Debate sobre la izquierda anticapitalista europea

 

Escriben:

 

Alex Callinicos - ¿Hacia dónde va la izquierda radical?

 

François Sabado - Construyendo el Nuevo Partido Anticapitalista

 

Panos Garganas - La izquierda radical: una mezcla más rica

 

Alex Callinicos - Caminos revolucionarios: una respuesta a Panos Garganas y François Sabado

 

Óscar Simón y Miguel Sanz - La necesidad de unidad: el reagrupamiento de la izquierda anticapitalista

 

Mike Gonzalez - El Scottish Socialist Party: cronica de una oportunidad perdida

 

Isaac Salinas - Die Linke hacia las elecciones generales: luces y sombras de la izquierda alemana

 

Sobre los autores: François Sabado es miembro del Nouveau Parti Anticapitaliste (Nuevo Partido Anticapitalista, NPA) de Francia y forma parte de la dirección del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional. Panos Garganas y Alex Callinicos son miembros de las organizaciones de la corriente Socialismo Internacional en Grecia y Gran Bretaña, respectivamente. Isaac Salinas es miembro de En Lucha y militó durante varios años en Die Linke. Mike Gonzalez, miembro del SWP, militó en el Scottish Socialist Party. Miguel Sanz y Óscar Simón son miembros de En Lucha.

 

Introducción

 

El debate sobre la construcción de una nueva izquierda en el Estado español es cada vez más relevante. Desde el ámbito municipal, hasta el de las elecciones europeas, se están articulando nuevas candidaturas y experiencias de reagrupamiento. Las fuerzas son modestas todavía, pero algo se está moviendo.

 

Este desarrollo tiene pautas específicas en el Estado español y una gran multiplicidad de proyectos derivados de la diversidad nacional y territorial. Aun así, no deja de formar parte de la tendencia europea, desarrollada durante la última década, de aparición de nuevas fuerzas de la izquierda. Los casos más recientes y destacados son los de Die Linke en Alemania y del Nouveau Parti Anticapitaliste en Francia, aunque son muy diferentes.

 

Justamente la diversidad de proyectos existentes a nivel europeo abre numerosos debates.

 

Las nuevas fuerzas, ¿tienen que ser antineoliberales, anticapitalistas o revolucionarias? Si son proyectos amplios, ¿cuál debe ser el papel de las personas marxistas revolucionarias dentro de ellos?

 

Dada la importancia de estas cuestiones, hemos decidido traducir un interesante debate entre Alex Callinicos, François Sabado y Panos Garganas, miembros destacados de organizaciones revolucionarias en Gran Bretaña, Francia y Grecia, respectivamente. Los textos que presentamos fueron publicados durante el último año en la revista International Socialism Journal, del Socialist Workers Party de Gran Bretaña.

 

Esperamos que sean una fuente de ideas y argumentos para los debates existentes en el Estado español.

 

Completamos el folleto con algunos artículos publicados en nuestra revista, La Hiedra, sobre la nueva izquierda en el Estado español, y las experiencias del Scottish Socialist Party y de Die Linke.

 

En lucha, abril 2010

¿Hacia dónde va la izquierda radical?

 

Alex Callinicos

 

Las décadas pasadas han visto la emergencia de una nueva izquierda, particularmente en Europa. A pesar de lo frágil y desigual que ha resultado este proceso, representa un intento real por desplegar una alternativa progresista al neoliberalismo, a la guerra y, de hecho, al capitalismo mismo, otorgando voz política a los nuevos movimientos de resistencia que se han desarrollado desde las protestas de Seattle en noviembre de 1999. La convergencia de estos movimientos y la izquierda radical, y los horizontes políticos que de esta forma parecían abrirse, fueron quizás más perceptibles en el primer Foro Social Europeo (FSE) de Florencia en noviembre de 2002. Éste tuvo lugar entre las protestas masivas contra la cumbre del G8 en Génova en julio de 2001 y las gigantes manifestaciones globales contra la invasión de Iraq del 15 de febrero de 2003. En el “seminario” más grande y eufórico 10.000 personas se apretaron en un vestíbulo para escuchar a líderes de la izquierda radical —entre los más conocidos Fausto Bertinotti, secretario general del Partido de la Refundación Comunista (PRC) y Olivier Besancenot, principal portavoz de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR)— hablar de la relación entre movimientos sociales y partidos políticos.2

 

Caminos divergentes

Los momentos más embriagadores parecen ahora muy distantes. Durante el último par de años los destinos de la izquierda radical han divergido acusadamente. El caso más importante en el lado negativo ha sido el del mismo PRC. El partido de Génova y Florencia se movió desde 2004 en adelante bruscamente hacia la derecha, denunciando la resistencia a la ocupación anglo-americana de Iraq como fascista y uniéndose a la coalición de gobierno de centro-izquierda de Romano Prodi, que se mantuvo en el poder brevemente durante 2006-2008. Los diputados y senadores del PRC votaron a favor del programa económico neoliberal de Prodi, y por la participación de las tropas italianas en la ocupación de Afganistán y en la “misión de pacificación” de Naciones Unidas en Líbano.3 En abril de 2007 la dirección del PRC expulsó a un senador de la izquierda radical, Franco Turigliatto, por votar contra la política exterior del gobierno. A pesar de la participación del PRC en una nueva coalición “Arcoíris” con otros elementos de la izquierda de la coalición gobernante, fue castigado en las elecciones generales de abril de 2008 por su asociación con un gobierno desastroso. En medio de una victoria aplastante de la derecha bajo Silvio Berlusconi, el Arcoíris logró sólo el 3,1 por ciento de los votos, comparado con el 5,8 por ciento que obtuvo el PRC en solitario dos años antes, y perdió todos sus escaños parlamentarios. Bertinotti, bruscamente privado de la presidencia de la Cámara de Diputados a la que había sido elevado bajo el mandato de Prodi, anunció su retirada de la política.

 

La izquierda radical también sufrió reveses en otros lugares. En Gran Bretaña primero el Partido Socialista Escocés y después Respect se escindieron: cuando los fragmentos rivales compitieron uno contra el otro, ambas partes sufrieron de manera predecible el eclipse electoral.4 En las elecciones generales danesas de noviembre de 2007 la Alianza Rojiverde perdió dos de los seis escaños que habían obtenido previamente. Los retrocesos no quedaron confinados a Europa. En Corea del Sur el Partido Laborista Democrático, formado en 2000 y estrechamente vinculado a la Confederación Coreana de Sindicatos, sufrió una ruptura por su derecha tras las elecciones presidenciales de 2007. En Australia la Perspectiva Socialista Democrática, la organización de izquierda radical que había sido la fuerza directora del reagrupamiento electoral en torno a la Alianza Socialista, también experimentó una escisión en mayo de 2008, asuntó sobre el que reside el fracaso de la alianza a la hora de realizar un avance importante. En Brasil el Partido del Socialismo y la Libertad (PSol), formado en 2004 después de que el gobernante Partido de los Trabajadores expulsara a cinco parlamentarios de la izquierda radical, se fue debilitando por la buena disposición de Heloísa Helena, su candidata en las elecciones presidenciales de 2006, para colaborar con la derecha sobre temas políticos como la corrupción y el aborto.

 

Afortunadamente hay más experiencias positivas. La más excitante de ellas ha sido la iniciativa tomada por la LCR de lanzar el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA). Este paso siguió a la emergencia de Besancenot durante y después de las elecciones presidenciales francesas de abril-mayo de 2007 como la voz de oposición más creíble y popular frente al intento de Nicolas Sarkozy de conducir a Francia hacia la derecha. Alrededor de 800 delegados que representaban unos 300 comités iniciadores del NPA se reunieron en París el 28 y 29 de junio de 2008.5 Según una estimación, los comités organizaban alrededor de 10.000 activistas –yendo, por tanto, mucho más allá de las bases de la LCR, que tenía una afiliación de alrededor de 3.500. En un sondeo de opinión realizado en julio de 2008, el 62 por ciento puntuaba a Besancenot positivamente y entre un 7 y un 8 por ciento declaraban estar dispuestos a votar por su partido.6

 

En Alemania La Izquierda (Die Linke), oficialmente constituida como partido en junio de 2007 como resultado de la convergencia entre disidentes socialdemócratas de Alemania occidental y el Partido del Socialismo Democrático (PDS), heredero del viejo partido gobernante de Alemania del Este, continúa erosionando electoralmente la base del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD). Al tiempo de su segundo congreso en mayo de 2008 La Izquierda alega tener 75.000 miembros. En Grecia la coalición de izquierda radical Synaspismos ha crecido en los sondeos de opinión como resultado de la crisis del gobierno de centro-derecha y de la oposición blairista del Movimiento Socialista Pan-Helénico (Pasok).

 

E incluso en Italia, el país que ha visto el más catastrófico colapso de la izquierda radical, la tendencia no es uniformemente negativa. Como reacción al eclipse electoral, el congreso nacional del PRC, reunido en julio de 2008, giró hacia la izquierda. Bertinotti y sus aliados fueron derrotados por una coalición de corrientes de izquierda lideradas por Paolo Ferrero. Los delegados, elegidos en reuniones en las que participaron 40.000 miembros, votaron a favor de un documento que llamaba a “un giro a la izquierda” y declaraba el fin de la “colaboración orgánica [con el Partido Democrático de centro-izquierda] en el gobierno del país”. Continuaba:

 

    Es importante recuperar la idea de que la oposición no es meramente una yuxtaposición en el espectro político sino que debe ser una fase de la reconstrucción, del arraigamiento, de las relaciones sociales, de las batallas políticas y culturales. En la crisis de la globalización capitalista, la alternativa tiene que ser construida a través de la lucha social y política contra el gobierno de Berlusconi, los proyectos de la Confindustria [la patronal italiana] y los puntos de vista fundamentalistas. Dentro de esta perspectiva, es indispensable fortalecer la izquierda alternativa a través de la colaboración entre los diversos anticapitalistas, comunistas y movimientos de izquierda; agregando las realidades colectivas e individuales que se encuentran fuera de los partidos políticos en estratos sociales, culturales y laborales diversos.7

 

La primacía de la política

No obstante, la sensación de participar en un movimiento de avance general que predominaba hace unos años ha sido sustituida por una marcada divergencia. ¿Qué ha causado este giro? Para responder a esta pregunta necesitamos comprender las fuerzas dominantes que hay tras el auge de la izquierda radical, particularmente en Europa. Dos coordenadas objetivas dominantes estanban implicadas. Primero, la emergencia de la resistencia masiva al neoliberalismo y la guerra, que comenzó con las huelgas del sector público francés en 1995 y que ganó impulso tras la protestas de Seattle en 1999. Segundo, la experiencia del “social-liberalismo” a medida que los gobiernos socialdemócratas, que llegaron al poder en toda Europa en la segunda mitad de los años 90 gracias a la oposición popular al neoliberalismo, procedieron a la implementación de políticas neoliberales, y en algunos casos –el Nuevo Laborismo bajo Tony Blair en Gran Bretaña y la coalición Rojiverde encabezada por Gerhard Schröder en Alemania- a ir más lejos de lo que sus predecesores conservadores se habían atrevido.8

 

El giro hacia la derecha en la socialdemocracia mayoritaria abrió un espacio a su izquierda. Además, la revitalización de la resistencia dio lugar a una presión para rellenar este espacio. Varias formaciones políticas emprendieron la tarea de rellenar este espacio. Procedían de muy diversos orígenes y trayectorias –algunas ya establecidas, como el PRC y la LCR, otras muy nuevas, como por ejemplo el SSP y el Bloque de Izquierda portugués, y otras sólo formadas como respuesta a la nueva situación, como Respect y La Izquierda. De forma general no intentaron rellenar este espacio a la izquierda sobre la base de un programa explícitamente revolucionario. De ahí el nombre con el que se les etiquetó –“izquierda radical”, que implicaba una ruptura con el centro-izquierda mayoritario pero no un compromiso con la revolución socialista.

 

En algunos casos esto reflejaba una decisión táctica de la izquierda radical para atraer aliados y una audiencia más amplia. Pero a menudo era una consecuencia del hecho de que muchos de los líderes de las nuevas formaciones eran reformistas que estaban buscando la restauración de una socialdemocracia más “auténtica” que, según su visión, había sido corrompida por figuras del tipo de Blair y Schröder. Así George Galloway, que ayudó a fundar Respect en 2004 tras ser expulsado del Partido Laborista por oponerse a la guerra de Iraq, dijo a propósito de Blair, “Si él rompe el Partido Laborista, la necesidad de un partido laborista no habrá desaparecido. Algunos de nosotros nos prepararemos para reconstruir un partido laboristas desde las ruinas”.9

 

La emergencia de esta izquierda radical marcó un desarrollo extremadamente importante y decisivo. Representó una oportunidad para rehacer la izquierda sobre una base mucho más asentada en principios de la que había prevalecido durante los momentos de auge de los partidos socialdemócratas y estalinistas. Desde la perspectiva de un nuevo movimiento de resistencia marcó un importante giro estratégico hacia una intervención en el campo político.10 Pero este giro, mientras constituía un paso adelante, generó sus propios problemas. En primer lugar, la política tiene su propia lógica, que somete bajo sus riesgos y contingencias a todos aquellos que intentan lidiar con ella. Esto es más obvio en el caso de las constricciones impuestas por el sistema electoral, que en la mayoría de las democracias burguesas funciona severamente en contra de los pequeños partidos de la izquierda radical.

 

En segundo lugar, las diferentes formaciones de la izquierda radical tuvieron que confrontar la cuestión de cómo continuar en un ambiente que era, de alguna manera, menos favorable que aquel que siguió al periodo inicial. El periodo inicial estaba delimitado aproximadamente por los años 1998, cuando la oposición de izquierda al social-liberalismo se hizo por primera vez visible, y 2005, cuando Respect hizo sus mayores avances con la elección de Galloway como diputado nacional por Bethnal Green & Bow y la Constitución Europea fue derrotada en los referéndums francés y holandés. Pero después de este periodo la izquierda radical se vio forzada a lidiar con otro en el que la oposición masiva a la guerra de Iraq estaba desvaneciéndose, mientras el movimiento anticapitalista acusaba un declive significativo debido a su fracaso para abordar problemas importantes de forma efectiva.11

 

La respuesta de las formaciones de la izquierda radical estuvo, por supuesto, condicionada por la política prevaleciente en ellas. Esto probó en el caso de dos figuras clave –Bertinotti y Galloway- ser un reformismo que comenzaba a girar hacia la derecha. La reacción de Bertinotti al declive de los foros sociales que se habían extendido por toda Italia después de Génova y que habían dirigido las movilizaciones para Florencia y las protestas anti-guerra, fue volverse hacia el centro-izquierda con las desastrosas consecuencias ya mencionadas. La retirada fue imperfectamente disimulada tras una nube de retórica radical que explotaba la vaguedad y ambigüedad del marxismo autonomista que continúa influenciando con fuerza el movimiento italiano.

 

En el caso de Galloway y el círculo a su alrededor, el declive del movimiento anti-guerra desde el pico alcanzado en 2003 se combinaba con el pesimismo sobre la capacidad de los trabajadores organizados para plantear una resistencia efectiva a los ataques realizados por el Nuevo Laborismo y los jefes. La conclusión fue que el camino hacia adelante que debía seguir Respect yacía en alianzas sostenibles con notables locales musulmanes que pudieran atraer votos. Pero este razonamiento –y la escisión que produjo en Respect- estaba revestido por una reconciliación creciente entre Galloway mismo y el Nuevo Laborismo. Esto se reflejó primero en su apoyo a la infructuosa campaña por la reelección de Ken Livingstone como alcalde de Londres en mayo de 2008 y después en su unión para ayudar al acosado gobierno de Gordon Brown durante las elecciones parlamentarias parciales de Glasgow East en julio, cuando un candidato blairista fue derrotado por un viraje masivo hacia el Partido Nacional Escocés.12

 

En otros lugares, la política se he desenvuelto mejor, por el momento. La mayoría de la dirección de la LCR tomó la iniciativa en medio del desarraigo general de la izquierda francesa reflejado, por ejemplo, en la crisis de la principal coalición antiglobalización, Attac. Pusieron a Besancenot en la primera ronda de las elecciones presidenciales francesas en abril de 2007 y entonces, capitalizando su relativo éxito (con un 4,08 por ciento de los votos a pesar de la derrota aplastante de la izquierda), lanzaron el NPA.13 La Izquierda (Die Linke) es una formación mucho más sólidamente reformista que cualquier cosa imaginada por la LCR. Está, sin embargo, definida por la lucha entre dos tendencias –una de derecha, poderosa tanto numéricamente como en el aparato, constituida ampliamente por el ex-liderazgo del PDS, y otra corriente reformista más a la izquierda dominada por los responsables sindicales ex- SPD y aglutinada en torno a la figura de Oskar Lafontaine. Desde una perspectiva histórica, el último grupo es extremadamente significativo, ya que representa una fractura en el partido socialdemócrata más poderoso del mundo.

 

Lafontaine es un antiguo presidente del partido y candidato a la cancillería por el SPD, y fue su ministro de finanzas brevemente durante 1998-9, hasta que se le echó del gobierno gracias a una campaña puesta en marcha por los grandes negocios. Persigue un proyecto de reconstrucción de la socialdemocracia alemana sobre una base más a la izquierda. En su discurso durante el congreso nacional de Die Linke en mayo de 2008 denunció al líder del SPD Friedrich Ebert por traicionar la Revolución Alemana de noviembre de 1918, invocó a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, y citó no solo a Karl Marx y Frederick Engels sino también a los filósofos marxistas Walter Benjamin, Theodor Adorno y Max Horkheimer –una lista de autoridades más bien inusual para ser citadas por un político socialdemócrata. Más concretamente, Lafontaine se comprometió frente a su partido a oponerse a la guerra y a la OTAN, condenó la represión masiva sobre los sueldos sufrida por los trabajadores alemanes en los últimos años, y llamó a la regulación estricta de los mercados financieros.14

 

¿Qué tipo de partido?

Los recientes avances de La Izquierda y la LCR muestran que las coordenadas objetivas responsables del ascenso inicial de la izquierda radical siguen ahí. Pero las experiencias del PRC y Respect subrayan los peligros políticos a los que esas formaciones se enfrentan. ¿Cómo pueden abordarse estos riesgos? La respuesta de la LCR es particularmente interesante. Está influenciada por los ejemplos negativos de los gobiernos de centro-izquierda, no sólo en Italia, sino también en la misma Francia y en Brasil. El gobierno de la izquierda plural de Lionel Jospin (1997-2002) juntó a los partidos Socialista, Comunista y Verde para poner en marcha un programa social-liberal que implicó la privatización de empresas estatales por valor 36,4 billones de euros, más que los seis gobiernos anteriores juntos.15

 

La experiencia del Partido de los Trabajadores en Brasil desde la victoria de su líder, Lula, en las elecciones presidenciales de 2002, es especialmente mortificante para la LCR. Democracia Socialista (DS), en aquel entonces la sección brasileña de la Cuarta Internacional, decidió participar en el gobierno de Lula, a pesar de que éste continuó una versión aun más rigurosa de las políticas económicas neoliberales que el anterior presidente, Fernando Henrique Cardoso. La controversia resultante condujo eventualmente a DS a romper con la Cuarta Internacional, en la que la LCR es por mucho la fuerza dominante.

 

La determinación por evitar cualquier repetición de una situación en la que la izquierda radical pudiese quedar integrada en un gobierno de coalición social-liberal marcó la respuesta de la mayoría de la LCR frente al intento por hacer de los colectivos que habían dirigido la campaña por el No a la Constitución Europea en 2005 el relleno de una candidatura unitaria “anti-liberal” para la campaña presidencial de 2007.16 El liderazgo de la LCR siguió la línea de que el muy amplio espectro de fuerzas implicadas en los colectivos por el No –que abarcaban desde el ala izquierda del Partido Socialista y el Partido Comunista hasta varios colectivos antiglobalización y la Liga misma- era políticamente incoherente. Más específicamente, y de forma crucial, las corrientes reformistas implicadas no descartarían la participación en un gobierno de centro-izquierda, volviendo a levantar el espectro de otra coalición de la izquierda plural. El escepticismo de la LCR acerca de una candidatura unitaria “anti-liberal” condujo a una actitud negativa y, a veces, de ultimátum respecto a los colectivos, lo que conllevó su aislamiento durante este periodo, antes de que los esfuerzos por encontrar un candidato colapsaran al inicio de 2007. Pero la Liga encontró al final una confirmación parcial de su posición en el comportamiento de José Bové, que, tras presentarse a la primera ronda de las elecciones en nombre de lo que quedaba de los colectivos, se asoció a Ségolène Royal, exponente del ala derecha del Partido Socialista y derrotada por Sarkozy en el desempate.

 

Es para prevenirse de este tipo de peligro que la LCR insiste en que el nuevo partido debe ser anticapitalista y no simplemente opuesto al neoliberalismo (“anti-liberal” es el término usado en Francia):

 

La cuestión del poder divide profundamente a la denominada izquierda anti-liberal. Todo partido debe plantearse la cuestión del poder, y nosotros no podemos ser una excepción a esta regla. La cuestión es saber en qué marco, en beneficio de quién. Para nosotros, la cuestión es trasladarnos desde una situación en la que una minoría decide e impone sus elecciones, sus beneficios y sus privilegios, a otra situación en la que el mayor número de personas se apoderan de las palancas que manejan la sociedad. No deseamos el poder para nosotros mismos sino como instrumento de un movimiento desde abajo… un poderoso movimiento social, un mayo del 68 que llegue hasta el final, que comience a controlar la dirección de la economía.

 

Las instituciones son elementos esenciales para mantener el orden social y la propiedad capitalista. No queremos construir un partido de gestores sino un partido de ruptura. Es por esto que la independencia del Partido Socialista es una cuestión clave. El capitalismo liberal y el anticapitalismo no pueden cohabitar en el mismo gobierno. Nuestra perspectiva es por tanto no la de unir la izquierda tal como existe hoy día, o algunos de sus fragmentos, sino construir un movimiento social y político de la mayoría por una ruptura con el capitalismo. ¡Entonces la cuestión del poder será planteada!17

 

Por tanto, ¿en qué consiste de forma precisa este partido anticapitalista? Es, como dice el mismo texto de la LCR, “un partido para la transformación revolucionaria de la sociedad”, aunque no un partido revolucionario en el sentido específico en el que ha sido entendido en la tradición marxista clásica.18 En esa tradición, se asume que la revolución socialista toma una forma particular, como resultado de las experiencias de la Revolución Rusa de octubre de 1917 y de los primeros años de la Internacional Comunista (1919-1924). Implica huelgas de masas, el desarrollo de un poder dual que contrapone instituciones de democracia obrera al estado capitalista, y una insurrección armada para resolver esta crisis a través de la dominancia de los consejos obreros, y, acompañando a todo esto, la emergencia de un partido revolucionario de masas con el apoyo mayoritario de la clase trabajadora. Esta amplia concepción del proceso revolucionario es común tanto en la Cuarta Internacional como en la Tendencia Socialismo Internacional, a la que el Socialist Workers Party pertenece [así como En Lucha, n.d.t].19

 

Bajo la visión de la LCR, el NPA no debería comprometerse a esta concepción específica de la revolución, sino simplemente a la necesidad de “una ruptura con el capitalismo”. Si esta noción puede parecer vaga, su significado político reside en lo que descarta. Específicamente, la Liga argumenta de forma correcta que es necesario oponerse al capitalismo como sistema, no simplemente al neoliberalismo como un conjunto de políticas. Fallar en la realización de esta distinción puede conducir a la participación en gobiernos de centro-izquierda con la esperanza (por lo general la ilusión) de que producirá una mezcla más benigna de políticas.20

 

Hay mucho que elogiar en la concepción que tiene la LCR sobre el NPA. No sólo están en lo correcto cuando insisten en la diferencia entre anti-(neo)liberalismo y anticapitalismo, sino también en no establecer un compromiso explícito con la tradición marxista revolucionaria como base del nuevo partido. Esto es así por razones estratégicas a largo plazo. La experiencia política del siglo XX muestra muy claramente que en los países capitalistas avanzados es imposible construir un partido revolucionario de masas sin romper el control de la socialdemocracia sobre la clase trabajadora organizada. En la era de la Revolución Rusa era posible para muchos partidos comunistas europeos comenzar a realizar esto escindiendo los partidos socialdemócratas y ganando un número sustancial de trabajadores previamente reformistas directamente al programa de la Internacional Comunista. Octubre de 1917 ejercía un enorme poder de atracción sobre todos aquellos en el mundo que querían luchar contra los jefes y el imperialismo.

 

Desgraciadamente, gracias a la experiencia del estalinismo, hoy es justo al contrario. El social-liberalismo es rechazado por mucha gente de clase trabajadora, pero, en primera instancia, lo que buscan es una versión más genuina del reformismo que sus partidos tradicionales una vez les prometieron. Por lo tanto, si las formaciones de la izquierda radical van a ser habitables para estos refugiados de la socialdemocracia, sus programas no deben excluir el debate entre reforma y revolución incorporando simplemente las concepciones estratégicas distintivas desarrolladas por los marxistas revolucionarios.21

 

Al mismo tiempo, navegar entre la Escila del oportunismo y la Caribdis del sectarismo nunca es fácil. Por un lado, trazar la línea divisoria entre el anti-liberalismo y el anticapitalismo no es necesariamente algo sencillo. Dicho esto, como señalaría la LCR, el anticapitalismo tiene “delimitaciones estratégicas incompletas” –por ejemplo, deja abierto cómo se realizará “la ruptura con el capitalismo”- existiendo una gran amplitud para debatir sobre los pasos concretos que son necesarios. Hay estrategias de la izquierda reformista perfectamente respetables para alcanzar una ruptura con el capitalismo que presumiblemente tendrán el derecho de ser escuchadas en estos debates. Pero –y aquí es donde surge la complicación- estas estrategias se entrelazan con propuestas que apuntan más hacia el neoliberalismo que hacia el capitalismo en sí mismo. Por ejemplo, la Tasa Tobin sobre las transacciones financieras internacionales que es respaldada por La Izquierda y Attac no es una medida anticapitalista. Pero es perfectamente imaginable cómo una lucha real por la Tasa Tobin podría desarrollarse para dar lugar a una confrontación con el mismo capital, y algunos de los que la defienden podrían acoger muy bien una perspectiva como esta. La última ola seria de reformismo de izquierdas durante los años 70, asociada con Tony Benn en Gran Bretaña y Jean-Pierre Chevènement en Francia, buscaba, no expropiar el capital, sino usar el estado para someterlo a objetivos socialistas.22

 

Por otro lado, mientras que la LCR está plenamente en lo correcto al oponerse como una cuestión de principios a la participación en un gobierno de centro-izquierda, no puede asumir que todo aquel que se sienta atraído por el NPA compartirá esta actitud. Por el contrario, muchos de ellos podrían querer ver a Besancenot en el gobierno. En una encuesta de agosto de 2008 el 18 por ciento decía que el Partido Socialista debería llegar a un entendimiento con él.23 En Alemania el proyecto de Lafontaine de un gobierno rojo-rojo sometido a sus términos, es decir, una coalición con el SPD en la que La Izquierda marca la agenda, tendría mucho sentido para muchos de los que se rebelan contra el social-liberalismo. Se equivocan respecto a esto –con toda probabilidad un gobierno de este tipo, como los gobiernos laboristas británicos del periodo inicial de la postguerra o la presidencia de François Mitterrand durante 1981-3, se desmoronaría bajo la presión impuesta por el capital.

 

Es importante que los revolucionarios adviertan contra los peligros que implica la participación de la izquierda radical en gobiernos de centro-izquierda. Pero no deberían hacer del hecho de que estas formaciones, si tienen éxito, confrontarán en el futuro el problema de la participación, una razón para no implicarse en su construcción hoy día. Esta es, en efecto, la línea adoptada por la sección alemana del Comité por una Internacional de los Trabajadores (CIT/CWI)24, que intentó escindir el precursor de La Izquierda en Alemania occidental debido a la participación del PDS en coaliciones social-liberales en Berlín y otros lugares.

El papel de las y los revolucionarios

 

El problema subyacente aquí reside en que ha sido la brecha ocasionada en el reformismo lo que le ha dado su apertura a la izquierda radical. ¿Cómo se puede entonces intentar atraer a gente con unos antecedentes reformistas y al mismo tiempo evitar las traiciones del reformismo –traiciones recapituladas de forma concentrada en la trayectoria de Bertinotti? La solución al problema ofrecida por la LCR parece ser la instalación de una especie de cierre de seguridad programático –compromiso con el anticapitalismo y oposición a los gobiernos de centro-izquierda. Pero esto tiene pocas probabilidades de funcionar: cuanto más éxito logre el NPA, bajo más presiones y tentaciones del reformismo se encontrará.

 

Una cuestión muy importante a la hora de abordar este problema gira en torno al papel que juegan los socialistas revolucionarios organizados en el seno de las formaciones de la izquierda radical. Una respuesta ampliamente discutida ha sido la proporcionada por el modelo del Partido Socialista Escocés (SSP). En él organizaciones existentes de la extrema izquierda se disolvieron para formar un partido socialista unitario. A las diferentes corrientes políticas se les permitió formar plataformas organizadas, pero no difundir propaganda política de forma abierta. El SSP tenía un programa con “delimitaciones estratégicas incompletas” y estaba abierto de forma reconocida a gente con políticas reformistas (aunque la actitud sectaria y desdeñosa que tomó hacia aquellos que tenían antecedentes laboristas inhabilitó esto en la práctica). Los defensores del modelo del SSP argumentaron que el partido no capitularía ante las influencias reformistas gracias al “liderazgo de los revolucionarios”. Pero esto obviaba la cuestión de cómo este liderazgo estaba asegurado. En la práctica se hizo no tanto por la influencia de las ideas revolucionarias sobre la afiliación -en gran parte pasiva- del SSP, sino por la organización altamente faccional de los líderes de la plataforma que fundó el partido, el Movimiento Socialista Internacional (ISM). Esto permitía cohesionar el partido en tanto que el liderazgo de la ISM permaneciera unido, pero cuando éste se rompió en el otoño de 2006 el resultado fue la desintegración del mismo SSP.25

Estos problemas se reforzaron por la tendencia hacía la predominancia del ala parlamentaria después de que el SSP obtuviera seis escaños en el Parlamente escocés en mayo de 2003. Como Mike Gonzalez señaló:

 

Los resultados de las elecciones condujeron a un sobre énfasis de la actividad parlamentaria a expensas de la actividad de base. Los parlamentarios pueden ser una plataforma propagandística útil en la construcción de una organización socialista: como Tommy Sheridan ha mostrado tan enfáticamente cuando fue el único miembro parlamentario entre 1999 y 2003. Con seis diputados en el parlamento, el partido podía permitirse tener un cierto número de investigadores y trabajadores sociales a tiempo completo, y el compromiso de los diputados de transferir la mitad de su sueldo de diputados al partido incrementó los recursos de éste. Pero también reforzó el carácter burocrático del partido, y focalizó su atención en un rol parlamentario que no pudo ser limitado y sometido.26

 

El desarrollo de un aparato exagerado y centrado en el Parlamento de Holyrood reforzó la tendencia al faccionalismo de la dominante ISM. Esta experiencia ofrece un importante ejemplo negativo para otros intentos de construcción de partidos de izquierda radical. Por tanto la fuerza organizativa y la cohesión política que posee la Liga implican que ésta podría muy fácilmente continuar dominando el NPA, y de hecho la sospecha de que esto ocurrirá ha sido expresada incluso por algunos de los que se han visto atraídos por el proyecto.27 Está claro que esta no es la intención de la dirección de la LCR, de ahí su insistencia en la apertura del nuevo partido. De hecho sería un error desastroso para los socialistas revolucionarios tratar de dominar el NPA y sus equivalentes en cualquier otro sitio gracias a su peso organizativo. Cualquier intento de este tipo haría retroceder de forma severa el desarrollo de la izquierda radical. Pero esto no resuelve el problema de la lucha entre izquierda y derecha que resulta inevitable en cualquier desarrollo dinámico de una formación política.

 

Cuando por primera vez se vio envuelto en el proceso de reagrupamiento de la izquierda al principio de la presente década, el SWP emergió con su propia concepción de la naturaleza de las nuevas formaciones de la izquierda radical. Ésta concepción fue articulada por John Rees cuando argumentó: “La Socialist Alliance (la Alianza Socialista, precursora de Respect) es por tanto mejor concebida como un frente único de tipo especial aplicado al campo electoral. Busca la unión de los activistas de la izquierda reformista y los revolucionarios en una campaña común en torno a un programa mínimo”.28 Aunque constituía una innovación, esta extensión de la táctica del frente único no estaba completamente carente de precedentes. En mayo de 1922 la Internacional Comunista declaró que “el problema del Frente Político Único del laborismo en los Estados Unidos es el problema del Partido Laborista”, una política que condujo a su sección americana, el Partido de los Trabajadores (WP), a participar durante 1923-4 en el Partido Obrero-Campesino Federado fundado por John Fitzpatrick, líder de la Federación Obrera de Chicago.29

 

La concepción del frente único de tipo especial nutrió nuestra aproximación a Respect. Como contraste, aquellos de la izquierda radical pertenecientes a la minoría que siguió a Galloway durante la escisión de Respect (principalmente la sección inglesa de la Cuarta Internacional y unos pocos ex miembros del SWP) tendieron a apoyar el modelo del SSP y a criticar al SWP por no disolverse dentro de Respect. Es extremadamente afortunado que rechazásemos la liquidación del SWP, ya que en ese caso la crisis en Respect hubiera conducido no sólo al eclipse electoral temporal de la izquierda radical en Gran Bretaña, sino también a una más profunda fragmentación y debilitamiento de la izquierda socialista organizada.

 

La idea de que el NPA debería ser concebido como un frente único de tipo especial ha sido recientemente criticada por uno de los arquitectos principales del proyecto, François Sabado:

 

No hay una continuidad lineal entre frente único y partido, de igual forma que lo “político” no es una simple continuación de lo social. Hay elementos de continuidad pero también de discontinuidad, de especificidades, vinculadas de forma precisa a la lucha política… Desde este punto de vista resulta incorrecto considerar el nuevo partido como un tipo de frente único. Hay una tendencia por tanto a subestimar las delimitaciones necesarias, a considerar el NPA como una mera alianza o marco unitario –aunque sea de tipo especial- y por tanto a subestimar su propia construcción como un marco o mediación hacia la construcción de un liderazgo revolucionario para el mañana. Existe el riesgo de que si consideramos el NPA como un tipo de frente único hagamos que sólo sostenga batallas de frente único. Por ejemplo, nosotros no condicionamos la unidad de acción del conjunto de los trabajadores y los movimientos sociales al acuerdo sobre la cuestión de la gobernabilidad; ¿pero es esta una razón para que el NPA relativice la lucha sobre la cuestión de la gobernabilidad? No, no lo creemos. El NPA hace de la cuestión de la gobernabilidad –el rechazo a la participación en gobiernos de colaboración de clase- una delimitación de su lucha política. Esto muestra, de forma evidente en este asunto, que el NPA no es ningún tipo de frente único. Nuestro objetivo de construirlo como una confluencia de experiencias y activistas no significa que debamos abandonar la visión del partido como uno de los eslabones decisivos de una alternativa política global y de acumulación de la lucha de clases, e incluso de cuados revolucionarios para futuras crisis.30

 

Sabado está en lo correcto en dos aspectos importantes. Primero, como él indica en la última frase, construir exitosamente la izquierda radical hoy es un paso de acercamiento, y no de alejamiento, hacia la construcción de partidos revolucionarios de masas. En segundo lugar, también está en lo correcto cuando afirma que la intervención de las formaciones de la izquierda radical en el campo político configura su carácter. Incluso si su estructura organizativa es aquella de una coalición, como era la de Respect, necesitan definir su identidad política global a través de un programa, y funcionar en muchos sentidos como un partido político convencional, particularmente cuando se entra en la actividad electoral.

 

Pero lo que la fórmula de un frente único de tipo especial plasma es la heterogeneidad política característica de la izquierda radical contemporánea. Algunas veces esto refleja el origen específico de una formación particular –así, una de las más exitosas, el Bloque de Izquierdas en Portugal, se fundó en 1999 como una coalición de la izquierda radical, específicamente entre el ex maoísta União Democrática Popular (UDP) y el Partido Socialista Revolucionário (PSR), la sección portuguesa de la Cuarta Internacional. El exitoso desarrollo del Bloque ha conducido a la adopción de una estructura de partido más unitario, pero, sobre todo, su heterogeneidad interna se ha incrementado a medida que el Bloque ha atraído a elementos disidentes del Partido Comunista, marcadamente estalinista, muchos de los cuales comparten las mismas políticas que el ala de Bertinotti en el PRC.

 

Esto indica que la naturaleza políticamente diversa de la izquierda radical contemporánea es más que la historia específica de formaciones políticas individuales. La forma particular que ha tomado la crisis de la socialdemocracia hoy ha creado las condiciones para una convergencia entre elementos de la izquierda reformista y revolucionaria que se oponen al social-liberalismo. El hecho de que esta convergencia política sea sólo parcial, y que en particular no abola la elección entre reforma y revolución, demanda estructuras organizativas que, aunque no sean explícitamente las de una coalición, otorguen a las diferentes corrientes espacio para respirar y coexistir. Pero también ayuda a explicar la base programática que Sabado pretende dar al NPA, la cual está esencialmente en contra del social-liberalismo más que en contra del reformismo en su conjunto. Quien crea que esta es una distinción que no conlleva ninguna diferencia, debería comparar las famosas “21 condiciones” de admisión en la Internacional Comunista con la prohibición mucho más modesta de Sabado de no participar en gobiernos de centro izquierda.

 

Es muy importante, como ya he señalado, no asustarse por las ambigüedades políticas inherentes a la izquierda radical contemporánea. Todo revolucionario o revolucionaria que se precie debería lanzarse entusiasmadamente hacia la construcción de estas formaciones. Pero esto no altera el hecho de que estas ambigüedades puedan conducir a la repetición del tipo de desastres que le han sucedido al PRC y Respect. En realidad, si el NPA está realmente por lo que Sabado denomina “una acumulación de la lucha de clases, e incluso de cuados revolucionarios para futuras crisis”, esto no se va a dar automáticamente. Requerirá un esfuerzo considerable para entrenar a los nuevos activistas ganados al NPA y a su preferencia por la tradición marxista revolucionaria. ¿Pero quién va a abordar esta tarea? Parte de la formación política puede darse dentro del marco del mismo partido. Pero esto sólo puede ser así dentro de unos límites bien definidos; de lo contrario los revolucionarios en el NPA pueden ser acusados justificadamente de violar la apertura política del partido y de tratar de explotar su estructura para transmitir sus propias políticas distintivas.

 

Un asunto relacionado es el referente al debate dentro de las formaciones de la izquierda radical. La naturaleza relativamente abierta de sus programas y las incertidumbres y sorpresas de las que está llena la era neoliberal implican que un debate enérgico es aun más importante de lo habitual, de cara a la clarificación de las tareas a abordar. Pero donde las formaciones son -formalmente o en la práctica- coaliciones, un debate enérgico puede trastornar el delicado equilibrio entre las diferentes corrientes. El resultado puede ser la tendencia a evitar las discusiones graves, al menos fuera de la relativamente cerrada arena de los cuerpos de dirección. Los dilemas que esto implica son bastante reales. Cuando las diferencias serias sobre estrategia comenzaron a desarrollarse entre Galloway y el SWP tras las elecciones municipales de mayo de 2006, la dirección del SWP intentó contener la disputa limitándola a las áreas más afectadas en East London y Birminghan. Esta respuesta tenía sentido como un medio para intentar prevenir el desarrollo de una crisis que podía desestabilizar Respect, pero cuando la crisis llegó de todas maneras con los ataques de Galloway al SWP en agosto de 2007, el resultado fue que a la mayoría de la afiliación tanto de Respect como del SWP les pilló por sorpresa.

 

No hay una fórmula simple para evitar este tipo de problema táctico. Pero es posible definir un enfoque general. Es correcto construir la izquierda radical sobre una base amplia y abierta, pero en las formaciones resultantes los socialistas revolucionarios deberían organizarse y luchar por sus políticas. Ambas partes de esta afirmación merecen su adecuado énfasis. Es un error intentar definir las fronteras de los partidos de la izquierda radical de una forma demasiado estrecha. Sinistra Critica, una tendencia de extrema izquierda dentro del PRC dominada por los partidarios italianos de la Cuarta Internacional, rompió con el PRC a finales de 2007 y presentó sus propios candidatos a las elecciones parlamentarias. Como resultado, cuando en julio de 2008 Bertinotti y sus seguidores fueron derrotados en el congreso del PRC por una coalición de corrientes más a la izquierda, Sinistra Critica ya no formaba parte de la discusión. Sería deseable que pudiese girar para restablecer una conexión organizativa con las decenas de miles de activistas que hasta ahora han mirado hacia el PRC.

 

Pero, al tiempo que se construye sobre una base amplia y abierta, los socialistas revolucionarios deberían mantener su propia identidad política y organizativa. La forma precisa en que esto se puede plasmar naturalmente variará –algunas veces como una organización independiente que participa en una coalición, como hizo el SWP en la Socialist Alliance y Respect, y otras como una corriente dentro de una organización más grande. Es necesaria una identidad socialista revolucionaria dentro de la más amplia izquierda radical, no por razones de estrecha lealtad sectaria, sino porque la teoría y las políticas del marxismo revolucionario tienen importancia. Importan porque proporcionan una compresión de la lógica del capitalismo como sistema y porque recapitulan las experiencias revolucionarias acumuladas de los dos últimos siglos. Desde luego, la relevancia de una tradición así para el presente no está asegurada. Por el contrario, tiene que ser mostrada en la práctica, y esto siempre implica un proceso de selección, interpretación y desarrollo creativo de la tradición. Pero, debido a la importancia de la práctica, los revolucionarios deben retener la capacidad para tomar sus propias iniciativas. En otras palabras, deberían mantener su identidad dentro de la izquierda radical más amplia no como un club de debate teórico sino, sean cuales sean las circunstancias, como una organización intervencionista.

Perspectivas

 

Por supuesto, la presencia de revolucionarios organizados puede ser una fuente de tensiones en las formaciones de la izquierda radical. Pueden ser señalados y denunciados por la derecha del partido. Esto puede ser un asunto preocupante si los revolucionarios tienen un peso relativo sustancial, como tenía el SWP en Respect y como tendrá la LCR en el NPA. Los elementos de extrema izquierda que se escindieron con Galloway han intentado justificar sus acciones acusando al SWP de tratar de dominar Respect. Esto era lo opuesto de nuestras intenciones. Hubiéramos estado muy contentos siendo una fuerza relativamente pequeña dentro de una izquierda radical mucho más amplia. El problema era que, a pesar de la enorme agitación política que acompañó a la participación británica en la invasión de Iraq, Galloway era la única figura dirigente del laborismo que estaba preparada para romper con el partido acerca de este asunto. Esto conllevó que hubiese una inestabilidad estructural en la construcción de Respect desde el principio. La coalición estaba dominada por dos fuerzas –Galloway y el SWP. Esto funcionó bien en tanto trabajaron conjuntamente de una forma relativamente harmoniosa. Pero el conflicto entre una organización revolucionaria y un político reformista tenía todas las posibilidades de desarrollarse tarde o temprano, y, una vez que ocurrió, no había otras fuerzas suficientemente fuertes para contenerlo.

 

Este desequilibrio estructural es una consecuencia de la forma particular que ha tomado el declive de la socialdemocracia hoy en día. Muy pronto tras la formación de Respect en 2004 escribí:

 

El Partido Laborista es como un gran iceberg encogiéndose gradualmente gracias al calentamiento global. La afiliación, el arraigo social y la base electoral están en un continuo declive. Tony Blair gano una enorme mayoría parlamentaria en las elecciones generales de 2001 con menos votos de los que le sirvieron a Neil Kinnock para perder las elecciones de 1992. Pero el iceberg, aunque encogiéndose, permanece bastante cohesionado. El laborismo permanece consistente gracias a la perdurable fuerza de los sindicatos, que siguen siendo el núcleo de su base social, la capacidad del liderazgo para sobornar a los activistas a través de una mezcla de retórica, patrocinio y reformas sociales muy limitadas, y las vanas esperanzas de los diputados, activistas del partido y dirigentes sindicales, de que, de alguna manera, las cosas realmente mejorarán. El declive tiene lugar gradualmente, a través de un proceso de desgaste, una serie de decisiones individuales en las que activistas desmoralizados abandonan y votantes desilusionados se quedan en casa.31

 

Esta imagen continúa adecuándose ampliamente al declive acelerado del Nuevo Laborismo bajo Gordon Brown, y también lo hace para gran parte del resto de la socialdemocracia europea. La base social del reformismo se encoge, no gracias a escisiones organizativas, sino a través de un desgaste gradual. Esto no cambia el hecho de que hay un espacio que la izquierda radical puede rellenar, pero probablemente esto tomará la forma de un proceso de bastante largo término en el que las intervenciones electorales y otras campañas gradualmente atraerán votantes y activistas. Y la erosión de la base social del viejo reformismo da a la extrema derecha una oportunidad para llegar a la gente de clase trabajadora que se siente desencantada y no representada, como han mostrado muy crudamente las desagradables fuerzas racistas desatadas por la victoria de Berlusconi y sus aliados en las elecciones generales italianas de abril de 2008.

 

La forma general tomada por la crisis de la socialdemocracia subraya la importancia del caso de La Izquierda, donde una grieta real se ha producido en el monolito del SPD. Esto es en parte un reflejo de la mera fuerza acumulada por la socialdemocracia alemana. Perry Anderson escribió acerca del SPD inmediatamente después de su victoria electoral en septiembre de 1998, “Es un partido muy diferente del Nuevo Laborismo. El doble de grande, con 700.000 miembros individuales, su cultura sigue siendo notablemente de clase trabajadora. La atmósfera de un mitin del SPD en cualquier gran ciudad industrial está más cerca de los mítines laboristas de las décadas de 1960 y 1970 que de cualquier otra cosa en Gran Bretaña hoy”.32 Esto hizo que el shock del Gobierno de Schröder fuera aun mayor: después de estar relativamente protegido de lo peor del neoliberalismo en las décadas de 1980 y 1990, la clase trabajadora alemana sufrió, particularmente durante la segunda legislatura de la coalición Roji-Verde (2002-2005), un acusado ataque, con la legislación Hartz IV desmantelando la protección a los desempleados y una ofensiva de la patronal que consiguió forzar los sueldos a la baja y la productividad a la alta.

 

Este es el contexto que ha permitido a La Izquierda hacer avances tan espectaculares y a Lafontaine montar un intento serio para revivir el reformismo de izquierdas. Es la razón por la que sería poco sensato afirmar que el reformismo está en las últimas, como a veces insinúa la LCR, cuando, por ejemplo, declara, “La socialdemocracia está completando su mutación. Después de haber explicado que el socialismo puede ser construido paso a paso dentro del marco de las instituciones del estado capitalista, ahora acepta su conversión al capitalismo, a las políticas neoliberales”.33 Esto parece proponer una tendencia unilineal de los partidos socialdemócratas hacia la transformación en partidos directamente capitalistas como el Demócrata en los Estados Unidos. En este aspecto la LCR está equivocada.

 

El reformismo no puede ser simplemente identificado con organizaciones específicas sino que surge de la tendencia de los trabajadores, cuando estos carecen de confianza en su habilidad para derrocar el capitalismo, al limitar sus luchas a la obtención de mejoras dentro del marco del sistema existente. Esta tendencia encuentra su expresión política a pesar del desarrollo del social-liberalismo. La Izquierda es un ejemplo; otro es la destreza con la que Alec Salmond (líder del Partido Nacional Escocés) como primer ministro de Escocia y permaneciendo dentro de los límites marcados por el régimen de las políticas económicas neoliberales, ha conseguido el éxito a la hora de proyectar su gobierno como impulsor de un programa más auténticamente socialdemócrata de lo que la socialdemocracia es ya capaz de ofrecer.

 

Comprender esto es importante por razones políticas inmediatas. El poder atractivo de las políticas reformistas conlleva que no haya una fórmula mágica programática u organizativa que pueda excluir su influencia sobre las nuevas formaciones de la izquierda radical. Es justamente por esta razón por la que los revolucionarios necesitan mantener su identidad dentro de estas formaciones. La izquierda radical tiene que estar abierta a los reformistas si quiere desarrollar por completo su potencial, pero los ejemplos de Bertinotti y Galloway deberían servir como recordatorio de que los reformistas de izquierda pueden moverse tanto hacia la derecha como hacia la izquierda.34 Es importante que esto se tenga presente en el caso de La Izquierda. Lafontaine ha sido un baluarte de la izquierda pero, si decidiera que ha llegado la hora de hacer un trato con el SPD, es muy capaz de virar brutalmente. Pero el que los revolucionarios preserven su autonomía política y organizativa no debería verse como una forma de defensa sectaria. Por el contrario, esta autonomía debería darnos la confianza y el valor para construir la izquierda radical sobre la base más amplia y dinámica posible –aunque preservando el instrumento que será necesario para proseguir las batallas políticas que cualquier éxito real acarreará.

 

En Gran Bretaña los proyectos electorales de la izquierda radical han sucumbido a un proceso de “destrucción mutua asegurada” en las elecciones escocesas y londinenses que les hará difícil resurgir a corto plazo. Sin embargo, este revés ha tenido lugar con el trasfondo de una crisis acelerada del Nuevo Laborismo. Una característica de esta crisis es que, con unas elecciones generales en perspectiva para mitad de 2010 como muy tarde, la burocracia sindical se está uniendo en torno al gobierno con una visible falta de entusiasmo. El proceso de agotamiento que está apagando la base social del laborismo está gradualmente desgastando sus vínculos con la clase trabajadora organizada. Es muy probable que esto conduzca, no muy tarde, a nuevas iniciativas destinadas a la creación de una alternativa política al Nuevo Laborismo. Al tiempo que se tienen en cuenta las lecciones de los intentos anteriores, los revolucionarios han de permanecer atentos a estas oportunidades.

 

Referencias

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Notas

1 Artículo publicado en International Socialism Journal número 120, otoño de 2008.

2 Para una evaluación en una etapa anterior del desarrollo de la izquierda radical, ver Callinicos, 2004.

3 Trudell, 2007.

4 Ver Gonzalez, 2006, y Harman, 2008a.

5 Hayes, 2008.

6 Zappi, 2008.

7 Rifondazione, 2008.

8 Ver el análisis de las etapas anteriores de este proceso en Callinicos, 1999.

9 Galloway, 2003.

10 Kouvélakis, 2005.

11 Callinicos y Nineham, 2007.

12 Ver por ejemplo Galloway, julio de 2008.

13 Sobre la crisis de Attac, ver Wintrebert, 2007.

14 Lafontaine, 2008.

15 Phillip Gordon, “Liberté! Fraternité! Anxiety”, Financial Times, 19 de enero de 2002.

16 La LCR tiene un régimen institucionalizado de tendencias políticas rivales que durante muchos años ha enfrentado a la mayoría de la dirección contra una facción de derechas dirigida por Christian Piquet. La derecha se encuentra ahora desarraigada, en parte porque apoyaron la ahora desacreditada posición por una candidatura unitaria, y en parte porque la iniciativa del NPA ha unido al resto de la Liga detrás de la antigua mayoría.

17 LCR, 2008.

18 Ver, acerca de la concepción de la LCR sobre el NPA, Sabado, 2008.

19 Hay una discusión detallada de la versión de la Cuarta Internacional en Mandel, 1979, capitulo 1, mientras que la del SWP está reformulada en Harman, 2007. De ahora en adelante, por “revolucionarios” querré decir, no los adheridos a una corriente específica, como la Tendencia Socialismo Internacional o la Cuarta Internacional, sino aquellos que siguen apoyando esta concepción del proceso revolucionario.

20 Ver, por ejemplo, Harman, 2008b.

21 Para un intercambio de opiniones sobre este asunto, ver Bensäid y otros, 2003, especialmente las páginas 15-19, y Callinicos, 2003.

22 Por ejemplo, Holland, 1976.

23 Zappi, 2008.

24 Al que pertenece el Partido Socialista de Inglaterra y Gales (Socialista Party in England and Wales).

25 Sobre el modelo del SSP, ver los siguientes intercambios de opiniones: Rees, 2002, y Smith, 2003.

26 Gozalez, 2006, páginas 69-70.

27 Ver por ejemplo la carta abierta escrita por varios intelectuales notables anti-neoliberales. Auntain y otros, 2008.

28 Rees, 2001. Página 32. Ver también Callinicos, 2002, y Jaffard, 2008.

29 Citando a Draper, 1985, página 375. Una visión actualizada del Partido Obrero-Campesino, que sucumbió a una combinación de faccionalismo dentro del WP y al miedo de Fitzpatrick y otros sindicalistas de izquierda a trabajar con los comunistas, puede ser encontrada en Palmer, 2007, capítulos 7 y 8. Para la severa crítica de Trostky del episodio centrado en el apoyo de los comunistas americanos al senador Robert LaFollette, que se presentó como el candidato anticomunista del Partido Progresista (Progressive Party) en las elecciones presidenciales de 1924, rechazando el apoyo obrero-campesino y el intento por parte de John Pepper, la figura dominante en el WP, de justificar la política sobre la base de un populismo que disolviese las diferencias entre trabajadores y pequeños agricultores, ver Trotsky, 1970, páginas 119-122, 219-220.

30 Sabado, 2008.

31 Callinicos, 2004, página 4.

32 Anderson, 1999.

33 LCR, 2008.

34 Es también importante anotar, sin embargo, que previamente se habían movido hacia la izquierda. Algunos de los que estuvieron al lado de Galloway en la escisión de Respect criticaron al SWP por romper con él después de haber previamente trabajado de forma amistosa. Esta es, por ejemplo, una de las principales quejas de Mark Steel en “What’s Going On? (2008). La diferencia es simple: a principios de los 2000 ambos Bertinotti y Galloway se movieron a la izquierda en respuesta al auge del movimiento y el SWP fue capaz de trabajar bien con ambos. Cuando estos movimientos comenzaron a declinar, ambos Bertinotti y Galloway se desplazaron a la derecha, con el resultado que ha sido revisado en este artículo. Enfrentado a este desarrollo, el SWP se defendió a sí mismo del intento de Galloway de subordinarnos dentro de Respect. Esto no significa que fuese incorrecto haber trabajado con él o con Bertinotti previamente, sino que subraya la importancia de que los revolucionarios mantengan su independencia política y organizativa.

 

Construyendo el Nuevo Partido Anticapitalista

 

François Sabado

 

El artículo de Alex Callinicos en el número más reciente de International Socialism muestra muy bien los cambios que han tenido lugar en la izquierda radical durante los últimos meses. Las características de la situación, y en particular la profundización de la crisis del sistema capitalista y la evolución social-liberal de la socialdemocracia, confirman que hay un espacio “a la izquierda del reformismo de izquierda”. Este espacio abre posibilidades para la construcción de nuevas formaciones políticas o para iniciativas tales como las conferencias de la izquierda anticapitalista2, procesos ambos que requieren clarificación. Ciertas experiencias implican diversidad de corrientes. Aunque las fronteras políticas entre estas corrientes no siempre se ven claramente, la cuestión del apoyo a la participación en gobiernos de centro-izquierda o social-liberales es una línea divisoria fundamental en las políticas de alianzas o de reagrupamiento.

 

No son sólo “caminos que divergen”, sino políticas diferentes y proyectos distintos. Cuando Callinicos evoca “experiencias más positivas” en conexión con Die Linke en Alemania y el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) en Francia está, de hecho, hablando de dos proyectos diferentes.

 

En el caso de Die Linke estamos tratando con un partido reformista de izquierda. Éste es un partido integrado dentro de las instituciones del Estado alemán. La gran mayoría de sus miembros vienen del Partido del Socialismo Democrático (PDS), el partido de la burocracia de la antigua Alemania del Este. Die Linke es un partido que ha apoyado un gobierno común con los social-demócratas alemanes (Sozialdemokratische Partei Deutschlands, SPD) y, finalmente, un partido cuyo proyecto se reduce al “retorno al Estado de bienestar”. Como es conocido, este partido también refleja, en la Alemania del Oeste, un movimiento de radicalización de ciertos sectores de los movimientos sociales, un paso adelante para el movimiento de los trabajadores. Pero los revolucionarios no deberíamos confundir estos procesos con el liderazgo de Die Linke, sus políticas reformistas, su subordinación a las instituciones capitalistas y su objetivo de participación en el gobierno con el SPD.

 

El NPA, por otro lado, se presenta a sí mismo como un partido anticapitalista. Es un partido cuyo centro de gravedad está en las luchas, los movimientos sociales y no en las instituciones parlamentarias. La característica fundamental de este partido es el rechazo de cualquier alianza o participación en el gobierno con el centro-izquierda o el social-liberalismo. El NPA no se detiene en el antiliberalismo. Sus políticas están dirigidas a romper con el capitalismo y a derrocar el poder de las clases dominantes.

 

En cada caso estamos confrontados con formaciones políticas —hay delimitaciones, programas, políticas— pero éstas no son del mismo tipo.

 

¿Partido anticapitalista o algún frente único?

Tampoco podemos compartir la caracterización que hace Callinicos de las nuevas formaciones de izquierda radical como de “frente único de un tipo especial”. Las concepciones del Partido Socialista de los Trabajadores (Socialist Workers Party, SWP) fueron formuladas por John Rees así: “La Alianza Socialista [precursora de Respect] es… mejor vista como un frente único de un tipo especial aplicado al campo electoral. Busca unir a los activistas reformistas de izquierda y los revolucionarios en una campaña común entorno a un programa mínimo”3. Esta concepción, vinculada originalmente a la experiencia británica, fue generalizada como “la concepción del SWP de la naturaleza de las formaciones de la izquierda radical”. Estamos en desacuerdo con dicha concepción.

 

Usar el término “frente único” para la construcción de un partido o una formación política realmente es una novedad.

 

El frente único es una respuesta a determinados problemas planteada desde la acción unitaria o la unificación de los trabajadores, o de los movimientos sociales y sus organizaciones. El frente único y la construcción de un partido son dos cosas distintas. Un partido de los trabajadores anticapitalista y/o revolucionario, más allá de su definición precisa, es una formación política delimitada, sobre las bases de un programa y una estrategia extensiva de la conquista del poder por y para los trabajadores. Un partido anticapitalista no puede ser la expresión orgánica de “la clase entera”. Aunque debe buscar constituir “una nueva representación de los trabajadores”, o la convergencia de una serie de corrientes políticas, de todas maneras no hará que desaparezcan las demás corrientes de los movimientos sociales, o incluso aquellas organizaciones que son “reformistas u originariamente reformistas” y que se encuentran lideradas por aparatos burocráticos. La cuestión del frente único permanece planteada.

 

¿Por qué no deberíamos considerar a los partidos anticapitalistas dentro del marco del frente único? Porque, si ese fuese el caso, fomentaría ver a dichos partidos como una simple alianza o como un marco unitario —aunque fuese de un “tipo especial”. Esto significaría subestimar su construcción como marco o mediación necesaria para la emergencia de los liderazgos revolucionarios del mañana. Considerar al NPA como un frente único significaría “suavizar” sus posiciones políticas para hacerlas compatibles con la realización de este frente único. Por ejemplo, no condicionamos la unidad de acción de los movimientos sociales y los trabajadores a un acuerdo con el gobierno. ¿Es esa una razón para que el NPA abandone o incluso relativice la batalla acerca de la cuestión del gobierno? No, no lo creemos. El NPA ha hecho de la cuestión del gobierno —la negativa a participar en gobiernos de colaboración de clase— una delimitación decisiva de su combate político. Este ejemplo obviamente demuestra, aunque podemos citar otros, que el NPA no cabe en el marco conceptual de un frente único. Queremos construirlo como un acercamiento de experiencias, activistas y corrientes, pero especialmente como partido. Mirarlo como un “frente único de un tipo especial” implica subestimar las batallas que son necesarias para construir una alternativa política. Esta concepción de “un frente único de tipo especial entorno a un programa mínimo” llevó a la dirección del SWP a reprochar a la dirección de la LCR el tener “una actitud negativa y a veces sectaria hacia los colectivos”4, cuando la LCR estaba poniendo en el centro de su batalla política la negativa a tomar parte en gobiernos con la dirección del Partido Socialista (PS). En retrospectiva, ¿todavía piensa la dirección del SWP que estos reproches estaban bien fundados?

 

Y ahora, cuando Jean Luc Mélenchin, uno de los organizadores de la izquierda socialista, abandona el PS mientras mantiene la continuidad de sus concepciones reformistas, sus posiciones acerca de la participación o el apoyo a los gobiernos de Mitterrand y Jospin, y declara que quiere construir un “Die Linke francés”, ¿cuál debería ser la actitud de los revolucionarios? ¿Deberíamos apoyarlo y unirnos a sus propuestas y proyectos para una alianza con el Partido Comunista Francés, que mantiene la perspectiva de gobernar mañana en conjunto con el PS? ¿O deberíamos tomar en cuenta su rotura con el PS, tener una aproximación positiva a la unidad de acción con su corriente, pero no confundir la construcción de una izquierda anticapitalista con la construcción de un partido reformista de izquierda?

 

Una vez más: sí a la unidad de acción —como demostramos en su momento con la campaña del No en el referéndum de la Constitución Europea— y sí al debate, pero debemos también darnos cuenta que las diferencias en la relación con las instituciones representativas y las actitudes respecto a la cuestión del gobierno separan las alternativas políticas y los proyectos de construir partidos. Construir un Die Linke francés, en relación a la historia del movimiento revolucionario y lo que ha acumulado el NPA, constituiría una regresión en la construcción de una alternativa anticapitalista. Cuando un sector entero influenciado por la izquierda anticapitalista se ha distanciado de la dirección de la izquierda tradicional, constituir una nueva fuerza reformista de izquierda representaría un paso atrás para el movimiento de los trabajadores. Podríamos una vez más involucrar a este sector en “maniobras reformistas”. Conceptos como el de “frente único de un tipo especial” podrían entonces desarmarnos para defender una política clara hacia este tipo de corriente.

 

Este concepto, que subestima el nivel estratégico de las diferencias en las cuestiones del gobierno y de las instituciones representativas, arroja luz en algunas de las posiciones tomadas por la Corriente ‘Socialista Internacional’ (IST por sus siglas en inglés)5 acerca de cuestiones internacionales. Puede explicar, en la política de vuestros camaradas en Alemania, la relativización que hacen de la crítica a las políticas de la dirección de Die Linke sobre la cuestión de participar en gobiernos con el SPD.

De manera similar, también podemos notar la indulgencia de la IST hacia el nuevo liderazgo de Rifondazione Comunista en Italia. En el último congreso de Rifondazione una reacción de “izquierda” de sus miembros puso a los partisanos de Bertinotti6 en minoría. De cualquier modo, la política seguida por la nueva dirección tiene continuidad con las posiciones históricas de Rifondazione, y se continúa adhiriendo a la política de alianzas con el Partido Demócrata7 en todos los ejecutivos regionales gobernados por el centro-izquierda.

 

Por último, ¿no contribuye acaso esta concepción de “frente único de tipo especial entorno a un programa mínimo” a desarmar al liderazgo del SWP en su relación con George Galloway, por el cual Respect tuvo que sostener “alianzas con notables musulmanes que pudieran recoger votos”?

 

Considerar un partido anticapitalista como un frente único también puede llevar a desviaciones sectarias. Si el frente único se lleva a cabo, incluso en una forma particular, ¿no podríamos sentirnos tentados a hacer todo a través del canal del partido, precisamente subestimando las batallas reales por la unidad de acción? El partido anticapitalista debe combinar las actividades de un partido y una orientación a la acción unitaria, porque no debemos olvidar, contrariamente a lo que sugiere Callinicos, que el reformismo continúa existiendo, que el movimiento de los trabajadores tiene divisiones y diferencias, y que es necesario intervenir para combinar, unificar a los trabajadores y a sus organizaciones.

 

Una vez más, el frente único, en todas sus variantes, es una cosa. Construir una alternativa política es otra. Esta última es la opción del NPA.

 

¿Qué tipo de partido revolucionario?

Callinicos trata de entramparnos explicando que, aunque el NPA es un partido anticapitalista, “no es un partido revolucionario en el sentido específico en el cual fue entendido dentro de la tradición marxista clásica”. Discutamos la tradición marxista clásica, la cual es extremadamente diversa.

 

Dentro de esta historia, el grado de clarificación estratégica, en principios y en tácticas organizacionales, y no olvidando las varias interpretaciones de tal o cual corriente revolucionaria, hay varios modelos. Es verdad que el NPA no es la réplica de las organizaciones revolucionarias del período después de mayo del 68. Los partidos anticapitalistas como el NPA no comienzan desde una definición general histórica o ideológica. Su punto de partida es “un entendimiento común de eventos y tareas” en cuestiones que son claves para intervenir en la lucha de clases. No una suma de cuestiones tácticas, sino las cuestiones políticas clave, como la cuestión de un programa para la intervención política que gire entorno a una orientación de unidad de clase e independencia.

 

En este movimiento hay lugar e incluso necesidad de otras historias, otras referencias que vengan de los más variados orígenes.

 

¿Lo hace esto un partido sin historia, programa y delimitaciones? No. tiene historia, una continuidad: aquella de la lucha de clases, lo mejor de las tradiciones socialista, comunista, libertaria y marxista revolucionaria. Se sitúa a sí mismo en las tradiciones revolucionarias del mundo contemporáneo, basándose a sí mismo, más precisamente, en la larga cadena de revoluciones francesas desde 1793 hasta mayo de 1968, pasando por los días de 1848, la Comuna de París y la huelga general de 1936.

 

El NPA es también un tipo de partido que intenta responder a las necesidades de un nuevo período histórico —que se abrió entre finales de siglo XX y comienzos del siglo XXI— y la necesidad de refundar un programa socialista enfrentado con las crisis históricas combinadas del capitalismo y del medio ambiente.

 

Enfrentado a tales desafíos, el NPA se afirma a sí mismo como partido revolucionario preferiblemente en el sentido dado por Ernest Mandel:

 

¿Qué es revolución? Una revolución es el derrocamiento, en un corto período de tiempo, de las estructuras económicas y/o del poder político, por la acción tumultuosa de las grandes masas. Es también la transformación abrupta de la gran mayoría de la gente desde un objeto más o menos pasivo en un actor decisivo de la vida política. Una revolución nace cuando las masas deciden ponerle fin a las condiciones de existencia que les parecen intolerables. Ella, por lo tanto, siempre expresa una grave crisis de una determinada sociedad. Esta crisis tiene sus raíces en una crisis de las estructuras de dominación. Pero también expresa una pérdida de legitimidad de los gobiernos y una pérdida de paciencia por parte de grandes sectores de la población.8

 

Las revoluciones son, al final, inevitables —las verdaderas locomotoras del progreso histórico— precisamente porque la dominación de una clase no puede ser eliminada por la vía de las reformas. Las reformas a lo sumo pueden suavizarla, no suprimirla. La esclavitud no fue abolida por reformas. La monarquía absolutista del régimen antiguo no fue abolida por reformas. Las revoluciones fueron necesarias para eliminarlas.

 

Es verdad que esta definición es más general que la estratégica, incluso que la política y militar, que proveyó el marco de los debates de los setenta, las cuales en ese tiempo estaban iluminadas por las crisis revolucionarias del siglo XX.

 

Los partidos anticapitalistas como el NPA son “revolucionarios” en el sentido de que quieren poner fin al capitalismo —“el derrocamiento radical de las estructuras económicas y políticas (esto es, estructuras estatales) de poder”— y la construcción de una sociedad socialista implica revoluciones donde los de abajo echan a los de arriba y “toman el poder para cambiar el mundo”.

 

Tienen un programa estratégico y delimitaciones pero éstas no son completas. Recordemos que Lenin, incluso contra parte de la dirección del Partido Bolchevique, cambió o modificó sustancialmente su marco estratégico en abril de 1917, en el medio de una crisis revolucionaria. Él pasó de llamar a la “dictadura democrática de los trabajadores y campesinos” a la necesidad de una revolución socialista y el poder de los soviets. Ciertamente Lenin había consolidado a través de los años un partido basado en el objetivo de derrocar al zarismo, en la negativa de cualquier alianza con los burgueses democráticos y en la independencia de las fuerzas de la clase trabajadora aliada con el campesinado. Y esta fase preparatoria fue decisiva. Pero muchas cuestiones fueron decididas en la misma marcha del proceso revolucionario.

 

Muchas cosas han cambiado desde el período de después de mayo de 1968 y más generalmente si comparamos el período histórico completo marcado por el poder decisorio de la Revolución Rusa. Han pasado más de 30 años desde que los países capitalistas avanzados experimentaron situaciones revolucionarias o prerrevolucionarias. Estos ejemplos que usamos están basados en revoluciones del pasado. Pero, una vez más, no sabemos cómo serán las revoluciones del siglo XXI. Las nuevas generaciones aprenderán mucho de la experiencia y muchas preguntas permanecerán abiertas.

 

Lo que podemos y debemos hacer es basar sólidamente los partidos que construimos en un conjunto de fuertes referencias, extraídas de la experiencia y de las intervenciones de años recientes, las cuales constituyen una fundación programática y estratégica. Recordémoslas: un programa anticapitalista de transición que combine demandas inmediatas y demandas de transición: redistribución de la riqueza, desafío a la propiedad capitalista, apropiación social de la economía, unidad de clase e independencia, rotura con la economía y las instituciones centrales del Estado capitalista, el rechazo a cualquier política de colaboración de clase, tomar en cuenta la perspectiva eco-socialista, la transformación revolucionaria de la sociedad…

 

Debates recientes nos han llevado a hacer más precisas nuestras concepciones de la violencia. Hemos reafirmado que “no han sido violentas las revoluciones, sino las contra-revoluciones”, como en el Estado español en 1936 ó en Chile en 1973, cuando el uso de la violencia intentó proteger un proceso revolucionario contra la violencia de las clases dominantes.

 

Así que ¿en qué medida el nuevo partido constituye un cambio comparado con la LCR? Debe ser un partido más amplio que la LCR, un partido que no incorpore la historia entera del trotskismo y que tenga la ambición de hacer posible nuevas síntesis revolucionarias, un partido que no se reduzca a la unidad de los revolucionarios, un partido en diálogo con millones de trabajadores y jóvenes, un partido que traduzca sus referencias programáticas fundamentales en explicaciones populares, agitación y fórmulas. Desde este punto de vista, las campañas de Olivier Besancenot9 constituyen un formidable punto de partida. Debe también ser un partido capaz de llevar a cabo extensos y variados debates acerca de las cuestiones fundamentales que afectan a la sociedad: la crisis del capitalismo, el calentamiento global, la bioética, etc. Un partido de activistas y simpatizantes que haga posible integrar a miles de jóvenes y trabajadores con su experiencia social y política, preservando su vínculo con el pasado del que vienen. Un partido pluralista que reúna a un conjunto de corrientes anticapitalistas diferentes.

 

No queremos una segunda LCR o una versión más grande y amplia de la misma. Para tener éxito en la apuesta que estamos llevando a cabo, el nuevo partido debe representar una nueva realidad política, siguiendo la tradición del movimiento revolucionario y contribuyendo a inventar las revoluciones y el socialismo del siglo XXI.

Evitad tentaciones reformistas: ¡construid un partido anticapitalista!

 

A propósito de estas delimitaciones, Callinicos se mantiene escéptico: “La solución de la LCR al problema parece ser instalar una especie de bloqueo de seguridad programático: compromiso con el anticapitalismo y oposición a los gobiernos de centro-izquierda. Pero es difícil que esto funcione: cuanto más exitoso el NPA, más cerca estará de caer bajo presiones y tentaciones reformistas.”

 

¿Por qué tanto fatalismo? ¿Por qué habría de conducir automáticamente el desarrollo del NPA a tentaciones reformistas? Desde este punto de vista es necesario considerar la diferencia entre un “sindicalismo espontáneo”10, por recoger la fórmula de Lenin, y el reformismo como proyecto político y organización, e incluso como aparato. Este “sindicalismo espontáneo”, aunque puede formar un ambiente favorable a las ideas reformistas, puede también, enfrentado al realineamiento creciente de los aparatos reformistas a las políticas capitalistas, moverse hacia posiciones anticapitalistas radicales, incluso revolucionarias, especialmente cuando el sistema capitalista está alcanzando sus límites históricos. Es lógico, si construimos un partido popular, pluralista, amplio y abierto, que este partido caiga bajo todo tipo de presiones. Si no lo hiciera, sería muy raro. ¿Pero por qué estas presiones se cristalizarían en posiciones reformistas? Hay y puede haber una tensión entre el carácter anticapitalista del nuevo partido y el hecho de que los trabajadores, los jóvenes, e incluso un conjunto de personalidades, se unan al partido simplemente porque buscan un partido de izquierda de verdad, empezando en particular por las intervenciones de Olivier Besancenot.

 

Estos nuevos miembros de hecho pueden estar llenos de combatividad y llenos de ilusiones. Este es el caso de cada partido de masas, incluso de los que están en minoría. Ahí es cuando es necesario discutir y educar. Eso implica más aún la necesidad de una fuerte contención a las respuestas políticas del NPA y el cuidadoso mantenimiento del carácter radical y la independencia del partido.

 

De la misma forma, si estos partidos quieren jugar un rol en la reorganización de los movimientos sociales, deben ser pluralistas. Muchas sensibilidades deben encontrar su lugar, incluyendo a los activistas y las corrientes “consistentemente reformistas”, pero no quiere decir que automáticamente el problema esté planteado en términos de que deban darse luchas entre la corriente revolucionaria y las corrientes reformistas cristalizadas. La cuestión clave es que todas las corrientes y activistas del NPA, más allá de su posición acerca de “reforma o revolución”, pongan la lucha de clases en el centro y subordinen sus posiciones en las instituciones representativas de las luchas.

 

Por supuesto, no podemos dejar de lado la hipótesis de una confrontación entre reformistas y revolucionarios. Pero no es muy probable, con las delimitaciones políticas presentes del NPA, que las corrientes reformistas burocráticas se unan o se formen. En una primera fase histórica de construir el partido el rol de los revolucionarios es hacer todo lo posible para que el proceso de constitución dé realmente nacimiento a una nueva realidad política. Esto implica que los revolucionarios eviten proyectar los debates de la antigua organización revolucionaria dentro del nuevo partido. Tan pronto como el NPA despegue, habrá, por supuesto, discusiones, diferenciaciones, corrientes. Quizás ciertos debates se corresponderán a la separación que hay entre perspectivas revolucionarias y el reformismo más o menos consecuente. Pero incluso en estos casos, el debate no tomará la forma de una batalla política oponiendose un bloque reformista burocrático a los revolucionarios. Las cosas serán más mezcladas, dependiendo de la experiencia del propio partido naciente.

 

¿Una corriente revolucionaria en el NPA?

Aquí tampoco hay modelo. En muchos partidos anticapitalistas hay una o más corrientes revolucionarias, cuando estos partidos son de hecho frentes o federaciones de corrientes. Este es el caso de los militantes de la Cuarta Internacional en Brasil en la corriente Enlace11. Sin organizarse ellos mismos como corrientes políticas relacionadas a la vida política de estos partidos, ciertas secciones de la Cuarta Internacional pueden estar organizadas a través de asociaciones ideológicas o sensibilidades. Este es, por ejemplo, el caso de la Asociación Política Socialista Revolucionaria dentro del Bloque de Izquierda en Portugal, o el caso del Partido Socialista de los Trabajadores (Socialistisk Arbejderparti) dentro de la Alianza Roja-Verde en Dinamarca. También podemos encontrar este tipo de corriente en otras organizaciones más amplias o partidos. Este esquema no funciona para el NPA.

 

Hay razones fundamentales para ello. Primero, y fundamentalmente, hay un carácter anticapitalista y revolucionario del NPA, en el sentido amplio, y una identidad general de puntos de vista entre las posiciones de la LCR y las del NPA. Hay y habrá diferencias políticas entre LCR y NPA, con una heterogeneidad y diversidad de posiciones mayor dentro de este último, pero las bases políticas bajo discusión para el congreso fundacional del nuevo partido ya muestran convergencias políticas entre la exLCR y el futuro NPA.

 

También, incluso aunque el NPA ya constituye otra realidad distinta a la de la LCR, incluso aunque sea la posible amalgama de un pluralismo anticapitalista, no está justificado hoy en día construir una corriente revolucionaria separada en el NPA.

 

Hay también una relación específica entre la ex-LCR y el NPA. La ex-LCR representa sólo una organización nacional tomando parte en la constitución del NPA. Hay otras corrientes, como una fracción de Lutte Ouvrière, Gauche Révolutionnaire, activistas comunistas y libertarios, pero desafortunadamente no hay, en esta etapa, organizaciones de un peso equivalente al de la LCR. Si ese hubiera sido el caso, el problema se plantearía en términos diferentes. En la presente relación de fuerzas, la organización separada de la ex-LCR en el NPA bloquearía el proceso de construir el nuevo partido. Instalaría un sistema de muñecas rusas el cual sólo crearía desconfianza y disfuncionalidad.

 

Finalmente, el NPA no viene de la nada. Es el resultado de una gran experiencia de miembros de la ex-LCR y también de miles de otros que han forjando su opinión en la batalla por la defensa de su independencia respecto al social-liberalismo y el reformismo.

 

Hay, por tanto, una sinergia militante dentro del NPA, donde las posiciones revolucionarias se conectan con otras posiciones políticas de orígenes diferentes, otras historias y otras experiencias. Sólo nuevos desafíos políticos conducirán a nuevos agrupamientos dentro del NPA, no las anexiones políticas previas.

Es una apuesta sin precedentes en la historia del movimiento revolucionario de los trabajadores, pero el juego vale la pena.

 

Avanzaremos sobre la experiencia...

 

Referencias

Callinicos, Alex, 2008, “¿Hacia dónde va la izquierda radical?” (“Where is the Radical Left Going?”), International Socialism 120 (otoño 2008), www.isj.org.uk/?id=484

Rees, John, 2001, “Anticapitalismo, reformismo y socialismo” (“Anti-capitalism, Reformism and Socialism”), International Socialism 90 (primavera 2001), http://pubs.socialistreviewindex.org.uk/isj90/rees.htm

Notas

 

1 Artículo publicado en International Socialism Journal número 121, invierno de 2009.

2 Por ejemplo, la conferencia “Mayo 1968-2008” llevada a cabo en París en 2009.

3 Rees, 2001, p32.

4 Los “colectivos” fueron los cuerpos que condujeron la exitosa campaña del No en el referéndum francés acerca de la Constitución Europea en 2005.

5 La agrupación internacional de la cual es miembro el SWP.

6 Fausto Bertinotti condujo a Rifondazione a una coalición desastrosa con la centro-izquierda en Italia.

7 El Partido Democrático es un agrupamiento de corrientes de centro-izquierda formado en 2007.

8 Ernest Mandel, “¿Por qué somos revolucionarios hoy?” (“Why are we Revolutionaries Today?”), La Gauche, 10 de enero 1989.

9 El candidato de la LCR en las recientes elecciones presidenciales y su figura más conocida.

10 Lenin usaba esta frase para evocar la reacción sindical espontánea de los trabajadores que querían defender condiciones laborales.

11 Una corriente dentro del brasileño Partido Socialismo y Libertad (Partido Socialismo e Liberdade).

 

 

La izquierda radical: una mezcla más rica

 

Panos Garganas

 

En un artículo del número pasado de International Socialism, Alex Callinicos tomó parte de un debate sobre el futuro de la izquierda radical y los pasos que debería dar. Esto es muy importante. Es crucial por la necesidad y la posibilidad que tenemos de construir una izquierda radical que evite los peligros del sectarismo, por una parte, y del oportunismo, por otra. Podemos ver estos problemas cuando intentamos comprender los problemas que surgieron tras las crisis en las que se vieron sumergidas Rifondazione Comunista de Italia y Respect de Gran Bretaña.

 

¿Es posible lidiar con las tensiones de izquierda y derecha que existen dentro de estos movimientos de una manera efectiva? ¿Y cómo? No existen realmente recetas y, además, necesitamos resolver estas cuestiones de manera urgente y precisa.

 

Una forma de enfrentar esta tarea es a través de una perspectiva amplia. La izquierda radical actual viene de un largo camino previo. Es el resultado de varias olas de radicalización que tiene sus raíces, al menos en Europa, en el giro de la izquierda, cuando, a mitad de los años 90, la socialdemocracia reemplazó a gobiernos de derecha, como los de Helmut Kohl en Alemania y Silvio Berlusconi en Italia, además de en otros países del continente. En esos momentos mucha gente de la izquierda argumentó que esto no significaba un cambio significativo, que, por ejemplo, Tony Blair ganó con un programa no muy diferente al de Margaret Thatcher. Pero algunos alegamos que existía un mayor dinamismo de la izquierda y que esto alimentaría una pronunciada radicalización cuando la gente experimentara las políticas de los gobiernos de centro-izquierda. Este largo proceso fue acentuado por los acontecimientos de Génova, Seattle, Florencia y, asimismo, por las movilizaciones antiguerra del 15 de febrero de 2003 por todo el mundo. Ésos son los elementos que nosotros tenemos que tener presentes para comprender las dimensiones y las características de la izquierda radical hoy.

 

Alex quizá es demasiado restrictivo cuando escribe que las personas que abandonan el social-liberalismo hoy parecen buscar “una versión más genuina del reformismo que lo que le ofrecen sus partidos”. Eso puede ser cierto en los casos de Oskar Lafontaine en Alemania y George Galloway en Reino Unido, pero no necesariamente una generalización aplicable a todos los países y a toda la gente que forma parte de la izquierda radical. En las circunstancias actuales secciones enteras de la nueva clase trabajadora no han tenido la experiencia del reformismo tradicional del pasado. La gente joven puede estar más influenciada por el autonomismo que por las ideas reformistas. Además de todo esto, la última crisis del capitalismo afecta a la radicalización incluso de sectores que hasta ahora han mostrado reservas a alternativas que rompan no sólo con el neoliberalismo, sino con el capitalismo. Nosotros tenemos la visión de organizaciones híbridas que incluyan elementos reformistas y revolucionarios, pero la mezcla puede ser más rica que lo expresado en el artículo de Alex.

 

Una mezcla de una dinámica más mixta no excluye la existencia de tensiones entre elementos más a la izquierda y más a la derecha. Eso queda claramente reflejado en la experiencia italiana. La crisis en Rifondazione no fue simplemente una respuesta inadecuada a los retos del movimiento. Los problemas en el mismo movimiento resultaron de las acciones demasiadas reformistas que realizaron en el seno de los movimientos antiguerra y huelguísticos italianos.

 

Rifondazione y el Partido de la Izquierda Europea buscaron la manera de moderar la actividad antiguerra del Foro Social Europeo y las respuestas anticapitalistas que rebasasen los límites estrictamente antineoliberales. Ellos no estaban preparados para el éxito del movimiento y fueron demasiado tímidos a la hora de desarrollar una política lógica adaptada a su dinamismo. La demanda de que la izquierda radical debería ser anticapitalista es una conclusión sacada de esta experiencia. En la izquierda radical es necesaria la mezcla de reformistas y revolucionarios, donde los revolucionarios ejerzamos la mayor influencia posible.

 

¿Cómo podemos lograr este balance? La Liga Comunista Revolucionaria (LCR) está decidida a rechazar su participación en gobiernos de centro izquierda. La experiencia italiana fue un shock para la izquierda radical de toda Europa. Olivier Besancenot, miembro de la LCR, goza de gran popularidad precisamente porque ofrece la posibilidad de que no se repetirán los desastres de los gobiernos de coalición encabezados por Lionel Jospin en Francia o Romano Prodi en Italia.

 

Alex tiene razón cuando escribe que la distinción entre anticapitalismo y antineoliberalismo y la no participación en los gobiernos de centro izquierda no son “fórmulas mágicas”. Incluso las “21 condiciones”2 de la Comintern no eran una garantía contra las corrientes oportunistas. Pero, ¿quién discute que las 21 condiciones no eran un paso en la dirección correcta? Como revolucionarios tenemos que plantear la exigencia de que la izquierda radical se desplace hacia el anticapitalismo y la oposición a los gobiernos de centro-izquierda hoy.

 

El error en el que puede caer la LCR es liquidar su organización cuando se den estas condiciones adecuadas. Incluso dentro de la izquierda radical es necesario mantener una organización revolucionaria como fuente educativa y de iniciativas políticas para impulsar al resto de la izquierda hacia adelante. Incluso una disolución de la LCR puede ser una muestra de un falso pluralismo que pone todas las tradiciones de la izquierda radical al mismo nivel.

 

La idea de que las disputas entre reformistas de izquierda, anarquistas, trotskistas, maoístas o estalinistas son cosa del pasado y que la izquierda radical puede empezar de nuevo ignorando las diferencias ideológicas para seguir con los debates actuales parece más propia del liberalismo que del marxismo. La izquierda radical ha pagado un alto precio porque tales ideas predominaron en Rifondazione. Deberíamos aconsejar a los compañeros y las compañeras de Rifondazione que no caigan en tales errores.

 

En Grecia existe una gran conciencia de todos estos problemas de la izquierda. Grecia es un país donde la crisis de la izquierda radical tras los 70 fue más suave y la izquierda transformadora incluso sobrevivió en los momentos más dificultosos. En 1993, la combinación del voto del Partido Comunista (PC) y Synaspismos3 fue del 7,5%. En 1996, cuando los “Blair” griegos se apoderaron del partido socialdemócrata PASOK, se produjo una ruptura a su izquierda llamada Dikki, formación que consiguió alrededor de un 3% de los votos.

 

El PC y el Dikki formaron alianzas en numerosas ocasiones, de las cuales la más exitosa fue en 1999, durante el movimiento antiguerra contra el bombardeo de Belgrado y la intervención de la OTAN en Kosovo. El voto combinado de la izquierda ese año en las elecciones europeas rozó el 20%. Pero el Dikki se limitaba demasiado a la labor electoral y era demasiado dependiente de su líder Dimitri Tsovolas. Cuando la fortuna electoral del Dikki se acabó y dejó de tener representación parlamentaria, Tsovolas abandonó el partido y el PC adoptó una visión profundamente sectaria. Mientras tanto, Synaspismos tuvo dificultades para desmarcarse del neoliberalismo.

 

Durante los 35 años desde el colapso de la Junta Militar Griega, la izquierda de la izquierda parlamentaria ha existido como una fuerza que no ha sido lo suficientemente potente para atraer no a una, sino a dos escisiones de las organizaciones juveniles reformistas: la izquierda de las juventudes de los Eurocomunistas en 1979 y de las juventudes del PC en 1989, que formaron el NAR. Dentro de su contexto, el SEK4, nuestra organización socialista revolucionaria, ha estado intentando reagrupar a la izquierda radical luchando de forma combinada contra el sectarismo y el reformismo.

 

En 2007 el SEK se unió a la Izquierda Anticapitalista Unida (Enantia) junto a otras 4 organizaciones, incluida la organización hermana de la LCR en Grecia. Ahora Enantia está en proceso de debate sobre la unidad de intervención con la alianza de izquierdas Mera, la cual está liderada por el NAR. En los próximos meses podremos ver una nueva izquierda anticapitalista no sólo en Francia, sino también en Grecia.

Notas

 

1 Artículo publicado en International Socialism Journal número 121, invierno de 2009.

2 Las “21 condiciones” fueron las condiciones puestas por Lenin y los bolcheviques para evitar la entrada de los elementos reformistas a la Tercera Internacional (el Comintern) establecida en 1919.

3 Se trata de una organización de la izquierda reformista griega, parecida a Izquierda Unida en sus inicios

4 El SEK (Socialistiko Ergatiko Komma, Partido Socialista de los Trabajadores) es la organización hermana de En Lucha en Grecia. Cuenta con una fuerte implantación desde hace más de dos décadas.

 

 

Caminos revolucionarios: una respuesta a Panos Garganas y François Sabado

 

Alex Callinicos

 

Las respuestas que elaboraron Panos Garganas y François Sabado a mi artículo “¿Hacia dónde va la izquierda radical?”, publicadas en el número anterior de International Socialism, son muy bienvenidas2. Como sus artículos atestiguan, la situación de la izquierda radical en Europa es muy diversa. Y aunque tengo desacuerdos con algunas de las cosas que ambos dicen, estas diferencias son menores.

 

Desde el Socialist Workers Party (SWP) vemos con entusiasmo el Nuevo Partido Anticapitalista (Nouveau Parti Anticapitaliste, NPA), en cuyo lanzamiento Sabado y sus camaradas de la ahora disuelta Liga Comunista Revolucionaria (LCR) han jugado un papel central. También reconozco la significación del reagrupamiento que están construyendo conjuntamente en Grecia el Partido Socialista de los Trabajadores (SEK, en sus siglas en griego) y las otras organizaciones de la izquierda radical aliadas en el Frente Anticapitalista (Enantia) con la Nueva Corriente de Izquierda (NAR), la escisión más reciente e importante del Partido Comunista. También expreso mis desacuerdos con bastante humildad: las recientes experiencias desastrosas de la izquierda radical en Gran Bretaña no sugieren precisamente que ninguno de los participantes de estas catástrofes le de lecciones a sus camaradas de otros lugares del continente. Como es evidente, el debate y el desarrollo concreto del NPA han cambiado mi propia posición.

¿Un nuevo partido modelo?

 

El punto más importante que surgió de la discusión es que el término general “formaciones de izquierda radical” encapsula dos tipos diferentes de organización, aunque ambas sean un producto de la radicalización de la pasada década. En estos contextos, el nivel de la lucha de clases y las tradiciones políticas de la izquierda hacen posible que las y los marxistas revolucionarios se unan con otra gente que se considera revolucionaria en formaciones nuevas y más grandes. Hasta ahora, el único ejemplo de este proceso lo constituye el NPA, cuyos principios fundacionales, como veremos más adelante, son revolucionarios en un sentido amplio. Luego encontramos otros casos donde la ruptura más importante la representan las fuerzas que rechazan el social-liberalismo pero que no han roto con el reformismo (Die Linke en Alemania, el Partito della Rifondazione Comunista, PRC, en Italia, tanto bajo su antigua dirección como con la actual, Synaspismos en Grecia y algunos elementos del Bloque de Izquierda en Portugal).

 

Ambos, Garganas y Sabado, argumentan que los proyectos de la izquierda radical deberían seguir el primer modelo, basándose en una plataforma claramente anticapitalista, en lugar de en una plataforma “antineoliberal” que se centre en el neoliberalismo y no en el propio sistema capitalista. Por un lado, lo justifican señalando las experiencias negativas de las coaliciones de centroizquierda, como el gobierno plural de izquierdas en Francia entre 1997 y 2001 y el gobierno de Prodi en Italia de 2006 a 2008. Garganas también argumenta que secciones significativas de los y las trabajadoras y de la gente joven no se sienten atraídos por el “reformismo tradicional del pasado”3.

 

Lo que me parece válido de estos argumentos se desprende de los diferentes caminos tomados por la lucha de clases y por el movimiento obrero en varias partes de Europa. Francia y Grecia son los estados europeos que han visto las luchas sociales más intensas en las décadas recientes. De hecho, en Grecia éstas han sido tan sostenidas y con tanto coraje (pensad en la enorme ola de revueltas de jóvenes que sacudió el país en diciembre de 2008) como para crear, en términos relativos, la izquierda radical más grande de Europa. Además, se trata de dos sociedades con tradiciones comunistas muy fuertes, donde la socialdemocracia sólo ha podido establecerse exitosamente como fuerza dominante en las décadas recientes y de manera frágil e inestable. En estas condiciones, tratar de construir partidos de izquierda radical con un programa anticapitalista tiene todo el sentido del mundo.

 

Sin embargo, sigue siendo cierto que estos partidos todavía deben debatirse con el problema del reformismo. Una de las lecciones principales de la historia del movimiento obrero es que el desarrollo de la lucha de clases, al empujar a nuevas capas de trabajadores hacia la actividad consciente de clase, tiende a expandir la base de apoyo de las políticas reformistas, ya que reivindicar cambios en el sistema existente parece, inicialmente al menos, una opción intermedia muy atractiva entre la resignación pasiva ante el status quo y la revolución sin cortapisas. Por lo tanto, si consideramos las grandes experiencias revolucionarias del siglo pasado, tenemos que la clase trabajadora rusa, tras derrocar al zarismo, gravitó primero hacia los mencheviques y los socialistas revolucionarios, no hacia los bolcheviques. En Alemania, gracias a la arraigada experiencia del reformismo y la debilidad relativa de la izquierda radical, los socialdemócratas y los socialistas independientes fueron quienes más se reforzaron con la revolución de noviembre de 1918. Estas experiencias tampoco están confinadas a los países imperialistas. Consideremos cómo el Partido de los Trabajadores de Brasil, que los camaradas de Sabado de la Cuarta Internacional ayudaron a construir con la idea de que no era una organización reformista, se convirtió, bajo la presidencia de Lula, en un pilar del social-liberalismo.

 

Estas experiencias históricas no implican la conclusión fatalista de que la gran masa de trabajadores nunca romperá con el reformismo. Al contrario, los bolcheviques lograron, en el espacio de unos pocos meses, un apoyo mayoritario entre la clase trabajadora, y los comunistas alemanes fueron capaces de ganarse a la mayoría de los socialistas independientes y construir un partido obrero de masas. De cualquier modo, estos casos muestran cómo el reformismo también es un problema estratégico para partidos revolucionarios mucho más grandes y socialmente implantados que el NPA, el SEK o el SWP.

 

Una fuerza motriz muy importante para el desarrollo de nuevos partidos de izquierda radical tiene que ver con el social-liberalismo. Después de Tony Blair, Lionel Jospin, Gerhard Schröder y Romano Prodi, gran cantidad de trabajadores y jóvenes están buscando más allá de la “vieja casa” de la socialdemocracia. Pero de ahí no se desprende que hayan roto con el reformismo como tal. De hecho, el lazo entre gobiernos de centro-izquierda y el neoliberalismo ha sido tan fuerte que algunas tendencias de la extrema izquierda (el Comité por una Internacional de los Trabajadores, por ejemplo) argumentan que el Partido Laborista británico, el Partido Socialdemócrata Alemán, el Partido Socialista Francés y otros similares ya no se pueden considerar como partidos reformistas. Yo pienso que esta visión es errónea: más que nada porque ignora el hecho de que grandes secciones de la clase trabajadora continúan votando por estos partidos, en parte por hábito, y en parte por miedo a políticas neoliberales todavía más duras de los partidos burgueses tradicionales. Pero el brusco desplazamiento a la derecha de la socialdemocracia ortodoxa —le dé más o menos legitimidad a esta visión— genera a la izquierda de estos partidos un gran espacio ideológicamente diverso y abierto a varias corrientes políticas.4

 

Debería añadirse que la tradición marxista revolucionaria, que tanto la Cuarta Internacional como la Tendencia Socialista Internacional han intentado continuar, no es precisamente una fuerza de masas en este momento. Sabado dice que esto se debe a que “han pasado ya más de 30 años desde que los países capitalistas avanzados experimentaran situaciones revolucionarias o prerrevolucionarias”.5 Eso es verdad. También es verdad que, sean cuales sean los logros que la LCR o el SWP puedan reclamar, no hemos liderado luchas obreras de masas de ningún tipo, y menos todavía (como sí lideraron los bolcheviques) una revolución socialista exitosa. No hay ninguna razón para liquidar la tradición marxista revolucionaria, pero sí implica que no podemos esperar en el corto plazo un reagrupamiento de la izquierda radical bajo una plataforma que simplemente reproduzca las concepciones estratégicas desarrolladas por los marxistas revolucionarios. Eso no quiere decir que estas concepciones sean irrelevantes, asunto que trataré más adelante.

 

¿Qué significa esto concretamente? La situación en Francia ha permitido que Sabado y sus camaradas promuevan un partido tres veces más grande que la LCR, cuyo programa —aunque en algunos aspectos es estratégicamente abierto— llama de forma explícita a romper revolucionariamente con el capitalismo. Las condiciones son distintas en otros lugares. Así, en Gran Bretaña y en Alemania tenemos unos movimientos obreros en los que la socialdemocracia ha estado profundamente arraigada, hasta el punto de que generalmente asumimos que ambos son idénticos. Por eso el empuje del Die Linke en Alemania representa un desarrollo tan histórico. Sabado reconoce que es “un paso adelante para el movimiento obrero” en Alemania,6 aunque lo reconoce con recelo y prefiere acentuar los aspectos negativos, resaltando el carácter “reformista de izquierda” del proyecto, el peso del ex estalinista PDS dentro del Die Linke, etc.

 

Todo esto es cierto; pero ignora el hecho fundamental de que, por primera vez en décadas, el declive de la socialdemocracia ha producido una fractura tan seria a la izquierda. Por supuesto, las políticas del Die Linke son reformistas de izquierda: ¿qué otra cosa podía darse dado el balance de fuerzas en Alemania? En cualquier otro lugar el proceso de descomposición está tan avanzado que tales divisiones son poco probables. Como hacía notar en mi artículo original, éste es el problema con el que estamos lidiando en Reino Unido. La debilidad histórica, crónica, de la izquierda laborista no importaría tanto si sus ideas todavía no las apoyaran millones de personas (como indica la inmensa popularidad que Tony Benn disfruta bien entrado en sus ochenta años).

 

La continuada influencia del reformismo nos ata de diferentes maneras. Respect acabó sentenciada en última instancia debido a su fracaso a la hora de crear una fractura decisiva en el Partido Laborista. Pero, incluso así, el laborismo siguió cayendo en picado. Si, en las negociaciones que condujeron a la formación de Respect allá por el 2003-2004, el SWP hubiera insistido en crear el tipo de plataforma anticapitalista liderada por Garganas y Sabado, el proyecto todavía estaría recién nacido (o nos habría dejado de lado). De todas formas, ya era suficientemente difícil incluir la palabra “socialismo” en el nombre de la coalición (a través de las siglas que conforman la palabra “Respect”). ¿Estábamos equivocados al seguir adelante con una plataforma más laxa de oposición al neoliberalismo, el racismo y la guerra? En absoluto: más allá del resultado final, estuvo bien haberlo intentado. Pero los seres humanos no hacen historia en las circunstancias que ellos eligen, y un partido explícitamente anticapitalista no estaba en la agenda por ese entonces en Reino Unido.

 

De forma similar, tampoco está en la agenda actual de Alemania. ¿Eso quiere decir que nuestros camaradas de Marx21 están equivocados al lanzarse entusiastamente a la construcción del Die Linke? De nuevo: en absoluto. Están en lo correcto al tratar de desarrollar el Die Linke de la forma más militante y dinámica posible. Sabado le lanza un golpe bajo a Marx21 al acusarle de “relativizar la crítica a las políticas de la dirección del Die Linke acerca de la cuestión de la participación en gobiernos con el SPD”.7 Afortunadamente, está distorsionando la situación real. Nuestros compañeros y compañeras han tomado una posición de principios al oponerse a la participación en gobiernos de centro-izquierda. Pero se negaron a permitir que, antes de la formación del Die Linke, la política errónea del PDS de participar en gobiernos estatales social-liberales en Berlín y en otros lugares se utilizara como pretexto, como hizo, por ejemplo, el grupo local del Comité por una Internacional de los Trabajadores, para intentar evitar la creación del nuevo partido. ¿Estaban equivocados en eso? ¿Habría sido mejor si no hubiera tenido lugar lo que Sabado reconoce como un “paso adelante”? Una vez más, la pregunta se responde por sí misma.

 

Incluso cuando las circunstancias permiten la formación de un partido con una base programática más fuerte, el problema del reformismo no desaparece. Sabado menciona el caso de Jean-Luc Mélenchon, un líder de la izquierda del Partido Socialista Francés (PS) y una figura clave en la campaña contra el Tratado de la Constitución Europea en el referéndum de 2005, que ahora ha roto con el PS con el objetivo de crear un “Die Linke francés”. Sabado pregunta: “¿Deberíamos apoyarlo y sumarnos a sus propuestas y proyectos de alianzas con el Partido Comunista Francés, que mantiene la perspectiva de gobernar mañana –con el PS?”.8 Por supuesto que no. El balance de fuerzas en Francia permite que la izquierda anticapitalista se relacione con Mélenchon desde una posición de relativa fuerza. No obstante, más allá de eso, su ruptura con el PS es muy significativa, al poner de manifiesto tanto el desorden de la izquierda reformista en Francia ante la victoria de Nicolás Sarkozy en las elecciones presidenciales de 2007 como el atractivo poder del NPA encarnado por Olivier Besancenot.

 

El desarrollo del NPA puede generar más escisiones, no sólo en el PS sino también en el Partido Comunista. El NPA tendrá que saber cómo relacionarse con estos procesos de una forma que vaya más allá de ofrecer la opción de unirse al partido o de colaborar en los frentes unitarios “clásicos” sobre temas específicos. Para todo el alboroto que ha generado, el NPA será una fuerza bastante pequeña (aunque significativamente más grande que la LCR) en la escena política francesa y el movimiento obrero. Eso limitará su capacidad de liderazgo ante un incremento de las luchas sociales. Dado el enorme potencial que tiene el NPA, resultará necesaria la voluntad de intervenir en un campo político más amplio y a veces establecer alianzas con otras fuerzas políticas, algunas de las cuales, en esencia, serán reformistas. Dicho esto, creo que el congreso fundacional del NPA probablemente estuvo en lo correcto al rechazar un pacto electoral con Mélenchon en las elecciones parlamentarias europeas de junio de 2009. El NPA es la fuerza más grande y es importante que demuestre y construya su potencial electoral independiente tan pronto como sea posible.

 

Sin embargo, hay un peligro implícito en la argumentación de Sabado y a veces explícito en la de otros compañeros de la ex-LCR y secciones de la Cuarta Internacional, cuando comentan que el NPA debería servir como modelo general. Esto se ha visto fomentado por la actitud de desdén de Sabado hacia lo que hacen las fuerzas que hay inmediatamente a su derecha. De este modo, le echa las culpas de la derrota de las fuerzas aliadas con Fausto Bertinotti, el antiguo secretario general del PRC y arquitecto de su desastrosa participación en el gobierno de Prodi, al último congreso del partido. Dudo que esto le sirva de alguna ayuda a Siniestra Crítica, la escisión de izquierda del PRC liderada por miembros de la Cuarta Internacional. Podría serlo si la perspectiva correcta para Sinistra Crítica pasara por construir un grupo revolucionario fuerte de propaganda que necesitara vacunarse a sí mismo ante las presiones de las fuerzas más grandes a su derecha. Pero si Sinistra Crítica pretende actuar como un catalizador del desarrollo de una izquierda radical más fuerte en Italia, necesita prestar mucha atención y relacionarse con lo que está pasando dentro del PRC. Es sorprendente que Sabado apenas mencione al Bloque de Izquierda en Portugal, que (más allá de la importancia de los miembros de la Cuarta Internacional dentro de su liderazgo) está siguiendo un enfoque totalmente distinto al del NPA, como se refleja en su participación dentro del Partido de Izquierda Europeo, fundado por Bertinotti y ahora dominado por Die Linke.

 

La variedad de circunstancias que enfrentamos en Europa convierte en un error el considerar a cualquier partido como un modelo general. Fue un error para el liderazgo del Partido Socialista Escocés ofrecerse a sí mismo como modelo y un error cuando contrapusimos a Respect como un modelo alternativo. El NPA tiene, en mi opinión, un futuro mucho más prometedor por delante, pero en este caso también sería un error evocar un modelo general. Al insistir en la importancia de las circunstancias específicas, no estoy cayendo en ninguna especie de pragmatismo nacional. No. Todos nosotros actuamos en el contexto de un campo común de problemáticas que nos permite dibujar comparaciones para aprender unos de otros. Además, compartimos el objetivo de construir grandes partidos revolucionarios. Pero todavía resulta necesario abordar un análisis concreto de la situación específica de los diferentes países.

Las y los revolucionarios y la izquierda radical

 

Esto nos remite a la famosa fórmula, acuñada por John Rees, de que los partidos de izquierda radical deberían considerarse como “frentes unitarios de un tipo especial”. Sabado rechaza esta fórmula, y quedó claro en los debates que tuvo el SWP sobre las lecciones de la debacle de Respect que a muchos miembros del SWP tampoco les gusta. De hecho la fórmula es una analogía, lo que implica comparar cosas que son diferentes pero que comparten similitudes importantes. Un partido de la izquierda radical no es como un frente unitario “clásico” porque se basa en un programa amplio y no en un tema específico. La Stop de War Coalition está dirigida contra la guerra al terrorismo, no contra las guerras en general, ni mucho menos contra el sistema capitalista que las genera. Respect, por el contrario, buscaba conectar dicha guerra con toda una gama de temas diversos y pretendía conseguir apoyo electoral sobre la base de un programa político que los enfrentara.

 

Pero un partido de la izquierda radical sí que es como un frente unitario de tipo clásico en el sentido de que une a fuerzas políticamente heterogéneas. Esto es en parte una consecuencia del carácter relativamente abierto de los programas de tales partidos, lo que generalmente suaviza las alternativas entre reforma o revolución (aunque no sea el caso del NPA). Sin embargo, más profundamente, refleja el carácter de un período en el que es posible juntar a gente con un bagaje reformista en partidos de izquierda radical donde los revolucionarios juegan un rol muy importante. La apertura programática de estos partidos (a la que Sabado llamaría “la delimitación estratégica incompleta”) refleja el reconocimiento de que sería un error afiliar a gente con la condición de que rompa con el reformismo. Esa posición es correcta, pero el precio es cierto grado de heterogeneidad política.

 

Antes de considerar las implicaciones de esta realidad, permitidme decir un par de cosas acerca de las objeciones específicas de Sabado a la fórmula anterior. Él pregunta: “¿Esta concepción de un ‘frente unitario de tipo especial en base a un programa mínimo’ no contribuye a desarmar al liderazgo del SWP en su relación con George Galloway, para quien Respect debe mantener ‘alianzas con musulmanes distinguidos que puedan conseguir votos’?”9 En primer lugar, que sea “en base a un programa mínimo” lo ha añadido Sabado, presumiblemente para señalar el contraste con el NPA. Pero, de hecho, el grado de delimitación estratégica (para ponerlo de forma más simple, de firmeza política) en el programa de un partido es una cuestión relativamente abierta. Si es o no es antiliberal, anticapitalista o de hecho revolucionario hasta los huesos depende de las bases sobre las cuales se puedan unir fuerzas reales en una alianza de principios y sostenible.

 

¿El hecho de que el liderazgo del SWP considerara a Respect como un frente unitario nos desarmó frente a Galloway? Para nada. La sugerencia de Sabado no tiene mucho sentido, ya que la concepción de frente unitario es probable que le ponga a uno muy atento (demasiado atento, como dice en otra parte) ante las tensiones internas del partido. Además, como hecho histórico, las crecientes tensiones desarrolladas entre el SWP y Galloway se remontan a enero de 2005. Los errores que cometimos podría decirse que nos pusieron en una situación muy comprometida y sin duda ocultaron la gravedad del conflicto ante la mayoría, a excepción de una pequeña minoría de compañeros que se vieron directamente afectados, hasta que fue demasiado tarde. Pero hicimos lo correcto al no imitar el modelo del Partido Socialista Escocés de un partido socialista amplio y unitario y liquidar así al SWP. De haberlo hecho, habría sido mucho más difícil rescatar algo del tren descarrilado. En cierto sentido, evitamos cometer este catastrófico error gracias a la utilización de la fórmula del frente unitario, ya que un frente unitario requiere la existencia de un polo revolucionario de atracción organizado.

 

Asimismo, Sabado también sugiere en su obra anterior que “considerar a un partido anticapitalista en el marco de un frente unitario también puede conducir a desviaciones sectarias. ¿Si se lleva a cabo el frente unitario, incluso de una forma particular, no estaremos tentados a hacerlo todo a través de los canales del partido, precisamente desestimando la batalla real por la unidad de acción?”10. De nuevo esta sugerencia no tiene mucho sentido. ¿Por qué nos deberíamos imaginar que nos estamos involucrando en un solo frente unitario en un momento dado? En la década pasada, el SWP se ha involucrado simultáneamente en diversos frentes unitarios: Respect, Stop the War, Unite against Fascism, Defend Council Housing y Globalise Resistance. En la mayoría de éstos trabajamos al lado de gente con un bagaje laborista.

 

Una vez que he defendido la fórmula del frente unitario de tipo especial, debo reconocer que no encaja muy bien con el NPA. En los principios fundacionales del partido se declara que “No es posible poner al estado y sus instituciones actuales al servicio de la transformación social y política. Estas instituciones, dirigidas a la defensa de los intereses de la burguesía, deben ser derribadas para encontrar nuevas instituciones al servicio y bajo el control de los trabajadores y la población”. En los principios se añade:

 

La lógica del sistema invalida la pretensión de moralizarlo, regularlo o reformarlo, humanizarlo, sean esas pretensiones sinceras o hipócritas. A mismo tiempo, la lógica del sistema ayuda a crear las condiciones de su derrocamiento, de una transformación revolucionaria de la sociedad, mostrando diariamente hasta qué punto es verdad que el bienestar, la democracia y la paz son incompatibles con la propiedad privada de los grandes medios de producción11.

 

Así, Sabado está en lo correcto cuando dice que el NPA es un partido revolucionario, en el sentido amplio de buscar derrocar al capitalismo desde abajo, aunque reconoce que “esta definición es más general que la hipótesis estratégica, incluso política y militar, que proveyó el marco para los debates en los años 70, que en ese momento estaban alumbrados por las crisis revolucionarias del siglo XX”.12 En otras palabras, el NPA tiene “un programa estratégico y delimitaciones pero que no están completadas”.13 Sabado lo justifica en los siguientes términos: “Los ejemplos que podemos usar están basados en las revoluciones del pasado. Pero, una vez más, no sabemos cómo serán las revoluciones del siglo XXI. Las nuevas generaciones aprenderán mucho de la experiencia y hay muchas preguntas que permanecen abiertas”.14

 

Por supuesto, ahora tenemos pendiente un importante debate acerca de cuánta de la herencia estratégica de la tradición marxista revolucionaria sigue siendo relevante hoy.15 Y también es verdad que las revoluciones siempre contienen un elemento decisivo de imprevisión y de novedad. En ese sentido muy general “no sabemos cómo serán las revoluciones del siglo XXI”. Pero de ahí no se desprende que debamos partir de lo que Daniel Bensaïd ha llamado el “grado estratégico cero”.16 Las “crisis revolucionarias del siglo XX” contienen ciertas lecciones estratégicas. Éstas confirman que para derribar al capitalismo es necesario derrocar por la fuerza al estado capitalista, que este proceso presupone el desarrollo del poder obrero y popular hasta desafiar al estado, y que un partido revolucionario debe tratar de ganarse a la mayoría de los trabajadores y oprimidos para conseguir su objetivo. Sabado y sus camaradas no solo están de acuerdo con esto, sino que gran parte de estos fundamentos aparece confirmada en los principios fundacionales del NPA.

 

También hay otras lecciones subsidiarias que son importantes. Por ejemplo, las que desarrolló particularmente Lenin en El ultraizquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, como el que para convencer a la mayoría hace falta que los revolucionarios estén activos dentro de las organizaciones de masas de la clase trabajadora, aunque en condiciones normales éstas se encuentren (en el mejor de los casos) bajo un liderazgo reformista, y en luchas por demandas parciales, lo que requiere, entre otras cosas, defender la táctica del frente unitario. Asimismo, tenemos todo un complejo conjunto de cuestiones relacionadas con la lucha contra el imperialismo y la opresión nacional a los que los primeros cuatro congresos de la Internacional Comunista le dedicaron una discusión muy valiosa.

 

Y después tenemos las lecciones de la experiencia del estalinismo. Éstas no solo reafirman la tesis fundamental de que la revolución socialista solamente puede triunfar si se basa en una forma más avanzada de democracia que la que ofrece el capitalismo liberal. También implica el rechazo de lo que León Trotsky llamó “sustitucionismo”: en otras palabras, las estrategias que pretenden esquivar la tarea de convencer a la mayoría, por ejemplo, basándose en una vanguardia guerrillera para tomar el poder (aquí puede haber cierto desacuerdo con Sabado y Olivier Besancenot dada su adhesión al guevarismo del siglo XXI). Y entonces, menos como una cuestión de estrategia que de presupuestos analíticos, está la economía política marxista, el cuerpo completo de análisis del desarrollo del capitalismo, sus estructuras de clase específicas y sus interrelaciones con el imperialismo, que son esenciales si queremos empezar a comprender lo que significa una revolución socialista en el siglo XXI.

 

Caeríamos en el peor tipo de dogmatismo si imagináramos que este cuerpo de lecciones estratégicas y análisis puede llegar a definir exhaustivamente la naturaleza de la revolución hoy en día. De hecho, muchas cuestiones permanecen abiertas. Pero de cualquier modo, la herencia estratégica del marxismo revolucionario sigue siendo, a mi modo de ver, un punto de referencia indispensable. Sabado y yo estamos de acuerdo en que no debería definir las bases programáticas del NPA y de partidos similares. Pero pienso que, en realidad, también tenemos que acordarnos de que esta herencia debería estar disponible para los miembros del NPA y debería ayudar a darle forma a sus debates sobre estrategias y tácticas futuras.

 

El problema real está en cómo se puede conseguir eso en la práctica. En mi artículo original argumentaba que para las y los marxistas revolucionarios es necesario conformar una corriente organizada o mantener sus organizaciones de partido autónomas dentro de las formaciones de la izquierda radical. Sabado está de acuerdo en que a veces ésa es la opción correcta, pero argumenta que en el caso del NPA sería un error por dos razones. Primero, “está el carácter anticapitalista y revolucionario del NPA, en el sentido amplio, y la identidad general de visión entre las posiciones de la LCR y aquellas del NPA”.17 Segundo, “con la actual relación de fuerzas, la organización diferenciada de la ex LCR dentro del NPA bloquearía el proceso de construir el nuevo partido. Instalaría un sistema de muñecas rusas que sólo crearía desconfianza y disfuncionalidad”.18

 

Éstos son buenos argumentos en el contexto concreto de la formación del NPA. Se dan al mismo tiempo una expansión cualitativa y una transformación de la antigua LCR, manteniendo una continuidad sustancial tanto a nivel político como de liderazgo en la nueva organización. Además, el peso relativo de la ex LCR dentro del nuevo partido implica que si sus miembros estuvieran constantemente votando en bloque se crearía un peligroso clima de “ellos y nosotros”. El problema de ser un pez grande en un lago pequeño es algo que le sucedió al SWP dentro de Respect y, aunque fue totalmente correcto mantener nuestra organización independiente, es evidente que no hay ninguna receta que garantice el éxito. Probablemente Sabado está en lo correcto, por lo menos en el corto plazo, en que “no es muy probable, con las delimitaciones políticas presentes del NPA, que las corrientes reformistas burocráticas se integren o se cristalicen”.19

De cualquier forma, los problemas que señalé en mi artículo original subsisten. Cuanto más éxito tenga el NPA, más probable será el riesgo de sufrir presiones reformistas desde dentro y desde afuera. Lidiar con estas presiones muchas veces será dificultoso y requerirá una combinación de claridad política y flexibilidad táctica. Más en general, la experiencia completa de los revolucionarios respecto a las luchas de masas desde al menos 1848 muestra que éstas pueden arrastrar a los militantes en diferentes direcciones. Los viejos argumentos acerca del ultraizquierdismo, las tentaciones del centrismo, del sindicalismo y el puro abstencionismo al estilo de Bordiga, los problemas que surgen de la relación entre explotación y opresión (para nosotros el tema clave en el debate acerca del velo), todavía están por aparecer.

 

Eso significa que quienes provienen de un contexto marxista revolucionario tienen que situar sus propios argumentos dentro de cualquier partido anticapitalista. Como señaló Antonio Gramsci, la espontaneidad siempre implica diversos elementos de liderazgo: la cuestión para un nuevo partido es cómo estos diversos elementos determinarán su respuesta en el momento en que deban tomarse decisiones tácticas y estratégicas urgentes. Por supuesto, las y los marxistas revolucionarios deben evitar imponer sus ideas sobre los demás de forma vertical, así como deben evitar que cada reunión del NPA se convierta en un acto sectario. Pero también tienen que encontrar formas de organizarse ellos mismos para articular sus argumentos de manera que puedan convencer al resto de miembros del partido.

De ahí se desprende que Panos está en lo correcto cuando dice que “es necesario mantener la organización revolucionaria como una fuente de educación e iniciativas políticas que empuje hacia adelante al resto de la izquierda”.20 La complicación es que el NPA se ha llevado consigo mucha de la sustancia revolucionaria de la antigua LCR. De cualquier modo, como mínimo, se da una necesidad imperiosa de educación política que haga accesible, para los miembros del NPA que no provienen de la LCR, de forma abierta y crítica, la herencia teórica y estratégica del marxismo revolucionario. La muy bienvenida unión del excelente periódico teórico marxista ContreTemps con el periódico de la LCR Critique Communiste es un reconocimiento de esta necesidad, pero un buen periódico no puede sustituir al proceso mucho más amplio de educación y debate que se necesita.21

Estas reservas son secundarias a mi reconocimiento de la importancia del proyecto en que Sabado y sus compañeros y compañeras están embarcadas. Les deseamos muy buena suerte. Su éxito también será el nuestro. Lidiando con el mismo conjunto de problemas, discutiendo y trabajando juntos, podemos aprender uno del otro. Veo estos intercambios como una contribución a este proceso.

 

Referencias

Bensaïd, Daniel, 2004, Une Lente Impatience (Stock).

Callinicos, Alex, 2004, “The Future of the Anti-Capitalist Movement”, en Hannah Dee (ed), Anti-Capitalism: Where Now? (Bookmarks).

Callinicos, Alex, 2006, “What Does Revolutionary Strategy Mean Today?”, IST International Discussion Bulletin 7, Enero 2006, http://www.istendency.net/pdf/ISTbulletin7.pdf

Callinicos, Alex, 2007, “‘Dual Power’ In Our Hands”, Socialist Worker, 6 enero 2007, http://www.socialistworker.co.uk/art.php?id=10387

Callinicos, Alex, 2008, “Where is the Radical Left Going”, International Socialism 120 (otoño 2008), http://www.isj.org.uk/?id=484

Garganas, Panos, 2009, “The Radical Left: A Richer Mix”, International Socialism 121 (invierno 2009), http://www.isj.org.uk/?id=513

Sabado, François, 2009, “Building the New Anticapitalist Party”, International Socialism 121 (invierno 2009), http://www.isj.org.uk/?id=512

 

Notas

1 Artículo publicado en International Socialism Journal número 122, primavera de 2009.

2 Sabado, 2009; Garganas, 2009; respondiendo a Callinicos, 2008.

3 Garganas, 2009, p154.

4 Garganas menciona una de estas corrientes, el autonomismo, cuando escribe “Los jóvenes pueden estar más influenciados por los autonomistas que por las ideas del ‘laborismo de izquierda’” Garganas, 2009, p154. Esto realmente es cierto en varios países europeos. Pero es importante reconocer que, precisamente por la evasión autonomista del problema del poder político, sus ideas a veces pueden encajar muy bien con las versiones del reformismo. Esto se ha visto, por ejemplo, en los acuerdos secretos entre autonomistas y el ala derecha del movimiento altermundialista en los foros de Londres y Atenas, o en el uso de la retórica autonomista por el líder del PRC Fausto Bertinotti para explicar su giro a la derecha. Ver, para una discusión detallada de este tema: Callinicos, 2004.

5 Sabado, 2009, p149.

6 Sabado, 2009, p144.

7 Sabado, 2009, p146.

8 Sabado, 2009, pp145-146.

9 Sabado, 2009, p146.

10 Sabado, 2009, pp146-147.

11 “Principios Fundadores del Nuevo Partido Anticapitalista”, Febrero 2009, http://tinyurl.com/NPA2009

12 Sabado, 2009, p148.

13 Sabado, 2009, p148.

14 Sabado, 2009, p149.

15 Dos contribuciones a este debate: Callinicos, 2006, y Callinicos, 2007.

16 Bensaïd, 2004, p463.

17 Sabado, 2009, p152.

18 Sabado, 2009, p152.

19 Sabado, 2009, p151.

20 Garganas, 2009, p155.

21 Una implicación es que la revista Que faire?, impulsada por partidarios de la IST dentro de la LCR, que emergió como un valioso punto de discusión en el camino hacia el lanzamiento del NPA, todavía juega un rol útil en el nuevo partido, dado que continúa definiéndose a sí misma como un catalizador para un debate más amplio abierto a militantes de todas las tendencias e independientes.

 

La necesidad de unidad: el reagrupamiento de la izquierda anticapitalista

 

Òscar Simón y Miguel Sanz

 

En números anteriores de la Hiedra se han analizado diferentes experiencias políticas antineoliberales o anticapitaslitas que se están dando en Europa. Desde el Bloco d’Esquerda en Portugal, el Die Linke en Alemania, Respect en Inglaterra, el Scotish Socialist Party, Rifundazione Comunista en Italia o el Nuevo Partido Anticapitalista en Francia. A pesar de las diferencias en todos estos casos, sectores diversos de la izquierda radical han sido capaces de trabajar para superar la atomización y construir polos de atracción y vectores de organización para amplias capas de la sociedad. Sin embargo, en el Estado español eso no se está dando. El reagrupamiento de la izquierda anticapitalista es totalmente necesario y más en estos momentos de crisis, en los que los ataques a las condiciones de vida de la población con menos renta son y serán más frecuentes y drásticos.

El declive de la izquierda radical

 

En el periodo que va desde mediados de los años 70 hasta el referéndum de la OTAN, es decir, en 1986, en el Estado español existía una de las izquierdas revolucionarias más importantes de Europa. A la izquierda del Partido Comunista de España (PCE) podíamos encontrar organizaciones con miles de afiliados. Organizaciones que se declaraban abiertamente revolucionarias como el Movimiento Comunista (MC), de origen maoísta que evolucionó hacia un marxismo más ecléctico, la Liga Comunista Revolucionaria de inspiración trotskista, o el entorno de la izquierda abertzale, que aglutinaba tanto a la organización armada como diferentes frentes de masas. Dejando al margen la situación especial de la izquierda en Euskal Herria, puede decirse que hoy, en el Estado español, no existe ninguna organización radical que encuadre en sus filas más de unos cientos de afiliados distribuidos irregularmente por el territorio.

 

La desarticulación de la izquierda es un proceso ligado a la desmovilización acaecida en el devenir de la Transición. Un fenómeno que fue llamado “desencanto” y que respondía a la sensación que, después del fin pactado del franquismo, las cosas no habían cambiado tanto. Había gente procedente del franquismo, aunque reformada, en el gobierno, se reconocía la monarquía, no se reconocían los derechos democráticos de las naciones y se firmaban tanto los pactos de la Moncloa, como el estatuto de los trabajadores que sentó las bases de la precariedad actual.

 

La clase trabajadora que se había dejado la piel batallando contra el franquismo vio como sus principales dirigentes les abandonaban a cambio de la santificada estabilidad. Ciertamente hubo resistencia entre las bases del PSOE y, sobre todo, del PCE. El mismo día que se firmaban los pactos de la Moncloa, miles de obreros de la SEAT salieron a la calle a protestar contra la traición del PSOE y el PCE, y contra la política seguidista de UGT y CCOO. No es que las organizaciones revolucionarias se vendieran o se fueran a casa. Grupos como la LCR o el MC perdieron gran parte de su entorno y sufrieron terriblemente la declinación del movimiento en la etapa de la post-transición. Muchos militantes se vieron decepcionados por el auge de la socialdemocracia. La desmoralización de las bases del PCE, sobre todo, dejó casi solos en la pelea a los miles de militantes revolucionarios que, aunque hoy puedan parecernos muchos, eran insuficientes para llevar adelante la ruptura con el régimen franquista.

 

La retirada de las calles del enorme movimiento vecinal, el abandono de la confrontación como método para conseguir mejoras laborales llevada a cabo por las principales centrales sindicales, fue un duro golpe para los revolucionarios y revolucionarias del Estado español. La sociedad volvió a la “calma”, el nivel de combatividad generalizado bajó, el cuestionamiento por parte de amplias capas de la población y el status quo dejó paso a una aceptación resignada de la realidad. La esperanza de una ruptura radical se esfumaba en el aire y el hecho de pertenecer a una organización revolucionaria empezó a dejar de tener sentido para muchos militantes.

 

No obstante, hasta mediados de los 80, el MC y la LCR mantuvieron una base amplia y fueron capaces de lanzar iniciativas como la Plataforma Cívica por la salida de la OTAN, que obligó al gobierno de González a convocar un referéndum que, si bien se perdió por poco, supuso una enorme movilización social que obligó al PSOE a utilizar todos los medios disponibles; incluso una interrupción del programa de deportes Estudio Estadio, de máxima audiencia por aquel entonces, para intentar cambiar el signo del voto.

A raíz de la campaña anti-OTAN de 1984-1986, en la que participó toda la izquierda, desde el PCE hasta la izquierda revolucionaria, se fundó Izquierda Unida (IU), que pese a contar con unos principios esperanzadores, acaba apostando principalmente por la vía institucional. Esto, junto a su incapacidad para afrontar realmente la complejidad nacional del Estado español, llevó a la coalición a dejar de ser un referente político para las capas radicalizadas de la sociedad y a convertirse la mayoría de las veces en muleta para apoyar gobiernos del PSOE. La imposición de sucesivas reconversiones industriales y de un estatuto de los trabajadores insuficiente, así como de su reforma en 1984, que abrió las puertas a la precariedad actual, supusieron la culminación de la victoria de las clases dominantes en la Transición. Fue el cierre de un periodo de luchas enormes con un balance desastroso para las filas revolucionarias. El cúmulo de derrotas supondría casi la desaparición de las organizaciones revolucionarias más importantes y la atomización de sus restos. En 1991, el MC y la LCR se unifican. Sin embargo, un contexto político muy desfavorable a las ideas revolucionarias y la falta de entendimiento entres los militantes provinentes de cada partido llevaron al descalabro del proyecto. Algunos militantes del MC pasaron a las ONGs y otros al movimiento okupa, antimilitarista o feminista, y la gente que quedava de la LCR crearon Espacio Alternativo (EA), que acabarían entrando en IU, con una confusión teórica importante sobre el marxismo.

 

La década de los 90, que se inició con la caída del muro de Berlín y del bloque soviético, ahondó en la desmoralización de gran parte de la izquierda de inspiración estalinista y trotskista ortodoxa, y de muchos trabajadores y trabajadoras, que percibían la URSS como una esperanza, desde nuestro punto de vista vana. Esta década significaría el abandono por parte de la mayoría de los activistas de las ideas marxistas y del surgimiento de nuevas formas de organización más allá de los partidos y sindicatos clásicos. Las ONGs y los grupos de solidaridad se convertirían en el referente principal para la gente que quería cambiar el mundo.

Una nueva esperanza

 

Desde la campaña por el 0.7% y por la abolición de la deuda se fue generando un sentimiento de rechazo al capitalismo global, que tuvo un primer hito importante en la rebelión zapatista de 1994 contra el Tratado de Libre Comercio entre México y EEUU, y que no estalló hasta la batalla de Seattle en 1999, donde el movimiento antiglobalización se presentó ante el mundo bloqueando la cumbre de la Organización Mundial del Comercio. Este movimiento que continuaría en Praga, Niza, Génova y que se extendería a lo largo y ancho del planeta, nació con tres características claves.

 

Por un lado, rompía con la idea del fin de la historia y del capitalismo global como único sistema mediante la consigna “Otro Mundo es Posible”. Por otro, tenía un carácter unitario, desde los protectores de las tortugas hasta los y las sindicalistas de base. Por último, recuperaba las calles cómo escenario político adaptando cuando convenía tácticas radicales de enfrentamiento directo con las fuerzas represivas. Cuando todo parecía perdido renació la esperanza. Toda una nueva generación de activistas se politizó viajando para bloquear el G8 u oponiéndose a la guerra de Irak. En el Estado español tuvieron lugar movilizaciones enormes, como la manifestación contra la Cumbre de la UE en Barcelona el 16 de marzo de 2002, las grandes manifestaciones del 15 de febrero de 2003 contra la guerra de Irak o las concentraciones frente a las sedes del PP el 13 de Marzo de 2004, el día antes de las elecciones, exigiendo la verdad sobre los atentados del 11-M.

 

Durante este período las pequeñas organizaciones anticapitalistas y revolucionarias aportaron activistas e ideas capaces de encender la llama. No obstante en los momentos cumbres del periodo de luchas estas pequeñas organizaciones revolucionarias se vieron superadas por los acontecimientos. Su debilidad estructural les impidió atraer y encuadrar a los miles de activistas que tomaban las calles. En otros países europeos como Francia, Inglaterra o Alemania, la existencia de organizaciones más grandes, como la Ligue Comunista Revolucionaire, el Socialist Workers Party o el WASG fueron capaces de encuadrar en sus filas a nuevos activistas y de servir de núcleo de condensación para proyectos más amplios y capaces de agrupar a diferentes tendencias políticas. Así, nacen Respect, el Nouveau Parti Anticapitaliste (NPA) o el Die Linke, cuyas diferencias y balances analizan Manel Ros en el número marzo y Andy Durgan en un artículo en junio de 2008 de la Hiedra (ambos disponibles en www.enlucha.org).

 

En el Estado español, las enormes movilizaciones no se han traducido de manera generalizada en organización. En muchos momentos el movimiento fue de los más importantes del mundo. La potencia del movimiento ligado al ambiente antiPP parecía convertir en innecesarias a las organizaciones revolucionarias. Por otro lado, el desprestigio de los diferentes partidos comunistas y de los sindicatos de color rojo se extendía a casi todo el acervo ideológico marxista. Además, el predominio de las ideas autónomas, que rechazan radicalmente ciertas formas de organización, entre las capas más radicalizadas, fue un obstáculo ideológico que provocó no pocas fricciones dentro del movimiento.

Después de la victoria del PSOE sobre el PP, la socialdemocracia se retiró de las calles y los activistas anticapitalistas se retiraron en cierta medida a sus círculos políticos. No obstante, se mantuvieron ciertos canales de comunicación y, lo que es más importante, la idea de que la unidad nos hace fuertes y la experiencia positiva del trabajo unitario seguía estando en las retinas de muchos activistas. Esto se demostró en el éxito de los Foros Sociales en Barcelona, con el Fòrum Social Català, y en Madrid, con el Foro Social Mundial de Madrid o del mantenimiento del Foro Social de Sevilla cómo órgano unitario para impulsar movilizaciones.

 

La consciencia sobre la necesidad de articular alternativas políticas está tomando diferentes formas. Algunas más tímidas, como el Tercer Espacio en Madrid, y otras más avanzadas, como los diversos tipos de candidaturas municipalitas en Catalunya, pasando por la decisión de Espacio Alternativo —hoy ya Izquierda Anticapitalista (IA)— de presentarse en solitario a las elecciones europeas. Otra experiencia muy interesante, de otro perfil, con más peso y ya con muchos años de trayectoria, es el Colectivo de Unidad de los Trabajadores en Andalucía, con ejemplos tan paradigmáticos como el de Marinaleda. Sin duda, la CUT jugará un papel clave en el reagrupamiento, aunque todavía optan por dar la batalla e invertir energías dentro de IU, restando fuerzas y margen de maniobra en su relación con el resto de la izquierda anticapitalista. En las líneas siguientes vamos a centrarnos en las candidaturas municipalistas en Catalunya y en Izquierda Anticapitalista.

Otro Municipalismo es Posible

 

El trabajo municipalista es el más propicio para la izquierda anticapitalista, ya que al estar más pegada al terreno mediante la participación en las luchas, le permite entrar en contacto directo con amplias capas de la población. Esta tendencia se puede constatar tanto en la implantación municipal de la izquierda abertzale, la trayectoria de la CUT o el crecimiento de las CUP (Candidatura d’Unitat Popular) en las últimas municipales

 

Algunos activistas de En lluita estamos participando en la construcción de la futura CUP en Barcelona. Claramente es un proyecto nacido de la izquierda independentista catalana, que, sin embargo, ante la tarea de construir en Barcelona se ha planteado la necesidad de trabajar junto al resto de la izquierda anticapitalista y social de la ciudad. La CUP se plantea convertirse en una herramienta de lucha en el terreno municipal. Tanto en el campo ideológico, proponiendo una alternativa posible a la ciudad neoliberal, como en el electoral, ofreciendo una posibilidad a la izquierda de una supuesta “izquierda” totalmente comprometida con el proyecto de la clase capitalista que significa el modelo Barcelona. Todo ello desde la máxima humildad y sabiendo de la dificultad de la tarea. En aras de asumir este objetivo las personas que participan en el proyecto de la CUP en Barcelona se plantearon dos retos estratégicos.

 

Primer reto: superar la atomización para ser eficaces. Existen núcleos de activistas anticapitalistas organizados en torno a organizaciones o colectivos pequeños. Estos activistas entienden que aunque hoy por hoy las organizaciones son pequeñas, las ideas que defienden son fundamentales para impulsar organizaciones más grandes y con más alcance e influencia en nuestra sociedad. Por lo tanto, dado el pequeño tamaño de la izquierda anticapitalista organizada en la ciudad, la construcción de un referente unitario es imprescindible para atraer a capas amplias de la sociedad que rechazan el sistema pero que no ven una alternativa en las organizaciones actuales.

 

Esta construcción debe involucrar a organizaciones que llevan años trabajando de manera unitaria, así como a los movimientos sociales. Esta confluencia, si bien debe acarrear un debate político profundo sobre el que sustentar unas bases sólidas, no supone dificultades insuperables. De hecho, la necesidad de articular espacios políticos unitarios se ha dado en diferentes lugares y bajo diferentes formas. Hoy, después de años de acción común, sólo se puede argumentar que esto es inviable desde cierto grado de sectarismo o pesimismo.

 

Segundo reto: no sustituir sino aglutinar. La izquierda anticapitalista ha cometido muchos errores en el pasado. Uno de los más frecuentes han sido los intentos de subordinar tanto el programa como los tiempos de los movimientos sociales a la organización, sobre todo en el caso de las contiendas electorales. El nuevo referente anticapitalista debe servir, por un lado, para dar batalla en el campo electoral, para servir de altavoz a los movimientos sociales, para mejorar la capacidad de respuesta frente al sistema, e incluso para ayudar a pasar a la ofensiva. Sin organizaciones radicales grandes se tardan meses en articular campañas, e incluso, a veces, no se consigue del todo. Esto lo estamos viendo en estos momentos de crisis en los que somos incapaces de frenar los despidos y los desahucios. Ahora bien, en ningún caso, bajo ningún concepto, la organización debe arrogarse la representatividad de los movimientos en los que participa. Estos deben ser espacios unitarios en los que trabajar de manera coordinada con sectores diversos. La organización nunca puede suplantar al conjunto del movimiento ni imponerse sobre él.  Para En lucha esta orientación es esencialmente correcta. Esto no quiere decir que no existan dificultades, como el balance entre el independentismo y el resto de sensibilidades actuales y futuras o la harmonización de las diferentes posiciones respecto al proceso de articulación nacional de las diferentes CUPs en los Països Catalans. Sin embargo no es descabellado pensar que en 2011 se pueda plantear una candidatura municipal rupturista a la izquierda de la izquierda en Barcelona, pero para ello necesitamos trabajar con la máxima unidad. Este trabajo podría interpretarse como un caso especial de frente único.

 

La candidatura de Izquierda Anticapitalista

Tras la desintegración de la LCR a principios de los años 90, un núcleo de antiguos militantes de esta organización, junto con personas procedentes del movimiento ecologista y del socialismo no estalinista, impulsaron a mitad de esa década la corriente Espacio Alternativo dentro de IU. Posteriormente, EA va distanciándose de IU y sectores que habían participado en su fundación abandonan la corriente en este proceso. Como muchas otras organizaciones situadas a la izquierda de IU, EA se sumergió de lleno en la oleada antiglobalización y antiguerra desde el año 2000 a 2004, y participaba allá donde tenía presencia en el proceso de construcción de espacios unitarios y plataformas, que serán la base organizativa de fondo del movimiento y que funcionarán como polos de atracción de nuevos activistas jóvenes durante estos años. En la nueva fase que se abría con la victoria del PSOE en las elecciones de 2004, EA prosigue su gestación hacia una organización con un perfil más definido y hacia un modelo de estructura interna más cohesionado. A finales de 2008, la organización consuma su salida orgánica de IU, para adoptar a continuación el nombre de Izquierda Anticapitalista y anunciar su intención de participar con una candidatura propia en las elecciones europeas de 2009.

 

La iniciativa de Izquierda Anticapitalista resulta audaz y esperanzadora. Abre el camino para un posible reagrupamiento de la izquierda anticapitalista en el Estado español. Desde En Lucha mantenemos discrepancias sobre la orientación práctica y la ambigüedad del discurso de este proyecto, pero estamos completamente abiertos al apoyo y la participación en la iniciativa. Así lo hemos expresado públicamente y en los encuentros mantenidos con IA.

Tanto la elección del nombre Izquierda Anticapitalista como la línea argumental de los comunicados públicos de la organización parecen orientarse hacia una dirección inequívocamente amplia, de encuentro y construcción común. Según el manifiesto de apoyo a la candidatura a las elecciones europeas de 2009: “[…] Esa alternativa no existe y queremos contribuir a construirla. Sabemos que es una tarea arriesgada y difícil, que llevará mucho esfuerzo durante mucho tiempo y que sólo llegará a buen puerto si convergen en ella, desde sus propias experiencias, organizaciones e ideas, quienes ahora comparten ya las críticas radicales y las luchas contra este sistema, pero aún no un proyecto político anticapitalista alternativo”. Este discurso se acompaña, sin embargo, de la afirmación de que no ha habido suficiente trabajo común entre los diferentes colectivos de la izquierda radical y de que no existen espacios lo suficientemente unitarios y amplios sobre los que apoyar, desde hoy, este proyecto de convergencia. Esto es discutible, existen espacios de convergencia y trabajo político común entre IA y otras organizaciones de la izquierda revolucionaria del Estado como para impulsar un polo que vaya dándole más potencia a la proposición de reagrupamiento entre otros sectores de la izquierda. Existen espacios unitarios en las principales ciudades del Estado que podrían participar en la construcción, en el apoyo o en la elaboración de un programa de acción para un nuevo referente político amplio y anticapitalista.

 

Además, cada vez más activistas del movimiento anticapitalista entienden la necesidad de construir un referente político que pueda ampliar el horizonte estratégico de los movimientos sociales y la izquierda combativa. La decisión tomada por IA de situarse en el centro de la iniciativa, en solitario, y de autoconstruirse vía adhesiones individuales y aprovechando el tirón del NPA, aunque totalmente legítima, nos parece insuficiente. Aun así un buen resultado de IA sería beneficioso para todo el movimiento. El efecto positivo no sólo se queda ahí, el proceso de recogida de firmas está ayudando a la aparición de grupos locales anticapitalistas en lugares donde hasta ahora no había movimiento. Incluso la Junta Electoral Central (JEC) está cambiando el reglamento para no aceptar las firmas necesarias para la presentación de la candidatura. La intención del PSOE de aprobar una ley destinada a pedir fianzas económicas a las organizaciones que quieran presentar una candidatura muestra una vez más el carácter limitado de esta “democracia”. Desde En Lucha consideramos inaceptables las limitaciones de la JEC y entendemos que no es momento para rivalidades entre las y los anticapitalistas. Defendemos la necesidad de sumar esfuerzos y el derecho democrático de IA a poder presentarse, y reiteramos una vez más, como hemos hecho en otras ocasiones, nuestra voluntad para colaborar e impulsar esta iniciativa.

 

El Scottish Socialist Party: cronica de una oportunidad perdida

 

Mike Gonzalez

 

Desde Seattle hasta Cochabamba, el año 1999 abrió caminos inesperados para la izquierda socialista. Nuevas fuerzas surgieron en el escenario político que de una u otra manera denunciaban el capitalismo global por haber empobrecido a tantos millones a través del planeta. “El fin de la historia” anunciado por Fukuyama en 1989 resultó ser un engaño más, y seguía y se intensificaba la explotación a nivel global. En las manifestaciones del nuevo movimiento se juntaban un rechazo al capitalismo global, una nueva conciencia ecologista y la reivindicación de la justicia social. La temática anti-capitalista había resurgido ante la realidad de la etapa neo-liberal y sus múltiples depredaciones; el reto para la izquierda era encontrar la forma de relacionarse con este nuevo movimiento. Hubo respuestas de muy diversa índole a ese reto, pero lo que tenían en común era el intento de crear amplios frentes unidos que por un lado reunieran a las distintas fuerzas en un proyecto de acciones comunes, mientras por otro lado permitieran una discusión abierta y amplia sobre el futuro que estábamos construyendo juntos.

 

Escocia, por razones puntuales, ofrecía condiciones favorables para profundizar el proyecto. En 1998 un grupo de compañeros de la Tendencia Militant fundaron el Partido Socialista Escocés (Scottish Socialist Party, SSP) con la perspectiva de buscar la unidad de la izquierda. En 2001, después de una discusión interna, se acordó que el SWP entrara como corriente o plataforma en el SSP en base a nuestro compromiso compartido de construir un partido de izquierda abierto y arraigado en el nuevo movimiento. Nuestros compañeros se lanzaron con entusiasmo a la tarea, a pesar de la resistencia de algunos compañeros del SSP.

 

El 11 de septiembre de 2001 fue una encrucijada importante, y el folleto del SSP denunciando el bombardeo de Afganistán (escrito por un compañero del SWP miembro del ejecutivo del partido) se agotó en pocos días. Era una señal clara de la importancia que tomaría a partir de ese momento la movilización antiguerra. Aquí hay que aclarar la resistencia de elementos del partido ante lo que ellos consideraban el carácter pequeño-burgués del movimiento anticapitalista, insistiendo en poner el énfasis en el trabajo en las municipalidades por un lado y el electoralismo por otro. Así fue que hubo tensiones durante la huelga de los bomberos en 2002 precisamente porque los compañeros del SWP trabajábamos en apoyo directo a las bases sindicales en vez de seguir los pasos de la burocracia sindical.

 

En el parlamento escocés la presencia de Tommy Sheridan, único representante del SSP entre 1999 y 2003, sirvió para resaltar el perfil del partido - pues Sheridan era una figura conocida y popular a raíz de su liderazgo del movimiento contra el impuesto local (poll tax) en 1989. Muy buen orador e hijo de una familia trabajadora, Sheridan se ganó una reputación que daba mucha fuerza al SSP en los primeros cuatro años. Y fue Sheridan quien, durante la campaña electoral parlamentaria de 2003, reconoció la importancia central de la cuestión de la guerra ante las negativas de sus compañeros de corriente. La manifestación del 15 de febrero de ese año reunió a cien mil personas en Glasgow, la marcha más grande que se había visto jamás en esta ciudad de arraigada tradición socialista. De hecho, la plataforma del SWP tuvo que luchar con ahínco para convencer a la mayoría de la dirección del partido de la importancia y realidad del movimiento antiguerra, cosa que se logró sólo a última ahora y gracias a la intervención de Sheridan.

 

En mayo de 2003, el SSP sacó 120,000 votos y seis diputados en el parlamento escocés. Era un triunfo político sin precedentes, y nos unimos todos para festejarlo.

 

Pero en el momento mismo de celebrarlo, se abrió una brecha política interna. Se trataba del papel que debían desempeñar los nuevos diputados. ¿Cómo a partir de ese inmenso avance, llevar adelante el proyecto acordado de construir un partido de izquierda de masas implantado en las luchas cotidianas de la clase trabajadora y los movimientos sociales, cuya expresión más avanzada era precisamente el movimiento antiguerra? En el ejecutivo la propuesta de lanzarse al país movilizando el apoyo popular y “abriendo las puertas del partido” fue rechazada. Siendo seis, los parlamentarios gozarían de una serie de recursos y prebendas parlamentarias que por un lado aumentaban bastante el presupuesto del partido pero por otro reforzaban la tendencia a la burocratización, creando puestos permanentes en el parlamento, y el electoralismo. Se ponía cada vez más énfasis en la actividad parlamentaria a expensas de las movilizaciones populares e intervenciones en los movimientos sociales que realmente habían ganado para el partido el apoyo en mayo del 2003.

 

El año 2004 presenció un decaimiento general en el partido; empezó a perder militantes y el periódico del partido se concentraba cada vez más en las preocupaciones y prioridades del grupo parlamentario. En lo que se refería a los sindicatos el trabajo con las bases fue cediendo su lugar a la búsqueda de vínculos con las direcciones sindicales. Y lo mismo pasaba en el movimiento anti-guerra donde el intento de construir comités de base tropezaba una y otra vez con la resistencia de la dirección del partido que insistía en pasar siempre por las cúpulas sindicales y partidistas a expensas del trabajo en el movimiento real.

 

Mientras tanto, se presenciaba una creciente tensión interna en el grupo mayoritario en la dirección, la mayoría de ellos procedentes de la tendencia Militant. La tensión estalló en recriminaciones abiertas a raíz de la publicación en un periódico de altísimo tiraje de un informe sobre las actividades personales de Sheridan. A algunos compañeros les sirvió de pretexto para sacar de nuevo sus críticas al comportamiento de Sheridan, sobre todo desde una perspectiva feminista. En el momento los compañeros del SWP insistían en que estas cuestiones de comportamiento personal debían de resolverse a nivel individual y de todas maneras al interior del partido sin imbricar la prensa burguesa y mucho menos el estado. La decisión de Sheridan de demandar a Murdoch nos pareció incorrecta y se lo dijimos; una vez que la hubiera tomado apoyamos su derecho individual de seguir, pero insistiendo que eso no era una cuestión de partido.

 

En enero de 2005 se presentaba una oportunidad inigualada para que el partido ganara espacio y prestigio. El G20 anunció su decisión de reunirse en Gleneagles, en un hotel de lujo en el centro de Escocia. Era el momento álgido para que el SSP mirara hacia fuera y aprovechara esta oportunidad para ponerse a la cabeza del movimiento social. En ese momento no había fuerza alguna capaz de quitarle al SSP su liderazgo del ala radical del movimiento anticapitalista que se reuniría en julio en protesta ante el G20. Los compañeros del SWP junto con algunos elementos del SSP se lanzaron a organizarse a nivel local en amplios foros, cuyos representantes se reunían semanalmente en un comité organizador que atraía a unos 80 activistas de diversas corrientes y agrupaciones. El ambiente era resueltamente no sectario. La Plataforma SWP mantenía una actividad enérgica en todos los foros, en representación del SSP: las demás corrientes del partido, desgraciadamente, incluyendo la Tendencia mayoritaria, se mantuvieron al margen.

 

En esto resurgió el debate que ya habíamos tenido ante el surgir del movimiento anti-capitalista. Los compañeros de la tendencia dominante seguían argumentando que el movimiento social representaba una desviación de la tarea fundamental, y que tenía un carácter pequeño burgués y estudiantil. En la realidad se insistía en que el trabajo en el parlamento era lo fundamental, por un lado, a pesar de que ese trabajo estaba cada vez más dominado y de hecho frenado por la disputa entre Sheridan y los demás diputados. Eso iba acompañado de una clara y explícita negativa a trabajar con el amplio movimiento que se iba formando en preparación para la manifestación contra el G20 y la Cumbre Alternativa que se realizaría en Edimburgo ese mismo fin de semana. Los compañeros del SWP jugaron un papel clave en esas movilizaciones, mientras que los miembros del parlamento se negaron a participar: se dedicaban de tiempo completo al trabajo parlamentario por un lado y a la lucha interna contra Sheridan por otro. La profunda amargura y conflictividad de las reuniones del ejecutivo y demás comités del partido hacían un contraste impactante con la frescura y colaboración características de los foros preparativos para los eventos alrededor del G20.

 

La manifestación del sábado trajo a 300,000 personas a Edimburgo bajo la sigla de “Hacer de la Pobreza Historia” - muestra en carne y hueso de la real amplitud y diversidad del movimiento anti-capitalista. Allí había de todo -grupos sindicales, ONGs de todo tipo, asociaciones estudiantiles, círculos comunitarios, conjuntos de pop, grupos religiosos, el movimiento anti-guerra, agrupaciones de inmigrantes, partidos de todo tipo en un ambiente fiestero. Los compañeros del SWP habían trabajado durante seis meses en todos estos ámbitos y tenían arraigo en la muchedumbre. El sector mayoritario del SSP, en cambio, se empeñaba en diferenciarse del movimiento; mientras todas los manifestantes llevaban la camiseta blanca de Hacer de la Pobreza Historia, coordinador de la marcha, el grupo SSP llevaba camiseta rojas y se mantenía físicamente aislado, distanciándose de sectores no socialistas. De hecho, y a pesar de la insistencia de la Plataforma del SWP, el ejecutivo se había negado durante seis meses a preparar materiales para la manifestación o a reconocer su importancia. Sacó la noche anterior de la manifestación un folleto escrito a la carrera que apenas se vendió.

 

La Cumbre Alternativa del domingo resultó ser un evento extraordinario; acudieron 5.000 personas a una serie de debates, polémicas, mítines y foros, a pesar de que los diputados del SSP habían insistido en que no iría nadie. Al final participaron algunos dirigentes, pero de mala gana y empeñándose en resaltar sus críticas y diferencias con el movimiento. A dos meses del G20, la mayoría del ejecutivo formalizó en un documento escrito por Alan McCombes su rechazo al movimiento social, insistiendo en que no había posibilidad de ganarse a miembros de otros partidos (laborista, verde, nacionalista, etc.) ni de los movimientos sociales. La base del partido, decía, era la población marginada y enajenada de los barrios pobres: es decir, los que no participaban en el movimiento. Era una visión absolutamente pasiva y exclusivamente electoral del partido, muy distinta por lo demás del concepto que había informado el proyecto original que habíamos acordado en 2001.

 

Tres días más tarde, 12,000 personas atravesaron campos y carreteras para protestar ante la inmensa valla construida para proteger a los representantes más poderosos del capitalismo global. La Plataforma desempeñaba un importante papel en la movilización. El SSP, sin embargo, intentó involucrarse a última hora y espaldas del comité organizador, lo que provocó una reacción furiosa entre los demás elementos del movimiento.

 

Dos meses más tarde, en un artículo importante en Frontline, revista de Militant, el organizador de la juventud del partido reconoció los errores cometidos y la oportunidad perdida que resultaron del sectarismo de sus compañeros. La realidad es que la Plataforma SWP seguía trabajando en forma abierta y compañeril a pesar de la abierta hostilidad de la sección mayoritaria. Fuimos los más activos y comprometidos en la construcción del partido y en el movimiento anti-capitalista, que para nosotros era el terreno en el que podría crecer el nuevo partido de izquierda, siempre y cuando participáramos sin sectarismos y con disposición como decía Lenin de “explicar con paciencia” nuestras ideas. Lo cierto es que trabajamos con consecuencia para construir el partido desde un compromiso claro con el proyecto que nos había unido en primer lugar con los compañeros del Militant.

 

De hecho las diferencias políticas salieron claramente a la superficie después de la experiencia de Gleneagles que desde nuestro punto de vista representaba una oportunidad perdida. Para entonces, sin embargo, las tensiones y rencillas internas llegaban a dominar la vida del partido. Aclaro: la Plataforma SWP no tomaba partido en estas discusiones. Recomendábamos que eso se resolviera dentro del partido y sin recurrir a instancias externas. No podíamos permitir, sin embargo, que Murdoch y su empresa multinacional pusiera trabas a la actividad del partido.

 

La mayoría del partido, reunida en una serie de encuentros nacionales a principios de 2006, se declaró una y otra vez a favor de propuestas no sectarias, de seguir buscando formas de trabajo con los movimientos sociales, y de renovar el partido. El costo del escándalo se palpaba ya en la pérdida de apoyo y votos en elecciones parciales. La dirección del partido, sin embargo, se dedicaba de lleno a la campaña contra Sheridan, a la denuncia y el rumor. El ambiente interno se volvía cada vez más irrespirable, pero lo que llevó a la escisión definitiva fue la decisión de los otros cinco diputados junto con varios miembros del ejecutivo del partido de colaborar con la policía directamente, entregándoles actas y documentos internos en su afán por condenar a Sheridan. Esto no se podía tolerar y junto con la mayoría del partido la Plataforma SWP decidió salir del SSP, incluidos allí casi todos los compañeros de la Cuarta.

 

Reconocíamos que esto representaba un gran paso atrás, una real pérdida del terreno ganado y la crisis de un proyecto al que habíamos dedicado un esfuerzo colectivo sostenido como Plataforma. Sin embargo, la necesidad de construir un partido socialista de masas seguía apremiante y la base de apoyo seguía viva. Así lo demostró la reunión para fundar un nuevo partido (Solidaridad) a la que acudieron 650 personas.

 

En el momento decíamos:

 

    “La Plataforma Socialist Worker reconoce con bastante tristeza que el SSP dejó de ser el partido de masas amplio y abierto a cuya construcción nos hemos dedicado desde 2001. Mientras se intensifica la guerra imperialista y la furia y oposición a ella aumenta cada día, el SSP ha dejado de ser capaz de responder a ella y mucho menos de dirigirla.

 

    Sin embargo todavía existe hoy en día la potencialidad para crear una organización de la izquierda escocesa amplia e inclusiva. El deber de los socialistas es de construir sobre esa base una respuesta organizada. Es por eso que damos la bienvenida a la iniciativa de varios compañeros de convocar el 3 de septiembre de 2006 una reunión para lanzar Solidaridad. Trabajaremos activamente para que llegue a ser el principio de una nueva formación política capaz de expresar las necesidades y las esperanzas de socialistas y activistas a través del país y de ser una plataforma para una izquierda nueva abierta, democrática, internacionalista y comprometida con la construcción de un mundo nuevo”.

 

Desgraciadamente, Solidaridad nació con una gran desventaja. La izquierda escocesa estaba dividida. Y aunque muchos de los mejores compañeros salieron del SSP para inscribirse en Solidaridad, otros siguieron por lealtad dentro de un SSP que seguía con la campaña de vilificación de Sheridan. Dentro de poco se personarán sus dirigentes en el juicio de Sheridan como testigos hostiles. Lo que exige y necesita la izquierda escocesa hoy en día es lo que siempre ha buscado: la unidad. Pero mientras los compañeros de ayer se siguen enfrentando en los tribunales la herida seguirá abierta.

 

Hoy no quedan representantes socialistas en el parlamento escocés, ni una izquierda unida capaz de enfrentar el impacto de la recesión y montar una resistencia unida a los ataques que nos esperan de un capitalismo que quiere salvarse a expensas de las grandes mayorías. Sin embargo la tarea urgente es crearla; en eso está el SWP en Escocia tanto como en el resto del Reino Unido. Los resentimientos personales palidecen ante esa tarea apremiante. En el futuro, al igual que en el pasado, partiremos de aquella famosa frase que nos lega la Internacional: “que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos”.

 

Die Linke hacia las elecciones generales: luces y sombras de la izquierda alemana

 

Isaac Salinas

 

Los medios de comunicación alemanes han conseguido, durante los últimos meses, vender una imagen de Die Linke como un partido un tanto desastroso y muy dividido internamente. Cierto es que en el interior del partido se dan luchas intestinas entre las diferentes fracciones y alas, sobre todo en torno a la cuestión sobre si Die Linke debe seguir ejerciendo un papel de oposición consecuente o se abre a la colaboración con el SPD.

 

El ala “derecha” —aunque más correcto sería decir “reformista”— está representada sobre todo por el PDS, originado tras la disolución del partido único de la antigua Alemania del Este, el SED. En él se acumulan “dinosaurios” de la época estalinista, reciclados hoy en “pragmáticos” de la “realpolitik”. Buen ejemplo de la gestión que éstos defienden es la municipalía de Berlín, donde Die Linke forma una desastrosa coalición con el SPD (desastrosa para los intereses de los trabajadores y el medio ambiente, no para la clase dominante).

 

El ala “izquierda” del partido, como no podía ser de otra manera, se divide a su vez en diferentes fracciones. Éstas abarcan desde el WASG (antiguo partido del oeste de Alemania que aglutinaba principalmente a sindicalistas y desilusionados del SPD), con Oskar Lafontaine a la cabeza, hasta corrientes más radicales como Izquierda Anticapitalista o Izquierda Socialista.

 

El último episodio de estas fuertes tensiones internas fue el congreso del partido, celebrado el 20 y 21 de junio. En él se aprobó el programa electoral de Die Linke de cara a las elecciones generales de Alemania, que tendrán lugar el próximo 27 de septiembre. El transcurso del congreso y el perfil del programa aprobado dan testimonio de la situación en que se encuentra actualmente Die Linke, tras dos años de su creación.

 

Con tal de evitar que el congreso se convirtiera en una lucha interna entre las diferentes fracciones del partido, la dirección intentó aprobar una parte considerable de las más de 1.000 enmiendas al programa electoral y buscar compromisos sobre algunas cuestiones centrales: las de un salario mínimo, las prestaciones de paro (Hartz IV) y el posicionamiento frente a la OTAN y la guerra. Frente a los 7,50 euros la hora de salario mínimo que exige el SPD, Die Linke apuesta fuerte por 10 euros la hora. La enmienda de los diputados “moderados” (léase reformistas) del PDS, que abogaba por 8 euros la hora —y 435 euros de renta mensual en lugar de los 500 euros que exige el partido— fracasó. Ya lo dijo Oskar Lafontaine: en Francia, con un partido conservador en el gobierno, el sueldo mínimo es de 8,71 euros la hora. Aún así, se acordó que el sueldo mínimo debería ser aplicado no inmediatamente, sino durante la próxima legislatura.

 

Tampoco prosperó la intención de los reformistas de limitar el programa de inversión estatal en ayudas sociales a 50.000 millones de euros: la mitad de lo finalmente aprobado. Para su financiación, Die Linke exige mayores impuestos a las ganancias privadas de los millonarios. En la actualidad, las ayudas a empresas van a cargo de los bolsillos de trabajadores y pensionistas. De esta manera, Die Linke hace honor a su tan coreada demanda de más “justicia social”. Por otra parte, en el congreso se integró la exigencia de disolución de la OTAN y su reemplazo por un organismo de seguridad colectiva que incluya a Rusia.

 

Cabe destacar que el Foro por un Socialismo Democrático (FDS) —una de las corrientes dentro de Die Linke, cercana al PDS— solamente lograron hacer pasar una de sus enmiendas, en relación a la prestación de servicios. Frente a la insistencia del FDS de orientarse a posibles coaliciones para crear un espectro social de centro-izquierda, Oskar Lafontaine y Gregor Gysi (números 1 y 2 del partido, respectivamente) defendieron que, al menos de momento, es impensable entrar en coalición a nivel estatal con el SPD o Los Verdes. Gysi fue incluso más duro que Lafontaine en sus declaraciones al respecto. Aún así, unos cuantos delegados de Alemania del este insistieron en que el partido ha de intentar tener presencia en el máximo de gobiernos regionales posibles. En esto, Gysi se mostró de acuerdo.

 

Sobre el tema de unidad de Die Linke, Gysi criticó ferozmente las declaraciones de André Brie (máximo representante de la oposición interna al liderazgo de Lafontaine) justo antes de las elecciones europeas frente a la prensa burguesa, en las que éste atacaba directamente la autoridad de Lafontaine. Sahra Wagenknecht, miembro de la dirección del partido, explica así la actitud de Brie: “Sus reproches no tienen ningún fundamento, lo único que evidencian es el malestar de Brie porque ya no juega ningún papel en el partido”. Conviene destacar que André Brie es defensor del Tratado de Lisboa y de una abierta orientación de Die Linke a posibles coaliciones con el SPD.

 

Un punto débil del congreso fue la ausencia de activistas de las luchas laborales de empresas como Opel o los centros comerciales Karstadt. Ciertamente, Die Linke no es por el momento un partido con la capacidad suficiente para intervenir decisivamente en las luchas de clase. Puede parecer preocupante el hecho de que solamente un miembro de la dirección destacó en su discurso que Die Linke se encuentra al lado de los trabajadores. Pero los hechos demuestran que Die Linke también está en la calle, en manifestaciones en solidaridad con los trabajadores en lucha y participando en diferentes campañas de los movimientos sociales.

 

Sobre la cuestión del papel de la mujer en la sociedad, hubo una sesión que contó con una buena presencia de mujeres en lucha en guarderías y almacenes comerciales. Una mujer del comité de empresa de una fábrica de Opel destacó la confluencia de su lucha y la de los trabajadores de Karstadt. Este detalle es importante ya que, tal y como señaló un miembro de la dirección, “cuanto mayor es el descontento social, más social se vuelve Alemania”. Sin embargo, es cierto que Die Linke sigue siendo un partido con una estructura de dominación masculina, cuya política de género permanece siempre en segunda línea. Lo mismo ocurre con el tema del ecologismo.

 

Respecto al tema de la nacionalización, se aprobó una enmienda que exigía que la nacionalización de bancos y empresas debería ir acompañada por su control democrático. No obstante, no encontró demasiado apoyo la exigencia de ampliar los derechos de cogestión de los trabajadores en las empresas. Ni tampoco prosperaron una serie de enmiendas dirigidas a la nacionalización de grandes empresas e industrias clave. Sin duda, las cuestiones de la propiedad (nacionalización) y política exterior permanecerán como puntos centrales del debate programático posterior a las elecciones. La primera, porque es imprescindible que el partido tenga una posición firme en este tema con tal de ganar un anclaje en las luchas de clase. La segunda, porque existe el riesgo de que Die Linke rebaje su discurso en materia de política exterior con tal de ganar capacidad de gobernar.

 

A grandes rasgos, el programa electoral aprobado con sólo 7 votos en contra es bueno en contenido, y sirve como base para una campaña electoral a favor de los afectados por la crisis. Sin embargo, Die Linke ha de poner mayor énfasis en las luchas laborales defensivas que se están dando (guarderías, Karstadt…), organizar reuniones para ganar nuevos activistas e incorporar a la campaña electoral acciones de protesta contra la guerra.

 

Respecto a la tendencia institucional del partido, se hace imprescindible contrarrestar la orientación de buena parte del partido a querer gobernar en coalición allí donde sea posible. Con las referencias de Rifondazione Comunista en Italia o el mismo Die Linke en Berlín, se hace evidente el fracaso que supone para la izquierda entrar en gobiernos de coalición con la socialdemocracia.

 

Con todo, Die Linke sigue siendo la única alternativa creíble a los partidos conservadores y social-liberales de Alemania. Es el partido donde la izquierda revolucionaria alemana encuentra su espacio natural de trabajo, fortaleciendo el carácter extraparlamentario del partido. Eso sí, mientras sus propuestas y reivindicaciones no sean sistemáticamente ahogadas por el aparato del partido. Die Linke, hoy por hoy, sigue siendo un partido dinámico y permeable a las ideas de sus distintas fracciones. Es por ello que, con sus limitaciones, merece nuestra solidaridad. Para En Lucha, Die Linke constituye un referente de la confluencia de una nueva izquierda, como también se está dando en Francia con el Nuevo Partido Anticapitalista o en Portugal con el Bloco d’Esquerda (por citar sólo algunos ejemplos a nivel europeo) y que también en el Estado español pretendemos impulsar.

 

Para leer más

Alex Callinicos, “Reagrupamiento, realineamiento y la izquierda revolucionaria”. julio 2002. http://www.enlucha.org/?q=node/280

Andy Durgan, “Las elecciones británicas y la crisis de Respect”. La hiedra, junio 2008. http://www.enlucha.org/?q=node/833

Manel Ros, “El Nuevo Partido Anticapitalista ¿anticapitalismo o antineoliberalismo?” La hiedra, marzo 2009. http://www.enlucha.org/?q=node/1289

Joel Sans, “La organización y los anticapitalistas”, La hiedra, febrero 2010. http://www.enlucha.org/?q=node/1919

En Lucha, “Por el reagrupamiento: Izquierda Anticapitalista y En lucha”, noviembre 2009. http://www.enlucha.org/?q=node/1765

En Lucha, “Apuntes sobre la Corriente Socialismo Internacional”, marzo 2010. http://www.enlucha.org/?q=node/2040