A 100 años de El Imperialismo Fase Superior del Capitalismo

 

Escribió: Modesto Emilio Guerrero

Una de las ventajas de libros como el de Lenin que nos convoca hoy, es que resuelve algunos problemas centrales de la época, y deja muchas pistas sueltas, abre potencialidades de comprensión de otros problemas. Varios de esos asuntos han sido tratados brillantemente por una decena de autores a lo largo de la primera fase del siglo XX, como Sweezy o Mandel. Otros han sido profundizados en los últimos 25/30 años, otros, como el de la teoría de la transición, tratado por Mészáros.

De la lectura de Imperialismo, fase superior... y las preocupaciones que me despertaron para el presente, algo publiqué en la revista colombiana CEPA y sobre eso hablaré hoy. Lenin en ese trabajo y en los Cuadernos sobre el Imperialismo, donde expandió todo lo mejor que pudo lo que había trabajado del libro contra Kautsky sobre el tema del “súper imperialismo”, deja abierta una veta sobre la relación entre imperialismo y esa mecánica de la lucha de clases que recorre la historia que suele ir de la victoria y la derrota. Pero este mecanismo no es un dato teleológico de la historia social, es decir, es explicable por las decisiones que toman gobiernos, movimientos y dirigentes en situaciones determinadas. Lenin profundiza la polémica contra Kautsky en 1921, pero en El Imperialismo deja abierto en las páginas finales este problema, cuando se refiere a la parte más política, el rol traidor de la socialdemocracia, pero apenas lo menciona, no hace una generalización teórica.

En los Cuadernos lo trabaja en distintos capítulos. No lo resuelve, no era su tema (tampoco lo vamos a castigar porque no resolvió también eso), pero se trata de un problema que quedó atrapado en las polémicas del marxismo en todas sus corrientes durante cien años. El imperialismo desde su origen tuvo por lo menos tres grandes mutaciones, y como todo cuerpo orgánico no se paraliza, suele aprovechar vacíos ajenos para “colonizar” y sobrevivir. Hubo tres grandes momentos de reorganización transnacional, uno alrededor de los 30, cuando brota de él el nazi-fascismo, como forma política sistémica de dominación para el mismo objetivo imperial o imperialista. Luego en los años 50/60, cuando intenta reordenarse, pero son los años en que más se desordena, luego de la derrota del nazi-fascismo, especialmente debido a la fractura del control directo capitalista en medio territorio planetario y desde el triunfo de la Revolución China, abarcó a casi la mitad de la población mundial que salía de la órbita del sistema del capital. Me refiero a la suma de los países mal llamados “socialistas” y a todos los que lograron su liberaron nacional en las luchas anti-coloniales del tercer mundo antes y después de la Revolución Cubana. La tercera comienza a mediados de la década del 70 y estamos en ella, que es ese ciclo más conocido como de expansión última del capitalismo internacional.

En cada una de esas tres grandes mutaciones ha habido una relación profundamente dinámica entre victorias y derrotas, que explican por qué el imperialismo pudo consolidar su nueva expansión, aprovechando lo que pudo en el terreno de la economía y de su sistema mundial de dominación estatal con la implosión de la ex URSS y la capitulación del Partido Comunista de China. Muchos autores marxistas y semi-marxistas, como Wallerstein, que trabajaron sobre el imperialismo, acentuaron sobre todo en el aspecto económico, pero descuidaron el asunto del sistema mundial de Estados como aspecto central de la dominación concentrada y centralizada del capital, y este es un aspecto que acompaña el desarrollo del sistema económico del imperialismo. Este es el aspecto que apenas esbozó Lenin y al que Kautsky dio una solución impresionista, superestructuralista, errada.

Otros autores se han enfocado sólo en el aspecto político dando por descontado que ya estaba resuelto el problema. Pero hay una relación de continuidad, muy conflictiva, dialéctica, muy llamativa entre esos tres momentos del desarrollo del sistema imperialista y los grandes retrocesos, fracasos o derrotas del movimiento obrero, como de los movimientos de rebelión nacional antiimperialista. El origen es clave. No por casualidad la Revolución Rusa es su primer fruto contradictorio, a ella le siguieron las revoluciones en Bulgaria, Hungría, las dos de Alemania; la de Italia, en la que lucharon Gramsci y Mateotti. Todas estas frustradas, fracasadas, o autoderrotadas; cada una con razones múltiples, pero los resultados, excepto en Rusia, han sido un retroceso estructural de lo que comenzó como revolución y llegó hasta un punto y retrocedió.

Esta dinámica compleja de las revoluciones es la que ha sido descuidada y a la que Lenin dedicó en ese emblemático libro sobre imperialismo algunas reflexiones polémicas que quedaron como pistas.

En algo parecido, con las inevitables diferencias, estamos hoy, respecto a lo conocido como “gobiernos progresistas” y su relación con el repunte actual del imperialismo a través de los nuevos gobiernos neoliberales en Argentina, Brasil y otros lugares. Aunque no son revoluciones en el sentido estricto, son fenómenos que en algunos países como Ecuador, Argentina, Bolivia y Venezuela, despuntaron procesos sociales que pudieron concluir en ellas.

Un sectario no ve nada de eso porque se aísla de esos procesos al no encontrarle ningún dato similar a las revoluciones clásicas, y un oportunista tampoco pero por razones más mezquinas: se dedica a medrar de sus gobiernos. Lo cierto es que el imperialismo está aprovechando con sagacidad esos retrocesos de los gobiernos progresistas, esas quebraduras y esas devoluciones, fracasos del estilo brasileño, o auto-fracasos al estilo paraguayo. Por un lado, son procesos sociales que elevan al poder a gobiernos “progresistas”, reformadores, pero que al estar basados en las mismas estructuras y valores del poder capitalista, en algún momento, corto o largo, se traban, retroceden y son derrotados por sus enemigos. Al no cambiar el carácter de clase de sus Estados y no basarse en organismos de algún tipo de poder popular independiente de la burguesía, quedan atrapados en las decisiones de los jefes políticos de una clase delegada, en este caso, fracciones de la pequeña burguesía que gobierna con pedazos del programa de la burguesía.

Salvo el caso de Venezuela, donde se apuntó a lo contrario y comenzó a abrirse un proceso de transición a la ruptura con el capitalismo mediante el desarrollo del poder comunal, la elaboración del Programa de la Patria y el subprograma conocido como Golpe de Timón, en el resto todo fue quedando atrapado en esos programas y ese tipo de dirigentes y corrientes políticas. La relación entre las derrotas por esas causas y la recomposición imperialista es tan dialéctica como inexorable. En esa medida es como si se invirtiera la causalidad, y esta pasa de lo económico a lo político.

Cuando más complicado estuvo este sistema de dominación imperialista, y no por casualidad, fue durante la segunda postguerra con los grandes movimientos nacionales. Estos fueron los que más preocuparon al sistema de dominación. Como dice el reconocido economista francés François Chessnais, es la época en que más se le corta, se le altera, el sistema interno de acumulación pues tenía demasiadas quebraduras en su mapa mundial de control; la URSS era una potencia mundial, todo eso le generó grandes problemas.

Esto no nos puede hacer olvidar que la revolución rusa fue el punto de partida de ese gran dolor de cabeza y que para el imperialismo capitalista, toda alteración de su sistema de dominación política, comience por donde comience, puede conducir a una revolución social y esa revolución tenderá, objetivamente, a buscar su origen, su programa y sus invocaciones teóricas en los mismos derroteros de la de Rusia en 1917.

Eso es así, en términos objetivos, pero no lo ha sido en la teoría marxista. Ésta no ha registrado y sistematizado este fenómeno. En el centro de este problema irresuelto está la dialéctica entre las victorias y las derrotas. Cada uno de esos momentos han revelado una relación peligrosísima entre el retroceso de los procesos, sean revolucionarios o “progresistas”, y cuanto le permite al sistema imperialista recomponerse, reordenarse y volver a fagocitar en su sistema aquello todo aquello que fue alterado, desandado o dañado en los procesos político- sociales que se iniciaron en esos países.