La destrucción de las especies

Pronunció la conferencia: Ives Dachy; publicó: vientosur.info

[Este artículo, que resume el contenido de una conferencia pronunciada por el autor el 30 de marzo de 2012, introduce un debate en torno a las nociones de “defensa animal”, “defensa de la naturaleza y del medio ambiente” y “biodiversidad”. Estos conceptos, surgidos en épocas distintas, gravitan hoy en torno a una misma realidad: la destrucción de las especies. Se trata de un proceso destructor de los seres vivos, impulsado por el ser humano. Nos priva de recursos y de innumerables invenciones de la vida. Hace que las poblaciones humanas dependan más de la producción industrial de mercancías, sobre todo alimenticias, recortando así su autonomía. Por consiguiente, reducirá las poblaciones humanas si alcanza la fase terminal al mermar los recursos de materia orgánica necesaria para la alimentación.]

«En el camino de vuelta maté un pájaro grande que se hallaba en el lindero de un gran bosque. Creo que fue el primer disparo que jamás se ha hecho aquí desde que se creó el mundo.» Daniel Defoe, Robinson Crusoe, 1719.

La erosión de las especies, con sus causas y sus consecuencias, es un fenómeno poco conocido por la población. Los habitantes del medio rural, que están más en contacto con las especies salvajes, perciben sobre todo la rarefacción de los grandes insectos (mariposas, abejorros, etc.) en comparación con las últimas décadas del siglo xx. Nuestros coetáneos consideran a menudo que la destrucción de las especies es un hecho positivo, un objetivo deseable para deshacernos de los “bichos”, las “alimañas”, los “insectos que pican” y las “plagas”, que conviene erradicar mediante un uso intensivo de pesticidas y con ayuda de la caza. Muchas veces se cierran los ojos ante la destrucción de la biodiversidad y sus consecuencias para no asumirlas, igual que los ricos pasan delante de los pobres sin verlos.

La desaparición de la biodiversidad y sus consecuencias no es una cuestión que preocupe a los grandes partidos, centrados en la conservación de sus privilegios y la creencia de que el “crecimiento” arreglará para siempre todos los problemas. La codicia capitalista es en parte responsable de la desaparición de la biodiversidad, un fenómeno que forma parte de la crisis ecológica. Decimos “en parte” porque las prácticas biocidas son bastante más antiguas que el comienzo de la era industrial (hace 200 años). Cuando la caza y la recolección constituían la actividad principal de nuestros antepasados, el uso del fuego para acorralar a los animales podía arrasar muchas hectáreas gratuitamente. Más tarde se utilizó el fuego para destruir los bosques primarios hasta nuestros días. De este modo desaparecen numerosas especies vegetales y animales, y desde este punto de vista las tronzadoras y excavadoras son armas de destrucción masiva.

El Homo sapiens juega a aprendiz de brujo con el único planeta de que disponemos. ¿Vamos hacia una reedición de la gran extinción que se produjo a finales de la era paleozoica (Pérmico-Triásico, hace 252 millones de años)? Fue un periodo breve (a escala geológica) caracterizado por una llamativa ausencia de fósiles en las rocas de la época. Ese extraño periodo ha intrigado mucho a los paleontólogos, que han hallado pruebas del mismo en varios continentes. Tuvieron que pasar cinco millones de años para que se reconstituyera un ecosistema completo en los mares y continentes. Hoy sabemos que del 90 al 95% de las especies terrestres desaparecieron junto con la casi totalidad de las especies marinas. Una serie de erupciones volcánicas liberaron cantidades masivas de dióxido de carbono y azufre; sobrecalentado por el efecto invernadero y contaminado por la acidificación de la atmósfera y las aguas, el ecosistema global de la época desapareció casi totalmente. Hoy, la biosfera vuelve a recalentarse y contaminarse con pesticidas, nitratos, etc., reproduciendo la crisis de entonces casi idénticamente, solo que con mayor rapidez.

Nadie podría decir cuándo un colapso profundo de la biodiversidad afectará a nuestra propia especie. Esta proyección es difícil de modelizar por cinco razones:

- Ignoramos cuál será el comportamiento y la capacidad de resistencia de los humanos, cuando un mayor número de ellos tengan que compartir menos recursos.

- Las políticas de los Gobiernos no son predecibles debido a la capacidad de iniciativa del ser humano.

- Las clases dominantes se niegan a adoptar de forma concertada las medidas que permitirían detener bruscamente la contaminación, la generación de CO2 y el tráfico que tanto les beneficia.

- El proceso se caracteriza por una gran inercia. No es posible detenerlo rápidamente porque opera a escala de toda la biosfera: atmósfera, continentes, aguas continentales y marinas y todos los seres vivos autónomos, simbióticos, comensales o parásitos, que suelen ser interdependientes.

- Finalmente, la conciencia general del peligro es débil en la población y las administraciones porque los medios de comunicación y los partidos no incluyen a nuestra especie en el concepto de biodiversidad y reducen esta a unas cuantas especies llamativas que habría que “proteger”. Tratan la erosión de los ecosistemas como un suceso anecdótico, negándose a cuestionar el status quo social.

Si la destrucción de las especies continúa al ritmo actual, la humanidad, que depende de la fauna y la flora, ni siquiera podrá recuperar la condición de cazadora-recolectora que prevalecía antes de la aparición de la agricultura y la ganadería (hace tan solo unos 7.000 a 10.000 años). Los cultivos de arroz y de trigo ya se ven afectados y podrían desaparecer localmente a corto plazo o tener que desplazarse. Los laboratorios ya están trabajando a marchas forzadas para crear cereales más resistentes a la sequía actual en muchas regiones. La humanidad tendrá que luchar por proteger los cultivos contra parásitos multirresistentes a los pesticidas que hemos creado y esparcido por todas partes, y que tendremos que dejar de utilizar después de tan solo 60 años de empleo catastrófico. El nivel tecnológico requerido para sobrevivir tal vez no sea accesible a toda la población del mundo. Esta dramática proyección podría materializarse a raíz de un aumento de las temperaturas medias mundiales de 2 °C prevista para 2050, es decir, mañana mismo, después del incremento de 1,5 °C ya alcanzado entre 1850 y 2010.

Ya aparecen hambrunas permanentes que afectan a millones de seres humanos del este de África y de Asia. Se está estableciendo un entorno climático nuevo, débil amplificación del clima natural modificado artificialmente, que transforma los bosques en praderas y las praderas en desierto (Sahel) y produce inundaciones en otras regiones. Esto complica la producción de bienes de supervivencia y provoca guerras de rapiña permanente que ya asolan el este de África y la cuenca del Congo.

Todavía no existe un grupo de expertos –similar al Grupo de Expertos Intergubernamental sobre la Evolución del Clima (GIEC), dotado de competencias meramente consultivas– dedicado expresamente a tratar de evitar fenómenos como el del Pérmico-Triásico. Un organismo de este tipo formularía propuestas que chocarían frontalmente con los regímenes liberales, que frenan su constitución. La crisis climática es uno de los parámetros que se combinan con la contaminación de la biosfera para inducir una erradicación de la vida. La biodiversidad atiende a nuestras necesidades y su desaparición es catastrófica. En efecto, la totalidad de nuestra alimentación sólida proviene de animales o de plantas. No sabemos fabricar masivamente alimentos sin contar con materia prima de origen orgánico.

Urge definir y aplicar políticas de defensa de la biodiversidad a gran escala, decididamente coercitivas contra los explotadores, los contaminadores y todos aquellos de degradan los componentes de la biosfera. Se pueden definir objetivos cuantificables al laxismo liberal hasta llegar a la superación del capitalismo, intrínsecamente incapaz de proteger el planeta. Esta lucha es indisociable de la contención de las alteraciones de la atmósfera, síntoma de la próxima llegada de una crisis irreversible provocada esta vez por la humanidad. Un cambio climático más rápido que el de aquella primera crisis, como dan a entender los indicios, es incontrolable a corto plazo debido a la enorme inercia del fenómeno. Proteger la biodiversidad, domar el clima y decidir de inmediato es salvarnos a nosotros mismos. Mañana será demasiado tarde.

Numerosas asociaciones ya han emprendido la tarea a la luz de los estudios realizados por economistas, naturalistas, ecologistas y biólogos. Han pasado de la defensa de los animales de compañía en el siglo xix, amparada en motivaciones caritativas, a la defensa global de los ecosistemas de finales del siglo xx. Pero el efecto de sus acciones es débil, se ven aisladas y reprimidas en varios países y carecen de medios económicos acordes con la gravedad de la amenaza. Hay Gobiernos que frenan la lucha contra los gases de efecto invernadero y los pesticidas, y algunos de ellos incluso apoyan a los “cazadores furtivos” que destruyen la vida.

Se extiende la idea de que un programa de defensa de la biodiversidad (en general) es irrealista en un entorno capitalista. En Francia, una corriente del movimiento de “defensa animal” se ha acercado a los anticapitalistas organizados. Es necesario crear vínculos entre estas corrientes que llegan a las mismas conclusiones, rompiendo con antiguos prejuicios apolíticos, después de haber sufrido la represión en su propia carne (con motivo de las manifestaciones antitaurinas, por ejemplo). Una moción en defensa de los seres vivos, presentada por un grupo en el congreso de un partido, ha obtenido un mísero 16% de votos favorables. Se trata de una actitud contra las ideas nuevas, pero por otro lado ha sido la primera vez que esta preocupación penetra en la esfera de la “alta política”. Urge que hagamos nuestra la cuestión de la biodiversidad, que incluye la supervivencia de nuestro planeta, y de la defensa animal, como complemento de las demás luchas contra la barbarie y por un horizonte socialista.