Corea del Norte

Una sociedad que despierta

Escribió: Philippe Pons* en LeMonde Diplomatique, edición Cono Sur

 

Provocaciones y signos de apaciguamiento se alternan entre las dos Coreas. Los misiles lanzados por el Norte fueron respondidos por maniobras militares estadounidenses y surcoreanas en el Mar Amarillo. Regreso de los inspectores de la ONU encargados del tema nuclear. ¿Cuáles son los objetivos de Pyongyang? Detrás de una apariencia de inmovilismo, la sociedad norcoreana se encuentra en estado de ebullición.

El actual recrudecimiento de la tensión armada en la península de Corea se inscribe dentro de un juego estratégico complicado. Como telón de fondo, un estado de guerra con más de medio siglo de vigencia: en 1953 un armisticio puso fin a las hostilidades que en ese entonces oponían a la República Popular Democrática de Corea (RPDC) y China contra las fuerzas de Naciones Unidas, bajo comando estadounidense. Desde entonces no se ha firmado ningún otro tratado de paz.

Por extraño que pueda parecer, esta es la manera como Corea del Norte busca reanudar el diálogo con Estados Unidos: haciendo tronar los cañones si es necesario. Esto le permitiría no sólo asegurar su supervivencia –al obtener el levantamiento de las sanciones que pesan sobre ella y garantías de seguridad–, sino también liberarse del asedio de su único aliado, China.

La provocación

El bombardeo por parte de Pyongyang a una pequeña isla surcoreana del Mar Amarillo, situada a cuatro kilómetros de sus costas (que dejó cuatro muertos y quince heridos, entre ellos civiles), el 23 de noviembre de 2010, revela la situación de guerra larvada en la península. La soberanía sobre esta zona marítima, que se encuentra al oeste del estuario del río Han, es discutida por el Norte, que no reconoce la línea de demarcación trazada en 1953 por Naciones Unidas –de la que aún no formaba parte en aquel momento– sin consulta previa. En 1999, 2002 y 2009 se efectuaron escaramuzas mortales que enfrentaron a las fuerzas navales de ambos países. Pero es la primera vez que se apunta directamente a la isla de Yongpyong, un bastión militar, también habitado por civiles. De acuerdo con la RPDC, se trata de una respuesta a una “provocación” del Sur, que habría pescado en aguas cuya soberanía ella reclama. Sin embargo, como señala Haruki Wada, especialista japonés en Asuntos Coreanos y profesor honorario de la Universidad de Tokio, este ataque contra una población civil compromete seriamente la política de coexistencia armada, no exenta de tensiones, pero en pleno funcionamiento desde la primera Cumbre Intercoreana en junio de 2000.

El bombardeo se produjo luego de que un científico nuclear estadounidense, el doctor Siegfried Hecker, invitado a la RPDC a principios de noviembre, revelase la existencia de una segunda planta de enriquecimiento de uranio. La planta –que no se sabe si está activa, a pesar de las declaraciones de Pyongyang– se suma a la ya conocida de tratamiento de residuos radioactivos, que posibilitó que la RPDC realizara dos pruebas atómicas en 2006 y 2009 y construyera unas diez bombas. Pyongyang persigue varios objetivos: disponer de un arma de disuasión y de una herramienta de negociación, así como poder vender la tecnología que desarrolle. El régimen considera que, al mostrar la existencia de una nueva planta, logra incrementar el precio de su desnuclearización.

La provocación de Pyongyang, que se produce luego de que el líder Kim Jong-il entronizara a su hijo Kim Jong-un, tiende a confirmar la imagen del país: un Estado-bastión comandado por un régimen belicoso que, lejos de enmendarse, se perpetúa mediante una segunda sucesión dinástica (Kim Jong-il ya había sucedido a su padre, Kim Il-sung, en 1994). ¿Están relacionados estos dos acontecimientos? ¿El ataque tenía como objetivo dar garantías de firmeza al ejército? Por el momento, en virtud de la opacidad del sistema de poder norcoreano, los observadores sólo pueden especular.

Una economía deteriorada

Este aumento de tensión, en cambio, tiene como segundo plano los problemas de fondo a los que se enfrenta el poder: aislamiento y sanciones internacionales que agravan el estancamiento de la economía, desarrollos socioeconómicos que el régimen no puede controlar sino parcialmente y la creciente dependencia respecto de China. La estrategia de la tensión continua de parte de Pyongyang puede estar respondiendo a varios objetivos.

En primer lugar, romper el inmovilismo de la administración Obama, cuya política respecto de la RPDC ha sido, hasta los últimos meses, mostrar “paciencia estratégica”, según la expresión empleada en varias ocasiones por la secretaria de Estado, Hillary Clinton. En otras palabras, no tomar ninguna iniciativa hasta tanto Pyongyang no cumpla con sus compromisos y desmantele su arsenal nuclear. Segunda razón que explicaría esta impaciencia: remediar las dificultades internas.

La promoción de Kim Jong-un dentro del aparato del partido y el ejército –se convirtió en general de cuatro estrellas– debería garantizar la continuidad del régimen en caso de fallecer Kim Jong-il. Se trata de una continuidad más bien simbólica: no parece probable que el joven de veintisiete años haga uso de una autoridad total, comparable con la de su padre o su abuelo. El poder será ejercido por un liderazgo colegiado centrado en la familia Kim –comenzando con su tío, Chang Song-taek, el “número dos” de la Comisión de Defensa Nacional (el órgano supremo del país)–, respaldado por la elite formada por los descendientes de los combatientes de la lucha anti-japonesa. Sin embargo, el régimen debe estabilizar al país, para que la transición se realice sin complicaciones. Se propuso un plazo: 2012, fecha del centenario del nacimiento de Kim Il-sung, que se supone marcará el advenimiento de un “país fuerte y próspero”.

Sin embargo, a pesar del creciente peso de su vecino chino, los avances en informática y el comienzo de la automatización de la producción mediante sistemas digitales, la economía no sale de su retraso. En 2010, siguió contrayéndose: –0,9%, según los cálculos del Banco de Corea (Seúl)–. Debido a las malas cosechas, producto simultáneo de las inclemencias climáticas y los problemas estructurales de la agricultura, se espera para 2010-2011 un déficit de alimentos comparable con el de años anteriores (un millón de toneladas de cereales). De una población de veintitrés millones de personas, seis millones dependen de las ayudas internacionales; pero, a falta de donaciones, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) sólo puede satisfacer las necesidades de un millón y medio. El resto se cubre con el apoyo de China, cuyo volumen se desconoce. La situación sigue siendo precaria –cuando no dramática– para muchos. Sobre todo porque al déficit alimentario se suma el colapso del sistema de salud, afectado por la falta de medicamentos y anestésicos, un equipamiento obsoleto, etc.

La RPDC nunca se recuperó del desastre de fines de los años 90. Tras un estancamiento a fines de la década del 80, la economía comenzó a declinar al concluir el trato preferencial que le habían dado sus mentores soviéticos y chinos tras el derrumbe de la URSS y la nueva orientación de Pekín. La falta de energía hizo que las fábricas produjeran cada vez más lentamente, mientras la producción agrícola caía por falta de fertilizantes (provistos por la industria) y de electricidad para alimentar el sistema de riego. En 1994, Kim Jong-il heredaba un país al borde de la ruina. Este deterioro de la economía, al que se sumó una serie de desastres naturales, terminó en una hambruna devastadora entre 1995 y 1998: tanto por el número de víctimas –entre seiscientos mil y un millón de muertos– como por las huellas que dejó en la memoria colectiva. Este drama nacional mermó la confianza en la capacidad del régimen para alimentar a la población.

A primera vista, el gobierno parece inmutable. Pero la RPDC de 2011 ya no es la de 1994. El hambre y sus consecuencias dieron lugar a profundas mutaciones sociales. Surgió una economía de subsistencia (mercado negro), que remediaba el desmoronamiento del sistema de distribución público. Luego mutó en una “economía de mercado por defecto”, y luego en una economía de mercado de facto, paralela a la del Estado, moribunda.

Mutaciones sociales

Esta catástrofe tuvo otro efecto deletéreo para las autoridades norcoreanas: una mayor permeabilidad de la sociedad a las prácticas e ideas provenientes del exterior. El éxodo hacia China de los inmigrantes expulsados por el hambre, que en su mayoría no pedían asilo, sino que volvían a la RPDC –repatriados por las buenas o por las malas–, así como el intercambio y el tráfico de vendedores ambulantes y contrabandistas en la frontera, se tradujeron en una relativa pérdida de control por parte del régimen sobre la circulación de la información. Hasta entonces, el mantenimiento de la población en el desconocimiento del mundo exterior había sido un poderoso instrumento de control social. Aunque la frontera ahora está mejor vigilada, los pasos clandestinos aún continúan, con su cuota de arrestos y dramas, como el de las mujeres atrapadas en redes de prostitución. Los teléfonos celulares chinos, que funcionan a ambos lados de la frontera, facilitan el flujo de noticias. En las provincias limítrofes norcoreanas, también se puede captar la televisión china, un delito castigado con pena de prisión.

En un primer momento, el régimen intentó dominar este movimiento desde la base y recuperar la economía de mercado emergente con las reformas de julio de 2002: liberalización de precios y salarios, monetización de la economía, una mayor autonomía de gestión para las unidades de producción. Dada la ausencia casi total de comercio directo, relegado a un lugar periférico en el sistema de distribución público, el dinero se utilizaba en pocas ocasiones y en casi todos los productos se sustituyó por cupones de racionamiento. A comienzos de los años noventa, la RPDC seguía siendo el país con la economía menos monetizada del mundo.

La supresión parcial del sistema de cupones, vinculado con la necesidad de las familias de administrar un presupuesto, introdujo profundos cambios en la vida cotidiana. “Dejar que los precios se conviertan en los mediadores de la oferta y la demanda equivale a admitir indirectamente que ya no es el Estado el que cumple ese papel”, señala Ruediger Frank, para quien ésta es una evolución fundamental. En teoría, el Estado sigue administrando los precios, pero... en función de las fluctuaciones del mercado. Oficialmente, el régimen descartaba la expresión “reforma del sistema”, de connotación política, para privilegiar la de “reformas dentro del sistema”, lo cual equivalía a ratificar la existencia de “la economía de mercado por defecto”. Aunque estas reformas fueron las más drásticas desde la fundación de la RPDC en 1948, su efecto como estímulo económico ha sido muy limitado.

En la mente de los dirigentes políticos, las reformas debían complementarse con un mejoramiento en las relaciones con el exterior para obtener capitales y asistencia especializada, fundamentalmente en las relaciones con Estados Unidos, que dispone del derecho de veto en los organismos financieros internacionales –Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial y Banco Asiático de Desarrollo– y con Japón (obligado a pagar reparaciones de guerra a la RPDC cuando se normalicen las relaciones). Tales esperanzas se esfumaron con la crisis nuclear que desató en octubre de 2002 George W. Bush, cuando el presidente estadounidense invocó un programa clandestino de enriquecimiento de uranio que, en ese entonces, no era operativo.

Mientras que la apertura de China fue recibida favorablemente por el resto del mundo, la de la RPDC fue acallada desde un principio. Sin apoyo exterior, las reformas no tuvieron el efecto económico esperado. Por el contrario, alimentadas por un fuerte empuje de la base, generaron profundas mutaciones sociales, que provocaron, según el historiador ruso Andrei Lankov, una especie de “muerte natural del estalinismo”, más lenta de lo que se podía pensar, pero no por ello menos significativa.

En su afán por no perder el control del devenir socioeconómico, el régimen intentó enmarcar, y luego controlar y reprimir, las actividades de la “segunda economía”. A partir de 2005, buscó reanimar la economía estatal, desalentando las actividades de mercado a través de diversas medidas, tales como el restablecimiento del sistema de distribución pública, diseñado principalmente para garantizar un mínimo de supervivencia de los más desposeídos, y la prohibición a los hombres y las mujeres menores de 50 años a trabajar en estos mercados, a fin de devolver la mano de obra a las fábricas estatales. Pero estas decisiones se eludieron rápidamente: en 2008, según una investigación realizada entre refugiados norcoreanos en el Sur, la mayoría de la población se dedicaba a actividades comerciales.

“Ajuste de tuercas”

¿Este intento de recuperar el control significa una vuelta atrás? No cabe duda de que el régimen desea controlar el desarrollo de la sociedad. Sin embargo, este “ajuste de tuercas” no ha corregido una tendencia que parece irreversible. La reconversión del won en diciembre de 2009, cuyo valor se dividió por cien de la noche a la mañana (un won nuevo equivale a cien wons viejos), fue la última de esas medidas voluntaristas: intentaba frenar la inflación y la corrupción. Una consecuencia fue que parte de los comerciantes que habían ido formando un “colchón” quebró (se había fijado un límite máximo en la cantidad que cada individuo podía cambiar). Pero después de un período de confusión, el régimen tuvo que resignarse y la economía paralela, legal e ilegal, se recuperó.

La transformación subterránea de la sociedad será, a la luz de la historia de la RPDC, el fenómeno más llamativo de la era de Kim Jong-il. Cierto es que el régimen tiene el control del país y que el rastrillaje policial hace que sea poco probable que estalle una rebelión, aunque efectivamente existen signos esporádicos de descontento, como relatan los refugiados. El encierro del país, la mentalidad de sitiado en que se mantiene a la población y la utopía ideológica alimentada por un patriotismo visceral, “étnico”, que señalaron varios historiadores, hacen poco probable una implosión en el corto plazo. Sin restarles importancia al sometimiento totalitario, al adoctrinamiento y al reclutamiento mediante incesantes campañas de movilización de masas, ese patriotismo étnico convierte al régimen en un sistema infinitamente más complejo que una simple reencarnación del estalinismo, aunque haya tomado prestadas algunas de sus prácticas.

Pyongyang se encuentra en un camino de transición hacia la economía de mercado sin libertad política. Esto permite que los líderes del partido, los burócratas, los administradores de las empresas estatales y la jerarquía militar –en otras palabras, la elite– se enriquezcan. Al mismo tiempo, han aparecido nuevos actores: comerciantes, prestamistas, pequeños comerciantes, vendedores ambulantes, especuladores intermediarios entre el poder político y el mercado... A las rígidas desigualdades del pasado –entre los aparachiks (1) y el resto de la población– se agregó una diferenciación social cada vez más difusa, con esta nueva clase que “nada con la corriente” y se integra a las clases privilegiadas, pero sin pertenecer a la elite tradicional.

Hasta fines de la década de 1980, el país había alcanzado un nivel de desarrollo digno en términos de infraestructura. La población llevaba una vida austera, pero bastante equitativa (más allá de la elite). Al finalizar los “años oscuros” de la hambruna, en Pyongyang, vidriera del poder, y, en menor medida, en las ciudades de provincia, las disparidades sociales se harían más visibles.

Por un lado, una clase privilegiada consume de manera cada vez más ostentosa (especialmente teléfonos celulares, que, aunque sólo funcionan dentro del país, van adquiriendo cada vez más popularidad); por el otro, una mayoría a la que le cuesta sobrevivir. En grandes espacios cubiertos, a los que todos pueden acceder, los mercados autorizados rebosan de bienes de consumo (de fabricación china, pero también japonesa y surcoreana) y productos alimenticios. Están siempre llenos. Pero hay que tener dinero. En las calles, los puestos en el suelo de los vendedores callejeros son más escasos. En el interior del país, todo un pueblo se desloma en los campos con las manos desnudas, repara caminos de tierra con picos y palas o construye diques piedra por piedra...

Esta ampliación de la economía secundaria tiene consecuencias desestabilizadoras que el régimen intenta reprimir sin demasiado éxito: ante la inexistencia de un dispositivo jurídico adecuado para enmarcar estas nuevas prácticas, han surgido nuevas “zonas grises”, en la frontera de la legalidad; además, la monetización ha fomentado la corrupción. El crecimiento de la economía paralela no habría sido posible sin la complacencia de los políticos, los burócratas y los miembros de los diversos servicios de seguridad civiles y militares. El poder aún dispone del aparato represivo, pero perdió el control de parte de las actividades económicas. Según los refugiados, todo se negocia y se compra: permisos de viaje, excepciones de sesiones de adoctrinamiento, protección, clientelismo, desvío de equipos, etc.

¿Un Estado satélite de Pekín?

Esta evolución subterránea de la sociedad, ¿lleva al régimen a regresar a la línea que prevaleció en tiempos de Kim Il-sung, que consistía en privilegiar la utopía nacional antes que las necesidades materiales de la población? China insta a Pyongyang a tomar un camino más pragmático. Pero Pekín tiene una prioridad estratégica en la RPDC: la estabilidad. Y los dirigentes chinos son conscientes de que una apertura demasiado brutal corre el riesgo de ser fatal para el régimen. “La cuestión nuclear que obnubila a Occidente es molesta, pero secundaria para China –dice Choi Choon-heum, del Instituto para la Unificación Nacional (gubernamental) en Seúl–. Para prevenir los riesgos de inestabilidad del día en que comience la era post Kim Jong-il, China aumenta su presencia económica y su peso político en la RPDC.”

Pyongyang mantiene una relación complicada con Pekín, su único aliado. Alianza, incluida la militar, que se reafirmó durante las celebraciones de la intervención china en la Guerra de Corea (25 de octubre de 1950), cuando las fuerzas de Naciones Unidas hicieron que el ejército de Kim Il-sung retrocediera nuevamente hasta el río Yalu. Desde 2008, y con el viraje de la política de apertura de Seúl hacia el Norte por el presidente de centro-derecha Lee Myung-bak, China se ha convertido en su principal socio económico (70% del comercio exterior) y su principal proveedor de alimentos, energía y tecnología. Las sanciones internacionales no han tenido demasiado efecto en el régimen, pero contribuyeron a lanzar a Corea del Norte en los brazos de Pekín.

La amistad entre ambos países, sellada con dos visitas consecutivas de Kim Jong-il a su vecino en 2010 y las de altos dignatarios chinos a Pyongyang, no deja de tener segundas intenciones. Cualquiera sea la impresión que provoquen los telegramas diplomáticos estadounidenses revelados por WikiLeaks acerca de la posibilidad de que China le suelte la mano a la RPDC, lo cierto es que en la actualidad este gobierno representa, para Pekín, la mejor garantía de estabilidad. Es verdad que en China hay dos corrientes de pensamiento: los “tradicionalistas”, para quienes Corea del Norte sigue siendo un “país hermano”, y los “internacionalistas”, que la ven como una carga. “Pero es sólo un debate académico, que apenas influye en las decisiones estratégicas del Partido Comunista”, afirma Choi.

Es más que evidente que Pekín está evaluando todos los escenarios posibles, incluyendo la caída del régimen. Que ya casi no alimente ilusiones sobre su aliado es otra cosa. Pero, por ahora, ciertamente no desea ver a las tropas estadounidenses en la otra orilla del Yalu, en caso de reunificación bajo la égida del Sur aliado de Estados Unidos. Además, el derrumbe del régimen provocaría un éxodo a la frontera sino-norcoreana. Pero del lado chino, en la región de Yanbian, vive una importante minoría coreana (un millón de personas) con un fuerte sentido de pertenencia étnica. La llegada de refugiados podría despertar una reivindicación identitaria y crear un problema como el que existe en Xinjiang con los uigures.

Para estabilizar a la RPDC, China busca integrarla al desarrollo de la ex Manchuria, asociándola primero a la creación de una zona industrial de treinta y cinco kilómetros que se extienden a lo largo del Yalu entre Tanghua y Dandong, y luego ampliando el círculo a Changchun y la provincia de Jilin hasta Tumen (proyecto denominado “Chang-Ji-Tu”). La construcción de nuevos puentes que conectan a ambos países ya comenzó y China invirtió en la RPDC en infraestructura y en el sector inmobiliario. Asimismo, arrendó buena parte de los recursos minerales (especialmente en metales raros), que abundan en el subsuelo norcoreano. Si un día el Sur entra por la fuerza en el Norte, corre muchos riesgos de encontrarse con muchos lugares ya ocupados...

La adquisición gradual de China no gusta nada a Pyongyang: aunque es necesaria para evitar el derrumbe del país, quebranta su deseo de independencia. Los líderes norcoreanos también tienen buena memoria. En 1956, con el respaldo de Moscú, Pekín apoyó un intento de golpe de Estado contra Kim Il-sung tramado por el grupo pro-chino del Partido. Mientras el régimen sirva a los intereses de Pekín, tiene su apoyo asegurado. Y cuantos más intereses económicos y geoestratégicos tenga China en la RPDC, más podrá evitar una desestabilización. Una garantía que conlleva el riesgo, para la RPDC, de convertirse en un Estado satélite de Pekín.

1 Aparachiks: término ruso que se refiere a funcionarios profesionales del Partido Comunista o del aparato gubernamental

* Periodista