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No hay duda que vivimos en un mundo injusto y
peligroso. La “opción racional” que
orienta a las ciencias sociales hegemónicas se está convirtiendo, paradójicamente,
en opción irracional. El “control de
riesgos” nos está llevando a riesgos descontrolados. Modelos y formalizaciones muestran aquí y
allá signos entrópicos amenazadores. Las
falsas “leyes del mercado libre que por sí sólo se reequilibra”, y cuyas
políticas siempre han derivado en graves crisis, nuevamente se ven
“disconfirmadas”, y quienes anunciaron que pronto habría de superase la crisis
que nos abruma, a poco se vieron obligados a reconocer que la actual crisis es
más grave de lo que pensaron y de mayor duración.
La disminución de riesgos y la optimización de utilidades de
las mega-empresas y complejos hegemónicos parecen asociarse a la maximización
de riesgos y de pérdidas en “el conjunto” de que forman parte. Que esa asociación, correlación o
coincidencia muestran una relación de causa a efecto es algo que no puede
descartarse. Y sin embargo la relación
de causa a efecto entre los intereses y valores de las grandes corporaciones y
los graves peligros y problemas del mundo es generalmente descalificada por el
pensar científico, y relegada al mundo de la negación o rechazo, que Freud
descubrió entre las características del inconsciente, y que también parece
darse en el inconsciente de las colectividades científicas y de los complejos
militares-empresariales-y-políticos, todos ciegos ante las causas de los
peligros del mundo y sordos ante las tragedias humanas, a que se refieren como
si fuesen fenómenos naturales en cuya solución están haciendo todo lo que se
puede y en que dan por entendido que no se puede hacer más.
La negación o descalificación, consciente o inconsciente, de
la relación de causa a efecto aparece incluso en los análisis, modelaciones y
formalizaciones de los sistemas complejos.
Su concepción más generalizada de la complejidad no registra la paradoja
entre la opción racional de las corporaciones que buscan disminuir riesgos y
optimizar utilidades, y la irracionalidad y los riesgos que en forma
“monstruosa” para las matemáticas de entonces aparecieron en las iteraciones
algebraicas de Poincaré, y que con las modelaciones de ahora derivan en esa
“Edad de los monstruos” a que se refirió Gramsci, y que corresponde a la
maximización de pérdidas y riesgos para la inmensa mayoría de la humanidad y
para el ecosistema.
Al mismo tiempo, el concepto prevaleciente de sistemas
complejos –como ha observado Casti—incluye múltiples relaciones interactivas de
manera “muy superficial”. Con plena
razón, Casti define y formaliza el concepto de sistema complejo como dos o más
sistemas complejos interactivos entre sí y en su propio interior. Un solo sistema complejo empobrece y hasta
anula la dinámica de sistemas no lineales e interactivos. Su pensamiento sobre las características
generales de la complejidad alcanza una profundidad de que pocos se
percatan. Incluso los especialistas que
incluyen en sus investigaciones dos o más sistemas complejos que interactúan,
cuando se refieren al concepto de complejidad sólo destacan la complejidad de
“un” sistema complejo”. Esta ruptura
epistemológica parece obedecer a un preconcepto con fuertes tradiciones en el
pensamiento científico, en el filosófico y en el religioso. Empecemos por éstas últimas. Muchos de los que abandonan la lógica
religiosa del monoteísmo, no abandonan la lógica laica de lo “uno”. Definen y formalizan la complejidad de “un”
sistema. Si lo “uno” predomina en la
cibernética también se da en los modelos econométricos neoclásicos y
neoliberales. En el discurso científico
acostumbrado o “normal” se habla del universo como “un” universo en el que
pueden darse planetas, átomos y múltiples agentes que interactúan en modelos de
competencia y colaboración. Incluso se
trabaja con sistemas interactivos sinérgicos, cooperativos, aliados o
“tributarios” (Axelrod) y opuestos, enemigos, contrarios y rebeldes: Y todas
esas posibilidades cognitivas de sistemas interactivos se dan en función de
“un” sistema, el sistema del observador.
La ruptura epistemológica subsiste incluso cuando se avanza
en la concepción de los sistemas biológicos “autorregulados, auto-adaptables y
creadores”, o en los sistemas en fase de transición al caos, o en los que
emergen de una situación caótica y, entre bifurcaciones y atractores, van
configurando formaciones parecidas a escalas distintas hasta integrar el nuevo
sistema con otra complejidad y otra dinámica.
Todas estas investigaciones sobre la dinámica de varios sistemas no
acaban con la lógica de lo Uno. Casi sin
pensar sus autores, automáticamente, definen la “complejidad” como “un” sistema
complejo o en relación a “un” sistema complejo.
No hay sistema alternativo. Otro
sistema no es posible.
Y aun ahí no queda todo.
La ruptura entre las investigaciones específicas y las concepciones
generales es todavía más impresionante cuando sus autores trabajan en investigaciones
sobre sistemas complejos interactivos como los sistemas
auto-inmunológicos. En ese tipo de
sistemas claramente aparecen los anticuerpos negativos y positivos que luchan
entre sí, en que los anticuerpos negativos no sólo ganan las batallas destruyendo
directamente a los positivos, sino confundiendo al sistema encargado de la
defensa del organismo y haciéndole perder su capacidad de identificar a amigos
y enemigos. El sistema defensivo del
organismo pierde al dar la bienvenida a sus atacantes y al destruir a sus
defensores. Los sistemas en lucha tienen
como referente a la víctima final de la batalla. Su dinámica se interpreta como lucha entre
anticuerpos, y como ataque y destrucción de un subsistema que defiende a “un”
organismo –al sistema-- y que al ser derrotado muere con el organismo, muere
con el sistema de que es parte y cuya vida no alcanzó a defender.
Los juegos de guerra y las estrategias de guerra
contrainsurgente o antiterrorista presentan obstáculos parecidos. Obedecen al mismo presupuesto
epistemológico. Es “uno” quien juega a
la guerra o quien hace la guerra, así tenga asociados o subordinados. El que juega, o el que manda, mueve a los
luchadores virtuales y hasta a los soldados no convencionales, así como a los
enemigos espiados, seducidos, sometidos o cooptados. Mueve al propio jugador del videojuego o del
juego virtual que ha hecho real. La
sofisticación del conocimiento del Gran Jugador y de los científicos que son
sus “asesores financieros” o sus “think tanks” político-militares provoca un
notable conocimiento de la manipulación y esclavización de los demás. También empuja a un extraño “desconocimiento”
de las amenazas que pesan sobre todos los jugadores y de las que también será
víctima el gran jugador. Los escenarios
de guerra pueden incluir fenómenos de inteligencia distribuida, de díadas, de
simbiosis, dendritas, nodos y redes, con notables y numerosas interacciones que
siempre serán analizadas en función del actor cognitivo, y del sistema al que
pertenece, considerado como constante en la defensa y promoción de sus valores
e intereses, y naturalmente interesado en ganar la lucha, pero obcecado en
creer que es eterno, ignorante de aquello que todos sabemos y de que habló el
viejo Hegel cuando dijo que “toda cosa natural es mortal y efímera”.
El sistema no piensa en su propia muerte o la pospone a un
futuro milenario sin historia.
Desconoce, descalifica, debilita, confunde, enajena a su opositor. Lo anula como sistema. Y así como los sabios del rey por buena
educación no hablan al Rey de su muerte y menos de la muerte de la casa real,
así los científicos al servicio de un sistema de dominación y acumulación que
se encuentra en situación terminal y que coloca en situación terminal a todos
sus vasallos, ni pensar pueden en esa posibilidad y a su silencio se suman las
fiestas y fanfarrias de quienes anuncian que el sistema tiene asegurada la
vida, al menos, por un milenio.
La afirmación de Fukuyama de que vivimos el fin de la
historia, fue recibida como bálsamo divino.
Quien juega con los jugadores estimula el des-conocimiento y la
descalificación de la evolución pasada y actual de las luchas sistémicas y
anti-sistémicas. No sabe ni quiere saber
cuál es y será la historia del sistema dominante o del emergente. Rechaza la sola idea de que puede morir a
manos del otro y causar su propia muerte y la del otro. E insiste en seguir reinando mientras muestra
todos los signos de estarse muriendo, hecho que ocurre en el escenario mundial,
como el rey que se muere en el escenario teatral de Ionesco.
Hoy mismo, en sus modelos de conflicto y consenso, el
sistema en estado terminal, impone la negociación para la rendición, y en el
mundo realmente existente aumenta sus exigencias y extiende el campo de “lo no
negociable”. Lo “no negociable” crece y
prolifera no sólo en la periferias sino en el centro del mundo, encabezado por
Estados Unidos y la Unión Europea.
La preconcepción del sistema como UNO predomina en las
ciencias económicas “normales” de que Kuhn hablaba. Predomina en todo análisis que usa como
categorías las de “el sistema” y “el contexto” en que aquél insume energía y al
que arroja deshechos. Se trata de actos
neguentrópicos que ya no cumplen esa función y que el investigador,
supuestamente funcional al sistema, tampoco ve.
Uno y otro se vuelven parte de la entropía que a ambos amenaza y que
puede dar nacimiento a la configuración de otro sistema tras una fase de
transición al caos y de transición del caos, para ellos inconcebibles, o
“negados” cuando los llegan a intuir.
Hoy el sistema dominado por la lógica del capital, -una
lógica de disminución de riesgos e incremento de utilidades para las
corporaciones tanto en la economía como en la guerra- enfrenta conflictos
internos y externos con medidas de retroalimentación negativa o positiva. Las relaciones interactivas de ocupación,
depredación, parasitismo, cooperación, corrupción, persuasión virtual y
subliminal, terror colectivo, eliminación de resistencias y de formaciones
defensivas, aparecen en las simulaciones y escenarios de “guerra de espectro
amplio”, pero aparecen a medias. La
realidad histórica que vivimos es mucho más compleja de lo que sus autores
imaginan o son capaces de concebir con las informaciones y computaciones que
los “decision makers” les piden para mejorar su capacidad de decidir en función
de sus intereses y valores.
El inmenso conocimiento que se ha adquirido sobre el papel
del azar y de la organización y reorganización del sistema ha permitido superar
la teoría de la selección natural aunque se le use en lo que es útil. Cuando es útil se vuelve a las viejas teorías
del darwinismo colonialista que invoca las políticas de la eliminación de los
más débiles, así conduzcan en menos de cuatro décadas a un genocidio de más de
2,000 millones de habitantes que (“otros factores iguales”), se van a añadir a
los 7,000 millones que hay y en los que la población “excluida” y “desechable”,
ya llega más de 3,000 millones.
El “sistema” y muchos de sus científicos atribuyen al
excesivo crecimiento de la población los problemas ecológicos que vivimos, y si
ese sistema de dominación y acumulación mundial se considera como una
constante, la población que debe morir o desaparecer, será del orden de más o
menos 5,050 millones, según predicciones demográficas relativamente confiables.
Y aquí surge el gran engaño y autoengaño en medio del gran
conocimiento. Como esa aberración hay
varias más que caen en el orden de la psicopatología pero que corresponden a la
“opción racional” de las empresas y sus accionistas mayoritarios y
minoritarios. Entre ellos destaca el
creer que se puede seguir jugando con las amenazas de guerra nuclear sin que se
produzca la guerra de la locura, esto es “MAD”, siglas que en inglés,
claramente se refieren a una guerra de destrucción mutua asegurada Y existen
otros ocultamientos y rechazos que llevan a no hacer nada frente a evidentes y
acalladas amenazas, como el cambio climático.
Me detengo en este para aclarar una disertación que parece catastrofista
y no lo es como mostraré más tarde.
En los últimos meses del 2009 y primeros del 2010, es decir,
en torno a la Reunión de Jefes de Estado sobre el cambio climático, se desató
una feroz campaña contra los científicos de las antes llamadas “ciencias
duras”. No sólo fue descalificado el
informe que presentaron en 2007 sobre ese problema los integrantes de una
comisión gubernamental de investigadores, sino fueron descalificados los más de
mil científicos que, reunidos en París, confirmaron la validez del informe y
añadieron algo más: que había un error en sus predicciones pues habían
subestimado la rapidez y gravedad del cambio climático. El futuro resultó más grave de lo calculado.
El motivo principal de la campaña y la cólera que levantaron
los científicos, no se debieron tanto a las predicciones sobre los crecientes
daños a la tierra y a la vida, sino a la tesis ratificada por la comunidad
científica internacional de que los cambios climáticos son de origen humano;
atropógenos fue la palabra que usaron.
Decir sólo eso, y que los propios científicos intergubernamentales lo
dijeran, resultó inaceptable para los complejos
empresariales-militares—políticos-y- mediáticos que dominan el mundo. Representados por sus Jefes de Estado en una
reunión que tuvo lugar en Copenhague, destinada a tomar “acuerdos vinculantes”,
los “acuerdos” fueron dictados por un pequeño grupo de jefes de estado. El grupo se reunió a escondidas a primeras
horas de la madrugada y sin más consulta los “acuerdos” fueron leídos por el
presidente Obama minutos antes de tomar el avión de regreso.
En Copenhague no hubo “acuerdos vinculantes”. Incluso los pobres compromisos que se habían
tomado en Kioto, desaparecieron. La
antropología de políticos y científicos no quedó allí. La maquinaria de los ricos y los poderosos se
movió para desprestigiar y castigar a los científicos que habían osado decir
una verdad que debió alertar a aquéllos sobre las amenazas a su propia vida y
que sólo indirectamente los inculpaba al apuntar que ellos y sus megaempresas
eran causantes de los peligros que corre la especie humana
Los “medios” y los publicistas llegaron a tratar a todos los
científicos de las ciencias naturales, con las descalificaciones a que estamos
acostumbrados los de las ciencias “blandas”, digamos “humanas” o sociales. Abusando de atrevidos artificios retóricos
llegaron a sostener que las ciencias duras ya no son ciencias, y con
prepotencias de ignorantes llegaron a decir que los propios científicos
reconocen que los domina ¡el principio de incertidumbre!, del que por supuesto
no tenían ni la menor idea de lo que es.
El mundo de la ciencia respondió de una manera realmente ejemplar. Le dio un impresionante apoyo a sus colegas
En los primeros meses del año las más famosas revistas científicas y de
difusión científica publicaron artículos que defendían las mismas tesis de los
científicos estigmatizados. Entre ellas
Scientific American y Nature. No se
ablandaron. Un gran número de
científicos asumió su responsabilidad científica. Lejos de dejarse dominar por sus genes
egoístas se vieron más y más atraídos a sostener las verdades sobre medidas que
son necesarias para la supervivencia de la especie humana.
Un paso no dieron sin embargo que es necesario dar si no se
quiere ser copartícipe de la negación más profunda y grave para las ciencias de
la materia, de la vida y de la humanidad.
Y para la humanidad. El paso que
no se dio y que se necesita dar con la mayor seriedad consiste en incluir la
categoría del capitalismo como un riguroso concepto científico, no sólo asociado
a la ley del valor, sino a la ley de la producción y reproducción de la vida.
La ciencias de la complejidad que investigan el mundo actual
no serán ciencias ni investigarán la complejidad del mundo actual y sus
escenarios de futuro si no incluyen el capitalismo, una de sus categorías más
profundas, cuyo sólo nombre suele ser rechazado instintivamente por no
pertenecer al lenguaje políticamente correcto de las ciencias hegemónicas.
Pocas hipótesis tienen tantas posibilidades de ser
confirmadas como ésta: La solución a los problemas sociales como problemas
científicos y como problemas reales es imposible con el actual sistema de
dominación y acumulación capitalista y con la lógica que en él impera. En relación al mismo ya no sólo se plantean
las alternativas anteriores de reforma o revolución Hay otra más que surge
tanto de los nuevos movimientos sociales como de los modelos matemáticos sobre
sistemas en transición al caos y en transición del caos a un orden llamado
emergente o alternativo. Tanto en los
movimientos como en los modelos aparecen lo que en estos últimos se llaman
atractores y bifurcaciones en que parecería optarse por uno de ellos, así como
fractales y formaciones parecidas que se forjan a las más distintas escalas. La atención a la construcción de alternativas
en los movimientos sociales y en los modelos de sistemas habrá de dar cabida a
las nuevas estructuraciones de la libertad, la democracia, y la justicia
social. Con unas y otras será fundamental
estudiar cuáles son las alternativas que no sólo permitan construir el “buen
vivir” sino preservar la vida
En los nuevos movimientos sociales y en los modelos de
desarrollo autosustentable destacan por su mayor posibilidad de alcanzar esas
metas los modelos de cooperación, de inteligencia distribuida, de control
descentralizado, que se articulan con otros de control centralizado y
jerárquico sin que se de en forma metafísica la vieja oposición entre el
autoritarismo y la anarquía.
Desde ejemplos como “Los caracoles” de los pueblos mayas de
Chiapas, por un lado, y por otro, desde investigaciones pioneras y recientes
como las de Axelrod y muchos científicos más estamos hoy en condiciones de
construir una utopía a la vez convalidada por la praxis de los pueblos y por
los escenarios de las computadoras, esa que Emmanuel Wallernstein bautizó como
“utopística” y que definió como “la ponderación seria de las alternativas
históricas, la evaluación serena, racional y realista de los sistemas sociales
humanos, de sus limitaciones y posibilidades”.
Vale la pena pensar en ella y luchar por ella.
Pablo
González Casanova es Ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de México
(UNAM).
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