¿Ingobernabilidad o crisis del proyecto histórico?

Escribió: Luis Paulino Vargas Solís en Soñar con los pies en la tierra

 

A la presidenta Chinchilla, como al periódico La Nación y tantos otros destacados actores en el escenario político actual de Costa Rica, le preocupa la así llamada “ingobernabilidad”. De ahí la comisión de notables que la señora presidenta nombró. El documento que estos ilustres señores entregaron es abundante en recomendaciones que tocan diversos aspectos de la organización institucional del Estado costarricense. Pero, en su conjunto, es un trabajo que se articula desde una preocupación básica: la ingobernabilidad. Y, por lo tanto, con un objetivo básico: lograr que Costa Rica sea un país “más gobernable”.

 

Admitamos que, en general, la organización institucional del Estado costarricense efectivamente adolece de múltiples problemas, lo cual convoca a un esfuerzo por mejorar su funcionamiento. Los orígenes de tal disfuncionalidad son múltiples: por ejemplo, pueden deberse a restricciones presupuestarias como también a manejos politiqueros y clientelares. Lo primero provoca la inutilización de las instituciones en cuanto estas quedan asfixiadas por la falta de recursos. De ahí la queja frecuente: “es que el presupuesto solo alcanza para pagar salarios”. El significado que usualmente esto tiene es otro del que se le quiere atribuir, puesto que lo que realmente traduce es la restricción: alcanza para pagar solo salarios porque han limitado los presupuestos, con la pretensión de que la gente haga chocolate sin cacao. Por su parte, el clientelismo y la politiquería imponen visiones estrechas y de corto plazo, donde deberían privar políticas públicas pensadas en perspectiva estratégica y de largo plazo. Ello además genera la subordinación de esa institucionalidad a intereses limitados: los de los “amigos”, los del gran poder económico, pero también intereses gremiales estrechos.

 

Señalo todo esto a fin de advertir sobre un punto importante: no es cierto que los problemas en el funcionamiento del Estado costarricense tengan que ver tan solo con reglamentos, leyes y formas específicas de organización institucional. La ideología neoliberal reinante ha impuesto un énfasis restrictivo que inutiliza y desmantela, como también ha contribuido a consolidar y profundizar el sesgo corrupto y clientelar. Y no es descabellado pensar que estos factores tienen mayor incidencia que los propiamente normativos y organizacionales. El caso, sin embargo, es que los notables de doña Laura, decidieron concentrarse en este segundo orden de asuntos, sin siquiera echarle una ojeada a los primeros.

 

Y, en todo caso, ¿a qué se refiere estas distinguidas personas cuando hablan de ingobernabilidad? Recuerdo que en el gobierno de Figueres Olsen –mediados de los noventa- igual se hablaba de “ingobernabilidad”. A diferencia del momento actual, aquellos eran tiempos de gloria del bipartidismo, el cual, con puño de acero, imponía su ley en la Asamblea Legislativa. En ese marco surgió el infausto pacto Figueres-Calderón-Rodríguez, un monstruito gestado en la matriz del férreo bipartidismo vigente. No obstante tal “consenso” partidista y legislativo, Figueres Olsen se lamentaba amargamente de la “ingobernabilidad”. En pleno apogeo del bipartidismo, solo había una razón para tanta quejumbre: la oposición ciudadana, que por entonces (a diferencia de ahora) se movilizaba casi exclusivamente vía sindicatos y organizaciones de agricultores.

 

Han pasado más de quince años y los llantos suenan muy similares: la ingobernabilidad –oh ¡la ingobernabilidad!- sigue siendo el némesis para estos gobernantes. Ya no está el bipartidismo haciendo en la Asamblea Legislativa lo que le venía en gana. Pero, como en tiempos de Figueres Olsen, un elemento que entonces estaba presente, sigue hoy vigente, pero más agudo, más extendido y profundo. Tiene un nombre: el disgusto ciudadano. Este es hoy más complejo: sus voces se entonan en registros sumamente variados, desde diferentes escenarios y con trajes multicolores. Ya no solo los sindicatos y los agricultores. También mujeres; juventudes; ambientalistas; barrios y ciudades organizadas; sectores variadísimos que emergen desde la informalidad laboral o de las micro-empresas al borde de la inanición. Hasta las siempre-silentes-eternamente-invisibles-y-definitivamente-incurables: las minorías sexualmente diversas. Si incluso éstas hoy tienen la “desfachatez” de complicarle las cosas al gobierno.

 

La ingobernabilidad que tanto preocupa a las actuales élites del poder no encuentra su causa principal en las disfuncionalidades institucionales del Estado costarricense. No es ése, ni de lejos, el principal factor que deba tomarse en cuenta. La propaganda se concentra en ese aspecto, porque admitir la realidad de fondo tendría funestas consecuencias: implicaría admitir que la estrategia o modelo de desarrollo de inspiración neoliberal hace aguas (véase por ejemplo ¿Por qué funciona mal la economía de Costa Rica?) y que la democracia costarricense atraviesa un difícil predicamento (véase Crisis de la democracia en Costa Rica). Todo lo cual termina confluyendo y expresándose donde inevitablemente ha de hacerlo: en el malestar de la gente. A veces silencioso y como soterrado, en cuyo caso toma la forma de una radical desconfianza respecto de políticos, partidos e institucionalidad. A veces audible, incluso bullicioso, aunque raramente articulado: es el caso de las docenas de manifestaciones de protesta que, por aquí y por allá, emergen como dolorosas ronchas sobre la corteza, cuarteada y maltrecha, de las estructuras del poder y la dominación. Todavía sigue pendiente la tarea de hacer de esa inmensa marea de descontento ciudadano, una fuerza política que, aunque diversa y pluralista, tenga al menos una orientación compartida, un sur bien identificado hacia el cual moverse.

 

He ahí el real problema de la “ingobernabilidad”. Las graves falencias en la economía; la escasez de empleos decentes; la creciente desigualdad social; la polarización y violencia crecientes; las fallas de instituciones públicas desmanteladas e inutilizadas, y a menudo devenidas trofeos de guerra en las garras de la corrupción, la politiquería y los gremialismos estrechos. Es un síndrome que, con el paso del tiempo, tiende a agudizarse, con lo cual también se profundiza el disgusto, el disenso y la confrontación.

 

Reitero la propuesta que ya en otras ocasiones he formulado: estamos en presencia de una crisis del proyecto histórico en que se fundamenta la actual organización social de Costa Rica. No es algo de lo que las propuestas de los notables logren siquiera apercibirse.