¿A dónde va Egipto?

Escribió: Samar Al-Gamal en vientosur.info

 

Una revolución y un medio golpe de estado. Los egipcios temen que su revolución contra el régimen dictatorial de Mubarak sea abortada a medio camino. Habría incluso algunos, aquí o allá, que no quieren creer que lo que ha ocurrido en Egipto sea una revolución. Las coaliciones, movimientos y partidos que llamaron a los egipcios a salir y a manifestarse el viernes en las plazas del país tenían por tanto sus razones. Hasta hoy, y después de 7 meses, la revolución no ha afectado aún a ningún sector principal, como la economía, para responder a una de las demandas más importantes, que es la “justicia social”. Una parte del régimen corrupto y aliada a hombres de negocios trabaja activamente contra el desmantelamiento del antiguo sistema. La purga de esta alianza entre tiranía y corrupción no tiene lugar. Y lo peor, una parte del aparato de seguridad del antiguo ministro del interior, Habib Al-Adely -hoy en la cárcel- sigue funcionando con sus hombres. Es decir que, 7 meses después de la caída del ex-rais, el régimen de Hosni Mubarak es reproducido sin Hosni Mubarak.

 

En cuanto al Consejo Militar, sucesor del presidente destituido y actualmente a la cabeza del país, se sospecha que busca mantenerse en el poder o también que haya realizado un acuerdo con los islamistas, grandes ausentes de este viernes de la “recuperación del buen camino” para no disgustarle.

 

En el momento en que los manifestantes gritaban en la plaza Tahrir: “El pueblo quiere depurar el estado”, el gobierno de transición, igual que la Unión Socialista bajo Nasser y luego bajo Sadat, reunió a los agricultores y los funcionarios del Ministerio de Agricultura en el estadio de El Cairo para celebrar, obligados, la llamada “Jornada del campesino”. Han sido llevados allí en autobuses venidos de las diferentes provincias del país, y pagados con 50 LE cada uno. Una especie de manifestación pagada para contrarrestar la de la plaza Tahrir. Así, con un pequeño cálculo, la autoridad actual ha pagado alrededor de 5 millones de LE para comprarse una popularidad, un poco como el antiguo régimen y su Partido Nacional Democrático. Hace algunos años, estos últimos habían organizado una manifestación “obligatoria” en ese mismo estadio, para denunciar la guerra en Iraq y responder a las manifestaciones de la oposición en la calle.

 

Así pues, es sencillo, el mismo régimen está reproduciéndose. Nuevas leyes o decisiones provenientes del Consejo Militar se parecen de cerca a las de la época de Mubarak. La más reciente y más similar -también en el lenguaje- es la proveniennte del ministro de información, Ossama Heykal, con declaraciones sobre la “anarquía de los medios”.

 

Un comunicado conjunto del Gobierno y del Consejo Militar, y leído por el nuevo ministro de información, anuncia el freno a la concesión de licencias a las cadenas de televisión privadas, y medidas legales contra los medios que “incitan a los disturbios y siembran la cizaña entre los ciudadanos”. Ese mismo comunicado critica también a “la prensa que propaga los rumores y la sedición”. Se podría creer que las declaraciones emanan de Anas Al-Fiqui, el predecesor de Heykal y ferviente partidario de Gamal Mubarak, que nos había acostumbrado a declaraciones parecidas cada vez que las críticas se planteaban contra Mubarak y el escenario de la sucesión de su hijo. Las cosas no se paran ahí. Un discurso antirrevolucionario es igualmente claro en las pantallas de la televisión pública, exactamente como en los primeros días de la revolución, y un espacio”obligatorio” es concedido a los partidarios de Mubarak. Está en curso una restricción de las libertades de expresión y de las libertades en general. Los índices no faltan. Las autoridades han cerrado los locales de la cadena qatarí Al-Jazeera Live Egypt, ¡invocando una queja de los vecinos! Hay también el lenguaje amenazador contra los huelguistas cuando el país está sacudido por la más importante serie de huelgas, que van desde los médicos a los obreros pasando por los enseñantes. La primera crítica formulada contra el Consejo Militar está ligada también a su actitud respecto a las huelgas, chispa de la revolución. Remonta a marzo pasado, cuando los gobernadores promulgaron una ley sancionadora de las concentraciones y las huelgas, e imponiendo una penalidad que podía llegar hasta un año de prisión y una multa de al menos 100.000 LE. Frente a estas medidas, los revolucionarios se preocupan. Temen perder las conquistas de la revolución popular y critican las leyes electorales elaboradas de forma muy discreta y sin verdadera consulta con las fuerzas políticas. Leyes que favorecen una vuelta al Parlamento de los miembros del partido de Mubarak, hoy disuelto.

 

Pero la más importante crítica concierne a los procesos militares contra los civiles. A pesar de las seguridades del Consejo Militar de limitar el uso de este tipo de jurisdicción a la brutalidad, la violación y los ataques contra las fuerzas de seguridad, algunos escritores han sido objeto de procesos militares por haber criticado al Consejo Militar. Este último, que había prometido detener esos proceso, y derogar el estado de urgencia en pie desde 1981, acaba de anunciar la prolongación de este estado, aprovechándose de los enfrentamientos de este fin de semana en los alrededores de la embajada israelí en El Cairo.

 

Manifestantes armados de martillos y barras de hierro han hecho caer un muro de protección erigido estos últimos días por las autoridades ante el edificio en el que está esta misión diplomática. Luego han retirado la bandera israelí de lo alto del edificio, reemplazándola por la bandera egipcia. Pero en los alrededores, y debajo de la embajada saudita y de la comisaría de Guiza, han estallado violentos enfrentamientos entre manifestantes y policías antidisturbios en una escena de brutalidad digna del 28 de enero, jornada bisagra de la revolución. Ha habido muertos, heridos, piedras, gases lacrimógenos y vehículos quemados. Informaciones no oficiales señalan con el dedo a los hombres de negocios del antiguo régimen. Ellos habrían pagado, como en “la batalla de los camellos” o en el proceso de Mubarak, a matones y provocadores para destruir la revolución, animando a los militares a restaurar la dictadura, a la vez que se evitan críticas de Occidente, puesto que Israel está afectado. La democracia sería sacrificada por los occidentales en la medida en que la seguridad de Israel o la de su misión diplomática está en juego.

 

Los revolucionarios no ceden. Exigen a los militares en el poder “un calendario completo que detalle las etapas de la transición y su vuelta a los cuarteles”. Los Hermanos Musulmanes, que se han negado a tomar parte en las manifestaciones del viernes, han rechazado “toda tentativa de utilizar y de explotar estos incidentes para aplicar disposiciones marciales, restringir las libertades o retrasar los plazos del período de transición”.

 

Los revolucionarios denuncian una lentitud inaceptable del Consejo Militar en lo que concierne a la transferencia del poder a los civiles. Se atreven a decirlo sin rodeos, pero ¿de dónde viene la fuerza y el poder de estos insurrectos? Es sencillo, es imposible desanimarlos y continuarán animando el fuego de la revolución a pesar de las trabas.