Jacques Rancière o por una teoría estética de la izquierda

 

Escribió: Luis Roca Jusmet en rebelion.org

Jacques Rancière es uno de los grandes filósofos contemporáneos todavía vivos que debería ser una referencia teórica para la izquierda real y alternativa. Así y todo es bastante ignorado en nuestro país, tanto en medios académicos como en los de la intelectualidad de izquierdas. Lamentablemente no es una excepción, ya que pasa lo mismo con otros casos como el de Slavoj Zizek. Pero si en el caso de éste último algunas editoriales españolas se han arriesgado a publicar cosas suyas, en el de Rancière tenemos traducciones al español por el esfuerzo exclusivo de editoriales sudamericanas. Las excepciones  son el Museu d’Art Contemporani de Barcelona que le publicó el 2006 el libro Políticas estéticas.o la editorial valenciana PUV con Els noms de la història. Una poètica del saber. Aún así quedan obras muy interesantes por traducir, como la Noche de los proletarios.

Sus obras más paradigmáticas tratan sobre sus dos temas básicos de análisis: la democracia como proyecto emancipador (El  desacuerdo, El odio a la democracia) y la relación entre estética y política (El inconsciente estético). Pero hay también otras cuestiones de reflexión, como la educación (El maestro ignorante) o el cine (La fábula cinematográfica). Pero los últimos años hemos tenido la suerte de complementar estos textos con otras publicaciones que recogen escritos más breves, como En los bordes de lo político o El viraje ético de la estética y la política. A estos últimos hemos de añadir el que ahora nos ocupa. Recoge una entrevista realizada a partir de un Seminario de Doctorado realizado en Santiago de Chile el año 2007.

Este breve texto me parece de una densidad conceptual extraordinaria, ya que recoge una serie de ideas muy potentes sobre la relación entre estética y política. Jacques Rancière abre horizontes a la izquierda sobre cómo pensar la relación entre una y otra. Lo hace en una línea totalmente coherente con la defensa de la democracia emancipadora que le hace huir de cualquier concepción elitista de lo estético. En cada una de las cinco entrevistas Rancière contesta de manera muy sugerente un tema específico, por lo que voy a recoger de cada una de ellas la idea que me parece más interesante y original.

 La primera se titula “Del reparto de lo sensible y de las relaciones que establece entre política y estética”. Aquí me parece que lo esencial es la conceptualización que hace de lo que llama reparto de lo sensible. Se trata de cómo una evidencia sensible común se distribuye jerárquicamente en partes y lugares exclusivos para determinados grupos. El análisis del teatro, la pintura y la literatura apunta elementos muy sugerentes para el análisis desde una perspectiva radical de izquierda.

La segunda se llama “De los regímenes del arte y del escaso interés de la noción de modernidad”. Resulta muy revelador el análisis crítico de las nociones de modernidad y de vanguardia y cómo concluye en que la idea de vanguardia política surge del encuentro entre una concepción estratégica y una concepción estética.

La tercera habla “De las artes mecánicas y de la promoción estética y científica de los anónimos”. Aquí me gustaría resaltar el apunte que da sobre la difusión de las llamadas artes mecánicas. Lo que señala muy certeramente es que antes de la cuestión de la reproductibilidad es necesario un reconocimiento del elemento anónimo de la masa como sujeto de arte. Esto tiene una relación directa con la aparición de las masas anónimas en la escena de la historia y de la literatura.

La cuarta entrevista se articula en torno a “Si es necesario concluir que la historia es ficción. De los modos de ficción.” Esta elaboración me parece especialmente interesante para dar una salida a la polémica entre positivistas y ficcionalistas en la interpretación de la historia. La idea básica es que lo real de la historia humana debe ser ficcionado para poder ser pensado. Esto no quiere decir que ni la historia sea un relato en el que todo es ficción ni tampoco que los hechos no se presentan de una manera bruta. Entre uno y otro hay que buscar los matices que nos acercan a la verdad.

La quinta es “Del arte y el trabajo. En qué las practicas del arte son y no son una excepción respecto de las otras prácticas.” Aquí hay una contraposición muy productiva entre el viejo Platón y el joven Marx. Para el primero, el artesano debe transformar la materia y no tiene tiempo ni para la deliberación política ni para el arte. Lo justo es, por tanto, que se limite a cumplir con su función productiva fuera del espacio público. Para el joven Marx, en cambio, el trabajo es valorado como la transformación que nos humaniza y que no se diferencia esencialmente del arte. Una referencia anterior sería el romanticismo con su “Educación estética del hombre” de Schiller, un proyecto que implica sacar el arte de su excepcionalidad para poder democratizarlo.

Estos son unos cuantos apuntes para animar a leer un libro que al ser tan breve como rico conceptualmente no se puede ni se debe resumir. Quizás Rancière participa algo del exceso peso que dan algunos ensayistas franceses a las formas retóricas. Pero esto no quita que plantee de manera muy consistente y renovadora una forma de entender el arte y la política que van en contra de los elitismos que muchas veces se ocultan bajo los disfraces de una izquierda sólo aparentemente más accesible..