A cinco años de Lehman Brothers

Escribió: León Bendesky en La Jornada, México


Son ya cinco años desde que quebró Lehman Brothers y de modo emblemático precipitó una profunda crisis económica y social que no ha menguado de modo notorio. Esta es, pues, una fecha oportuna para mirar el estado de las cosas en el marco financiero que prevalece y las políticas públicas que se aplican para la gestión del dinero y el capital.

El salvamento de los bancos de Estados Unidos tras la quiebra de Lehman ha costado una fortuna. Parte de esos fondos públicos que se destinaron al final del gobierno de Bush se han recuperado. Y eso ha sido posible porque los grandes bancos siguen generando una alta rentabilidad.

La política monetaria de la Reserva Federal ha promovido esa rentabilidad manteniendo prácticamente en cero las tasas de interés sobre los fondos federales. Esto quiere decir que los bancos pueden fondearse muy barato y prestar con un margen muy alto y, así, obtener grandes márgenes de ganancia.

Incluso pueden seguir con prácticas de operación de antes de la crisis y sin necesidad de prestar a las empresas, en especial a las de menor tamaño. El papel del crédito esta desvirtuado en una economía de mercado, así como el de la misma especulación.

Una muestra de las condiciones financieras es que las grandes corporaciones acumulan un muy alto nivel de liquidez ante las pocas oportunidades de inversión. De ahí se desprenden las adquisiciones que se han hecho en el mercado; una de las más recientes es, por ejemplo, la de Nokia por Microsoft. Esto lleva a una mayor concentración y centralización del capital.

Los bancos y fondos de inversión de Wall Street siguen activamente en el juego financiero, mientras que la actividad productiva y el empleo están atorados. Por eso resisten tanto las medidas de regulación que se imponen en al ámbito internacional como son aquellas derivadas del Comité de Basilea y que se centran en el reforzamiento del capital para reducir los riesgos de nuevas quiebras.

Eso es caro para los bancos. En Estados Unidos las reglas de Basilea no se aplican o se acomodan a la gestión interna. Además se han creado nuevas normas como la Ley Dodd-Frank y la Regla Volcker que pretenden restablecer la división entre las actividades de banca comercial y de inversión, donde se ubica buena parte del origen de la crisis.

Se trata de reducir las repercusiones negativas que provocan los bancos que se vuelven demasiado grandes para quebrar, y que saben que eventualmente serán rescatados debido a su peso específico en las transacciones financieras. Esto, por supuesto, a costa del erario público, o sea, de los recursos de los ciudadanos. La presión de los poderosos cabilderos de los bancos es notoria para que se mantengan las cosas con la menor regulación posible. Hay una batalla regulatoria muy visible.

La rentabilidad de los bancos está sostenida por la gestión monetaria de tasas cero. Su situación no se ha fortalecido definitivamente, ni se han redirigido al financiamiento de la actividad productiva y a una menor operación especulativa. Se endeudan en demasía para ganar manejando activos riesgosos. Cuando esa política se vaya desactivando se irán viendo la herrumbre que dejará la bajada de la marea.

Las distorsiones financieras y productivas son muy grandes pues no se han saneado los procesos de acumulación de capital y riqueza. La gente sigue desempleada, los salarios se mantienen bajos y la desigualdad de los ingresos crece. Las condiciones son aun propicias para que se creen nuevas burbujas de especulación. La esencia de la crisis no se ha superado.

En Europa la situación de fragilidad es similar en el entorno financiero, pero las cosas se complican por los acuerdos comunitarios y la existencia del euro como moneda única. En ese entorno, Alemania, tiene un lugar de fuerza, su economía se mantiene relativamente fuerte y las políticas de ajuste que el gobierno de Merkel impone sobre sus socios han podido mantener la ficción de que los bancos de ese país se han recuperado.

Eso deriva de que se ha creado un esquema de flujos de capital en su beneficio, lo que sostiene su producción y sus exportaciones. Entretanto, la deuda pública de los países deudores se agranda y sus economías se hunden, las empresas quiebran y la gente se queda sin empleo, sin ingreso ni servicios públicos. Los casos de España, Grecia o Portugal siguen siendo muy ilustrativos.

Europa se ha vuelto alemana en el sentido más restrictivo del término, es alemana porque gira alrededor de ese punto de atracción. No deriva ninguna ventaja del fuerte ajuste recesivo que se impone desde Berlín por la vía de su apéndices: un muy desgastado gobierno europeo y su burocracia, situados en Bruselas y en Francfort, sede del Banco Central Europeo, ligado al Bundesbank. Desde el centro alemán se van creando círculos concéntricos de periferias cada vez más endebles.

El crédito es un instrumento clave de una economía de mercado compleja. La financiarización que se ha ido extendiendo en las últimas décadas ha deformado el proceso económico y sus repercusiones son evidentes. Las pautas institucionales se han trastocado y las autoridades monetarias se acomodan de un modo perverso al capital financiero. Ahí radica el carácter sistémico de la crisis que se recrea desde la quiebra de Lehman Brothers.