Violencia masculina: un rostro del machismo

Entrevista de IPS

El modelo tradicional de hombre suele incluir cualidades asociadas a la violencia ¿Cuán arraigado está en la sociedad cubana ese modelo? ¿Por qué?

Rochy Ameneiro: En nuestra sociedad está muy arraigado el machismo, aunque hemos tenido muchos logros en cuanto a la incorporación de la mujer al trabajo y a tareas que históricamente solo se les permitían a los hombres. Tenemos todo un camino por delante para cambiar los roles tradicionales y la aceptación a la diversidad en el comportamiento de hombres y mujeres en general.

Javier Pérez: Es imposible pensar en la violencia sin acercarla a la realidad de los hombres. Al nacer a los hombres se les entrega el mandato de ser violentos y agresivos, para demostrar constantemente que son hombres y no mujeres. Intimidar, competir, demostrar que se es fuerte, agredir, someter por la fuerza y sobre todo demostrar que la “debilidad femenina” no tiene nada que ver con uno. La violencia forma parte del proceso de nuestra formación desde pequeños. 

Estas cuestiones que la perspectiva de género presenta como una construcción socio-cultural, sin duda colocan al varón como el sexo fuerte, dándole superioridad por encima de las mujeres y de otros hombres que no se ajusten al modelo de masculinidad asignado socialmente, que llamamos masculinidad hegemónica. 

Por una parte, se forma una incapacidad en el hombre para la expresión de los sentimientos y las emociones, incluso para la libertad personal de expresar debilidad o miedo. Cuestión que se legitima con la frase: “Los hombres no lloran” o la repetida consigna: “Solo los cristales se rajan, los hombres mueren de pie…” La violencia se vuelve la máscara donde los hombres esconden sus miedos más profundos de sentirse inferiores a las mujeres u otros hombres que no se adapten al modelo asignado de masculinidad.


En Cuba y pienso que en América Latina, existen modelos y mitos que han conformado el ser varón durante años, muy unido a la historia de guerra, dictadura y colonización imperialista. Andreas Goosses (psicólogo alemán) hace un estudio interesante en este sentido para vincular cómo la figura mítica del guerrillero en América Latina sirvió para dibujar un modelo de masculinidad que sitúa a los hombres en el peligroso entramado de la violencia.

Lourdes Pasalodos: El machismo se sigue enmascarando y flotando en la actualidad. Esta ideología es muy adaptable, va adquiriendo otros matices con los cambios económicos y sociales. Se presenta de otras maneras, pero el problema sigue ahí. Su supervivencia tiene que ver con la educación que recibimos.

El símbolo del triunfo entre muchos hombres sigue siendo el del bárbaro, como se dice en buen cubano, el solvente, el guapo (provocador)…

La violencia está generalizada. Veo mucha agresividad masculina y femenina. Por ejemplo, de las madres hacia los hijos, a través de golpes y coacción. También abundan las riñas entre hombres por las actitudes que fomenta el machismo. Prevalece el criterio de que “el hombre es el hombre” y “nadie puede decirle nada que no le guste”. Cuando se presentan divergencias, enseguida se van a las manos.

Tampoco hay mecanismos para regular eso y los pocos con que contamos no se usan efectivamente. Ahora mismo un hombre abusa de su esposa y los vecinos llaman a la policía. Muchos agentes piensan que no deben intervenir en esos asuntos ¿Qué hacemos entonces?

A veces tenemos soluciones solo para cuando el problema es grave o ya sucedió, sin la posibilidad de prevenirlo.

Enmanuel George: Pienso que bastante. La forma en que somos inculcados desde que nacemos edifica un modelo masculino cargado de consignas como: “Los hombres no lloran”, “No te quedes dado” o “No dejes que ninguna mujer se te suba encima”, que desdeñan cualquier alternativa de los varones en sus relaciones.

Tales preceptos son manifestados en el actuar diario de los hombres en nuestro país y lo peor es que pensamos que esa es la valedera y única vía de llegar a serlo.

¿Por qué? Bueno, la tradición posee una influencia incalculable. Los arquetipos masculinos que rigen nuestro comportamiento y la forma de educarnos son componentes marcados por la tradición y son, de algún modo, el cuño y la validación para ser formados y proyectarnos en nuestras relaciones sociales. Además, patrones y manifestaciones culturales que certifican la conducta violenta, desde el cine, la música y otros escenarios, hacen más difícil la posibilidad de un cambio.

Otra génesis o reafirmación de nuestras actitudes giran alrededor de consignas militares con un mensaje explícito de violencia. “Solo los cristales se rajan, los hombres mueren de pie” o “Morir peleando” son declamaciones que se transfiguran en las actividades diarias de las personas, donde el diálogo y la negociación se cambian por la acción hegemónica e intransigente.

Alejandro Céspedes: En Cuba se está acentuando un modo de actuar bastante violento, sobre todo en la periferia de las ciudades y en las zonas más desfavorecidas, y que viene forjándose cada día más en la juventud. Esto se debe, en primer lugar, a la educación que se gesta desde la familia.

Muchas familias en nuestro país se encuentran dividas por múltiples razones (emigración, procesos penales, divorcios y carencias económicas), problemas que afectan el desarrollo emocional de sus integrantes y, en especial, de los más jóvenes, víctimas directas o indirectas de toda reacción desfavorable en su entorno.

Las personas en esta situación intercambian también en espacios más sociales como la escuela y la comunidad. Frente a las dificultades de la vida, se va instaurando una forma de reaccionar violenta, en sus disímiles expresiones, actitud que aparece casi como un instinto. Estamos escasos de políticas y “herramientas adecuadas” para contrarrestar esta situación y fomentar actitudes pacíficas.

Daymí Rodríguez: De la pregunta infiero que se refiere al modelo tradicional de género masculino, asignado a los hombres por poseer determinado sexo biológico.

Sí, efectivamente, desde este modelo se ha establecido una relación dicotómica de poder – subordinación entre el género masculino y el femenino, basada en una inequidad que afecta a las mujeres y coloca en un lugar privilegiado a los hombres.

La desigual distribución de poder, inherente al desempeño de los roles de género, así como la manera estereotipada de ser asumidos, conducen significativamente a un tipo de violencia, la de género, conocida como violencia hacia la mujer.

Este modelo hegemónico ha imperado durante miles de años. La sociedad cubana no es ajena a él y, como tendencia, ha sido patriarcal, machista y sexista.

Pese a que, en particular desde el triunfo revolucionario en 1959 se ha desarrollado un fuerte movimiento para erradicar cualquier tipo de discriminación -incluyendo la de género-, y que en la actualidad existe una fuerte voluntad política y cambios importantes en los discursos y en los pensamientos, la práctica cotidiana es mucho más rica y diversa, más cuando se trata de procesos subjetivos con fuertes arraigos en las culturas e identidades. Los cambios en los comportamientos no marchan en igualdad de condición a los de actitudes, ello exige tiempo y paciencia.