Mercadona. ¿El modo de producción asiático?

 

Escribió: Justo Serna en El País, España

 

Uno. "Yo soy hijo de porquero", dice Juan Roig. Es una declaración valiente. O retadora. Juan es uno de los vástagos del empresario valenciano que creó Cárnicas Roig. Entiendo que sienta orgullo. Yo, por mi JuanRoigporMonicaTorresparaElPaisparte, soy hijo de ATS: de prácticante, vaya. Como su padre, también el mío tocó carnes y epidermis. Y me siento orgulloso de su avance, de su mejora. Era un tipo muy abnegado.

 

Permítame, Juan, que me dirija a usted directamente. Ambos sabemos qué es el trabajo duro, lo que nuestros padres tuvieron que hacer para salir adelante en aquella posguerra inacabable del Franquismo. Era un régimen político mineral, con cerdos y con gente humanamente entregada. Muchos tenían las carnes abiertas: simplemente el general Franco dejó las heridas sin cicatrizar.

 

Mi padre no fue un tipo aguerrido: sencillamente se adaptó como pudo sobreviviendo --al igual que otros españoles-- a un sistema desastroso. ¿Recuerda qué política económica adoptó originariamente el General? Yo no la recuerdo: la aprendí en los libros, pues nací a finales de los cincuenta. ¿Y qué aprendí de lo anterior? Pues eso: el cierre del mercado, la supervivencia material, la sustitución de importaciones. Mucha gente modesta y emprendedora salió adelante sobreponiéndose a las restricciones de aquel Régimen. A base de esfuerzo: abriendo tiendas en las que se explotaban los mismos propietarios; fundando negocios que en los que el amo trabajaba de sol a sol.

 

Ahora, sr. Roig, usted postula la cultura del esfuerzo. Hay generaciones que saben de qué habla. El capitalismo tiene un mal que lo horada: el hedonismo. Vivir con lo puesto, vivir con lo corriente. vivir al día. Si tenemos satisfacciones, ¿para qué vamos a matarnos a trabajar? Daniel Bell lo diagnosticó hace años. Ah, la cultura del consumo trae esto: si nos vamos a morir, si no hay más allá, ¿para qué reprimirnos? ¿Recuerda el pasaje del Gran Inquisidor en Los hermanos Karamazov? Pues eso.

 

Pero el sistema capitalista tiene otro pequeño problema: los horarios laborales agotadores. Que la gente gaste su existencia matándose a trabajar es, quizá, muy rentable económicamente, pero --admítame-- destruye la familia. Destruye la cohesión social. Y destruye a la persona. Es probable que los emigrantes chinos que se han instalado en España tengan otra cultura del trabajo: sin desmayo y sin descanso. Pero eso se conoció aquí en tiempos de Charles Dickens (de quien por cierto se celebran doscientos años de su nacimiento).

 

Hace meses lo escribí. Pérmítame reproducirlo:

 

    Desde hace semanas vivo obsesionado. Leo y leo noticias que en principio no me conciernen. Suelen aparecer en los márgenes de los periódicos, en página par y en un rincón de la plana. Pero las capto de inmediato. ¿Acaso por un interés académico? No: por un interés histórico. Es China y es el cambio de hegemonía. Su ascensión parece imparable. Vaya descubrimiento, dirán.

 

    Al repasar los periódicos, quedo imantado por toda información referida a dicho país: ¿país, continente, civilización? Quedo impresionado por la China popular y su crecimiento y me asombra  el despliegue de los chinos por el mundo: se adueñan pácíficamente de los bienes y los recursos de sus competidores. En muchos sitios, el espacio es ya propiedad de los orientales. El capitalismo amarillo se extiende y el crecimiento económico del país es inaudito. Como si estuviéramos en los albores de la industrialización. Imaginamos cuáles son los costes: explotación y polución medioambiental.

 

    Fabrican de todo y eso que elaboran ya no es una simple copia. Ahora se atreven a producir bienes competitivos y atractivos, apoderándose así de  franjas decisivas del mercado. Quizá me equivoque, pero creo haber leído que uno de cada cuatro automóviles que se fabrican en el mundo es chino. Como creo haber leído que una de cuatro tiendas que abra Inditex en los próximos meses será en aquel territorio. Con los chinos, todo acaba en una cuestión de tamaño, de dimensiones, de índice…

 

    Pero no sólo es lo que hacen o dejan hacer en su tierra. Es lo que hacen fueran de allí. Leo, por ejemplo, que en España hay ya inmensos polígonos de mercancías en manos de sus nuevos propietarios chinos: en esos locales almacenan los objetos de consumo que después serán distribuidos y vendidos en los bazares repartidos por las ciudades. Han aumentado las tiendas, a la vista está, y éstas se expanden ampliando los metros cuadrados de los establecimientos. ¿Cómo? Estos empresarios orientales están dispuestos a pagar altos alquileres o a comprar  los locales: los precios han bajado.

 

    ¿Y la financiación? Según declaraba el presidente de la Asociación Empresarial China de Valencia, por ejemplo, sus connacionales no acuden a los bancos: se prestan entre ellos, a través de las redes familiares, para acometer  así sus nuevos proyectos. ¿Cuáles? No sólo la instalación y ampliación de esos bazares. También la obtienen para la rehabilitación y mejora de cervecerías. Pasó el tiempo de restaurants de comida china. Ahora, los orientales hacen sepionet plancha, calamares romana, patatas bravas, un colorista menú de tapas y raciones. Aquí, en mi propio barrio [en Benimaclet, Valencia]: pestañeas y te pierdes un nuevo bar chino, un nuevo bar con el nombre de su antiguo negocio. ¿Cuáles? Toni, Toni2, Rioja, Rioja2, Bar del Jamón Paco. Etcétera.

 

    Hay en Valencia una cervecería en la que quedo a tomar unas cañas con un par de amigos, amigos que frecuentan este blog. Lo regentan tres jóvenes chinos. Parecen trabajar de sol a sol.  Cuando pasas al lado del establecimiento ya está abierto y allí están cuando te retiras. Por la noche siguen los tres muchachos. En el salón-comedor tienen desplegada una incongruente bandera española. O al menos a mí me parece incongruente. Y disponen de dos inmensos plasmas en los que siempre siguen las incidencias futbolísticas del Barça o de la Roja. Los veo hacer aspavientos patrióticos.

 

    El joven chino que habitualmente nos sirve –el que ejerce de jefe de camareros– es muy amable. Habla trabajosamente el castellano y siempre sonríe, siempre dice que sí con una leve interrogación y siempre atiende con prontitud. Nunca parece cansado y nunca parece odiar al cliente. Ignoramos cuáles son las condiciones de su contrato: si es parte empresarial o sólo laboral. ¿Quién está dispuesto a trabajar tantas horas? Su caso no es único y la obstinación de los chinos parece imbatible. Punto y seguido.

 

Tres. ¿Es eso lo que nos propone, sr. Roig? Entiendo que si trabajas muchas horas contratas menos personal y entonces todo es más rentable. Pero entiendo que no todo es trabajo y trabajo: al menos para un hombre de profundas convicciones como usted. El laboreo sin descanso no aumenta la cohesión familiar.

 

Permítame una pregunta impertinente: ¿cuándo tendrán sus empleados un fin de semana completo? Un trabajador de Mercadona no para en sábado. Al menos, no para todos los sábados. Lo que usted propone ahora es que tampoco descanse en domingo: como sucede en los bazares chinos.

 

IPadApple ha ordenado una auditoría para verificar las condiciones de trabajo de quienes fabrican el iPad. Yo tengo ese chisme y, la verdad, me gustaría saber en qué condiciones ha sido ensamblado, cuántas horas han empleado los trabajadores chinos. Lo veo borroso...

 

La empresa de la mazanita es muy cool y contracultural. Supongo que no aceptará el esclavismo: sus clientes, tampoco.

 

No sé si se dan cuenta los amos del capital. Los emprendedores actuales tienen un serio problema: no es el hedonismo, el de tanto trabajador que se sabe perecedero, sino la vuelta al sistema fabril del Ochocientos. O, aún más, el regreso al Modo de producción asiático, un sistema que imaginó Karl Marx para tipificar lo que sucedía en Oriente: trabajo masivo y agotador y redistribución centralizada, monopolio. El pensador alemán tenía cuatro datos, pero su fantasía daba para mucho. Era todo un vaticinio: ahora, hay gente que quiere plasmarlo en el mundo real. Estoy seguro de que Apple conseguirá aumentar su cuenta de resultados sin implantar el esclavismo. El monopolio del mercado con sus gadgets ya casi lo tiene.

 

Ah, se me olvidaba: aparte de tener un iPad, soy cliente habitual de Mercadona.