EE.UU. vs. Rusia: choque que va más allá de Siria

Escribió: Marcelo Cantelmi en Clarín, Argentina

El actual choque entre EE.UU. y Rusia, menos que un remedo de la Guerra Fría según postula la sencillez de algún análisis, desnuda la emergencia de una puja inesperada sobre quién esta a cargo realmente de la crisis en Siria y el resto de la región. Es un bucle extraordinario de la historia que fuerza una paridad técnicamente inexistente entre estos competidores del pasado ahora compartiendo la misma vereda del capitalismo.

Hay dos aniversarios estos días que pueden ayudar a explicar los enredos de la coyuntura. Ambos suceden, por cierto, mientras un solitario Washington pone una obligada reversa en su ofensiva sobre la dictadura siria y Moscú se regodeaba sin miramientos de la impotencia del gigante americano.

La Casa Blanca y el Kremlin se han revoleado en ese ring el espectro terrorista de Al Qaeda. Uno, para defender el bombardeo sobre el país árabe con el argumento de que de no hacerlo alimentaría ese peligro ominoso, y el otro, para profetizar un fanatismo ultraislámico aluvional si se cruza la línea hacia una intervención occidental. El uso de esa amenaza se hizo más presente por la memoria del atentado del 11 setiembre de 2001 en Nueva York, del que se cumplieron doce años el pasado miércoles. Ese ataque, que fue atribuido a la red que creó el multimillonario saudita Osama bin Laden, ha sido en EE.UU., y parte de sus aliados, el gran argumento para permitir una intromisión sin precedentes del Estado en los asuntos de la gente. El pretexto de la seguridad, que hoy se advierte con escándalo por los excesos del espionaje, ha mantenido vivo el corpus agazapado de un enemigo vidrioso e imposible de ser atrapado. Pero sucede que no hay tal red Al Qaeda ni un cuartel con mando centralizado, según determinaron las organizaciones de inteligencia globales, entre ellas las británicas y norteamericanas. Se trata, en cambio, de una marca reivindicada por grupos extremistas brutales que carecen de contacto entre ellos, lo que torna aún más difícil su persecución.

De ahí que, cuando se alude a la existencia de Al Qaeda en el campo de batalla sirio, de lo que se trata es de grupos ultraislámicos como el poderoso Frente Al Nusra; el Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS) o la Brigada Ahrar al-Sham, resueltos todos a crear un gran califato entre ese país y el resto de la región. El modelo de poder imaginado por estos integristas, con cuyos teóricos no es difícil hablar en el norte del Líbano, donde reside una parte del corazón del salafismo, es el mismo que rige en países como Arabia Saudita. Ese aliado carnal de EE.UU. es un resuelto proveedor de ayuda a los rebeldes sirios, particularmente islámicos enfrentados con los laicos que fueron quienes iniciaron esta revuelta hace dos años y medio. El califato es un régimen feudal cuasi monárquico claramente antidemocrático que se basa tanto en el ejercicio de un estricto control sobre la población como en la perpetuidad del mando que se asume indiscutible e infalible. El ultraislamismo enreda la religión con la política premeditadamente, para garantizar ese disciplinamiento que en sus extremos prohíbe la música, el deporte y cualquier alternativa social que aleje al sujeto de la línea marcada. El resultado tiene rasgos nítidos del fascismo que la humanidad soportó el siglo pasado.

La otra fecha significativa de estos días sucederá mañana, cuando se cumpla el quinto aniversario de la bancarrota del centenario banco Lehman Brothers que disparó a nivel global la crisis que envolvía a EE.UU. desde un año antes. Ese día cambió el mundo y, para muchos académicos, marcó el inicio real económico y político del presente siglo. Fue el momento en que Washington sufrió un recorte abismal de su poder debido a los rojos súbitos que agredieron su economía. Esa nueva configuración, que está en la base de la actual crisis estructural europea y del nuevo lugar de China en el escenario global, no sólo explica que Barack Obama haya llegado a la presidencia de su país, sino las limitaciones objetivas del imperio para configurarse en un real hegemón.

El impacto social que esos desequilibrios originaron y su proyección en protestas y rebeliones es lo que, también, pesquisan las agencias de inteligencia allí y en todo el planeta. Poco después de aquel estallido financiero, el entonces jefe de inteligencia de EE.UU., Dennis Blair, advirtió que las consecuencias de la recesión habían reemplazado al terrorismo como la mayor amenaza para la seguridad nacional. Y anticipó con acierto la irrupción de movimientos poblacionales, sufrimiento humano a gran escala, reducción de la actividad económica, desocupación inclemente y espacios ingobernables que serían ocupados por el integrismo.

Esa nueva realidad de limitaciones es la que con aspereza y brutalidad le enrostra el líder del Kremlin, Vladimir Putin, a su colega norteamericano. La columna que el presidente ruso publicó el jueves en The New York Times es una pieza maestra de lengua afilada que se abusa del “fallido” de Obama de destacar la “excepcionalidad” norteamericana para atribuirse el derecho eventual a intervenir en Siria.

Putin, al caracterizar de peligrosa esa auto reivindicación, que es un concepto complejo que enlaza con la idea del “destino manifiesto” presente en los orígenes mismos de EE.UU., y que Madeleine Albright sintetizó en su tesis de “nación indispensable”, mordió la yugular del orgullo norteamericano que se reconoce a sí mismo en una misión “redentora” para modelar al resto del mundo a su excepcionalismo. Esa visión es más que relativa atento a la tradición de aislacionismo y unilateralidad estadounidenses que alcanzó sus máximos con la doctrina del ataque preventivo con el que George Bush creó el callejón de Irak. Pero lo peor de la crítica rusa es que proviene d el líder de un gobierno autoritario que exhibe mínimos valores democráticos junto a una violenta fe censuradora y persecutoria. Es un costo político enorme que hace aún más evidente el desconcierto de la Casa Blanca.

Quizá por ello, con ánimo guerrero, la última edición de The Economist llama a Obama a asumir que debe bombardear, advirtiéndole que está frente a uno “de esos episodios que definen el lugar de América en el mundo”. Es una mirada inquietante. Confirma que el enorme peligro de la hora es que, efectivamente, lo que sucede es mucho más que Siria.