Mario Bunge: "Aunque en materia política todos somos tuertos, más vale que el ojo vidente sea escéptico"

Publicado en El Jinete insomne

El filósofo y psiquiatra alemán Karl Jaspers (1883-1969) decía que la búsqueda de la verdad y no su posesión es lo que da valor a la filosofía. Para esa búsqueda, varios son los criterios utilizados a lo largo de la historia desde los tiempos en que Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) la definiera en sus "Analytica posteriora" (Segundos analíticos) como "decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es". El filósofo escocés David Hume (1711-1776), por ejemplo, en su célebre "Treatise of human nature" (Tratado de la naturaleza humana), escogió el método del gusto: "Tanto en la filosofía como en la ciencia debemos seguir nuestro gusto. Cuando estoy convencido de algún principio, cuando prefiero un conjunto de argumentos por sobre otros, no hago sino decidir, sobre la base de mi sentimiento, acerca de la superioridad de su influencia". Combinaba así, valores situados en niveles diferentes: el de la estética y el de la razón. Peor es el argumento de autoridad, criterio utilizado por las diferentes religiones, que no ha hecho más que mantener al pensamiento en el oscurantismo y la ignorancia durante tanto tiempo y con tanta eficacia. Para los creyentes en estas supercherías, la manera correcta de establecer la verdad de un enunciado es someterlo a la prueba de algún texto, frases más o menos célebres tenidas por verdades eternas o principios infalibles tomadas de libros como la Biblia, el Brahma Sūtra, el Canon Pali, el Corán, el Talmud o el Tao Te Ching, según el caso. Este absurdo dogmatismo es sostenido aun cuando dichas creencias no pueden ser comprobadas ni empírica ni racionalmente. Otro criterio muy difundido es de la evidencia, según el cual verdadero es aquello que parece aceptable a primera vista, sin examen ulterior. El ya mencionado Aristóteles afirmaba que la intuición "aprehende las premisas primarias" de todo discurso, y es por ello "la fuente que origina el conocimiento científico", y René Descartes (1596-1650) aseguraba que "hay principios evidentes que, lejos de tener que someterse a prueba alguna, son la piedra de toque de toda otra proposición, sea formal o fáctica". A esta teoría adhirieron, entre otros, prestigiosos filósofos como Edmund Husserl (1859-1938) y Henri Bergson (1859-1941). Finalmente, otros pensadores se han inclinado por el vitalismo, conjunto de afirmaciones que se creen o no por su grado de utilidad, independientemente de su fundamento racional o empírico. Es el caso de Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), José Ortega y Gasset (1883-1955) o Friedrich Nietzsche (1844-1900), para quien "la posesión de la verdad, lejos de ser un fin en sí, es sólo un medio preliminar para alcanzar otras satisfacciones vitales". "Pregúntesele a un científico -dice el filósofo argentino Mario Bunge (1919) en "La ciencia. Su método y su filosofía"- si cree que tiene derecho a suscribir una afirmación en el campo de las ciencias tan sólo porque le guste, o porque la considere un dogma inexpugnable, o porque a él le parezca evidente, o porque la encuentre conveniente. Probablemente conteste: ninguno de esos presuntos criterios de verdad garantiza la objetividad, y el conocimiento objetivo es la finalidad de la investigación científica. Lo que se acepta sólo por gusto o por autoridad o por parecer evidente o por conveniencia, no es sino creencia u opinión, pero no es conocimiento científico. El conocimiento científico es a veces desagradable, a menudo contradice a los clásicos, en ocasiones tortura al sentido común y humilla a la intuición; por último, puede ser conveniente para algunos y no para otros. En cambio aquello que caracteriza al conocimiento científico es su verificabilidad: siempre es susceptible de ser verificado". El genuino camino de la ciencia, entendida como el conocimiento racional, sistemático, exacto, verificable y por consiguiente falible, es el que ha transitado a lo largo de su vida este notable humanista argentino radicado en Canadá desde 1966, cuando la dictadura militar de turno produjo una enorme diáspora de científicos hacia distintas universidades del mundo. Sobre diversos aspectos de la ciencia como investigación, como productora del mejoramiento de nuestro medio natural y artificial, y como productora de nuevas ideas, hace referencia Mario Bunge en la siguiente edición de entrevistas, en las que también se explaya sobre la política, la economía, las religiones, el psicoanálisis y las pseudociencias. Ellas son las publicadas en la revista argentina "El Ojo Escéptico" el 12 de abril de 1995 (por Alejandro Agostinelli), en el diario "El Argentino" el 11 de marzo de 2009 (por Jonathan Rippel), en los diarios peruanos "Perú 21", "La Primera" y "El Comercio" el 28 de marzo, el 4 de abril y el 12 de julio de 2009 (por José Gabriel Chueca, José Luis Ayala y Jorge Paredes respectivamente), en el diario "La Nación" el 27 de marzo de 2010 (por Ricardo Carpena), en el diario español "El Mundo" el 11 de marzo 2011 (por Daniel Arjona), y en las revistas españolas "El Viejo Topo" nº 234 de septiembre de 2011 (por Salvador López Arnal) y "Filosofía Hoy" del 12 de enero de 2012 (por Gabriel Arnaiz).

En su libro "Crisis y reconstrucción de la filosofía", usted afirma que la filosofía está grave. La pregunta es: ¿ha muerto o todavía no?

No, no, no, todavía no; no creo que jamás muera porque la gente siempre se ha de formular problemas filosóficos, como por ejemplo: ¿qué es la vida?, ¿qué es la muerte?, ¿qué es la soledad? Siempre habrá filósofos, dentro o fuera de las universidades. Está grave porque se ocupa casi exclusivamente de problemas triviales o de problemas de historia, en vez de tratar problemas de la filosofía. Mejor dicho, estudian a los muertos y descuidan los problemas vivos.

¿Es tan crítica la situación de la filosofía contemporánea?

Yo creo que la filosofía se ha estancado. En los últimos años no ha abordado problemas importantes sino problemas secundarios y muchas veces seudoproblemas. Muchos filósofos se preguntan, por ejemplo, cómo sería una Tierra sin agua o qué significa ser un murciélago.

¿Por qué no ocuparnos mejor de cómo piensa y siente la gente?

Para eso hay que informarse sobre las neurociencias que estudian el órgano de la mente que es el cerebro; pero la mayor parte de filósofos se niega a aprender esto. No creo que la filosofía vaya a morir o desaparecer, pero sí está muy enferma. Una buena infusión de ciencia del siglo XXI le vendría muy bien.

En ese sentido es un entusiasta defensor de las neurociencias. ¿Qué avances tenemos en este campo?

Estamos viviendo la década del cerebro. Se está avanzando muchísimo, pero todavía se ignora bastante. No sabemos exactamente cuáles son las partes del cerebro conscientes de sí mismas; pero se acaba de descubrir que dar brinda mayor placer que recibir, y que es el mismo tipo de placer que sentimos al comer algo sabroso. Se ha descubierto también que la desigualdad es mucho más nociva que la pobreza. La desigualdad causa estrés y este, a su vez, origina una superproducción de sustancias nocivas que destruyen el cerebro. En los países más equitativos las personas son más longevas. Los costarricenses y los cubanos viven bastante más que los norteamericanos. Ganan muchísimo menos, son mucho más pobres, pero viven más porque son más igualitarios.

¿Por qué no es posible hablar de una filosofía practicada en América?

¿Por qué no? Sí es posible, perfectamente. Lo que ocurre es que hemos tenido una mala tradición, la tradición escolástica importada de España y después los filósofos latinoamericanos que han sido deslumbrados por las filosofías europeas y últimamente también por la norteamericana. En muchos aspectos es todavía los restos de una cultura colonial, eso es. Se está liberando de eso en las ciencias, en las matemáticas, eventualmente en la filosofía también. En el futuro, de eso estoy seguro, habrá una filosofía original, así como hay ya ciencia original.

¿Por qué en nuestros países, donde se necesita tanto del desarrollo científico, se le da tan poca importancia a la investigación?

Es culpa de los intelectuales que no han sido capaces de entender que la ciencia y la técnica son el motor de la civilización moderna. Si lo entendieran, empujarían a los gobiernos para que se ocupen de ello. En nuestros países casi todos los intelectuales se ocupan de cualquier cosa menos de ciencia y técnica. Los científicos no suelen interesarse por la política, lo que es un error pues tendrían que actuar en ese terreno para exigir que los gobiernos inviertan más en ciencia, en educación y en salud.

¿Por qué los filósofos se han alejado de la ciencia? ¿Cuándo empezó esto?

Yo creo que empezó como una reacción contra el Siglo de las Luces. Empezó con gente como Hegel, al comienzo del siglo XIX, como una reacción contra el modernismo, contra el cientificismo y el materialismo. Vinieron todas esas fantasías idealistas de Hegel y en el siglo pasado aparecieron Edmund Husserl, Martín Heidegger y demás charlatanes que escribían de manera tal que era imposible entenderles. De esta manera ocultaban que no decían nada.

Heidegger no es santo de su devoción filosófica. El ex-rector de Friburgo en tiempos turbulentos no pretendía hacer ciencia. No hay, por tanto, pseudociencia en su obra. ¿No hay nada que el pensamiento racional pueda sacar en limpio del autor de "Ser y tiempo"? ¿Ninguna temática, ninguna tesis, ninguna inquietud filosófica? Si no fuera así, ¿por qué está tan de moda su pensamiento desde hace décadas?

Heidegger no sólo no pretendió hacer ciencia sino que, siguiendo a su maestro, Edmund Husserl, rechazó la ciencia. Esto le impidió hacer ontología y gnoseología en serio. Es verdad que "Ser y tiempo" abordó la ontología, pero no aportó nada porque es un fárrago de sinsentidos y de trivialidades dignas del siglo X. Todo el existencialismo es una gran estafa de la que nada queda. ¿Quién puede tomar en serio enunciados tales como "El tiempo es la maduración de la temporalidad?". También yo me pregunto por qué sigue de moda ese farsante.  Una explicación  posible es que sus adeptos rechazan el rigor lógico e ignoran todas las ciencias. También debe influir el hecho de que Heidegger escribió en alemán y enseñó en una universidad prestigiosa. ¿Se le admiraría si hubiera escrito en castellano y profesado en una universidad latinoamericana?

¿Y los filósofos que han gestado el pensamiento posmoderno?

No han aportado ningún conocimiento porque justamente niegan la ciencia, la racionalidad, la lógica, y cuando usted niega eso se vuelve un cuadrúpedo. Cuando no se reconoce que el cerebro es capaz de entender, de conocer; cuando se dice que todo es misterioso se está negando la modernidad. Es peor que volver a la Edad Media. Porque en la Edad Media hubo filósofos y teólogos que por lo menos discutieron racionalmente. Santo Tomás de Aquino no descubrió nada pero nos enseñó a discutir. Dijo, cuando se discute con un creyente se le exhibe las Escrituras para convencerlo, pero cuando se discute con un incrédulo las Escrituras no sirven, así que no queda más que razonar con él.

¿Por qué su cuestionamiento al concepto de posmodernidad?

¡Ah!, porque la posmodernidad significa oposición a la razón, oposición a la objetividad, a todo el proceso del pensamiento moderno, al pensamiento que nos ha dado la ciencia moderna. Es pura charlatanería irresponsable.

Usted afirmó que "no sé que es el posmodernismo, excepto que parece ser una reacción contra la razón. Es oscurantismo, el llamado pensamiento débil, el abandono total del rigor". Sin embargo, el modernismo con la razón aplicada al extremo, ¿no terminó en Hitler, Stalin y los golpes de Estado en Latinoamérica con apoyo de Estados Unidos?

De ninguna manera. El nazismo apañó la filosofía oscurantista de Heidegger y, al contrario, rechazaba la razón y la ciencia, y decía que había que aferrarse al suelo, la tierra y la sangre. Tenía una filosofía totalmente irracionalista. Por supuesto que la razón y la ciencia pueden usarse tanto para bien como para mal pero ese es otro asunto. Hitler protegió a los físicos y a los químicos que intentaron diseñar armas de destrucción masiva. Pero la filosofía popular, la filosofía que había que imponerle al pueblo, era esencialmente irracional. Está muy claro. No fue la razón lo que llevó al stalinismo y al hitlerismo: al contrario, fue la negación de la razón. Fue la traición a los ideales de la Ilustración, que era cientificista, liberal y humanista.

¿Puede haber ciencia sin filosofía?

De hecho no hay, porque todo científico al proponerse explorar el mundo da por sentado que existe por sí mismo, que no es una invención superior o de otra índole. De modo que se presentan siempre problemas filosóficos nuevos. Por ejemplo, se presentó la teoría de la evolución, se presentó la nueva psicología que considera a los procesos mentales como procesos cerebrales, refutando así el viejo dualismo mente-cuerpo.

¿Cuál es la función de la filosofía en la sociedad actual?

¡Ah!, hay funciones buenas y funciones malas. Funciones malas, por ejemplo, justificar el orden establecido. Muchos filósofos equivocados han justificado el neo liberalismo; otros, en cambio, lo han criticado y han dado esperanzas, pero no han propuesto soluciones concretas. Sin embargo, la filosofía siempre va a intervenir en política. No hay política sin filosofía. Hay una filosofía política, una filosofía económica, esa errada filosofía económica que nos ha llevado a la crisis actual, es justamente la llamada neoliberal que es completamente reaccionaria, antipopular, es una filosofía contraria al pueblo.

Usted dijo que la filosofía es exacta. ¿Cómo encaja este concepto en medio de la crisis de la filosofía?

Yo he dicho, efectivamente, que la filosofía es exacta, sí, sí, eso es verdad. Más aún, yo fundé en 1971 la Sociedad de Filosofía Exacta. Hay filosofías exactas y hay filosofías inexactas. Aristóteles trató de ser lo más exacto que pudo en su época y otros pensadores como Descartes, también. En cambio, los parangones de la filosofía inexacta son el existencialismo y la analogía; ni siquiera se entiende qué es lo que dicen o lo que quieren decir.

¿A qué se debe que ahora haya un divorcio entre política y la filosofía?

Siempre lo hay porque la mayor parte de los políticos quieren resultados inmediatos y no saben que antes de actuar hay que pensar, hay que investigar y no desviar ni improvisar, porque la improvisación lleva al desastre y el desastre en gran escala social, afecta a mucha gente. Hay que revisar filosóficamente las teorías que uno usa para diseñar políticas.

¿Está usted de acuerdo con el concepto "cosmovisión" o es que no se debe inventar otra palabra?

No, no, no, basta con la palabra, con el concepto, es muy bueno. Cosmovisión o visión del mundo es indispensable. Hay cosmovisión idealista y hay materialista, hay cosmovisiones individualistas y las hay holistas y las hay sistémicas. La filosofía debería, en lugar de especializarse, volver a ser cosmovisión como lo era en la Grecia antigua.

Pascal dudaba de la existencia de Dios, ¿y usted?

No, no, yo no dudo de la existencia de Dios, yo soy ateo, yo sé que no existe.

¿Por qué la filosofía? Stephen Hawking dispensa en su último libro sendas necrológicas de la religión y de la filosofía. ¿Por qué usted, reconocido ateo, se niega a dejar de ser filósofo además de ser científico?

Los filósofos se plantean problemas mucho más generales que los científicos. Por ejemplo, qué es la materia, en lugar de preguntarse sobre las propiedades del agua o de la llamada materia oscura. Y se permiten poner en duda algunas especulaciones de los científicos tales como las de Hawking sobre el mal llamado origen del universo, que en realidad es el origen de la expansión del universo. Análogamente, los filósofos de la mente se preguntan sobre la naturaleza de los procesos mentales en general, en lugar de averiguar, por ejemplo, cómo interactúa el órgano del conocimiento -la corteza cerebral- con el de la emoción -el llamado sistema límbico.

Usted dijo que no son muchos los que leyeron sus nueve tomos de su tratado de filosofía, que constituyen, según afirmó, el único sistema de ideas posterior a la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué tiene tan poca difusión en la Argentina?

Ante todo diré que la versión castellana de ese tratado empezó a publicarse hace poco. Salió el primer tomo sobre semántica y está por salir el segundo, y el editor que los publica está decidido a publicar todos los tomos. Me alegro de que finalmente, después de tantos años, salga en castellano. Puede ser entonces que le lleven el apunte mis colegas argentinos, aunque no es seguro porque ellos prefieren la filosofía importada. No es un tratado particularmente popular, digamos. No está escrito en difícil, porque me parece que la claridad es la condición necesaria de una filosofía auténtica. Por eso no me parece auténtica la filosofía de la fenomenología ni del existencialismo. Pero justamente como intento maximizar la claridad, se hace más difícil para el lector común, que no sabe de lógica o de matemática. Es más fácil leer a lumpen-filósofos como Nietzsche. Por lo menos, lo que digo tiene sentido para cualquier persona racional. Cuando Heidegger dice que la esencia del ser es “el yo mismo”, ¿qué significa? Absolutamente nada. Pero como lo dice un profesor alemán entonces los latinoamericanos y los franceses dicen "oh, que sabiduría", sin darse cuenta de que lo dice en difícil porque no tiene nada que decir. Todos disparates que en alemán lo toman por profundo. Ese es un truco que inventó Heidegger hace un tiempo. Hasta la Segunda Guerra Mundial, la filosofía alemana gozaba de mucho prestigio. En cambio, la filosofía inglesa era despreciada por ser demasiada clara. Por ejemplo, Nietzsche despreciaba a John Stuart Mill por ser claro, que no es la marca característica de los filósofos profundos.

¿Qué clase de sociedad humana le parece la más justa y la ideal?

Una sociedad igualitaria y una sociedad con libertad, igualdad, fraternidad, cooperación y además una sociedad racional en que los planes que afectan a todos sean elaborados de manera racional a la luz de las ciencias y no de las improvisaciones impuestas por las campañas electorales.

Entonces, ¿cómo se podría definir la filosofía que practica?

¡Ah!, es una filosofía materialista, sistémica, dinamisista y, desde el punto de vista moral, humanista.