¿Qué futuro para el movimiento Occupy Wall Street?

Escribió: Michael Greenberg en vientosur.info

 

Apena una semana después de la celebración del décimo aniversario del ataque a las Torres Gemelas de del World Trade Center, el movimiento Occupy Wall Street, tras atravesar la Zona Cero, acampó en Zuccotti Park. La reconstrucción de la zona estaba en pleno apogeo: en el horizonte ya se hacía visible la sustitución de la sustitución de las Torres Gemelas por el Memorial 9/11, que acababa de abrir sus puertas al público. Entre los efectos fuertes de la protesta estaba la sensación casi inmediata de que marcaba el fin de una década cuyo infortunio comenzó en esa calle y que abarca dos guerras fallidas, la corrupción empresarial, la peor recesión económica en setenta y ocho años, y un déficit presupuestario insostenible como resultado de los beneficios fiscales otorgados a los más ricos (que parecen avergonzar incluso a algunos de los que más se beneficiaron de ello).

Durante las dos semanas siguientes se publicaron numerosos informes que daban razón a la denuncia de la galopante injusticia social realizada por el movimiento.

Según la encuesta realizada el 15-16 de octubre por el instituto USA Today/Gallup, el 44% de los estadounidenses considera que el sistema económico es injusto para ellos. En una entrevista telefónica, el ganador del Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, un tanto sorprendido por el dato, me dijo que "cuando esa cifra llega al 25%, la mayoría de los gobiernos comienzan a preocuparse." Igual de sorprendente fue un estudio de Instituto de Política Económica, mostrando que el 1% de los estadounidenses pose un patrimonio neto superior que el "fondo" del 90 por ciento restante, si el 90 por ciento de cualquier cosa puede ser considerado como el "fondo". Menos sorprendente es el hecho de que la OCDE sitúe a los Estados Unidos más o menos al mismo nivel que México, Chile y Turquía en lo que respeta a la pobreza global, la pobreza infantil y la atención sanitaria. Está claro que la incapacidad asistencial del sistema se extendió a gran parte de la clase media.

A la luz de estos hechos, la expansión de Occupy Wall Street a muchas otras ciudades parecía inevitable pero esta situación cogió desprevenida a mucha gente comprometida. Era como si algo fundamental hubiera sido desenmascarado y las quejas que un número creciente de gente llevaba denunciando en privado desde hace tiempo, de pronto se hicieran públicas.

 

A mediados de octubre, según una encuesta del Instituto Brookings, el 54% de los estadounidenses tenía una opinión favorable de la protesta. De repente, o al menos eso parecía, se hablaba menos de los recortes presupuestarios que iban a limitar, cuanto no desmantelar, los programas de seguridad social, tales como Medicare, ampliando los recortes fiscales de Bush, y se hablaba más de cómo hacer frente a las desigualdades sociales.

Varios hechos apuntaban a un clima político alterado. El gobernador Andrew Cuomo, de Nueva York, modificó parcialmente su oposición a la extensión del llamado impuesto millonario introduciendo, a través de medidas legislativas, un tipo impositivo más alto para los neoyorquinos más ricos. Bank of America, Wells Fargo, JPMorgan Chase desistieron de sus planes para cobrar una cuota mensual por el uso de sus tarjetas de débito tras la indignación creciente de los clientes. Un acontecimiento menor en todo este panorama, pero indicativo del rápido cambio de opinión entre la gente.

 

Más importante fue el 61% de votos negativos que cosechó en Ohio el gobernador republicano John Kasich en el referéndum para imponer drásticos recortes en los derechos de negociación colectiva de 360.000 empleados públicos En Osawatomie, Kansas, el 6 de diciembre, en un mitin, el presidente Obama se hizo eco, casi literalmente, lo que había oído de los manifestantes en el Zuccotti Park: lamentó "la codicia impresionante de unos pocos" y llamó a "restablecer la equidad", una "cuestión decisiva de nuestro tiempo".

 

Sin embargo, cuando Occupy Wall Street entra en su quinto mes, desalojado de la mayoría de los espacios públicos que había ocupado a lo largo de todo el país el pasado otoño, el movimiento parece debilitado y con un futuro incierto. A veces parece estar impulsado por una serie de tácticas diseñadas para mantener su presencia pública pero sin una estrategia u objetivos discernibles, una especie de confusión, de falta de ubicuidad. El movimiento ha demostrado su capacidad para llamar la atención de los medios, pero uno se pregunta hacia donde va este movimiento, más allá de su capacidad para reafirmarse como específico modo de protesta.

Algunos de sus principales organizadores son muy conscientes de esta situación. Kate Davison me dijo: "Cuando salgo de nuestra burbuja, descubro que la gente no tiene una idea coherente de lo que somos. Piensan que somos un grupo de chicos enojados." Amin Husein, un graduado de la Facultad de Derecho de Columbia, que trabajaba dieciocho horas al día en una empresa dedicada a las finanzas y a los derechos de propiedad antes de salir de allí para dedicarse a tiempo completo al movimiento, expresó su frustración por el hecho de que la gente tenía problemas para "comprender lo que representamos". [1]

En parte esto se debe a que los miembros del movimiento fueron improvisando sobre la marcha, dando el mismo valor, al menos en teoría, a cada participante. Después de que fueran obligados a abandonar el espacio abierto y fluido de Zuccotti Park y otros campamentos, los organizadores recurrieron a la puesta en escena de una serie móvil de "ocupaciones" de zonas "temporalmente revolucionarias", tal y como me relató un activista. Se trataría de "transformar" el espacio público y luego dispersarse rápidamente para hacer lo mismo el día siguiente en otro lugar.[2]

 

El 1 de diciembre, por ejemplo, los manifestantes se reunieron frente al Lincoln Center a la espera de que finalizara la última actuación de la ópera de Philip Glass, Satyagraha, sobre la vida de Gandhi. La idea era dramatizar su afinidad con el método de resistencia no violenta de Gandhi. Al día siguiente, los Occupy realizaron una performance de veinticuatro horas de danza, "teatro radical" y "resistencia creativa", cerca de Times Square con el fin de "mostrar a los turistas y espectadores qué es Occupy Wall Street" y "que nuestras calles podían tener una imagen más colorida." El 6 de diciembre fue el día para "recuperar", en los barrios pobres, las casas vacías embargadas por los bancos y reinstalar un puñado de familias que habían sido embargadas y desahuciadas. El 12, se organizó una marcha hacia las oficinas de Goldman Sachs en Manhattan. El 16, hubo una manifestación en Fort Meade, Maryland, donde el soldado Manning Bradley, un héroe para el movimiento, fue sometido a juicio por pasar a Wikileaks los documentos clasificados del Gobierno. Al día siguiente, se organizaron más manifestaciones en Nueva York y otros lugares en defensa de los derechos de las y los inmigrantes. Y así sucesivamente.

 

La mayoría de estas acciones fueron planificadas con habilidad, llevada a cabo con una mezcla de indignación y buen humor. Algunas, como la recuperación de casas embargadas, fueron muy simbólicas. Ahora bien, tomadas en su conjunto, parecía que no hacían sino añadir una creciente confusión sobre la dirección del movimiento Occupy.

Por otra parte, la policía, con todo su equipo antidisturbios, se presenta en todas las acciones organizadas a través de las técnicas online que antes permitían al movimiento estar un paso por delante. Ahora las y los activistas se encontraban hacinados como sardinas allí donde iban. Algunos trataron de confraternizar con la policía indicándoles que ellos también forman parte del "99%", otros los trataban como mercenarios. Por momentos, la policía parecía aburrida, enfurecida, ambivalente y agotada. A menudo, su presencia respondía más a una táctica que una necesidad legal: como si se tratara no tanto de mantener el orden como de desmoralizar a los manifestantes (casi siempre pacíficos) y desgastarlos.

Últimamente el contexto ha cambiado: la policía desaloja a los periodistas y a veces los arresta antes de reprimir, con el fin de evitar que se de publicidad a las brutales escenas que, al aparecer en YouTube, permitieron el auge del movimiento. Cuando la policía desalojó a los manifestantes de Zuccotti Park el 15 de noviembre, los periodistas, tal y como informó The New York Times, fueron "aislados de la vista y del sonido" de la acción. Por lo menos fueron detenidos veinte periodistas y un helicóptero de CBS News recibió la orden de abandonar el espacio aéreo del parque. Durante la manifestación el 17 de diciembre fueron esposados y detenidos más reporteros. Y la víspera del Año Nuevo hubo periodistas hostigadas físicamente al tratar de cubrir una protesta.

 

Los manifestantes han pagado un precio considerable. Un bibliotecario respetable, incluso amable, de Dakota del Norte llamado Jeremy, estaba desconcertado y asustado al haber sido acusado del delito de agredir a un oficial después de que la policía cargara contra él durante una manifestación en la Bolsa de Nueva York el 17 de noviembre. "El policía dijo que cuando se volvió hacia mí se lesionó el dedo." Durante semanas el apartamento de Katie Davison fue sometido a control policial mediante un camión espía, al parecer, para vigilar a las personas que venían a verla. El 15 de noviembre, horas después de que los manifestantes fueron desalojados de Zuccotti Park, uno de los que pasó por su casa, Amin Husain , fue rodeado y golpeado por cinco policías sin motivo alguno. Husain no había sido detenido nunca antes. La represión ahuyenta a la gente menos comprometida. Actualmente, las acciones no logran reagrupar mas que a 500 o 300 activistas, e incluso menos. Algunos con los que hablé prefieren desarrollar acciones más pequeñas y concentradas. Sospecho que, en parte, porque este tipo de acción les da la sensación de ser combatientes callejeros, los incorruptibles, los guardianes de lo que es puro. Las escaramuzas con la policía podrían ser vistas como una prueba de que constituyen una amenaza real para el sistema.

 

Un activista me comentó que "se trata de una estrategia de guerrilla", "abrir una brecha y retirarse. Pocas revoluciones han evitado el derramamiento de sangre. Nuestro desafío es cómo hacer que la no-violencia sea efectiva". Una de sus ideas fue instalar pequeñas tiendas en los parques, ante los lobbies bancarios, en los atrios y en las plazas. "Llenamos las tiendas con cemento, símbolo de nuestra permanencia, un mensaje a la policía que no iba a ser fácil desalojarnos." Bajo el brazo tenía el libro Estrategia Militar de John Collins, una especie de manual sobre el arte de la guerra con la publicidad del general Anthony Zinni, ex jefe del Comando Central de EE.UU., en la contraportada.

Hay una inquietud persistente en el seno del movimiento ante el temor de ser "cooptados" por aliados potenciales; una palabra que surge con frecuencia en la conversación.

 

Los sindicatos más grandes del país fueron los primeros que mostraron su apoyo a Occuy Wall Street, otorgándoles dinero y salas. Con diferencia, las movilizaciones más grandes del movimiento (el 5 de octubre y el 17 de noviembre en Foley Square) fueron posibles en gran parte, gracias a los maestros, a los trabajadores y trabajadoras de la comunicación, y al personal empleado del hospital que se presentaron en números significativos a instancias de sus sindicatos.

A pesar de todo, los recelos de la jerarquía sindical en los contactos establecidos han impedido una alianza más profunda. Las propuestas de las facciones de izquierda del Partido Demócrata se han encontrado con una resistencia similar. Se temía que el carácter abierto de las asambleas generales y de los grupos de trabajo, hiciera vulnerable el movimiento, que fuera asimilado por parte de estos grupos, pero no hay evidencias de que pasara algo semejante. Muchos activistas sostienen que la integridad de la naciente experiencia anarquista debe ser protegida a toda costa.

Después de todo, Occupy Wall Street había tenido éxito allói donde la "vieja izquierda", cuya actitud dócil había fracasado durante los últimos años, temía dañar a Obama. Los liberales tradicionales dicen no entender los impulsos particulares del movimiento, su nueva forma de protestar y es justo en ello que reside el punto central que del eco que ha tenido. Sin embargo, a pesar de la gran cantidad de simpatizantes que ganó después de haber sido expulsado de Zuccotti Park, el movimiento corre el riesgo de quedar más o menos reducido a lo que había sido en septiembre: un grupo de activistas independientes sin una base real ni aliados.

 

Jackie DiSalvo, de la comisión Trabajo en Occupy Wall Street, considera que tras haber sido desmontado el campamento de Zuccotti Park, "se necesitaba articular un conjunto de reivindicaciones para definir dar consistencia al movimiento". A DiSalvo le gustaría que el movimiento impulsara una especie de WP: puestos de trabajo financiados a través de gravámenes a las empresas y a las rentas altas. "Pero, dijo, sé que esto nunca será aprobado por la Asamblea General ", refiriéndose al cuerpo informal de gente que tomaba las decisiones en Zuccotti Park. También espera que Occupy Wall Street presente candidatos en 2012, como el Tea Party lo hizo en 2010. Pero, admitió de nuevo, "Occupy Wall Street nunca lo hará."

 

En octubre, se constituyó un grupo de trabajo en torno a las "reivindicaciones". Cuando los miembros del grupo hicieron públicas algunas sugerencias, la Asamblea General las votó y algunas tuvieron éxito. Hoy en día, existe un grupo de 410 miembros que, según el sitio web del movimiento, "desarrolla el sentido de las reivindicaciones" (las cursivas son mías). En lugar de debatir las demandas reales, se preguntan cómo un grupo "puede crear un proceso en el que sus deseos y necesidades se pueden comunicar."

He discutido con algunos organizadores de los recientes esfuerzos realizados por los grupos ambientalistas para detener el oleoducto Keystone XL destinado a transportar petróleo de las arenas bituminosas de Alberta, Canadá, a las refinerías en Texas. De acuerdo con científicos expertos en clima, el petróleo, excepcionalmente sucio, libera una enorme cantidad de gases de efecto invernadero en la atmósfera, con resultados desastrosos. Los ecologistas han lanzado una campaña muy seria contra el oleoducto, incluso con acciones de desobediencia civil, que culminó con la detención de más de un millar de manifestantes frente a la Casa Blanca en agosto.

 

A diferencia de Occupy Wall Street, el movimiento ecologista tiene una trayectoria de décadas, con organizaciones financiadas a base donantes y un amplio número de votantes, y hacen campañas a favor o en contra de los políticos de acuerdo con sus posiciones en relación al medio ambiente. Bill McKibben, un líder de la protesta de Keystone, logró reunirse con un asesor de la Casa Blanca en noviembre. Poco después, Obama se comprometió a retrasar cualquier decisión sobre el oleoducto hasta que su impacto ambiental fuera analizado a fondo.

La protesta en torno al oleoducto puede ser un ejemplo de cómo la desobediencia civil combinada con políticas organizativas a la vieja usanza y demandas específicas pueden influir en la política. Sin embargo, en diciembre, los republicanos, que deseaban acelerar el proyecto, vincularon el mismo a un proyecto de ley de última hora para ampliar la reducción del IRPF que los demócratas estaban ansioso por pasar.

El proyecto de ley pasó. Dado que el oleoducto cruza una frontera internacional, Obama tiene la autoridad final para aprobar o cancelar el proyecto en sólo sesenta días. Desde entonces, ha indicado que probablemente el proyecto sea cancelado.

 

Para alguna gente de Occupy Wall Street con las que hablé, este episodio revela la futilidad del "juego político". Después de meses de trabajo duro y de jugarse el tipo, te acostumbras a ser moneda de cambio en una confrontación política cínica. El problema, decían, es sistémico. No era posible abordar cada tema a su tiempo. McKibben, un ardiente partidario de Occupy Wall Street, no estaba en desacuerdo con esta opinión. Me dijo que lo que más admira de Occupy Wall Street, "es la educación que realiza sobre el peso del poder empresarial sobre el gobierno. No podemos luchar contra todas los oleoductos. Lo que se precisa es un cambio en la conciencia política." De hecho, ya está en cuestión un nuevo gaseoducto.

Cuando le pregunté a Amin y Katie cuál era el objetivo final de Occupy Wall Street, su respuesta fue la siguiente: "Lograr un gobierno responsable ante el pueblo, liberado de la influencia corporativa". Esto se traducía en una demanda sencilla, simple, algo que el movimiento venía reclamando desde septiembre: una ley de financiación de las campañas que prohíba las aportaciones privadas y limite los fondos públicos para los candidatos. Ya existen propuestas detalladas para una Ley semejante, entre ellas, la del profesor de derecho Lawrence Lessig de la Universidad de Harvard que, aunque imperfecta, atacaría, en palabras de Lessig, "la raíz, lo que alimenta a los demás males, lo primero que hay que matar." [3]

 

Mientras hablaba, podía sentir la impaciencia de los oyentes. No sabía por qué. Como si el simple enunciado de una reivindicación les situara indefensos delante del Estado, lo que iba en contra de los principios Occupy Wall Street. Katie sostiene que Occupy Wall Street aún no tiene "una base suficientemente amplia" para plantear reivindicaciones con la expectativa razonable de que se consigan. Y Amin añade que: "No se trata de hacer pasar las leyes. No es nuestro campo." Se ven más como una contracultura, y para seguir sobreviviendo como tal, tienen que seguir sin contaminarse de la cultura a la que se oponen.

Pero ¿tienen capacidad para sobrevivir? Durante el tiempo que estuvo en Zuccotti Park, el movimiento fue capaz de sobrepasar sus propios límites. El parque había sido una constante acción en vivo, veinticuatro horas al día de espectáculo, un modelo de pueblo o un Estado dentro del Estado. A los manifestantes les gustaba pensar en ello como la exposición del futuro que se solía visitar en la Feria Mundial; un espacio al que acudía la gente venía de la calle, de Idaho o de Europa, a participar, a sumergirse en los debates.

 

Los organizadores describen Occupy Wall Street como "una forma de ser", de "compartir su vida juntos, en asamblea." Para participar plenamente en ese proceso de democracia "horizontal, autónoma, sin líderes, modificada en base al consenso" tienes que hacer del movimiento una parte central de tu existencia. Para muchos, esto suponía un problema insuperable. Una trabajadora social y madre soltera con poco tiempo libre, me dijo que había renunciado a unirse a Occupy Wall Street porque no podía encontrar la manera de hacerlo "sin estar con ellos todo el tiempo." Las ambiciones del grupo central de activistas eran más culturales que políticas, en el sentido de que trataba de influir en la forma de pensar acerca de sus vidas de la gente. "El nuestro es un movimiento de transformación", me dijo Amin con aire solemne. Una transformación que tiene que darse frente a frente; ofreciendo a la gente, especialmente a los jóvenes, un antídoto frente a la mirada vacía de las pantallas. En las reuniones y en otras partes, esta experiencia tolstoyana de sufrir una crisis personal, tanto política como espiritual, parecía profundamente compartida. Además de Amin, he conocido a un arquitecto, un editor de cine, un consultor de publicidad, un corredor de bolsa desempleado, una variedad de abogados y a personas con otros trabajos que, después de unirse a Occupy Wall Street, se vieron psicológicamente incapaces de seguir con su vida anterior. El otoño pasado, a lo largo de varias semanas, las reuniones en las gradas Este de Zuccotti Park tenían el aura de una reunión evangelista.

Esto puede explicar por qué algunos miembros del clero se sienten tan atraídos por Occupy Wall Street. Michael Ellick, el pastor de la Judson Memorial Church en Greenwich Village, dijo que cuando visitó por primera vez Zuccotti Park le recordó sus años en el monasterio. "Cuando la gente entra en un monasterio, no sabe por qué he venido", dijo Ellick. "Estás allí para averiguar por qué estás allí, por qué te has visto obligado a abandonar el otro mundo. Y lo averiguas junto al resto. Cuando tomas el control del micrófono es si la fe acude a ti." Él abrió las puertas de su iglesia a los manifestantes. John Merz, un sacerdote episcopal en la Iglesia la Ascensión en Greenpoint, Brooklyn, compara Occupy Wall Street a los primeros cristianos, que "nacieron como un movimiento público, en un espacio público, a través de reuniones espontáneas".

 

En un esfuerzo por recuperar un espacio público, los activistas, con el apoyo de miembros afines del clero que se habían organizado en un grupo llamado "Occupy the faith", planificaron acampar en un terreno baldío en el Canal Street, en la Sexta Avenida el mes de diciembre. El terreno, ubicado una manzana al sur de Zuccotti Park es propiedad de la Iglesia Trinity, una histórica iglesia episcopal y uno de los mayores propietarios de terrenos en la ciudad de Nueva York. Una iglesia, que había prestado un apoyo prudente, comedido, a los ocupantes cuando estaban acampados en Zuccotti Park dejándoles utilizar un centro comunitario y los servicios que tanto necesitaban. Sin embargo, les impidió acceder al gran espacio de Canal Street.

 

Los organizadores trataron de presionar a rector de Trinity, Jim Cooper, para que cambiara de opinión. Desmond Tutu, escribió desde Sudáfrica reconociendo el "constante" apoyo que Trinity le dio a él y al movimiento anti-apartheid [4] e instando a la iglesia a "modificar" su punto de vista "por justicia". Y añadió: "De la misma forma que la historia vió como en Sudáfrica resurgió la esperanza y la equidad, ahora les está mirando a ustedes" (Más tarde, Tutu envió otro mensaje, en el que aclaraba que él no estaba apoyando actos fuera de la Ley). Los manifestantes también se las arreglaron para obtener el apoyo del Consejo de la comunidad, que está revisando la recalificación de los terrenos que estaba esperando Trinity para construir una residencia en los mismos. Un miembro de la Junta dio a entender que iba a utilizar la revisión de la recalificación contra Trinity.

Pero la presión no funcionó. El 17 de diciembre unos pocos cientos de manifestantes se manifestaron en el lugar como está previsto, llevaron sacos de dormir para pasar la noche pero fueron rodeados por un fuerte regimiento de policías que les siguió de cerca mientras se desplazaban a lo largo del barrio. Cuarenta o cincuenta personas, entre ellos un obispo jubilado, saltaron la valla con la ayuda de una escalera y accedieron al espacio, pero fueron arrestados.

Tras ello, los sentimientos de los manifestantes arremolinados bajo el frio eran una mezcla de decepción y falsa alegría. Parece que el objetivo de la Trinity no era el adecuado. "Ocupemos o no, tiene que ocurrir algo", dijo un manifestante. Gran parte del grupo restante se dirigió frente al edificio donde habita Jim Cooper, a pocas manzanas de distancia. "No nos deja acampar en sus terrenos, vamos a ver cómo le siente que acampemos frente a su casa." Pero Cooper no dio señales de vida.

Me encontré con Jeremy, bibliotecario de Dakota del Norte, quien se preguntaba si "era productivo quedarse allí todo el tiempo". El estaba ansioso por trabajar en los aspectos teóricos del movimiento. A su juicio, se estaba creando algo nuevo y duradero. Los frutos se recogerían en primavera; ahora era el momento de hacer balance y definir estrategias.

 

Algunos de los miembros de Occupy Wall Street me dijeron que esperan emular el movimiento de derechos civiles de la década de 1960, que fue capaz de plantear una cuestión moral clara. En 1961, sólo el 28 por ciento de los estadounidenses aprobaba las sentadas en los mostradores del almuerzo y los autobuses de la libertad como una forma de terminar con la segregación. Al cabo de siete años o más y como consecuencia de este movimiento por los derechos civiles, los estadounidenses ponían en cuestión de forma abierta el racismo oficial.

Si Occupy Wall Street se convierte en la encarnación de la conciencia pública, hará que se planteen preguntas similares, desafiando la evasión moral y haciendo que la gente se plantee con urgencia, por ejemplo, qué grado de desigualdad y qué formas de presión empresarial sobre el gobierno pueden ser toleradas. El problema es que si bien limitar severamente el poder corporativo sobre el gobierno es una meta digna, se trata de una consigna moralmente abstracta, con poco impacto real. La justicia económica es un término vago y radical que hace referencia tanto a agravios personales como a una interpretación amplia. La igualdad económica y la justicia económica puede ser considerado como dos cosas distintas.

Sin embargo, lo que hace sólo cuatro meses parecía un movimiento sin más, ya no es así. Una reciente encuesta de Pew Research Center mostró que, por primera vez entre las personas menores de treinta años, el socialismo es visto más positivamente que el capitalismo, si bien entre el 46 y 49 por ciento de la gente encuestada no tiene claro qué es lo que significa el socialismo. Es posible que las guerras y recesiones de los últimos diez años hayan dado lugar a una generación politizada que en los próximos años determine el futuro del país. Lo más probable es que los meses previos a la elección presidencial de 2012 nos hablen más sobre lo que supone este fenómeno. Hasta el momento, Occupy Wall Street ha demostrado ser un movimiento impredecible y con recursos. Pero no hay garantía de la forma que adoptarán los futuros levantamientos que muchos esperan; e incluso, si tendrán lugar.

 

Notas:

[1] Para un retrato de Katie Davison y otros organizadores OWS véase mi ensayo "Occupy Wall Street Movimiento - Zuccotti Park: ¿Qué futuro? , The New York Review, 8 de diciembre de 2011. Disponible en FEES (artículo 23473).

[2] Cuando este artículo estaba camino de la imprenta, las barricadas de la policía que restringían el acceso a Zuccotti Park desde el 15 de noviembre fueron retiradas, después de que la New York Civil Liberties Union presentara una denuncia diciendo que eran "una violación de las leyes de zonificación de la ciudad". Los manifestantes "recuperaron" inmediatamente el parque. Pero por el momento este cambio no fue más que estético: la policía y los guardias de seguridad de Brookfield Properties, dueños del parque, siguieron aplicando las normas que prohíben instalar tiendas de campaña, sacos de dormir, o incluso acostarse.

[3] Véase Lessig, Republic, Lost: How Money Corrupts Congress—and a Plan to Stop It (Diciembre, 2011).

[4] Históricamente, Trinity ha apoyado financieramente a las iglesias anglicanas y la causa africana.

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