¿EL FIN DEL PAPADO?

Escribió: Juan Arias en El País, España

La renuncia del papa Benedicto XVI, por motivos aún oscuros, lleva a pensar que no estamos ante una crisis más de las que ha padecido la Iglesia en su historia, sino ante algo inédito: una encrucijada que induce a pensar en un final del papado si no se reforma.

A la vista de las crónicas sobre lo que ha llevado al intelectual Ratzinger a abandonar, podría dar la impresión de que se trata de un relato de los pontificados de la Edad Media, con su trenzado de intrigas, traiciones, pecados y demonios. Ha faltado solo el asesinato del papa, aunque se llegó incluso a hablar de este peligro.

Pero estamos en el siglo XXI. En este tiempo de cambios radicales, con todas las instituciones y los valores en discusión, la Iglesia no puede continuar anclada en la Edad Media. Hay quien asegura que, o cambia de rumbo ahora, o corre el peligro de perder su identidad y su fuerza espiritual universal. No caben ya las reformas del pasado, cambios para seguir igual. Y menos aún se puede enderezar ya la Iglesia con una simple reforma de la curia romana, como parecen pretender algunos cardenales. Cada vez que este gobierno central de la institución se ha reformado ha acabado reafirmándose en su poder. Esa cosmética no sirve para una crisis que ha llevado a un papa a renunciar a su amplio poder espiritual y mundano.

Para la elección del nuevo papa, la Iglesia católica abrió un debate con tres posibles modelos: un gestor con puño de hierro, buen conocedor de los laberintos de la curia y sus luchas internas de poder; un papa pastor, que continúe la labor interrumpida por Juan Pablo II y deje a la curia ejercer su poder castrador de la modernidad; o bien un papa profeta, capaz de inaugurar una nueva era en el papado. Los dos primeros perfiles no parecen servir para esa transformación casi cósmica que necesita la Iglesia. Solo una apertura a la profecía capaz de reencontrar la Iglesia de los orígenes, aún no contaminada por el poder mundano, podría salvarla del naufragio.

Hoy el papa más moderno, más progresista, sería el que tuviera el coraje de desempolvar la verdadera tradición de la Iglesia. Lo más revolucionario, lo más actual, lo nuevo, se halla en esa tradición ofuscada por las capas de las que se ha revestido hasta llegar a ser irreconocible por los cristianos cuya fe se funda en las enseñanzas de amor universal, de libertad de conciencia, de no apego al poder mundano y de sencillez evangélica.

Una vuelta a la tradición no solo podría acabar con los males que aquejan a la Iglesia, sino infundirle una savia nueva. De entrada, significaría despojar al papa de su privilegio de ser también jefe de Estado, un regalo envenenado concedido por Mussolini a Pío XI a cambio de su apoyo al fascismo. El papa volvería a ser solo líder espiritual y no se vería obligado a estrechar la mano o a impartir la comunión a los dictadores de turno; no necesitaría de los servicios secretos –los mejores del mundo según me confió un día el jefe de los secretos militares de Italia–. Dejaría de ser Pontifex Maximus, que era el título de los emperadores romanos. Volvería a ser el primus inter pares sin el don de la infalibilidad, como lo eran los antiguos patriarcas.

Lo más revolucionario hoy para la Iglesia sería esa vuelta al pasado, a sus esencias anteriores a su reconocimiento como religión imperial por parte de Constantino. A partir de ahí empezó la metamorfosis del papado hasta convertirse en emperador de la Iglesia universal, con poderes nuevos que los manipulados concilios le irían otorgando.

Si el papado volviera a la tradición, no existiría, por ejemplo, el celibato obligatorio del clero y las mujeres podrían ejercer el ministerio sacerdotal, como ocurrió en los primeros tiempos –llegaron a obispas–. Además, sería hoy fiel a la máxima “dad a Dios lo que es de Dios y al césar lo que es del césar” y solo intervendría en las cosas mundanas para defender la dignidad humana. Dejaría a la ciencia trabajar en libertad para buscar nuevas fronteras en la investigación, dejaría a los cristianos mayor libertad de conciencia en el ejercicio de su sexualidad, sobre la que el Concilio Vaticano II –tan olvidado– llegó a decir que no solo estaba destinada a la procreación, sino que era un “nuevo lenguaje” entre las personas que se expresan también a través de su cuerpo.

Si la Iglesia volviera a sus orígenes, también encontraría mejor el camino extraviado del ecumenismo, del diálogo con todas las otras creencias religiosas. Hoy está paralizado por un motivo muy sencillo: la Iglesia y los papas siguen aferrados al dogma de la infalibilidad, que les impide en teoría equivocarse en materia de fe y costumbres. Y es imposible dialogar entre falibles e infalibles. Sin ese dogma impuesto con enjuagues, la vuelta a la tradición sería revolucionaria, ya que devolvería a la Iglesia su función de ser una voz más en el gran concierto de la fe universal y no la única.

Juan XXIII, el papa profeta de la era moderna de la Iglesia, fue el más desacralizador. Le decía a su secretario particular, Loris Capovilla, que de no haber sido tan mayor hubiese puesto a la Iglesia “de cabeza para abajo”, haciendo que volviera a la tradición. Lo hizo en parte con el Concilio Vaticano II. Él se reía de sus antecesores que se consideraban “vicarios de Jesucristo”. “Yo me siento un puro secretario”, replicaba.

Juan XXIII sucedió al hierático príncipe Eugenio Pacelli, Pío XII, quien antes de morir impartió títulos nobiliarios a toda su familia. El papa del concilio, de origen campesino, recibió ofensas cuando lo convocó. El cardenal ultraconservador Giuseppe Siri, opuesto a la cita, tramó la forma de deponerle “por motivos mentales”.

Juan Pablo I, el que ejerció solo 30 días y cuya muerte prematura sigue siendo un misterio, quizá pagó con su vida el gesto profético de dejar el Vaticano e irse a vivir a un barrio obrero de Roma, llevarse con él a los cardenales, reformar la curia y dejar los palacios en manos de una organización internacional. Cuando la tarde antes de morir propuso a los purpurados de la curia aquella “locura evangélica”, los gritos de la discusión se escuchaban desde fuera, me contó la monja que cada mañana despertaba al papa llevándole un café. “Aquella noche casi no cenó, ni vio el telediario como de costumbre. Visiblemente cansado, se retiró a su habitación”, añadió la religiosa que lo encontró muerto con apuntes de la acalorada discusión desparramados en la cama. No murió “leyendo el Kempis”, como afirmó el secretario del papa, quien después reconoció la mentira.

Ser profeta en el Vaticano, atentar de alguna forma con volver a la tradición evangélica, intentar despojar al obispo de Roma de sus poderes temporales, parece hasta ahora una labor imposible. No sé si Joseph Ratzinger lo intentó o no. Quizá intuyó que un gesto profético podría costarle también a él la vida. Y se fue. La gran paradoja es que su renuncia quizá haya constituido uno de los gestos más proféticos de los últimos papas, capaz de obligar a la Iglesia a revisarse de los pies a la cabeza.

Para llevar a cabo esa revolución de la Iglesia, necesitaría en primer lugar que el nuevo papa convocara con urgencia un nuevo concilio ecuménico, esta vez con representación real y no solo simbólica de toda la comunidad cristiana universal y de todas las confesiones religiosas.