Es necesario abrir un nuevo ciclo revolucionario en América Latina

Entrevistado: Igor Fuser

Brasil de Fato | San Salvador (El Salvador), 17 de mayo de 2017.- Si alguien cree que una nueva ronda electoral puede ser suficiente para revertir las sucesivas derrotas y la actual crisis de la izquierda en América Latina, puede desistir de esa pretensión. Las fuerzas de la derecha, aliadas al imperialismo estadounidense, simplemente no están dispuestas a aceptar la alternancia en el gobierno. Su objetivo es “expulsar a la izquierda de las instituciones del Estado y liquidarla políticamente”. Al menos, esa es la evaluación del científico político cubano Roberto Regalado.

Para él, la derecha quiere blindar al Estado, “cerrar la puerta y tirar la llave”, para que la izquierda nunca vuelva a gobernar. Por eso, promueve la criminalización de líderes como Lula y la expresidenta de Argentina, Cristina Kirchner.

Roberto Regalado, de 64 años, fue fundador del Foro de São Paulo y durante 20 años representante del Partido Comunista de Cuba país en esa articulación, que reúne a más de 100 organizaciones de izquierda y centroizquierda en América Latina y el Caribe.

Entrevistado en San Salvador –capital  de El Salvador, un país gobernado hace ocho años por un movimiento insurreccional de izquierda que cambió las armas por la política institucional– , Regalado admite que estamos viviendo, sí, el final de un ciclo político en la región. Pero no en el sentido utilizado por los analistas de la derecha, que ven en los acontecimientos recientes una prueba del “fin de la historia” y del triunfo eterno del capitalismo.

Lo que ocurre, según Regalado, es el agotamiento de las posibilidades de transformación política y social profunda en los marcos de las instituciones vigentes. La salida, para él, es profundizar la agenda de los cambios y traer al centro del proyecto político de la izquierda las formas de actuación política, como la democracia directa y participativa, desarrolladas en el contexto de las luchas populares de los últimos 20 años. “Se está cerrando el ciclo progresista y ahora es necesario abrir un ciclo revolucionario”, afirma Regalado, aclarando que se refiere a la búsqueda de la emancipación social por la vía pacífica.

Brasil de Fato: ¿Cuál es su explicación para el actual declive de los proyectos políticos de izquierda en América Latina?

Roberto Regalado: Para entender lo que pasa es preciso retroceder un poco en el tiempo. El ciclo político que marcó este inicio de siglo en América Latina tiene su origen en una situación paradójica. En el momento en que la Unión Soviética se desmoronó y en que las fuerzas de izquierda parecían destinadas a desaparecer o sumergirse en un largo período de reflujo, en ese mismo, por primera vez en la historia, los movimientos populares y los partidos políticos ligados a ellos comenzaron a ocupar espacios institucionales en toda América Latina.

Comenzaron por la conquista de prefecturas, después vinieron los gobiernos estatales y pasaron a elegir bancadas de diputados y senadores, hasta que, a partir de la elección presidencial de Hugo Chávez [en Venezuela, en diciembre de 1998], la izquierda llegó al gobierno. Luego le siguieron Lula, Néstor Kirchner y todos los demás.

Yo atribuyo esta paradoja a tres motivos. El primero es la acumulación de fuerzas de las luchas populares a lo largo de la historia y principalmente en las tres décadas de luchas abiertas con el triunfo de la Revolución Cubana en 1959. Estamos aquí conversando en El Salvador, un país donde dictaduras militares imperaron durante la mayor parte del período que siguió a 1930. Incluso cuando había alguna apariencia de democracia burguesa, los esfuerzos de los movimientos populares para ocupar espacios institucionales eran bloqueados. Si no hubiera surgido el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que durante 12 años llevó adelante una lucha insurreccional conducida de manera eficiente, la derecha no habría sido obligada a aceptar negociaciones que resultaron en la apertura de un espacio para la actuación política de la izquierda. Lo mismo puede decirse de Nicaragua. Cuando se considera el impacto de toda la lucha insurreccional en América Latina, tanto en el caso de las experiencias exitosas, como de aquellas que se malograron, se percibe que eso ha dejado un saldo político que ha posibilitado el milagro de la apertura de espacios institucionales nunca antes existentes en la región.

El segundo factor para ese milagro fue el amplio repudio a los métodos violentos de represión utilizados por las dictaduras militares de seguridad nacional que se diseminaron por la región tras el derrocamiento de João Goulart en Brasil en 1964. A partir de la década de 1980 el uso de esos métodos criminales para mantener el sistema capitalista ya no es aceptado en Europa ni en los Estados Unidos.

Un tercer elemento tiene que ver con la propia reestructuración económica neoliberal, en las décadas de 1980 y 1990. El imperialismo cometió un error de cálculo cuando promovió el mal llamado proceso de democratización. Este fue un pacto entre las élites por el cual los militares se fueron y entregaron el poder a los partidos de derecha, que pusieron en práctica el proyecto neoliberal. El presidente de Estados Unidos era Ronald Reagan. No percibieron la contradicción que existe entre el funcionamiento democrático de la sociedad y la aplicación de las políticas neoliberales. La gente reaccionó, se organizó para defender sus intereses, reconstruyeron los sindicatos, los movimientos populares alcanzaron un gran auge en la lucha contra el neoliberalismo. Las demandas de esos movimientos ganaron una dimensión política, como ocurrió con la lucha del MST en Brasil, la de los cocaleros en Bolivia. Eso es lo que hizo el milagro que favoreció la ocupación de crecientes espacios institucionales hasta la conquista del Poder Ejecutivo.

¿Cómo reaccionó la derecha a esos avances?

El tiempo fue pasando y la democracia liberal burguesa es un sistema de dominación de clase. No está ahí para que la izquierda gane. Y, si esto ocurre, las clases dominantes poseen mecanismos para colocarle a la izquierda una camisa de fuerza, de tal manera que no pueda modificar nada de fundamental en el sistema.

La derecha fue, entonces, utilizando todos los mecanismos de poder de que dispone dentro del propio Estado: el Poder Judicial, cuando lo controla, el Legislativo, en los casos en que los partidos conservadores tienen una mayoría sustancial, el funcionariado público y, además de todo eso, influyó el hecho de que los llamados gobiernos de izquierda son en realidad gobiernos de coalición, dentro de las cuales hay aliados que no son de izquierda. Contra esos gobiernos se dirigió la acción de los llamados poderes fácticos, es decir, los medios de comunicación, el gran capital, los monopolios internacionales y también las embajadas de Estados Unidos y otros países imperialistas. Todo esto se suma de modo a ir minando la institucionalidad a fin de hacer imposible la gobernanza.

¿Qué hemos visto en los distintos países? En Honduras, arrestaron al presidente Zelaya, lo colocaron en un avión y lo sacaron del país. En Paraguay se produjo el llamado golpe legislativo. En Brasil, hubo el juicio político de Dilma. Fue una cosa vergonzosa para el país, ver aquellos diputados y senadores corruptos, todos ellos investigados por la Justicia, hablando de Dios para justificar un golpe.

¿Cree que estamos viviendo el fin de un ciclo político?

Hay actualmente un discurso sobre el cierre del ciclo progresista, pero ese discurso no es más que un retorno a la tesis desacreditada del final de la historia. Es la idea de que el mundo será eternamente capitalista. Y también de que, si hubo un paréntesis, un accidente histórico por el cual los gobiernos progresistas fueron elegidos en América Latina, eso se explica por la bonanza económica generada por el alza de los precios de las materias primas. Se acabó la bonanza y ese accidente histórico se cerró.

Creo que, sí, hay un ciclo histórico que está terminando, pero por motivos muy diferentes. Se trata del período en que la izquierda ocupa determinados espacios en la institucionalidad democrático‑burguesa e instala gobiernos con rasgos bonapartistas, por medio de los cuales las fuerzas populares logran hacer avanzar sus propias causas. Ya han pasado casi 20 años desde la primera elección de Chávez. En ese intervalo el imperialismo se reorganizó y, poco a poco, de instaló el cerco a los gobiernos progresistas, hasta colocar en la cima de la agenda la expulsión de la izquierda de los espacios que ha conquistado en los poderes del Estado.

El imperialismo y la derecha no están dispuestos a alternar en el gobierno con la izquierda. No se trata de que, en Brasil, la derecha ahora quiera gobernar por un período y luego permitir que el PT o cualquier otra fuerza de izquierda regrese al gobierno. Se trata de expulsar a la izquierda de los espacios institucionales y, en particular, del Poder Ejecutivo, y de liquidarla, para que tenga la menor presencia posible en el Legislativo. También forma parte del plan expulsar a la izquierda de los gobiernos estatales, expulsar, “cerrar la puerta y tirar la llave”, para que nunca regrese. Es para eso que promueven toda esa campaña de criminalización de nuestros líderes. En el caso de Cristina Kirchner, hay que condenarla, mandarla a la cárcel. Lula también está siendo criminalizado: quieren meterlo en la cárcel. El objetivo en todos estos casos es cerrar el espacio institucional a la izquierda.

 

Se está cerrando el ciclo progresista y ahora es necesario abrir un ciclo revolucionario. Esto no significa, por supuesto, un retorno a la lucha armada, sino la necesidad de trascender la democracia burguesa y construir una nueva democracia política, económica, social y cultural, de signo popular.

¿La correlación de fuerzas también cambió a nivel internacional?

Sí, existe el escenario de una crisis económica mundial que se agrava cada vez más. El capitalismo de hoy es un sistema senil, decadente, que necesita explotar con intensidad creciente, concentrar más y más las riquezas. En ese contexto, los intentos de la izquierda de mostrar “buen comportamiento”, de presentarse como “aceptable” al imperialismo y las oligarquías, de aparecer como una izquierda light, una izquierda que no amenaza al sistema, no resuelven el problema.

El capitalismo no está dispuesto a convivir con esa izquierda de características más moderadas. Por eso, es necesario un Macri [como presidente de Argentina], un [Michel] Temer en Brasil, un Sebastián Piñera en Chile. Es necesario que gobiernen aquellos elementos que favorecen la ultra‑concentración de la riqueza, la ultra-dependencia de nuestros países. Los imperialistas no pueden darse el lujo de que exista una socialdemocracia en el poder. Por otra parte, la propia socialdemocracia fue ganada hace mucho tiempo para la causa neoliberal.

¿Usted descarta la posibilidad de reanudar el proyecto progresista a partir de la victoria en futuras elecciones?

No veo la posibilidad de que si la izquierda vuelve a ganar elecciones en Argentina o en Brasil o en Paraguay, eso va a resolver el problema. Por supuesto, es positivo obtener nuevamente victorias electorales, pero eso debe ocurrir sobre la base de un proyecto transformador. Las campañas electorales deben tener en su base un proyecto que se proponga realmente construir el cimiento de una democracia popular, comunitaria, que incorpore todos los tipos de participación democrática que el pueblo fue construyendo dentro de la democracia burguesa. Y eso no se logra simplemente batallando para ganar una elección.

¿Entonces la izquierda fracasó?

En un evento reciente, escuché a un compañero, Carlos Fonseca, de Nicaragua, exponer una tesis que me pareció interesante. Él decía: Está demostrado que esos espacios democráticos y populares que abrimos tienen una duración limitada. Es necesario que, en el transcurso de una generación política, nosotros seamos capaces de promover cambios sociales efectivos, esenciales. De lo contrario, pasamos a la defensiva. Él entiende por generación política el período entre el momento en que el niño o la niña nacen y aquel en que cumplen 18 años, que es la edad de votar. Y es precisamente ese el tiempo que ya transcurrió aquí en América Latina

Los gobiernos progresistas son muy diferentes entre sí. Una cosa es la Venezuela bolivariana y otra es Brasil con Lula y Dilma. ¿Aplica su análisis a todos estos casos?

En un libro he esbozado una especie de tipología de los gobiernos progresistas latinoamericanos. En algunos países la llegada de fuerzas de izquierda al Poder Ejecutivo fue precedida por graves crisis institucionales. En respuesta a estas crisis, se han instalado gobiernos con mejores condiciones, mayor disposición y voluntad de realizar transformaciones profundas. Es el caso de Venezuela, Bolivia y Ecuador, países donde fue posible hacer nuevas Constituciones, de contenido popular. No se rompió con el capitalismo, pero al menos el sistema político institucional evolucionó de tal manera que hoy existe más espacio democrático. Y hay otros países, como Brasil y Uruguay, donde no se llegó al gobierno en condiciones tan favorables. En esos países la izquierda llegó al gobierno “medio que diciendo”: “Soy la izquierda responsable que va a impedir la eclosión de la crisis”, “vamos a aceptar los límites que nos están siendo impuestos”.

Hay otros casos, como el de los movimientos insurreccionales que se han convertido en gobierno. Son los casos de Nicaragua y El Salvador. Y hay países donde, por falta de liderazgos de izquierda, figuras provenientes del propio sistema político pasaron a ejercer un papel progresista. Esto ocurrió en Argentina con los Kirchner, oriundos del peronismo, un partido institucional.

En los países donde la propuesta fue hacer transformaciones más profundas se construyó un cimiento más firme. Estos países hicieron sus Constituyentes, pero, aún así, las semillas del liberalismo y de sus formas políticas, como mecanismos de dominación de clase, sobrevivieron. Esto muestra cómo la dominación capitalista es capaz de mostrar resiliencia para soportar períodos de acoso, debilitamiento, reflujo.

Desde nuestro punto de vista, no basta con ejercer el poder formal, establecer nuevas instituciones, si no conseguimos construir hegemonía. No basta con hacer una nueva Constitución. Si no tienes hegemonía, ese poder formal se vuelve contra ti mismo. Hoy en Venezuela quien está invocando la Constitución Bolivariana es la derecha. Esa Constitución nació como un elemento de legitimación de un gobierno popular. Pero, como usted perdió la batalla por la hegemonía, ella se convirtió en un instrumento contra usted

Es lo que Gramsci ya decía: no basta el poder formal. El poder principal es el que está dentro de la cabeza de la gente. En Bolivia, la derecha fabricó un caso de corrupción inexistente, le atribuyó a Evo Morales un hijo también inexistente, y Evo perdió el referéndum en el que intentaba conseguir el derecho de concurrir a otra reelección. La denuncia contra él era una gran mentira, pero cuando eso fue finalmente demostrado, ya era tarde.

Igor Fuser es doctor en Ciencia Política por la USP y profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Federal del ABC (UFABC).

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