Netanyahu demostró que Israel no quiere la paz

Netanyahu le demostró a todo el mundo, incluso mejor que Mahmoud Abbas, por qué los palestinos no tenían más remedio que apelar a las Naciones Unidas. El mensaje es claro: los palestinos (y el mundo) ya no pueden esperar nada de Israel.

 

Escribió: Gideon Levy; publicó: elcprresponsal.com

 

La noche del viernes el primer ministro, Benjamín Netanyahu, demostró una vez más ser un excelente "elucidator", esta vez al servicio de los palestinos: le demostró a todo el mundo, incluso mejor que Mahmoud Abbas, por qué los palestinos no tenían más remedio que apelar a las Naciones Unidas. Si hay un claro mensaje para llevar a casa de su discurso de Ezequías y de Isaías, es el siguiente: los palestinos (y el mundo) ya no pueden esperar nada de Israel. Nada.

 

Netanyahu fue particularmente persuasivo cuando explicó que un Estado palestino pondría en peligro a Israel -una banda estrecha, a solo centenares de metros de las ciudades israelitas, con miles de cohetes- un gigantesco bla-bla que intencionalmente ignora la posibilidad de la paz. Un Estado palestino quizás sea posible, pero absolutamente no en nuestro tiempo y no con nuestra escuela de pensamiento.

 

Nuestra escuela de pensamiento parecía la noche del viernes especialmente engañada. Cada israelí decente debe de estar avergonzado de su primer ministro, quien, de pie frente al mundo, intentó venderle la misma vieja cantinela, que hace mucho que cumplió su fecha de vencimiento, exponiendo antiguos e irrelevantes capítulos de la historia y apelando a un sentimentalismo barato como un mendigo que expone sus heridas, reales o imaginarias, a los transeúntes. Y el mendigo es de hecho un poder regional.

 

Netanyahu, vendedor ambulante de emociones, no retrocede ante nada ni se olvida de nada, excepto de la realidad. Abraham, el patriarca, Ezequías, Isaías, los pogroms, el Holocausto, el 9 de Septiembre, los hijos, los nietos y, por supuesto, Gilad Shalit -todo ello para lograr alguna lágrima que nadie derramó, con la posible excepción de unos pocos hogares de ancianos judíos en Boca Raton, Florida. Quizás todavía haya allí gente que se conmueva con ese discurso cursi.

 

Netanyahu necesitó miles de años de historia para disimular la realidad, pero el sentido de la historia de Abbas ha demostrado estar mucho más desarrollado: él no tuvo ninguna necesidad de buscar recuerdos distantes para ganarse la simpatía; todo lo que necesitó fue pintar sobriamente los acontecimientos actuales para intentar formar una nueva historia. El mundo y la sala de conferencias se alegraron de que Abbas haya hablado como un estadista del siglo XXI, no como un cooptado arqueólogo de siglos pasados. Abraham o Ibrahim, Ezequías o Netanyahu, Benjamín o Jacob-Israel, judío o Judea: la Biblia de nuestro primer ministro y las historias del Holocausto deben de haber hecho sentir a los israelíes que participaban de una cena de viernes torpe e incómoda. ¿Es que eso es todo lo que nosotros tenemos que venderle al mundo? ¿Es que eso es todo lo que nosotros tenemos para decir? ¿Es que eso es lo que se está diciendo en nuestro nombre? ¿Es en eso en lo que nosotros nos parecemos?

 

Las caras lo decían todo. Sentados a la mesa del equipo de porristas de Netanyahu (todos ellos hombres ashkenazis, por supuesto) había dos portadores de kipá, dos generales, dos inmigrantes rusos, tres recientes usuarios de barba, una depresiva y amenazante foto grupal de la extrema derecha israelí actual. La mesa de la delegación israelí, todavía más que el mismo Netanyahu, reveló el verdadero rostro del país más denunciado en el mundo de hoy, con excepción de Irán y Corea del Norte. Aplaudieron, cortés y obedientemente, excepto Avigdor Lieberman y su leal servidor, Daniel Ayalon.

 

La cara real de Israel también se vio en Israel; Lieberman no fue el único en calificar la impresionante y juiciosa intervención de Abbas como un "discurso de incitación." Se unió al coro, como de costumbre, Tzipi Livni -la alternativa israelí- a quien no "le gustaron" las palabras del líder palestino.

 

¿Qué había allí que no gustara del discurso de Abbas, aparte de su error tonto al no mencionar a los judíos, junto con los cristianos y los musulmanes, como poseedores de esta preciosa tierra? ¿Qué hubo en su discurso que no fuera verdadero y doloroso? ¿Habló "demasiado" de la ocupación? ¿De la limpieza étnica en Jerusalén y en el valle del Jordán? ¿De los puestos de control como obstáculos para llegar al hospital y de los asentamientos, que son un impedimento para la paz? ¿Qué no fue cierto, maldita sea? "Un discurso difícil", cantó el coro de comentaristas israelíes inmediatamente después. De hecho, un discurso difícil para describir una realidad aún más difícil. Pero ¿qué sabemos de la realidad? Nadie preguntó: ¿Por qué Israel no recita la plegaria de los viajeros para los palestinos, para su tránsito a su condición de Estado?

 

El viernes por la noche el telón final cayó sobre el baile de máscaras en el que Netanyahu convirtió una solución de dos Estados. Detrás del telón se esconde la oscuridad y la tristeza. Se demostró al mundo que Israel no quiere ni un acuerdo ni un Estado palestino y, de hecho, tampoco la paz. Nos vemos en la próxima guerra.

La fuente: El autor es columnista del diario israelí Haaretz (Tel Aviv). La traducción del inglés pertenece a Sam More para elcorresponsal.com.