Irán. La nueva crisis está servida

Escribió: Tino Brugos en vientosur.info

 

Al conjunto de países de Oriente Medio le ocurre como en su día a la región balcánica. Produce tanta historia que no es capaz de digerirla. Así se expresaba un diplomático británico del pasado siglo para hacer referencia a la sucesión de acontecimientos que enlazaban una crisis con otra sin ofrecer una solución que fuera capaz de desbloquear los conflictos y abrir un escenario nuevo. Una situación semejante es la que viene desarrollándose desde hace más de medio siglo en la región de Oriente Medio. El origen de la crisis está bien determinado según diversos analistas: la creación del estado de Israel y su deseo de acabar con el pueblo palestino. La prolongación de este conflicto ha generado una serie de ondas sísmicas que afectan a una amplia región que se extiende desde el Magreb hasta Afganistán. Justo en medio se encuentra el epicentro, Palestina, y a ambos lados una serie de áreas que se resienten continuamente por lo que allí ocurre.

 

En este contexto, la Revolución Islámica de Irán, impulsada por el clero chiita en 1979, se ha convertido en un baluarte de resistencia a la injerencia occidental y en una fuente de inspiración para diferentes movimientos de carácter islamista. Desde hace ya más de treinta años cualquier acontecimiento que sacuda a la región hay que analizarlo introduciendo el factor iraní. Es decir, valorando cuál será la respuesta de Teherán al hecho que se quiera analizar. Cuando todo parece indicar que estamos en un momento de cambio en la región, nuevamente comienza a entrar en escena el dato de Irán y todo hace pensar que estamos en vísperas de una nueva crisis regional en la que el protagonismo iraní será fundamental.

 

Los cambios inmediatos

Dos son los factores que hay que valorar de cara al futuro inmediato de la zona. Por un lado la evolución de lo que se ha venido a llamar la Primavera Árabe y por otro lado las consecuencias que podría tener la retirada, inminente, de las tropas norteamericanas de Irak. Sin duda ambos van a ser importantes y, por fuerza, darán lugar a un reacomodo de fuerzas y, por lo tanto, a una serie de tensiones cuyas consecuencias no son previsibles en estos momentos.

 

La Primavera Árabe cumplirá pronto su primer aniversario. Los logros son modestos pero incontestables. De momento tres de los regímenes con más solera en el mundo árabe han desaparecido lo que ha supuesto la apertura de un proceso nuevo que está teniendo repercusiones mucho más allá de los límites nacionales. Siria y Yemen se perfilan como los estados en los que la crisis puede profundizarse y agravarse todavía más. Aunque desde que se produjeron los hechos en Libia que llevaron a la intervención de la OTAN y, por lo tanto, a la militarización de la revuelta, parte del protagonismo de las movilizaciones populares ha pasado a un segundo plano, es evidente que seguimos asistiendo a una movilización masiva de la población árabe en contra de los regímenes despóticos y corruptos.

 

El otro elemento a considerar es el calendario de retirada de las tropas norteamericanas de Irak que se viene acometiendo con un perfil mediático bajo eclipsado por la guerra que se desarrolla en Afganistán. Una vez impuesta la vía norteamericana de “pacificación y democratización sui géneris” queda el último acto consistente en la devolución de la soberanía al gobierno iraquí surgido de un complicado proceso de negociaciones y alianzas y marcado por su debilidad y contradicciones internas.

 

Siendo ambos importantes, parece que este último está llamado a tener consecuencias inmediatas ya que el proceso de retirada norteamericano acaba con el final del año en curso. Es aquí donde entra en juego el factor iraní ya que todos los ojos se pondrán en analizar cómo reaccionará el gobierno de los mulás ante esta nueva coyuntura. La Unión Europea, los Estados Unidos y, sobre todo Israel, analizarán todos los movimientos que se puedan producir en la zona con la aprensión de que la retirada estadounidense sirva para reforzar la presencia e influencia del régimen islámico.

 

Los Estados Unidos están obligados a presentar este hecho como el punto final de una campaña que, aunque cuestionada por la actual administración de Obama, tiene que presentarse como una victoria puesto que se han alcanzado los objetivos principales, deshacerse del gobierno de Saddam Hussein y haber abierto la vía a un proceso de democratización. Si por alguna casualidad se asistiera a un incremento significativo de la influencia iraní sería percibido como una derrota por parte de la opinión pública puesto que la retirada significaría un avance de quien se ha convertido en el enemigo principal de los intereses norteamericanos en la zona. El hecho de estar ya en plena campaña para la reelección de Obama hace pensar que, en este proceso, su estrategia pasa porque ningún acontecimiento en la política exterior pueda interferir el desarrollo de la misma. Quizás por eso desde la administración norteamericana se estén emitiendo ya señales a Teherán de que la retirada de tropas no significa bajar la guardia con respecto al enfrentamiento entre los dos estados.

 

Israel es otro elemento a considerar. El estado judío goza de un apoyo incondicional por parte de los Estados Unidos aunque eso no significa que coincidan siempre en sus apreciaciones a la hora de analizar la coyuntura regional. Para Israel es esencial garantizar su superioridad militar como última razón ante un nuevo escenario de guerra. En este sentido Israel no ha dudado nunca en atacar objetivos que consideraba susceptibles de convertirse en amenaza militar para sus intereses. Así bombardeó instalaciones en territorio de Siria y de Irak en momentos anteriores y ha manifestado en diversas ocasiones su deseo de golpear las instalaciones del programa nuclear iraní antes de que este país pueda llegar a obtener armamento atómico. En los últimos años la comunidad internacional y, sobre todo, la presencia de tropas norteamericanas en Irak han obligado a los estrategas judíos a contenerse en espera de una coyuntura más apropiada.

 

La retirada de Irak, el nerviosismo producido por el impacto regional de la Primavera Árabe y el temor a que Irán acreciente su presencia en Irak son elementos que han hecho cundir la alarma entre los analistas israelíes quienes ya han manifestado en varias ocasiones en las últimas semanas su deseo de una intervención militar en Irán para frenar el desarrollo de su programa nuclear y, de paso, ajustar cuentas con quien ha apoyado a diversos movimientos de resistencia palestina en los últimos años. Si a esto se añade el malestar creado por la petición de reconocimiento internacional del autoproclamado estado palestino se puede comprender que el nerviosismo empiece a manifestarse entre los dirigentes del estado sionista.

 

Las cartas de Irán

Cuando se produjeron las intervenciones en Irak y Afganistán la Revolución Islámica asistió a una fase de asedio con la presencia de tropas enemigas en sus fronteras oriental y occidental. Sin embargo muy pronto comprendió las dificultades a las que las tropas invasoras tendrían que hacer frente, lo que creaba un marco de inestabilidad que permitía abrir un escenario en el que poder hacer patente su influencia regional. En efecto, ante el enquistamiento del conflicto tanto en Irak como en Afganistán los dirigentes de Teherán comenzaron a maniobrar impulsando alianzas puntuales o estables con algunos elementos contrarios a la presencia estadounidense (Hekmatyar en Afganistán y diversos agrupamientos de inspiración chiita en Irak). De este modo, lo que en principio se presentaba como una situación adversa para sus intereses Irán logró transformarlo en un escenario favorable. Coincidiendo con aquél periodo comenzaron a surgir análisis catastrofistas que presentaban la amenaza iraní vinculada a un eje chiita que se extendía vía Irak y Siria hasta el Líbano donde, a través de Hezbollah, jugaba un papel central en los acontecimientos locales e incluso regionales. Esta visión casaba bien con los intereses de las monarquías reaccionarias como el caso de Arabia o Jordania, así como con los de Israel y los halcones del Pentágono, partidarios todos ellos de mano dura con Irán. Si la nueva coyuntura derivara hacia un avance las posiciones iraníes es posible que asistamos otra vez a la presentación de análisis semejantes.

 

Sin embargo el escenario ya no es el mismo que hace seis años lo que llevará a nuevos análisis y percepciones. En lo que se refiere a Irak, parece claro que ante una eventual retirada norteamericana Irán aparecerá siempre como vencedor e intentará instrumentalizar ese repliegue presentándolo como un éxito propio. Por lo demás dispone de abundantes cartas que jugar dentro del puzle político interno iraquí profundamente inestable y dividido entre laicos y religiosos siempre dispuestos a buscar el apoyo iraní como carta de credibilidad en la política interior de Bagdad. Si en plena guerra civil un político laico como Chalabi fue acusado de pasar información a Teherán, se puede imaginar sin dificultades hasta donde podrían llegar los partidos de inspiración chiita. Además, Irán puede disponer de varios grupos de apoyo ya que existen divisiones entre los chiitas que tienen su origen en las diferentes coyunturas en las que surgieron: Al Dawa en los años sesenta, el Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Irak creado coincidiendo con la guerra Irán-Irak de los años ochenta y las milicias del Ejército del Mahdi construidas en medio de la resistencia a la presencia norteamericana.

 

Ahora bien, hay que contar con el impacto que en esta nueva coyuntura pueden tener los procesos de la Primavera Árabe. Nada hace pensar que Irán esté apoyando activamente los movimientos de protesta árabes. Más bien al contrario, suponen un riesgo interior ante la posibilidad de un contagio que no se puede dar por descartado, de ahí que, desde su inicio, se haya estrechado el cerco sobre los grupos opositores que reclaman un cambio de verdad dentro de la propia república Islámica. Ante estos hechos la respuesta de Teherán ha sido la de presentar las protestas de forma distorsionada para consumo interior, señalando que son el resultado de la inspiración que el régimen islámico supone para los árabes.

 

Algunas voces han señalado riesgos tanto en Bahrein como en Yemen debido a la presencia de poblaciones chiitas significativas. Por si acaso, en la caso de Bahrein los Estados Unidos han avalado la intervención saudí para yugular el movimiento y, de paso, garantizar la disponibilidad del puerto para su flota militar. En el caso de Yemen la revuelta que se desarrolla desde hace varios años en las montañas del norte, zona poblada por chiitas, ha sido denunciada por el presidente Saleh como una conspiración que tiene ramificaciones iraníes. No existen datos que avalen tales afirmaciones pero, aún así, se han convertido en un argumento más para reprimir las protestas.

 

Sin embargo, el cambio más importante guarda relación con los posibles escenarios que se abran en Siria. La alianza entre Irán y Siria forma parte del escenario tradicional de Oriente Medio. Juntos han formado un bloque opuesto a los planes occidentales e israelíes y han sido capaces de hacer naufragar las diferentes propuestas para negociar salidas al conflicto. Ahora bien, la intensidad de las protestas en Siria está poniendo contra las cuerdas al régimen de Bacher el Assad y con ello la continuidad de una alianza que es prioritaria para la estrategia de Irán puesto que le permite estar presente en el corazón del conflicto de Oriente Medio. Una hipotética caída del régimen sirio sería una derrota para Teherán. Un deslizamiento hacia la guerra civil, como en el caso de Libia, sería una mala noticia para todo el mundo aunque no tanto para Irán puesto que le permitiría hacerse presente en la zona y jugar sus cartas.

 

De momento el gobierno sirio ha reaccionado imponiendo una brutal represión que no ha conseguido aplacar las protestas y que ha significado un significativo aislamiento internacional. Su expulsión de la Liga Árabe es una muestra de ello. Sin embargo hay que constatar también la existencia de una significativa base social de apoyo, de carácter urbano, vinculada al mundo de los negocios y apoyada en minorías religiosas como cristianos y alauitas. Esto significa que existe un potencial desestabilizador que puede culminar en un enfrentamiento civil. Seguramente en esta situación los países occidentales no volverán a cometer el error libio de creer que el régimen estaba agotado y no contaba con apoyos internos. En este escenario Irán apostará por el mantenimiento de Assad y podría poner en juego sus recursos tanto en Siria como en Líbano donde cuenta con el apoyo incondicional de Hezbollah.

 

Semejante escenario podría acabar por desestabilizar profundamente la región. Jordania y por extensión Arabia Saudí se sentirían amenazadas. El difícil equilibrio libanés podría saltar por los aires y, lo que es más preocupante, abriría las puertas a una intervención israelí alegando también amenazas a su seguridad. Frente a este escenario, poco tranquilizador, cabe plantearse la hipótesis de que el gobierno sirio logre controlar la situación. En este caso Irán seguiría contando con sus puntos de apoyo tradicionales. Sin embargo, esta hipótesis inmovilista no parece que sea la que, en estos momentos, tenga posibilidades de imponerse lo que significa que se abre un periodo confuso y delicado de reacomodo de fuerzas.

 

El Informe de la Agencia de Energía Atómica

En medio de todo este paisaje cargado de amenazas se acaba de hacer público un nuevo informe de la Agencia Internacional de la Energía Atómica en el que se señala que durante estos años Irán ha seguido trabajando en su programa nuclear y que existen serios riesgos de que, a estas alturas, disponga ya del conocimiento técnico que le permita acceder a la fabricación de bombas nucleares así como su instalación en misiles con los que atacar Israel.

 

De inmediato han saltado todas las alarmas en la comunidad internacional y las primeras reacciones han servido para confirmar los temores a que estemos en puertas de una crisis que implica graves riesgos ya que algunos países, con Israel a la cabeza, se manifiestan favorables a una intervención militar. La Unión Europea ha anunciado nuevas sanciones contra Irán que afectarán a los sectores financieros. Los Estados Unidos, en boca de Obama, no descartan ninguna opción, postura que cuenta con el apoyo de Inglaterra y Holanda. La reacción de Irán ante esta serie de hechos ha sido la de denunciar que el informe es un pretexto para justificar los intereses intervencionistas de Israel y Estados Unidos así como anunciar que se dispone a revisar el nivel de relaciones diplomáticas con algunos países hostiles como Inglaterra.

 

La nueva crisis está servida y esta vez se va a jugar en un campo todavía más complejo y resbaladizo. Mientras tanto, para caldear la situación, el presidente de Israel Shimon Peres, anuncia que cada vez nos encontramos más cerca de un ataque a las instalaciones nucleares iraníes.