Egipto entre la revolución y la contrarrevolución

Escribió: Alain Gresh en Le Monde Diplomatique

¿Por qué no dispararon? ¿Por qué el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas (CSFA), después de muchas vacilaciones, acepta la elección como presidente de un dirigente de los Hermanos Musulmanes? Porque el Egipto posterior al 25 de enero de 2011 ha cambiado profundamente y porque ya no es posible el regreso al antiguo orden. Pero la lucha continúa y esta elección solo es una etapa de la larga transición emprendida desde el derrocamiento del presidente Hosni Mubarak.

Durante interminables y asfixiantes jornadas, en un ambiente pesado, Egipto contuvo la respiración. Esperaba la proclamación de los resultados de la segunda vuelta de la elección presidencial, retrasados hora tras hora. Bajo un sol de justicia, a pesar de las dificultades de la elección, en orden y bajo la supervisión de los jueces, los electores depositaron sus papeletas en las urnas, muchos más que en la primera vuelta. El 17 de junio los colegios electorales permanecieron abiertos hasta las diez de la noche para permitir que todos pudieran cumplir su deber. Apenas hubo incidentes. El vencedor debía proclamarse oficialmente el miércoles 20 y los resultados que llegaron por la noche confirmaron que Mohammed Morsi, el candidato de los Hermanos Musulmanes apoyado por muchas fuerzas de la revolución, lo había conseguido. La asociación independiente «Jueces para Egipto» que supervisó el escrutinio (1) ratificó su victoria.

Sin embargo, rápidamente la atmósfera se espesó. El rival de Morsi, el general Ahmed Chafik, presentó recursos ante el Comité Superior de Control de la Elección Presidencial, el cual decidió aplazar la publicación de los resultados. Al mismo tiempo los medios de comunicación, dirigidos por las mismas personas de la época de Hosni Mubarak, volvían al rumor y la desinformación contando que los Hermanos rellenaron las urnas, perdieron y ¡estaban preparando un levantamiento armado! En realidad, la decisión ya no estaba en las manos de los electores ni en las del denominado comité de control, sino únicamente en el CSFA que intentaba medir las consecuencias de una victoria que había tratado de evitar. Puso todo su peso tras el general Ahmed Chafik, el último que desempeñó el papel de primer ministro de Mubarak. Ese militar forma parte de la camarilla de los hombres de negocios (y de los oficiales) que han explotado al país desde hace dos decenios; el 2 de marzo de 2011, durante un debate memorable entre Chafik, todavía primer ministro, y el escritor Alaa Al-Aswani, autor del inolvidable Edificio Yacobián, este último presentó muchos documentos que confirmaban la corrupción de Chafik, lo que le obligó a dimitir. Representante de lo que aquí se denomina «los fouloul», restos del antiguo régimen, los ci-devant, como se les llamó en la época de la Revolución Francesa, ha agrupado a su alrededor el «Estado profundo» que se agazapó en la sombra tras la caída del dictador y ahora lucha con energía para reconquistar todos sus privilegios. Todos aquéllos que no han olvidado nada ni han aprendido nada.

Por fin, tras largas vacilaciones, el CSFA tuvo que ceder el 24 de junio y se proclamó vencedor a Morsi, que anunció su dimisión de la Hermandad y del Partido Libertad y Justicia (PLJ) y afirmó su voluntad de ser el presidente de todos los egipcios. Por primera vez en la historia del Egipto republicano un civil se convierte en presidente. Para entender este cambio, basta con dar una vuelta por las calles de El Cairo y escuchar a los egipcios, en particular a los jóvenes: cualesquiera que sean sus opciones, no quieren que se confisque el poder, quieren expresarse, que se tengan en cuenta sus opiniones. Se trata de la generación de la revolución, la que se moviliza en todas las ciudades e incluso en los pueblos. La hora de las dictaduras militares ha pasado. Esos jóvenes que festejan la victoria de Morsi, algunos con máscaras de Anonymus, bailando ritmos endiablados, llevando en andas a un copto –con su gran cruz-, y se felicitan de la derrota del general del antiguo régimen, se parecen poco a hordas de barbudos dispuestas a arrasar el mundo civilizado.

Sin embargo, el pequeño margen de la victoria de Morsi, apenas un millón de votos, frente a un candidato que representa ese viejo régimen contra el que se alzó el pueblo a principios de 2011, dice mucho del rechazo que suscitan los Hermanos Musulmanes en una parte de la población y sobre las contradicciones de la transición en curso.

Los resultados de la primera vuelta de las presidenciales crearon un choque entre las fuerzas revolucionarias. Codo con codo, pero sin obtener ninguno más que alrededor de un cuarto de los votos, Morsi ligeramente en cabeza seguido del general Chafik. A continuación Hamdin Sabbah, candidato poco conocido, de tendencia nasseriana, consiguió más del 20% de los sufragios –como aquí nada es simple, él y su partido se aliaron con los Hermanos en las legislativas-. En cuanto al cuarto, Abul Futuh, obtuvo el 17,5% de los votos. En conjunto, los candidatos cercanos a la revolución, Sabbahi, Futuh y algunos más, consiguieron casi el 40% de los votos, pero se encontraron eliminados de la votación.

¿Cómo reaccionar? ¿Qué hacer en la segunda vuelta? Para el escritor Al-Aswani, crítico virulento de los integristas, la opción estaba clara: «No estamos con Morsi, apoyamos la revolución». Una posición que explicaba el editorial de Mostafa Alí (Last Call: Will the revolution or the counter-revolution write Egypt history», Ahram online, 22 de junio de 2012): «Trágicamente, algunas fuerzas favorables a la revolución describen erróneamente a una organización conservadora y vacilante como los Hermanos Musulmanes, que más de una vez han traicionado los objetivos de la revolución (y podrían volver a hacerlo en el futuro), como fascistas religiosos. Y de esta manera asimilan a esta fuerza, que se comprometió de manera oportunista con el antiguo régimen, al régimen actual que pretende destruir al conjunto de la revolución…»

El fantasma de un Estado teocrático impuesto por los Hermanos agobia a algunos. Sin embargo, para la mayoría de las fuerzas revolucionarias el ejército y el antiguo régimen, que mantienen el control de la mayoría de los mecanismos del poder, son las fuerzas a abatir, contra las que se creó un frente común el 22 de junio. Morsi está rodeado de partidos implicados en la revolución y de figuras simbólicas como Wael Ghonin o Al-Aswani, comprometidos en una plataforma común contra el CSFA y en particular contra sus decisiones en las semanas anteriores a la elección.

«Cometimos un gran error tras la caída del presidente Mubarak, el de dejar el poder en manos del CSFA». Era el 14 de junio y Abul Futuh, candidato fracasado a la elección presidencial, acababa de entenderlo: el Alto Tribunal Constitucional declaró ilegal la ley que permitió la elección del Parlamento, lo que supuso su disolución. Además abolió la ley que prohibía que las personalidades del antiguo régimen se presentaran a las elecciones, lo que autorizó al general Chafik a presentarse en la segunda vuelta de la presidencial, el 16 y 17 de junio.

En Egipto, ya lo dijimos, nada es sencillo. Durante esos días de crisis Hamdin Sabbahi efectuó la (pequeña) peregrinación –omra- a La Meca y se encerró en un prudente mutismo sin tomar posición por ninguno de los dos candidatos en liza. Marcado por su ideología nasseriana, le repugna criticar al ejército.

En cambio Abul Futuh, un exdirigente de los Hermanos Musulmanes, pretende crear un frente amplio contra los militares. Cumplidos los sesenta (un jovencito en el contexto político local), carismático, irradia una energía desbordante. Durante mucho tiempo presidente del sindicato de los médicos, ha estado en prisión varias veces a lo largo de los años. Marginado por la Hermandad, que le considera demasiado liberal, participó activamente en toda la epopeya de Tahrir y adquirió una gran autoridad, en particular entre los jóvenes Hermanos. Muy pronto anunció que se presentaría a la elección presidencial y se comprometió a un programa de reformas democráticas del país, un Estado civil, la igualdad entre hombres y mujeres, la igualdad de los ciudadanos, en particular con la autorización de que se pueda elegir a un copto presidente de la República. Ha agrupado a su alrededor una amplia coalición de tendencias y personalidades –uno de sus asesores es marxista- y además en la primera vuelta obtuvo el sorprendete apoyo de los salafistas, preocupados por una hegemonía de los Hermanos Musulmanes en el escenario político. En Egipto nada es sencillo.

Para Abul Futuh, como para muchas otras fuerzas, las opciones de la segunda vuelta estaban claras: el regreso al antiguo régimen con el general Chafik, o un paso adelante con la elección de un candidato civil y la lucha para «la caída del poder militar».

En las semanas previas a la elección presidencial, el CSFA lanzó una ofensiva para consolidar su control institucional. El 4 de junio, el ministerio de Justicia ratificó el derecho de los militares a arrestar y juzgar a los civiles. Tras la absolución, durante el proceso de Mubarak, de importantes cuadros del ministerio del Interior, los responsables de la muerte de cientos de manifestantes y numerosos policías acusados de haber disparado sobre los manifestantes fueron absueltos.

Tras el veredicto del 14 de junio, el CSFA recuperó el poder legislativo que había cedido al Parlamento y adoptó una declaración constitucional adicional que pone al ejército a salvo de cualquier «injerencia» de los civiles y limita el poder del futuro presidente. También se ha arrogado un derecho de fiscalización en la redacción de la futura constitución.

Mientras tanto, el Estado profundo ha continuado su actuación a favor del general Chafik, movilizando todos los medios que le quedan, y son numerosos: medios de comunicación complacientes –a menudo incluidos aquéllos calificados de independientes, en manos de hombres de negocios vinculados a los círculos del poder-, intelectuales del antiguo régimen, pensadores «liberales» movilizados contra la dictadura islámica, pero callados con respecto a la de los militares. Todas las mentiras, hasta las más descabelladas se han utilizado para desacreditar a los islamistas: en el Parlamento de Túnez habrían restablecido la poligamia; Morsi habría decidido privatizar la empresa del canal de Suez, símbolo de la independencia de Egipto desde que fue nacionalizado en 1956 por el presidente Gamal Abdel Nasser; los Hermanos habrían acumulado armas, querrían transformar el ejército sobre el modelo iraní, restablecerían el impuesto especial (jaziya) a los coptos, cerrarían los cines, los teatros, etc. Uno de los rumores más espectaculares, y que ha dado la vuelta al mundo: el Parlamento estudiaría una ley que permitiría a los hombres mantener relaciones sexuales con sus esposas en las seis horas siguientes a la muerte de ellas. Como en la época de Mubarak, u otros dictadores árabes, «nosotros o los islamistas» sigue siendo el lema de todos los ci-devant que pretenden mantener el orden establecido.

Hay que reconocer que la propaganda dio sus frutos: en la segunda vuelta, más de 12 millones de egipcios votaron por un candidato del antiguo régimen a pesar de que no son partidarios, ni mucho menos, de una vuelta atrás. Los Hermanos Musulmanes tienen su parte de responsabilidad, como lo demuestran sus resultados electorales: mientras que Morsi obtuvo en la primera vuelta 5,7 millones de votos, su partido recolectó casi el doble en las elecciones legislativas de finales de 2011-principios de 2012.

La Hermandad paga sus errores y sus vaivenes entre la revolución y el ejército. Fuertemente reprimidos bajo el régimen de Mubarak, los Hermanos no empezaron a participar en las manifestaciones hasta el 28 de enero de 2011, tres días después de que empezaran, aunque sus militantes más jóvenes estuvieron al pie del cañón desde las primeras horas. Desempeñaron un papel activo en el pulso que enfrentó a la calle con Mubarak y contribuyeron ampliamente, en nombre de su organización, a la resistencia frente a las ofensivas de la policía.

Tras la caída del rais esta organización, básicamente de orientación conservadora, buscó un terreno de entendimiento con el CSFA. Se disoció de los jóvenes manifestantes, en particular en noviembre de 2011, cuando los enfrentamientos con el ejército en El Cairo causaron cuarenta muertos. Los Hermanos, deseosos de que se celebrasen las elecciones legislativas a cualquier precio, denunciaron «actuaciones irresponsables», lo que muchos jóvenes no les han perdonado.

Después de lograr una amplia mayoría en el Parlamento, han demostrado una voluntad de hegemonía que les ha restado muchas simpatías. Y la decisión, a pesar del compromiso anterior, de participar directamente en la elección presidencial, reavivó los temores. Fahmi Howeidy, un editorialista respetado de tendencia islamista, cuyos artículos se publican en todo el mundo árabe, criticó duramente esa entrada en la batalla presidencial. Pero piensa que las responsabilidades de los atascos del período anterior son compartidas: «En el Parlamento, los liberales y los demás partidos rechazaron todas las propuestas de los Hermanos de presidir las comisiones. Apostaron al fracaso cuando la asamblea adoptó medidas positivas: reforma del bachillerato, cambio del estatuto de 700.000 trabajadores precarios, salario máximo, etc.» Para este periodista, en Egipto la batalla no enfrenta a laicos y religiosos, sino a partidarios del antiguo régimen y demócratas.

Al aceptar el 22 de junio la creación de un frente con las fuerzas revolucionarios, los Hermanos tomaron nota de su aislamiento. Se han comprometido a luchar contra el poder militar, en particular exigiendo la abolición de la declaración constitucional adicional y la vuelta del Parlamento elegido. Ahora que su candidato es el presidente, ¿no intentarán entenderse otra vez con el CSFA? ¿Cuál será el modelo de redacción de la nueva constitución? Las preguntas siguen ahí, pero en cualquier caso el 24 de junio marca una etapa importante en la historia de Egipto y en la liquidación del antiguo régimen, en particular del dominio sobre la economía de una banda de corruptos.

Nota

(1) Ahram online , 20 de junio de 2012.