Estados Unidos en Siria, ¿línea roja?

Escribió: Jesús A. Núñez en El País, España

Si Washington tuviera de verdad la intención de implicarse directamente por vía militar en el conflicto sirio no necesitaría esperar más de dos años, echando mano del argumento de que el uso de las armas químicas por parte del régimen viola el derecho internacional. Desde el estallido de la crisis (marzo de 2011) son innumerables los incumplimientos de las normas más elementales de humanidad y de legalidad por parte de todos los actores combatientes y, sin embargo, la tragedia humana que allí se está produciendo no ha propiciado una respuesta decidida de Estados Unidos (ni del resto de la comunidad internacional) porque, de hecho, no hay voluntad política para desplegar tropas propias sobre el terreno.

Lo que sí hay es un interés compartido por cebar un conflicto que se desarrolla al menos en tres niveles de manera simultánea, con el objetivo último de evitar que Bachar el Asad pueda imponer su dictado en el país por mucho más tiempo. En el núcleo del enfrentamiento encontramos a un régimen decidido a jugar todas sus cartas para mantenerse al frente de Siria, consciente de que una derrota significaría su ruina, y, por tanto, dispuesto a utilizar todo lo que tenga a mano para imponerse a unos llamados rebeldes- concepto difuso que abarca desde demócratas más o menos sinceros hasta yihadistas de la peor ralea. En el segundo nivel se dirime un enfrentamiento entre Irán- principal apoyo del régimen, en su afán por consolidar su liderazgo desde el Mediterráneo hasta el Golfo- y Arabia Saudí, Catar y Turquía- interesados unos en evitar el dominio chií iraní y otros en asentarse como potencia regional indiscutible. Por último, Rusia y EE UU también se encuentran inmersos en un juego global que lleva al primero a procurar que el segundo se empantane en un nuevo escenario bélico, aprovechando así para disponer de mayor margen de maniobra en su renovado esfuerzo por asegurarse un “near abroad”, tanto en Europa Oriental como en Asia Central, sensible a su influjo. El segundo, por su parte, pretende evitar como sea la repetición de errores como los de Afganistán e Irak, pero sin poder desentenderse de lo que ocurre en una zona tan geoestratégicamente importante como Oriente Próximo.

Eso es lo que lleva a Obama a actuar de manera tan circunspecta, tratando de medir al milímetro cada paso que da en un conflicto que sirve como ejemplo perfecto de esa nueva forma de entender el liderazgo (“leading from behind”), que arrancó en Libia y que se ha repetido en Malí. Eso incluye apostar por los rebeldes- al margen de su perfil más o menos presentable-, suministrándoles primero financiación y material militar no letal, para pasar después a instruir a sus combatientes en suelo jordano y ahora a prometerles (de manera un tanto imprecisa) la entrega de material letal. También supone mirar hacia otro lado ante la sostenida apuesta bélica de Riad y Doha, facilitando que las armas lleguen a manos de quienes tampoco parecen distinguirse precisamente por su aprecio a la legalidad o a los derechos humanos.

Aun así, Obama ha quedado atrapado en cierta forma en sus propias palabras, desde que afirmó que el uso de armas químicas en Siria supondría cruzar una línea roja que tendría consecuencias (militares, se supone). Pero en ningún caso el anuncio que ayer hizo la administración estadounidense, identificando al régimen sirio como el responsable del uso reiterado de esas armas, debe interpretarse como la activación de una respuesta militar directa, desplegando tropas en el terreno. Lo que, por el contrario, cabe suponer es que Obama (y lo mismo sirve para interpretar el reciente gesto de la Unión Europea al levantar el embargo de armas) trata de reforzar la capacidad militar de los opositores a el Asad, en un momento en el que las tropas leales al régimen están recuperando posiciones y amenazan a Alepo. Con la vista puesta en la Conferencia de Ginebra 2- que supone renunciar a la derrota militar del régimen- lo que se busca es evitar que el Asad pueda inclinar la balanza a su favor y enviarle un mensaje netamente político: si no acepta sentarse a la mesa con representantes de la oposición (incluyendo la armada) para encontrar una salida negociada, que suponga idealmente su salida personal de la escena política, se arriesga a ser desplazado por la fuerza en una etapa posterior. Pero para eso aún queda tiempo o, lo que es lo mismo, más sufrimiento para los sirios.

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Jesús A. Núñez es el Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH, Madrid). Es, asimismo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), y miembro del International Institute for Strategic Studies (IISS, Londres). Colabora habitualmente en El País y en otros medios.