Los últimos meses de Osama bin Laden

Escribió: Patrick Cockburn en rebelión.org

 

La historia detrás del rastreo y asesinato de Osama bin Laden sigue siendo un acertijo a pesar del torrente de documentales y artículos que aparecieron en el aniversario de su muerte. Una cantidad ridículamente alta de dirigentes políticos, generales, funcionarios de seguridad estadounidenses y de ex agentes de la CIA y del FBI dieron entrevistas reivindicando un papel central en la caza del líder de al Qaida. Muchos atribuyen su incapacidad de encontrarlo y eliminarlo en Afganistán y Pakistán durante 15 años a la ceguera e incompetencia de otros órganos del gobierno de EE.UU. La mayoría parece haberse convencido de su propia clarividencia y disposición de decir la verdad al poder durante toda la larga persecución.

Gran parte de todo esto es fantasía. Siempre existen aquellos que se ilusionan creyendo que fueron el cerebro crucial detrás de cualquier éxito político, militar o comercial. La cosecha de los que exageran su parte en la caza de Bin Laden es particularmente elevada, debido a los evidentes motivos de realce de su carrera. El papel del propio presidente Obama es subrayado sistemáticamente por la Casa Blanca, ya que es uno de los pocos éxitos aparentemente claros del señor Obama que puede explotar para todo lo que valga la pena durante la campaña de elección presidencial.

 

Inmediatamente después del asesinato, funcionarios oficiales presentaron a Bin Laden como la araña al centro de una red conspirativa, el bien oculto pero operacionalmente activo comandante en jefe de al Qaida. Después retiraron esas afirmaciones que obviamente estaban en conflicto con sus manifiestamente limitados contactos con el mundo exterior fuera de su complejo habitacional en Abbottabad. El cuadro es confirmado por la publicación en la semana pasada de 16 de sus cartas que cubren 200 páginas y muestran que incitaba vanamente a nuevos complots y políticas a la organización que solía controlar.

 

Al Qaida había atacado a EE.UU., pero después del 11-S, Bin Laden se quejó de que sus más exitosos afiliados o franquicias estaban librando luchas locales en Iraq y Yemen y dedicando sus recursos a matar a otros musulmanes. Estaban enajenando a la gente al tomar dinero falsamente y al “hacer volar mezquitas, derramando la sangre de numerosas personas para matar a uno o dos que estaban identificados como enemigos”. En lo que habría sido una de las más desafiantes operaciones de reposicionamiento en la historia, consideró el intento de salvar la reputación de al Qaida mediante el cambio de su nombre. Sugirió ponerse en contacto con cerca de media docena de periodistas internacionales, incluido mi colega Robert Fisk y Seymour Hersh (suponiendo que el Simon Hirsh que aparece en las traducciones del Centro de Combate del Terrorismo en la Academia Militar de West Point en EE.UU. sea una transliteración errónea de su nombre).

 

Una característica impresionante de esas cartas es que no existe evidencia de que sus destinatarios hayan hecho algún esfuerzo por realizar las instrucciones de su líder. Bin Laden se había transformado en iluso sobre la capacidad de su organización, y sugirió que se derribara el avión del presidente Obama.

 

Hay otra razón menos evidente por el cual el descubrimiento del último escondite de Bin Laden sigue siendo enigmático. Es por la complicada relación de EE.UU. con la ISI, la poderosa inteligencia militar de Pakistán, y los militares paquistaníes que gobiernan Pakistán. La ISI ha sido experta desde hace tiempo en la entrega de suficiente información y ayuda a los militares de EE.UU. y a la CIA como para mostrar su utilidad para ellos, pero no la suficiente como para capacitar a los estadounidenses para que actúen efectivamente por su propia cuenta en Pakistán. Es al mismo tiempo el principal patrocinador de los talibanes afganos – y el aliado de EE.UU. contra ellos.

 

Esto otorga una calidad ambigua a las operaciones de inteligencia estadounidenses en Pakistán. Por ejemplo, EE.UU. utiliza sus drones para matar combatientes de al Qaida y talibanes en Waziristán y otros sitios. Los drones son lanzados desde el interior de Pakistán, pero serían inútiles sin inteligencia en el terreno que identifique los objetivos. Un portavoz de la ISI me dijo una vez en privado que la ISI suministraba esa inteligencia, pero que todos tienen motivos para mentir ya que los ataques de drones son impopulares en Pakistán, como lo es toda cooperación de los servicios de inteligencia con los estadounidenses.

 

Como resultado, tanto la ISI como los militares paquistaníes tienen motivos para desmentir todo papel en el encuentro de Bin Laden. La discreción por su parte se ajusta perfectamente a la necesidad de la Casa Blanca, los militares estadounidenses y las agencias de inteligencia de EE.UU. de reivindicar todo el crédito por la identificación del complejo de Bin Laden en Abbottabad. La cooperación paquistaní fue brevemente admitida y elogiada por el presidente Obama el 2 de mayo de 2011, la noche de la incursión, cuando dijo: “Es importante señalar que nuestra cooperación de contraterrorismo con Pakistán ayudó a guiarnos a Bin Laden y el complejo en el que se ocultaba”. La naturaleza de esa cooperación nunca fue descrita por EE.UU. o Pakistán, y la cobertura en los medios extranjeros se concentró exclusivamente desde entonces en las acciones estadounidenses.

 

El relato mejor informado sobre los últimos diez años de Bin Laden, y la forma en la que fue encontrado, proviene del periodista investigativo Gareth Porter trabajando de acuerdo con el general paquistaní en retiro Shaukat Qadir, veterano de 30 años en el ejército paquistaní, quien habló con tres correos diferentes que estuvieron en contacto con Bin Laden entre 2001 y 2003. Explican cómo y por qué había sido marginado dentro de al Qaida en los dos años después que escapó de las montañas Tora Bora en los días de la caída de los talibanes afganos en 2001.

 

Según esos correos, quienes habían trabajado para Baitullah Mehsud, jefe de Tehrik-e-Taliban en Sud Waziristán, vinculado a al Qaida, Bin Laden no jugó un papel activo en la dirigencia de su organización después de 2003. Los correos ya no se sentían comprometidos por sus juramentos de secreto después que Mehsud fue asesinado por un drone en 2009. Dicen que la salud mental y física del líder de al Qaida se deterioró después de Tora Bora y que tuvo que ser mudado de una casa a la otra en Sud Waziristán. Se estaba volviendo cada vez menos realista y más iluso, obsesionado por un deseo de atacar el reactor nuclear de Pakistán en Kahuta (aunque allí no existía un almacenamiento de bombas). “Se había convertido en un lastre físico y se estaba volviendo loco”, dijo un correo al general Qadir, y agregó: “se había convertido en un objeto de burla” entre combatientes en Sud Waziristán. Otro correo dijo: “Ya nadie escuchaba sus desvaríos”.

 

Una reunión de dirigentes de al Qaida tuvo lugar en agosto de 2003, en una aldea en la provincia Nangarhar en Afganistán en la cual se decidió mantener a Bin Laden como líder titular pero sacarlo silenciosamente de todo control operativo. Abbottabad fue la selección final para su lugar de retiro porque estaba suficientemente lejos de las áreas tribales y menos bajo la observación de las agencias de inteligencia paquistaníes y estadounidenses.

 

Según el general Qadir, una investigación rutinaria de la ISI del propietario del complejo de Abbottabad, Arshad Khan, llevó a que la CIA se concentrara en el complejo. Khan pretendía ser un cambista en Peshawar, pero la ISI descubrió que no existía evidencia alguna de este hecho. Finalmente solicitaron a EE.UU. una fotografía satelital del complejo habitacional donde Bin Laden, aislado y amargado, pasaba los últimos seis años de su vida.