EEUU: aunque no se vea, la amenaza siempre está

 

La denuncia de la Casa Blanca sobre el complot iraní abre una serie de interrogantes que involucran a la Primavera Árabe, pero también a la crisis económica mundial.

 

Escribió: Marcelo Cantelmi en Clarín, Argentina

 

No es la primera vez. La historia de poder de EE.UU. acumula una extensa lista de estas enormes “desprolijidades”. La última, y aún más estridente que la denuncia del oscuro complot iraní para atentar contra el embajador saudita en Washington, fue la controvertida operación de la Casa Blanca que el 1° de mayo pasado mató en Pakistán al líder terrorista Osama bin Laden.

 

Aquella vez un equipo de casi un centenar de comandos especializados y con un sofisticado armamento redujo al jefe de Al Qaeda que estaba desarmado y sin custodia, lo ejecutó y tiró su cuerpo desde un helicóptero al mar.

 

Osama, a quien se le atribuyeron los atentados del 11-S en Nueva York y por cuya cabeza se ofrecían 50 millones de dólares, vivía en una lujosa y notoria casona ubicada a metros de la mayor academia militar de Pakistán, en la localidad de Abbottabad. Ese país es un complicado socio estratégico de Washington, sede de escuelas coránicas de un extremado integrismo por las que pasaron gran parte de los terroristas que atacaron en el mundo después del golpe contra las Torres Gemelas, en Casablanca, Londres o Madrid. Pakistán es, a la vez, una imprevisible potencia nuclear que transfirió esa tecnología nada menos que a Corea del Norte y mantiene un enfrentamiento sanguíneo con otro crucial aliado norteamericano, la India, también dotado de esas armas de destrucción masiva. La descripción alcanza para imaginar el nivel de vigilancia al que está sometido ese país, y particularmente su principal escuela de guerra.

 

Bin Laden fue una de las primeras víctimas de la rebelión republicana que estalló en enero en el mundo árabe. El terrorista muere en el momento que se evaporaba la frondosa historia oficial sobre la extensión y poderío de la red Al Qaeda al quedar claro el escaso respaldo de esa banda en la constelación árabe donde ha sido sólo una marca de uso oportunista con la adhesión limitada de una horda mínima de fanáticos.

 

De este modo en Pakistán se acabó matando al hombre pero se puso a salvó a la leyenda.

 

El complot denunciado por la Casa Blanca para asesinar al representante saudita, un país de vinculo estrecho con EE.UU., y desprecio similar por la teocracia iraní, tiene esa misma impronta confusa sobrecargada de preguntas sin respuesta.

 

El supuesto agente de Teherán a cargo de la operación y que, según la historia oficial, tomó contacto con un multimillonario cartel de narcotraficantes mexicanos, los Z, se ha descubierto como un malandra de bajo nivel, un vendedor fracasado de autos, caballos y hasta helados, que no pagaba sus deudas, maltrataba a su ex mujer y no lograba el menor nivel de organización personal.

 

Stratfor (Strategic Forecast), una consultora de Texas con reconocidos vínculos con la comunidad de inteligencia y el establishment norteamericano, calificó el complot de “descabellado a la luz del nivel de los servicios de inteligencia iraní”. Ese estándar, según el jefe del Comité de Inteligencia de la cámara baja, el republicano Mick Roger, ubica a los servicios de Irán detrás pero no muy lejos de los de Rusia “uno de los mejores del mundo”.

 

Todo hace mucho ruido. Pero lo más conmocionante de esta novedad que Barack Obama no cesa de propalar pese a sus fallas, es observarla encenderse en un escenario global donde los líderes del norte mundial se debaten arrinconados por una de las mayores crisis económicas de que se tenga memoria. Entre muchas de las cosas que no se miran o se miran mal en este presente, va muy destacada la superposición de este tipo de acontecimientos. Relacionar una cuestión con la otra es políticamente incorrecto, pero al hacerlo hay infinidad de preguntas que pueden comenzar a encontrar alguna respuesta.

 

La brumosa guerra antiterrorista y la figura abyecta e inflacionada de Bin Laden fueron utilizadas por el gobierno republicano de George Bush con el atajo de la seguridad nacional , para aumentar el control sobre una sociedad que acabaría pagando la extraordinaria factura de la actual crisis económica, un fenómeno que no fue sorpresivo sino que se cocinó a todo lo largo de la década pasada. El estallido de 2008, consecuencia de esa desregulación y el todo vale en el sistema financiero norteamericano, abrió un abismo social que transfirió los costos a los sectores medios y bajos y liberó impositivamente a la porción de mayores ingresos. Esa deriva concentradora explica la desocupación que sufre EE.UU. por encima del 9% y la extensión a más de 200 días de demora para obtener un nuevo trabajo, lapso sin precedentes desde la Gran Depresión de 1929.

 

Este viernes cuando Obama volvía a la carga sobre el complot iraní y alertaba sobre el peligro de otro ataque feroz como aquel del 11-S, una multitud de “indignados” no lo oía y acampaba en Wall Street para denunciar las consecuencias de los estragos provocados por los mercados en la misma clave de los que sacuden a Europa con protestas callejeras y una oleada persistente de huelgas contra los ajustes.

 

Son dos caras de un fenómeno, o quizá la misma. Hay un error en algunos críticos de EE.UU. que caracterizan las acciones de Washington sobre Irán como parte de una estrategia imperial que apunta a arrebatar la descuidada riqueza de gas y petróleo del país persa, cuarto productor mundial. Es la misma falla que atribuyó ese carácter al bombardeo de la OTAN a Libia, como si Washington extendiera la fallida campaña de dominio que Bush plantó en Irak. Lo que no se advierte es que si EE.UU. tuviera el mismo poder del pasado, sencillamente la Primavera Arabe no hubiera existido.

 

Ese proceso de apertura nace de la descomposición del cerco de seguridad que Occidente brindó a las dictaduras de la región y que se desplomó debido a aquella crisis del modelo de acumulación . Este es un punto central para comprender que lo que se está discutiendo hoy es una cuestión de poder que no sólo involucra el alzamiento idealista de las masas árabes, sino a un creciente y desordenado movimiento internacional que pone en duda la forma en que funcionan las cosas y se niega a pagar esa factura.

 

Irán, cuya sociedad sufre los mismos desequilibrios, alta concentración del ingreso y una enorme deuda social por la inflación y la desocupación combinados con la extrema opresión del sistema totalitario y explotador de su gobierno, articula con la necesidad de un enemigo externo que quite la mecha al barril de pólvora social.

 

Esta sorda alianza entre unos y otros que, pese a su retórica de baldío, experimentan el mismo desafio de sus pueblos, de libertad en muchos casos, pero de justicia social en todos, se beneficia, ¡qué duda cabe!, de un complot burdo que si no lo inventaron sus denunciantes, parecen haberlo creado sus conjurados sólo para que sea descubierto y obligar al siguiente paso.