Irán: Estados Unidos y la Alianza Transatlántica en la vieja trampa colonial

Escribió: Juan F. Coloane en argenpress.info

 

Antes del atentado del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, los vínculos entre Irán y redes terroristas como Al Queda, así como el desarrollo de su capacidad nuclear, no constituían un tema de urgencia estratégica para Estados Unidos. Al menos en la difusión más pública.

 

Con las invasiones en Afganistán e Irak ya desatadas, los estudios del Pentágono señalaban que la república islámica no tenía una necesidad estratégica de desarrollar capacidad bélica nuclear (SSI- Sokolski y Clawson. 2004), especialmente por la ausencia de un enemigo cercano con aspiraciones de expansión.

 

Sin embargo este planteamiento del Pentágono queda trunco porque le faltaba el otro lado de la ecuación que era la evolución del poderío bélico nuclear de Israel y su posicionamiento como el principal aliado de la OTAN en la región.

 

La ambición nuclear de Irán -desde la época del Reza Pahlavi- es una variable que las potencias nucleares no han podido abordar con uniformidad de criterio frente a un Tratado de No Proliferación, concebido con demasiada ambigüedad desde su gestación en medio de la confrontación bipolar entre la Ex URSS y Estados Unidos.

 

Si India, Israel y Pakistán podían contar con un dispositivo bélico nuclear era inconcebible que la nación iraní -históricamente un pivote regional- debiera renunciar a la misma aspiración de las naciones mencionadas que fue materializada con el apoyo de las potencias nucleares mayores.

 

El actual Tratado de No Proliferación Nuclear descansa sobre una premisa de frágil legitimidad moral: está concebido a partir de un virtual Apartheid Nuclear en el cual se mantiene un exclusivo club de poseedores de armas atómicas. Es así que el acoso Occidental obligó a Irán adoptar la opción nuclear. Si el gobierno iraní no hubiera manifestado autonomía respecto a Occidente y si el régimen no hubiera levantado consignas contra Israel, las negociaciones hubieran derivado a que Irán legítimamente podía tener desarrollo nuclear incluyendo la fetichizada bomba atómica. Desde el punto de vista de los equilibrios en la zona era lo más razonable.

El régimen clerical ha sido una preocupación estratégica central no solo por su autonomía internacional sino también por los recursos energéticos y la ubicación geopolítica privilegiada de Irán. Este último antecedente es quizás más crucial aún que el gas y el petróleo por ser un eje histórico para la expansión territorial de las potencias coloniales europeas tradicionales y para el objetivo por la supremacía global que es consustancial en la política exterior del Estados Unidos Post Segunda Guerra Mundial.

 

Desde el desplome de la Ex URSS, la franja territorial de naciones que se extiende desde Argelia en el Norte de África y que atraviesa el llamado Medio Oriente y las zonas del Golfo Pérsico (en la mayor parte ex colonias de coronas occidentales), ha estado siempre en el dossier de la Alianza Occidental como zona de influencia o directamente como reconquista colonial.

 

Así lo ha explicitado el ala más conservadora europea representada hoy por los gobiernos de Cameron y Sarkozy. Todavía más, Merkel enfatiza el músculo económico alemán en una postura neocolonial al interior de Europa con su arenga de expulsar o condicionar a ciertos países de la comunidad europea para después recuperarlos bajo los designios de la economía alemana.

 

El desplome del régimen de la Revolución Islámica en Irán ha sido el rompecabezas más complejo para todas las administraciones que han pasado por la Casa Blanca quizás solo comparable con la revolución Bolchevique en 1917. En su discurso del 21 de enero de 1980 Jimmy Carter señala al Congreso de Estados Unidos que, “cualquier interferencia extranjera en la zona del golfo pérsico y del mar arábigo sería considerada como una agresión a los intereses estratégicos de Estados Unidos”. Sin embargo detrás de todo se esconde el interés por la supremacía global de Estados Unidos y la Alianza Transatlántica.

 

Aún así, más allá del tema nuclear que es el pretexto, el tema Irán está complicando las relaciones de Estados Unidos (y la Alianza Transatlántica) con China. Probablemente el acercamiento entre Estados Unidos e India también se vea afectado en el caso de un desplome violento del régimen sobre todo si se lleva a cabo con la intervención de Israel.

 

India después de Indonesia que lidera, es el país con mayor población islámica, cercana a los 140 millones, más del 13 % de la población. China a su vez es la potencia global más desprovista de la influencia directa del poderoso lobby israelí, otro punto que escapa al análisis convencional de la actual coyuntura.

 

Estados Unidos y la Alianza Occidental mantienen tropas voluminosas en los países del golfo pérsico, en Afganistán y faltaría Irán para completar un cuadro de control militar casi completo de la zona.

 

Aunque la diferencia de potencial bélico convencional y nuclear entre la Alianza Transatlántica y China- Rusia combinados esté cerca de 10 a 1 a favor de la Alianza, (la diferencia se reduce en ojivas nucleares), esto no es suficiente para cercar esa inmensa masa de tierra continental constituida por China y Rusia y que continúa siendo el gran escollo para la supremacía global Occidental.

 

El hecho de que entre las 20 más poderosas Corporaciones Transnacionales financieras y no financieras, se encuentre apenas una con sede en China y ninguna con sede en Rusia, tampoco basta. Hay que cercar a los colosos para erradicar cualquier cimiento de un futuro poder que se le ponga al frente a la poderosa Alianza Occidental.

 

Esto lo tenía claro la Reina Victoria, como lo describe Byron Farwell: “No ha existido el año en que en el largo reinado de la Reina Victoria, en alguna parte del mundo no haya habido algún soldado británico luchando por ella y su Imperio. Desde 1837 hasta 1901, en Asia, África, Arabia y en cualquier otro lugar, las tropas británicas permanecían desplegadas en permanente combate. Era el precio del Imperio, de liderar en el mundo y del orgullo nacional, y fue logrado sin mucho arrepentimiento o cuestionamiento y ni siquiera alguna reflexión”.

 

Estados Unidos y esta Alianza en medio de la retórica por los DDHH y la democracia han caído en su propia trampa colonial y deben mostrar sus cartas en forma más abierta a la comunidad internacional. Los países que aun mantienen algunas cuotas de autonomía e independencia deber reaccionar formando una nueva contención a un nuevo tipo de supremacía global que no se observaba desde los tiempos de la Gran Guerra de 1914. Los territorios son diferentes, las ambiciones casi las mismas.