¿Tiene la izquierda un programa económico alternativo? Parte (I)

Escribió: Rolando Rojas en El Gran Angular

La izquierda peruana carece de una alternativa económica al actual modelo. En principio, rechaza y denuncia al neoliberalismo, pero no está claro en qué consiste su contrapropuesta. Hasta el colapso de la izquierda a inicios de la década de 1990, su paradigma fue la estatización del capital físico (medios de producción en la jerga de la época) para procurar una redistribución más equitativa de la renta nacional. El referente de este paradigma era la experiencia de la planificación soviética que convirtió a Rusia en una potencia industrializada y la llevó a la competencia aeroespacial con los EEUU. De la Rusia socialista también provenía buena parte de las teorías y nociones económicas anticapitalistas.

Evidentemente esta situación ha cambiado. El estatismo del programa económico de Izquierda Unida (IU) de 1985 tuvo como objetivos promover la industrialización, proteger el mercado interno y la redistribución de la riqueza.[1] Sin embargo, el estatismo de los ochenta estuvo asociado a la recesión económica y a la corrupción del primer gobierno de Alan García. El apoyo de la IU al proyecto de estatización de la banca de 1987 y que ante el retroceso del PAP se convirtió la izquierda en su principal defensora, la colocó como parte de lo “viejo” y la emparentó con el populismo aprista.[2] En todo caso, la liberalización de la economía de 1990-1995 cerró el ciclo del paradigma estatista.

Ahora bien, la izquierda no puede ni pretende revivir el estatismo. El programa económico del Frente Amplio que defendió Verónika Mendoza, tuvo como eje la “diversificación productiva”. El problema es que dicho programa no surge del debate de las fuerzas de izquierda y aparece sin un “arreglo de cuentas con el pasado”. La izquierda tampoco ha generado una “narrativa comprensiva” sobre las transformaciones económicas y sociales que la liberalización de la economía produjo en la peruana. Estas son tareas ineludibles si se desea disputar la hegemonía al neoliberalismo. A cargo de volver sobre estos puntos y por los límites de este artículo, voy a referirme a dos cuestiones:

Uno. ¿A qué tipo de crecimiento aspiramos? Con todos los problemas que implicaron las reformas de los noventa, lo cierto es que dichas reformas estabilizaron la economía, la conectaron con el crecimiento internacional y se produjo una significativa reducción de la pobreza que viene favoreciendo segmentos de los sectores populares. La crítica de la izquierda señala que este crecimiento se debe a factores externos, como el boom de precios internacionales, y que la reducción de la pobreza está distorsionada, pues se mide el ingreso monetario y no el acceso a derechos de salud, seguro médico y pensiones. Dicha crítica es correcta. Sin embargo, no se puede rehuir una propuesta de crecimiento alternativa al neoliberalismo. El crecimiento actual está basado en la inversión privada externa, la eliminación de derechos laborales y la desprotección del medio ambiente. La izquierda debe ofrecer una alternativa a este tipo de crecimiento y construir un consenso en torno a dicho programa. Las reformas de Velasco, en particular la Reforma Agraria, resultó viable porque la medida fue asumida por los diversos sectores políticos de la sociedad peruana. Es decir, no es suficiente un “programa económico”; es necesario su debate en amplios sectores sociales y políticos, y generar el consenso que penetre a la sociedad.

Dos. ¿Qué hacemos con la informalidad? La economía informal-ilegal se generalizó en los ochenta como una salida a la recesión. En la medida que no generó conflicto social ni agudizó las contradicciones existentes, fue tolerada por el Estado y las elites. Sin embargo, en el siglo XXI, en el contexto del crecimiento económico, la informalidad dejó de ser un simple mecanismo de supervivencia y se convirtió en la plataforma para que capas de “emprendedores” escalaran a la clase media. Como es conocido, le economía informal absorbe el 75% de la PEA.

De otro lado, el contrabando y la minería ilegal. El contrabando, solo en Puno y Tacna, mueve entre 900 y 1.200 millones de soles, y alrededor de 300 mil familias se sostienen con esta actividad. La minería ilegal produce alrededor de 29.000 millones de dólares anuales y también involucra a 300.000 personas. ¿Qué propuesta tiene la izquierda para la informalidad y la economía ilegal? Los emprendedores ni los que viven del contrabando y la minería ilegal buscan un Lenin, pero constituyen sectores importantes para los cuales la izquierda debe elaborar una propuesta económica y una narrativa política que vaya más allá del mito del progreso.

[1] Plan de Gobierno de Izquierda Unida. Perú 1985-1990. Síntesis. Lima: s/e, 1985.

[2] Estatizar para democratizar. La Izquierda Unida responde a la derecha y al APRA. Lima: s/e, 1987.

Tiene la izquierda un programa alternativo? Parte II


Pedro Francke ha tenido la gentileza de comentar el título-interrogante de un artículo anterior publicado en este portal (goo.gl/Lnrhp2). Señala que dado que el Frente Amplio inscribió un programa económico en el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) y que esto generó un cierto debate, la pregunta que planteo está resuelta. En un sentido estrictamente formal es cierto. Todos los partidos inscribieron un programa de gobierno en el JNE (el del FA tiene 64 páginas y 13 de ellas refieren a la economía), por lo que inclusive César Acuña tendría un programa alternativo al actual modelo.

Sin embargo, la pregunta con que titulé mi artículo tenía tres aspectos que preciso a continuación. Primero, con “alternativo” me refiero a si en las propuestas de la izquierda existen “rupturas” con el modelo actual y, si es así, ¿cuáles son?, pues una de las propuestas que nos señala Francke, el de la “diversificación productiva”, se difundió en el libro de Piero Ghezzi y José Gallardo: Qué se puede hacer con el Perú. Ghezzi, una vez como Ministro de la Producción del gobierno de Ollanta Humala, hizo aprobar el plan de “diversificación productiva”, pero, como ocurre con muchos otros planes, fue encarpetado. En todo caso, la cuestión es si con la propuesta de “diversificación productiva”, la izquierda realmente está innovando en materia de política económica.

En segundo lugar y con las limitaciones de no ser economista, me pregunto: ¿se puede decir que elevar la inversión pública de 4.5% a 6.5 es una ruptura con el actual modelo? El gobierno de PPK está precisamente elevando la inversión pública para la reconstrucción del norte del país afectado por el fenómeno El Niño; veremos los efectos que esta medida tendrá sobre el crecimiento económico. Luego, está la cuestión de ¿por cuánto tiempo sería posible que el Estado asuma un papel protagónico en la provisión de capitales para dinamizar la economía? ¿A qué proyectos debería ir esta inversión? Son cuestiones que merecen reflexión y debate.

En tercer lugar y recogiendo un comentario de Jürgen Gölte, una propuesta económica de izquierda supone la existencia de un partido o un movimiento de izquierda que asuma dicho programa. ¿Existe una izquierda organizada en el Perú? Lo que existe es una representación parlamentaria de izquierda que recibió un pequeño aluvión de votos, pero que no han podido ni consolidarse como bancada unificada, ni organizar a la ciudadanía que se movilizó detrás de la candidatura de Venónika Mendoza en una estructura partidaria relativamente institucionalizada.

Es decir, considero insuficiente la inscripción de unas páginas sobre economía para dar por zanjado el tema del programa económico de la izquierda. En materia económica existen muchas cuestiones a debatir y para cerrar este artículo voy a referirme brevemente a la relación entre Estado y mercado, sobre el cual volveré en próximas colaboraciones. Por lo general, la izquierda antes de la debacle socialista de fines de los ochenta e inicios de los noventa fue antimercado, pues veía en la concentración del capital físico y en la desregulación de las actividades mercantiles, el origen de las desigualdades.

Sin embargo, la liberalización de la economía de los noventa y las privatizaciones de las empresas públicas, tuvieron consecuencias paradójicas que son necesarias debatir. Menciono solo dos ejemplos: incremento de la desigualdad y, al mismo tiempo, reducción de la pobreza; flexibilización del empleo y, paralelamente, expansión del consumo popular. El punto que quiero resaltar es que la izquierda necesita pasar de la denuncia del “modelo”, a construir una narrativa comprehensiva de las transformaciones de la sociedad peruana bajo el régimen neoliberal iniciado en los noventa.

Dicha “narrativa” debe replantear las relaciones entre Estado y mercado que nos permita superar los problemas intrínsecos del modelo actual, pero tampoco puede llevarnos a un retorno al estatismo de los setenta. La construcción de un programa alternativo apenas está comenzando y no puede concretarse sin un amplio debate. En mi próxima colaboración, comentaré el libro de Raúl Hernández, Los nuevos incas: la economía política del desarrollo rural andino en Quispicanchi, para incidir en las transformaciones que la economía peruana ha experimentado desde los noventa y que requieren ser entendidas para imaginar desde la realidad concreta, una salida a las desigualdades y la inequidad.

Rolando Rojas: Historiador e investigador del Instituto de Estudios Peruanos