Los temores de un economista capitalista. “Demos a Marx una oportunidad de salvar la economía”

Escribió: George Magnus en Vientosur, España

 

[Publicamos aquí una tribuna de uno de los economistas más conocidos del banco suizo UBS, George Magnus. Esta tribuna refleja las dudas, incluso la desorientación, de determinadas fracciones de la clase dirigente ante las medidas “ortodoxas” –es decir basadas en planes de austeridad brutales- destinadas a salir de la crisis].

 

Los políticos deseosos de comprender el diluvio de pánicos financieros actuales, el descontento popular y demás males que afligen el mundo harían bien en estudiar los trabajos de un economista muerto hace mucho: Karl Marx. Cuanto antes reconozcan que hacemos frente a una crisis sin precedentes del capitalismo, más capaces serán de organizar una vía de salida.

 

El espíritu de Marx se desplegó en un contexto de crisis financiera y de recesión económica. El pertinente análisis del capitalismo elaborado por el filósofo comporta muchos defectos, pero la economía globalizada de hoy presenta turbadoras semejanzas con los escenarios que contemplaba.

 

Consideremos, por ejemplo, la predicción de Marx sobre la forma en que el conflicto inherente entre el capital y el trabajo aparecería por sí mismo a la luz del día. Como escribía en El Capital, la búsqueda de ganancias y de productividad por las empresas les llevaría a recurrir cada vez a menos trabajadores, creando así un “ejército industrial de reserva” formado de pobres y parados: “La acumulación de la riqueza en un único polo es al mismo tiempo una acumulación de miseria”.

 

El proceso que describe aparece en el seno del mundo desarrollado, particularmente en los Estados Unidos. Los esfuerzos de las empresas destinados a reducir los costes y evitar contrataciones han aumentado la parte de las ganancias de las empresas estadounidenses en el seno de la globalidad de las riquezas económicas producidas, hasta el punto de que esta parte alcanza hoy su mayor nivel desde hace al menos sesenta años; mientras que la tasa de pero permanece en el 9,1% y los salarios reales se estancan.

 

La desigualdad de las rentas en los Estados Unidos, al mismo tiempo, se encuentra cercana de su más alto nivel desde los años 20. Antes de 2008, estas desigualdades han sido enmascaradas por factores como el crédito fácil, que ha permitido a las familias pobres gozar de un modo de vida por encima de sus medios. Ahora el problema se ha vuelto contra ellas.

 

La paradoja de la sobreproducción

Marx subrayaba la paradoja de la sobreproducción y del subconsumo: contra más relegada está la gente a la pobreza, menos capaz es de consumir los bienes y los servicios producidos por las empresas. Que una empresa reduzca sus costes de producción para aumentar su rentabilidad es algo que no causa problemas; que todas lo hagan es algo que lamina las rentas de la gente y por tanto la demanda efectiva sobre la que se basa para pagar salarios y sacar beneficios.

 

Este problema es evidente en el mundo desarrollado de hoy. Tenemos una capacidad consecuente de producción, pero en el espectro de las rentas bajas y medias reina una inseguridad financiera generalizada y niveles de consumo poco elevados. El resultado es visible en los Estados Unidos, donde la construcción de nuevas casas y las ventas de automóviles siguen respectivamente al 75% y el 30% por debajo de su record de 2006. Como Marx subraya en El Capital: “La razón última de todas las verdaderas crisis reside siempre en la pobreza y el consumo reducido de las masas”.

 

Comprender la crisis

Entonces, ¿cómo debemos contemplar esta crisis? Para mandar al espíritu de Marx al fondo de su caja, los políticos deben situar el empleo en el primer lugar de la agenda económica; deben por tanto adoptar medidas no ortodoxas. La crisis no es temporal y no será ciertamente resuelta por la pasión ideológica de los gobiernos por la austeridad.

 

Lo que sigue son cuatro propuestas a favor de una estrategia que, desgraciadamente, no ha sido contemplada hasta ahora. En primer lugar, se trata de sostener la demanda global y el crecimiento de los salarios, sin lo que podríamos caer en la trampa del endeudamiento y de sus graves consecuencias sociales. Los gobiernos que no están confrontados a una crisis de deuda inminente –entre otros los Estados Unidos, Alemania y Gran Bretaña- deben hacer de la creación de empleo el punto cardinal de su política. En los Estados Unidos, la ratio empleo/población es hoy tan baja como en los años 80. La tasa de subempleo también muestra en todas partes niveles récord (…)

 

En segundo lugar, para aliviar las deudas de las familias, deben darse nuevos pasos en dirección de una reestructuración de las deudas inmobiliarias. (…) En tercer lugar, para garantizar la viabilidad del sistema de crédito, los bancos convenientemente capitalizados y estructurados deberían ser animados a proporcionar suficientes nuevas líneas de créditos a las pequeñas empresas. Los bancos centrales debería ser utilizados para la financiación directa o indirecta de las inversiones nacionales y de los programas de desarrollo de las infraestructuras. En cuarto lugar, para facilitar el arreglo del problema de las deudas soberanas en la zona euro, los acreedores europeos generalizar las tasas de interés bajas y los pagos a largo plazo (…).

 

No sabemos verdaderamente qué consecuencias tendría la puesta en marcha de estas propuestas. Pero la política de statu quo es en cualquier caso inaceptable. Podría hundir a los Estados Unidos en un escenario inestable a la japonesa y fracturar la zona euro, lo que provocaría consecuencias políticas imprevisibles. En 2013, en fin, la crisis del capitalismo occidental podría extenderse rápidamente a China; pero esa es otra historia.