Hollande será el rival de Sarkozy en el 2012

Superó a la actual primera secretaria del PS, Martine Aubry, con un 56,38 por ciento contra 43,62. Se impuso así la izquierda pragmática que “apacigua” delante de la “izquierda fuerte” defendida por Aubry.

 

Escribió: Eduardo Febbro en Página 12, Argentina, desde París

 

La derecha francesa conoce al adversario que enfrentará en las elecciones presidenciales de 2012. El ex primer secretario del Partido Socialista Francés, François Hollande, ganó holgadamente la segunda vuelta del inédito proceso de las elecciones primarias del PS. Hollande superó a la actual primera secretaria, Martine Aubry, por un amplio margen, 56,38 por ciento contra 43,62. Se impuso así la izquierda que “apacigua” delante de la “izquierda fuerte” defendida por Aubry. La actual dirigente del PS reconoció de inmediato su derrota y dio muestras de dejar de lado las inevitables asperezas que aparecieron entre ambos en el curso de los debates en los que participaron a lo largo de la semana. “François Hollande encarna la unidad de los socialistas y de la izquierda”, dijo anoche Aubry. Apenas designado por el voto, Hollande dijo que ahora empezaba “un largo camino”, y volvió sobre los pasos del discurso unionista que le facilitó la victoria: “Necesito la unidad” y un “partido socialista solidario”. Los hechos le aportaron una respuesta inmediata a sus deseos. François Hollande fue recibido en la puerta de la sede del PS –Rue Solferino– por Martine Aubry en persona más dos de los aspirantes a la candidatura que perdieron en la primera vuelta: Ségolène Royal y Manuel Vals.

 

El resultado constituye una victoria personal para Hollande y también para el partido. El montaje de las primarias no tiene precedentes en la historia política contemporánea y estuvo precedido por una andanada de burlas y críticas mordaces de la derecha. Sin embargo, a la hora de las cuentas, entre la primera vuelta del domingo pasado y la segunda de ayer el PS movilizó a casi siete millones de personas. La respuesta popular superó todas las exceptivas del PS. En política, la variable de la Justicia no existe y el resultado de ayer es tanto más paradójico por cuanto ganó el hombre que dejó la dirección del PS cuando el partido estaba hecho añicos. Luego de la derrota de la candidata Ségolène Royal –en ese entonces era su compañera y la madre de sus cuatro hijos– en las elecciones presidenciales de 2007, el Partido Socialista entró en una violenta zona de turbulencias. Hollande conservó las riendas hasta el desastroso Congreso de Reims celebrado en noviembre de 2008. El Congreso eligió a Martine Aubry al puesto de primera secretaria por una diferencia de apenas 42 votos con respecto a Ségolène Royal (50,2 por ciento contra 49,98). A partir de ahí, Hollande dejó la escena y fue Aubry quien le volvió a dar credibilidad y fuerza al PS. Cuando Hollande reapareció, era otro hombre: había adelgazado mucho y cambiado su modo de comunicación pública. Se lo conocía como un gordito chistoso y pasó a ser un hombre serio, de una moderación que a menudo se hizo arte de esquivar. Y es esa opción la que se impuso.

 

Los programas de Hollande y Aubry no eran muy distintos, pero los electores prefirieron el estilo más consensual, menos confrontacional que supo encarnar Hollande a lo largo de la campaña interna. Tal vez Aubry y su estilo más agresivo, sus frases más rojas, haya pagado el tributo de la herencia dejada por el presidente Nicolas Sarkozy. El presidente es un hombre extremadamente agresivo que se mueve siempre en un estado de confrontación. Hollande personificó la calma, el pragmatismo, la aspiración a la unidad, al consenso elaborado, al diálogo. Supo labrar con parsimonia la tierra removida que dejó Sarkozy y evitar las contiendas ideológicas para presentar un socialismo atenuado. Su programa es borroso, una construcción de centroizquierda donde no existe, al menos hasta ahora, nada que asuste o repele. Es el candidato ideal para una sociedad cansada de peleas de suburbio que adquieren una dimensión nacional. Es el candidato que construyó su espacio al margen de la agitación y los sobresaltos. Hollande es el hombre oportuno para una sociedad desencantada por la inusual ola de mentiras que le cayó encima. Anoche, lo primero que dijo fue que aspiraba a “volver a darle encanto al sueño francés” y definió una vez más sus prioridades: la juventud y la educación.

 

Los socialistas tienen mucha suerte. Después de años y años con la estrella negra sobre el camino, la suerte los iluminó de golpe. En mayo pasado, cuando el virtual candidato socialista y preferido de los franceses, el ex director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, fue arrestado en Nueva York acusado de haber cometido una agresión sexual, el cielo se les vino abajo. Sin embargo, salieron indemnes de ese lodazal. La sociedad no le pasó cuenta al partido, sino a Strauss-Kahn. Presionados por el ala izquierda, los elefantes del PS aceptaron a regañadientes organizar un proceso de elección interna. El desenlace resultó un éxito rotundo. Ocuparon los medios de comunicación, llegaron a dividir a la derecha con el tema de sus propias primarias y terminaron provocando una de las movilizaciones populares más densas que se conozcan. Como si fuera poco, dieron una lección de democracia participativa y designaron a un candidato cuya victoria es tan amplia y tan clara que no autoriza polémicas. La derecha se quedó con los nervios de punta sin saber a qué metodología verbal recurrir para contrarrestar el efecto positivo de las primarias socialistas. El partido de Sarkozy, la UMP, inicia el martes próximo una convención que ya tiene un tema central: “El proyecto socialista bajo la lupa: el gran malentendido”. El secretario general de la UMP, Jean-François Copé, aseguró que el PS “montó una auténtica impostura con estas primarias”. Los electores no lo ven así. La derecha corre ahora detrás de su propia legitimidad mientras que los socialistas, después de varios años en el patíbulo, reconquistaron la suya. Falta la victoria final. Anoche, Hollande reconoció que “la tarea será difícil”. El ya candidato socialista es un sobreviviente, un verdadero resucitado. Si su destino se repite, puede que también rescate a la izquierda de una nueva derrota.