijo) permitiría acabar
la inconclusa tarea que su padre dejó en 1991 y reafirmar, desde el nuevo
Olimpo, ahora en la antigua Babilonia, que el sistema capitalista no iba a
renunciar a su destino (como debe ocurrir con cualquiera que tenga conciencia
de clase) y que los aires independentistas de los palestinos y las revueltas
antineoliberalismo de América del Sur, deberían ser tomados como episodios
desesperados de una causa perdida. Pero, para que se tomara conciencia de ello,
manu militari, se le enseñaría a las masas del mundo, que la burguesía es la
llamada a dirigir, gobernar y tomar decisiones. Se imponía, para construir el
nuevo orden, derrotar a las masas en tal forma y de tal suerte que no habrían
de quedar deseos de nuevas revueltas.
Si la URSS cayó porque se había agotado el tiempo del estado
social de derecho, no podía permitir la burguesía que un heterogéneo movimiento
de masas, que renacía de sus cenizas para re-construir pacientemente una
historia que ha-bía sido castrada por 50
años de contra-revolución stalinista, rompiera la unipolaridad. Lo que pasó en
el 2003, fue un acontecimiento político que quiso ocultar lo que se
vendría, y que se refleja, en parte, en
lo que estamos viviendo en África y Medio Oriente.
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