Entrevista a Manolo Garí

Publicó: el diario.es

Primera parte. “El dilema hoy no es crecimiento y empleo versus naturaleza, sino crecimiento capitalista versus naturaleza y empleo”

Manuel Garí es economista y activista social, director de la Cátedra Trabajo, Ambiente y Salud de la Universidad Politécnica de Madrid. Ha defendido durante muchos años los derechos de la clase trabajadora desde el sindicalismo, sin perder nunca de vista la defensa medioambiental. Acaba de publicar el libro Qué hacemos por otra cultura energética, escrito junto a Javier García Breva, Begoña María-Tomé Gil y Jorge Morales de Labra. Una propuesta por otro modelo productivo a partir de una nueva cultura energética, basada en las renovables y en la democratización de los recursos.

Ofrecemos la primera parte de una extensa conversación, que continuaremos en los próximos días. En esta primera entrega hablamos con Garí de la crisis energética, su relación con la crisis económica, las amenazas en el horizonte, las nucleares, el fracking, así como del sistema energético español y la última reforma.

-La crisis energética que se anuncia a medio plazo, ¿cómo afectaría a España?

Energéticamente el Estado español es sumamente dependiente del exterior ya que el 80% de los recursos energéticos consumidos se importan. El carbón se trae de Ucrania, Rusia, Sudáfrica y China. En 2011 el 99,8% del gas y petróleo consumidos como energía primaria fue importado, lo que significó una cifra equivalente al 4,7% del PIB. Más del 55% del crudo se compró a los países de la OPEP, particularmente a Arabia Saudí, Irán y Nigeria, más del 15% a Rusia y en torno al 12% a México; la factura del petróleo ese año supuso el 85,6% del total del déficit comercial español. En el caso del gas nuestros principales proveedores fueron Argelia -38%-, Nigeria -18,6%- Catar -13,4%- Noruega -8,4%- y Egipto -6,5%-.

La primera conclusión de esta aburrida catarata de cifras y porcentajes es que cualquier alza de los precios de los combustibles fósiles contribuirá negativamente al desequilibrio estructural comercial. La segunda es que cualquier tensión política y/o bélica en las regiones productoras de las que importamos aumenta la vulnerabilidad de nuestro sistema energético y… económico. Vamos a ver que pasa a corto plazo con la situación en Siria.

-La actual crisis económica global, ¿en qué medida tiene también un componente energético en su origen? 

En el verano de 2004 se hizo patente una de las consecuencias de la guerra de Irak: el barril de crudo pasó de 20 dólares a 40, en 2007 se atravesó la barrera simbólica de los 100 dólares y siguió subiendo hasta alcanzar los 147 dólares en la primavera de 2008, lo que provocó un movimiento inflacionista en la economía de los países occidentales y un alza de los precios de los alimentos con consecuencias dramáticas para los países empobrecidos. Se intentó detener la temida inflación mediante un alza de los tipos de interés. Este movimiento junto con el resto de elementos irracionales que configuran la financiarización de la economía mundial resultó explosivo. El resto es una historia conocida: tras el boom del dinero barato crisis de las hipotecas basura, crisis financiera internacional, crisis de las deudas europeas, etc.

Pero no es la primera vez que una grave crisis económica y financiera fue precedida por un alza de los precios del crudo, recordemos que el fin del keynesianismo y la instauración del neoliberalismo llegaron tras la guerra árabe-israelí de 1973 en la que los precios del petróleo se cuadriplicaron y tras la revolución iraní que comportó que se doblaran nuevamente entre 1978 y 1981. El experto venezolano en economía de la energía, López Arismendi, afirma en su libro El fin de la era petrolera que las manifestaciones más evidentes de la crisis estructural que sufre la sociedad mundial son económicas pero que el origen de las mismas es energético. No le falta razón.

-¿Cómo resolvemos el habitual dilema entre sostenibilidad ecológica y crecimiento económico/creación de empleo? 

Empecemos por desmontar el mito del crecimiento económico. La necesidad de crecer sin parar es un imperativo de la realización de la ganancia capitalista, no del bienestar de la sociedad. Ese crecimiento no comporta automáticamente un reparto justo de bienes y servicios en la sociedad. Depende en qué sectores se crezca y en cuales se decrezca el resultado será más o menos favorable a los intereses de la mayoría social. El capitalismo industrial multiplicó la capacidad de acumulación monetaria y de crecimiento anual medido en términos monetarios medido mediante el Producto Interior Bruto, el tan llevado y traído señor PIB. La financiarización de la economía ha inducido hasta la metástasis esa acumulación de capital ficticio y ha desorbitado el culto al PIB.

Lástima, porque el PIB es un indicador económico incompleto e imperfecto. No se le puede tomar como la verdad revelada. No es capaz de informarnos sobre las condiciones sociales y ecológicas de producción. Tampoco sobre los valores de uso producidos ni sobre su distribución. Y, particularmente, hay que disociar la idea de crecimiento de la de creación de empleo. Hemos podido constatar en diversos momentos, como afirma Catherine Samary en el artículo aparecido en Viento Sur “De los desastres del “productivismo” a la planificación ecosocialista autogestionaria”, que puede haber crecimiento con enormes cifras de desempleo, incremento de las desigualdades y destrucción ambiental. Esta crítica al PIB se extiende entre los economistas más sensibles incluidos algunos de los defensores del sistema económico vigente, a la vez que comienzan a formularse propuestas de nuevos indicadores como el PIB verde.

Hoy el dilema no es crecimiento y empleo versus naturaleza sino crecimiento capitalista versus naturaleza y empleo. La gran crisis económica que viene, como afirma el propio George Soros, es la que puede derivarse de la catástrofe climática inducida por la forma de producir y movernos. Esa destruiría fuentes de riqueza y empleo en dimensiones dantescas. No es solo un debate económico, es un debate civilizatorio.

Más en concreto ¿es posible compatibilizar la sostenibilidad ambiental y la creación de empleo? 

Está abriéndose paso de manera firme en el mundo sindical y en el de los expertos en economía ajenos al neoliberalismo una nueva hipótesis: el proceso de reconversión del aparato productivo en términos ecológicos, comenzando por el modelo energético, es intensivo en trabajo humano por un lado y, por otro, implica una importante movilización de recursos e inversiones que posibilitan medidas anticíclicas generadoras de riqueza que a la vez son sostenibles desde un punto de vista ambiental. Baste un botón de muestra, las energías renovables generan 2,7 veces más empleo por unidad de PIB que la media del sector energético.

Diversos informes de la OIT corroboran el enorme potencial de creación de empleo que contienen las fuentes renovables de energía y la introducción de criterios de eficiencia energética en la producción y los servicios. Igualmente queda demostrado en los estudios sobre el caso español en los que hemos participado entre otros Begoña María-Tomé y yo mismo.

Si a ese cambio de paradigma productivo le sumásemos una profunda reestructuración de la organización del tiempo humano con una drástica reducción de la jornada laboral, se produciría el doble movimiento de creación y reparto del bien “puesto de trabajo”.

-La energía nuclear como alternativa a la fósil, ¿está descartada tras Fukushima, o el lobby nuclear se mantiene fuerte? 

Cada día que pasa hay nuevos argumentos para dejar la energía nuclear. Las fugas radiactivas al mar en Japón ocupan las noticias, entre otras cosas, porque puede haber consecuencias transoceánicas en el Pacífico norteamericano. La conservadora canciller alemana Angela Merkel desdiciéndose de su programa electoral ha iniciado la desnuclearización en su país. El lobby nuclear guarda silencio sobre Fukushima y en el caso español acaba de reconocer que la mayoría de los españoles rechaza la energía nuclear.

Su silencio no es equivalente a su desaparición. Existen fuertes intereses económicos de las grandes compañías energéticas propietarias de centrales atómicas –en España y en el resto de países- y de fabricantes de reactores y constructores de plantas –como es el caso de Areva en Francia- y además hay una ideología pronuclear –y claro está, también petrolera- que asocia progreso con centrales atómicas –y humos de combustión-, ningunea los riesgos y desprecia a las renovables. En nuestro país hay insignes representantes de ese pensamiento reaccionario y desinformado tanto en el mundo sindical como en algunos partidos socialdemócratas, pero la palma se la llevan los neocon que en España están muy bien representados por el PP, particularmente por Rajoy y Soria.

Los pronucleares defienden su opción mediante cinco mentiras: que la energía nuclear es imprescindible como energía base de respaldo, que es más barata, que es limpia, que es segura y que hay reservas ilimitadas de combustible. La realidad ha desmontado una por una esas interesadas e ignorantes afirmaciones: poderosas economías no tienen centrales nucleares y su sistema energético funciona, el kW nuclear resulta más caro dados los altos costes iniciales, los residuos radioactivos no pueden esconderse bajo la alfombra, los incidentes devienen en accidentes y estos en desastres y tragedias, el uranio existente en el planeta es finito y no puede alimentar las actuales centrales más allá de 50 años, mucho menos tiempo si se siguen construyendo.

¿Por qué no se construyen todas las centrales que se anuncian? 

Porque las inversiones iniciales son muy cuantiosas y el retorno se dilata en el tiempo. Por ello el capital privado no quiere arriesgarse sin el aval y la financiación estatales. Así de liberales y arriesgados se muestran estos fundamentalistas del mercado y enemigos de lo público a la hora de pedir la intervención estatal para atreverse a invertir un euro en las nucleares. Además la cuenta de explotación de la generación eléctrica desdice el mito de los bajos costes. El Informe Lazard de 2008 basado en los datos de la Comisión Europea y tomando como criterio el de coste/beneficio, sitúo los costes de producción por kilovatio hora (kWh) de la nuclear entre 10 y 12 céntimos de euro frente al coste de la eólica y la biomasa situado en el entorno de 5 a 9. En conclusión la nuclear no puede sustituir a la fósil, vayamos pensando en una energía más asequible y segura, la que viene del sol.

-¿Y el fracking? ¿Por qué hay administraciones que parecen dispuestas a autorizarlo pese al rechazo y las dudas que despierta? 

En el caso español los mayores defensores del fracking son grandes compañías constructoras en búsqueda de negocio promovido por administraciones que han descubierto en el gas pizarra la panacea a los diversos males patrios, ya que afirman que el uso energético del gas pizarra es la panacea de sustitución ante el peak oil y el peak gas porque las reservas sin explotar son cuantiosísimas, es más limpio que el carbón al que expulsará del mercado, reduce la emisión de CO2y ayuda a combatir el cambio climático, por lo que se convierte en un combustible de transición a nivel mundial hacia una energía descarbonizada. En el caso español, además, permitirá la independencia energética, será una fuente de riqueza local y comarcal, y generará empleo. ¡Bienvenido mister Marshall! Y, además su extracción y uso son limpios, no comportan efectos ambientales negativos ni riesgos para las personas por lo que, algunos de los que desde la administración deberían velar por el cumplimiento estricto de la norma afirman que no es necesario hacer estudios de impacto ambiental. En definitiva estamos ante un conjunto de creencias ancladas en una idea de progreso vinculada al pelotazo extractivista. La realidad es muy otra.

El gas pizarra que se obtiene mediante la fractura hidráulica tiene una tasa de retorno energético (TRE), el indicador que establece el cociente entre la energía empleada en su obtención y la energía obtenida, sumamente bajo: entre el 2 y el 5. El fracking pues resulta un procedimiento sumamente ineficiente en términos energéticos y por tanto de costes, cosa que silencian sus defensores, si lo comparamos con las tasas de la fotovoltaica, situada en el 7 –lo que lleva a sus detractores a decir que es una cifra baja- o del gas o petróleo convencional que supone el 15 o la eólica que alcanza el 17. El gas pizarra no es la alternativa al petróleo convencional ni en términos energéticos ni crematísticos. El fracking supone una técnica sumamente agresiva por el empleo de cientos de sustancias químicas nocivas de forma masiva que se depositan incontroladamente en acuíferos, subsuelo, suelo y cauces, sumamente despilfarradora de agua y sumamente peligrosa porque puede inducir movimientos sísmicos.

Un reciente informe del Parlamento europeo afirma que los recursos de gas convencional en Europa son demasiado pequeños para tener una influencia energética sustancial y que la tendencia más previsible tras un primer boom será al declive de la producción y uso gas de esquisto. En el caso español las cifras de existencias conocidas son muy reducidas: 250.000 millones de barriles. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) afirma que la producción de gas incluyendo convencional y pizarra disminuirá en Europa a ritmo 1,4% anual. Son datos y opiniones demoledoras. ¿Se tendrán en cuenta? En el caso del ministro Soria parece que no. Quizás ni las conozca.

-¿Por qué consideran “irracional” el actual modelo energético español? 

El uso que hacemos de la energía que no tenemos y debemos comprar fuera a precio de oro es muy ineficiente ya que la intensidad energética de nuestra economía sigue siendo muy alta y no la hemos bajado significativamente desde la crisis energética de los años setenta. Dicho de otra forma consumimos más energía por unidad de PIB que la mayor parte de los países occidentales. Los impactos ambientales y sobre la salud de la contaminación son muy importantes y, puestos a hablar de dinero, no los pagan quienes los producen sino nuestras vidas y la hacienda pública, nuestros impuestos. Impuestos que por cierto vienen subvencionando a las grandes compañías que configuran el oligopolio energético español y a los que a su vez pagamos la electricidad a precios cada vez más elevados. A ello hay que sumar un modelo de transporte basado en los combustibles fósiles y un alto grado de ineficiencia energética del parque inmobiliario residencial, terciario, industrial y turístico. Visto lo visto ¿es exagerado hablar de irracionalidad sistémica?

-¿Qué efectos ha tenido la liberalización del mercado eléctrico? 

En 1997 el gobierno de Aznar anunció que se iniciaba la transición a un sistema de libre mercado eléctrico. Las eléctricas consiguieron de inmediato que se les garantizara la recuperación de las inversiones que hasta el momento habían realizado mediante el reconocimiento de los Costes de Transición a la Competencia (CTC) cuya cuantía inicial se estableció en 12.000 millones de euros. Además se diseñó un absurdo mercado cerrado para y controlado por las grandes compañías en el que el gobierno popular aceptó aberraciones como la del reconocimiento del déficit tarifario que aún hoy colea. Finalmente, el sistema de fijación de precios del que conviene que hablemos no es precisamente un modelo de juego real oferta / demanda. Difícilmente puede hablarse de un mercado eléctrico liberalizado.

-¿Por qué es tan compleja y falta de transparencia la fijación de precios en España, un “arcano indescifrable que a tantos oculta sus secretos”? ¿Cree que han sido capaces de hacerlo inteligible en su libro? 

La metafórica referencia de Jorge Morales al oscurantismo del sistema de fijación de precios de la electricidad no es baladí. La Ley básica de la electricidad (ley 54/97) estableció un mercado mayorista pretendidamente marginalista que funciona muy defectuosamente. El precio de la electricidad se forma por adición de tres sumandos. El primero compuesto por el precio más caro de entre los oferentes que hayan sido invitados a participar por ser los más baratos en ese momento para atender la demanda. El segundo sumando, los costes de acceso que contemplan diversos elementos como los costes de transporte y distribución, las primas del régimen especial, la deuda tarifaria, los costes extrapeninsulares y los costes de funcionamiento de la Comisión Nacional de la Energía (hoy integrada en la Comisión Nacional de Mercados y de la Competencia) y del Operador del Mercado Eléctrico. Y un tercer sumando, los Costes de Capacidad que se pagan por estar disponibles al carbón y al gas.

Poco que ver con un mercado abierto al que puedan los consumidores, los grandes ausentes, o transparente y sencillo para los mortales pues gran parte del galimatías que sucintamente expliqué es un constructo político ajeno a las reglas que se supone tiene un mercado capitalista. No todos tienen el mismo grado de información ni la misma capacidad de influir en la fijación del precio. Y mucho menos con un mercado que abarate el precio para la mayoría de la población. Todo este entramado favorece a los grandes consumidores industriales y su peso gravita sobre las pequeñas empresas y los consumidores particulares.

Segunda parte. “Los señores del petróleo exigieron acabar con la ‘fantasía de los molinillos’ porque peligraba su cuenta de resultados”

Ofrecemos la segunda parte de la entrevista con el economista y activista social Manuel Garí, coautor del libro Qué hacemos por otra cultura energética. Sus respuestas se centran ahora en las energías renovables: su viabilidad, las causas de su freno en España, los intereses económicos, su relación con el cambio de modelo productivo, y la necesidad de un proceso de empoderamiento social y democrático de la energía.

- Las renovables, ¿son una alternativa de presente o de futuro?

Para que haya futuro hay que conjugar las renovables en presente. No es concebible un modelo energético del año 2050 que no esté basado en las renovables. Pero para llegar en condiciones aceptables a esa fecha es preciso implementar masivamente las fuentes limpias. Nuestra sociedad, nuestra humanidad no tiene un crédito ilimitado de tiempo. Debemos actuar de inmediato.

Puede sonar a apocalíptico pero no lo es. Lo dicen las voces ecologistas. Es una opinión que se abre paso entre los sectores de izquierda. Pero no lo dicen solo ellos. La voz más autorizada y documentada es la de los científicos del IPCC mandatados por Naciones Unidas para analizar la situación climática, quienes han concluido que el problema es grave y se agrava día a día y que está causado por las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) de origen antropocéntrico. Para evitar eufemismos, podemos decir que son emisiones vinculadas al desarrollo del capitalismo industrial. En el centro de problema está el modelo energético.

Por ello, podemos concluir que está en las manos humanas poner fin a la locura. Hay que impulsar la maduración e implementación de las renovables para lograr el “100% renovables” en las próximas décadas. De no hacerlo el panorama se ensombrecerá aún más, bien por el clima bien por el agotamiento de recursos.

- ¿Son suficientes por sí mismas para la demanda energética de un país como España? ¿Podríamos ser energéticamente independientes solo con renovables?

Son suficientes para atender la demanda eléctrica y pueden llegar a serlo, si hay modificaciones en otros sectores, para atender el conjunto de las necesidades energéticas. Por tanto son la clave de la independencia energética en el caso del Estado español. Pero también a nivel mundial. Las renovables son las únicas fuentes que pueden atender las necesidades de los países empobrecidos y hacer llegar la electricidad a los casi dos mil millones de personas que carecen de la misma.

Desde el punto de vista de la generación eléctrica española, las renovables en su conjunto y la eólica en particular han mostrado ya su capacidad de sustituir a las centrales convencionales, como nos recuerda y con razón Javier García Breva. Su curva de aprendizaje les ha permitido ya resultados tan espectaculares en el caso español como suponer el 1% del PIB en 2010 o llegar a cubrir durante periodos determinados, y pese a las dificultades de acceso al sistema que tienen, el 40% de la demanda eléctrica.

Pero el cambio de modelo hacia la sostenibilidad energética en clave ecológica comporta más requisitos. Tanto en el ámbito español como en el internacional. No somos una isla. Hay que conseguir mayor eficiencia energética, lo que significa obtener más con menos. Hay que extender el acceso a la energía a quienes a nivel mundial no la tienen. Hay que ahorrar en términos absolutos la energía que usamos. Por tanto el sistema de ecuaciones del nuevo modelo energético tiene parámetros tecnológicos, sociales y ambientales, y resolver las incógnitas es tarea muy compleja.

Pongo sobre la mesa una idea central: el nuevo modelo no se reduce a cambiar de fuentes; a la par debe “pacificar” o sea reducir la cantidad de energía requerida en términos absolutos en el mundo, a la vez que la lleva a donde no hay y la saca de dónde se despilfarra. Esto va contracorriente del modus vivendi del egoísmo primermundista. Pero hay más: hay que acabar con el optimismo tecnológico también en las renovables, estas no pueden crecer ilimitadamente al servicio de lo que ya es una metáfora del siglo XXI: el despilfarro de la iluminación nocturna de unas ciudades a las puertas del abismo de una central que suda muerte.

- ¿Por qué seguimos apostando por energías fósiles conociendo ya las renovables?

La apuesta fósil es injustificable pero explicable. Durante un periodo de tiempo de bonanza económica parecía que se estaban dando pasos en el buen sentido, porque todas las fuentes de energía cabían en la cesta ya que el aumento de la demanda era incontenible, había cierta estabilidad de los precios de crudo y gas, y las renovables estaban en pañales y no representaban peligro alguno para los oligarcas de la energía, que incluso coquetearon invirtiendo en las nuevas energías limpias. Pero la crisis geopolítica originada por la invasión a Irak y la crisis financiera que comportó la pérdida en instantes de billones de dólares en activos ficticios, puso patas arriba los discursos de papel. Los señores del petróleo exigieron que acabasen las “fantasías” de lo molinillos de viento porque veían peligrar su cuenta de resultados. Las grandes compañías energéticas españolas siguieron la misma pauta marcada por los magnates internacionales.

- ¿En qué sentido las energías renovables son “transparentes”?

Se puede afirmar que las energías convencionales forman parte de un sistema energético no transparente, porque están en manos de una oligarquía mundial sin control democrático, e incluso con prácticas dictatoriales en muchos países, y capaz de imponer silencios, normas y barreras a gobernantes y pueblos. Y guerras. Como decía Gandhi, la primera víctima de la guerra es la verdad. Pero ello va más allá del conflicto bélico y también forma parte de la guerra comercial entre capitalistas y de la guerra de clases contra los pueblos. No se pueden obtener ingentes beneficios con una política de puertas abiertas, de cristales transparentes y libros contables sin amaños.

La transparencia no radica en la tecnología per se en abstracto, sino en la relación social que la que se usa y sustenta en toda la cadena de valor. La transparencia se apoya en la conciencia social, en la regulación normativa, en la práctica cotidiana del control democrático y en la identificación con el servicio público de los administradores. En el caso de las renovables también con la nueva cultura energética.

Las energías limpias también pueden estar en manos de herméticos conspiradores. Todo lo que se puede convertir en mercancía es susceptible de engaño y ocultación. Vivimos bajo ese signo en el capitalismo. Pero el tipo de tecnología que usan y el que se alimenten de fuentes naturales inagotables y sin dueño, hace que materialmente las renovables sean muy aptas para la transparencia. Sobre todo según se avance en la mejora de componentes y eficiencia. Son tecnologías que permiten un mayor acercamiento producción/consumo y por tanto trabajo/ciudadanía que las energías convencionales porque son autóctonas, requieren menores inversiones iniciales, pueden distribuirse por el conjunto del territorio, y su misma naturaleza facilita el control democrático de la población, con activa participación de la ciudadanía tanto en el proceso de planificación como en el de ejecución, producción y consumo. Todo ello posibilita la transparencia del un modelo energético renovable.

- ¿Qué ha sucedido en España con las renovables? ¿Por qué se ha frenado su desarrollo?

Hubo un movimiento de opinión a favor de las renovables por ser un recurso autóctono, hubo una regulación estatal y autonómica que favoreció su implantación, se realizaron inversiones importantes en toda la cadena de valor de las diversas tecnologías y fuentes. Hubo, es necesario decirlo, algunas inversiones que tuvieron un carácter especulativo por parte de capitales ociosos que huían ya de la construcción. Pero en conjunto parecía que la marcha de las renovables era imparable. Ello incomodó poderosos intereses. En la última década España pasó de ser deficitaria en producción eléctrica a disponer de una capacidad de generación excesiva. El tiempo y la inversión requerida para construir una central de gas, opción que resultó mayoritaria, son muy elevados, por lo que los planes oligárquicos se vieron frustrados en el momento en que se dio un crecimiento continuado y vigoroso de las renovables, a la par que una cierta contención de la demanda, que desde luego no evolucionó según las erróneas y optimistas perspectivas efectuadas por las compañías eléctricas.

La maquinaria de mentiras sobre las primas y los sobrecostes se puso en marcha hasta que, producto de las presiones oligárquicas, empezó un baile de ataques normativos a dicho desarrollo. Los grandes partidos políticos españoles están transversalizados en la cuestión energética y encontramos lobistas petroleros, gasísticos o nucleares tanto en el PSOE como en el PP, más fuertes y abundantes en este, y también en el PNV y CiU. Pero ambos partidos han consentido y practicado las puertas giratorias de altos cargos que han deambulado del puesto político al consejo de administración de entidades financieras y compañías energéticas, en ambos casos con fuertes intereses en las fuentes convencionales. Y eso llega hasta los mismos expresidentes del gobierno central. ¿Hay algo más que explicar?

- El sector de renovables habla de inseguridad jurídica por las últimas decisiones.

En el caso español la regresión es patente. Los avances peligran. Tienen razón los portavoces del sector de las renovables: se ha dado un caso de inseguridad jurídica porque se han cambiado las reglas de juego a mitad del partido. El ministro socialista Miguel Sebastián, que ya había puesto trabas en el camino de las renovables pese al discurso oficial de Zapatero, en la primera reunión de ministros del ramo de la UE tras Fukushima, en un prodigio de imaginación, pidió más ayudas para el carbón autóctono. El actual ministro, el popular José Manuel Soria, apuesta por favorecer el fracking, realizar nuevas prospecciones petroleras y apoyar la energía nuclear a la vez que dificulta absolutamente la extensión de la generación distribuida de las energías renovables. Soria es objeto de mofa en la prensa internacional por sus últimas decisiones. Kelly Phillips, en el artículo "Sin idea y endeudada, España pone sus miras en gravar con impuestos al sol", en la revista Forbes del 20 de agosto pasado, afirmaba que Soria ha adoptado medidas energéticas por motivaciones recaudatorias, pues busca reducir la deuda con impuestos y multas "increíblemente onerosos". Y lo hace sobre el modelo energético que se impulsó en la última década, en que España se convirtió en uno de los primeros países del mundo en capacidad de energía solar fotovoltaica instalada, con capacidad de cubrir toda la demanda.

El principal enemigo de las renovables en España no son las restricciones técnicas ni la falta de condiciones naturales, es el Boletín Oficial del Estado. ¿Por qué tanto desvarío? El cóctel de la sinrazón está compuesto a partes iguales de voluntad no disimulada de servir a los intereses oligárquicos, insensibilidad ecológica y social (el “¡qué se jodan!” de la diputada Fabra) e ignorancia culpable.

- ¿Estamos en condiciones de apostar por las renovables en un momento de recesión?

Sí estamos en condiciones, y deberíamos hacerlo. Para que las renovables se desarrollen a ritmo suficiente, en ausencia de un plan energético democrático de obligado cumplimiento con el concurso de inversiones masivas a cuenta de los presupuestos generales del Estado, al menos sería necesario que desde la administración hubiera políticas de promoción de amplio espectro: proyectos de demostración para darles visibilidad y sensibilizar a la sociedad, incentivos financieros para la adquisición de las infraestructuras para la generación renovable, instauración de tarifas de introducción a la red eléctrica, préstamos a bajo tipo de interés, subvenciones de capital o apoyo local a la construcción.

Asimismo una apuesta decidida por la electrificación del transporte de mercancías y pasajeros, que permitiría evacuar la producción de las renovables. Abandonar la apuesta del camión a favor del tren, y del coche privado a favor del vehículo colectivo, así como dejar de favorecer sistemáticamente a los fabricantes de coches y comenzar a apoyar un servicio público que facilite la movilidad sostenible son requisitos para dos objetivos: acabar con el problema climático y abrir paso a las renovables.

- ¿Van en esa dirección otros gobiernos en el mundo?

A nivel mundial, muy tímidamente en el caso de las renovables, sobre todo si se compara con el apoyo a las energías sucias. Myers y Kent estiman que los subsidios anuales para la energía fósil alcanzan los 119 billones de dólares anuales, para la energía nuclear 12 billones, y estimaron las “externalidades” en 200 billones que asumió económicamente la sociedad en su conjunto, además de padecer los efectos negativos. Desde luego el gobierno español no está a la cabeza de otra política. Y, sin embargo, en el caso de nuestro país las medidas decididas a favor de otro modelo energético supondrían una “nueva frontera”, capaz de sacarnos de la recesión y de un modelo productivo basado en la construcción y el turismo de sol y playa.

- ¿Hay riesgo de que el mercado de renovables acabe en manos de las mismas grandes compañías que controlan la energía hoy? ¿Cómo evitarlo?

Sí, el riesgo existe. Hoy el riesgo real es el que señalas, que las grandes empresas del sector de las convencionales, u otras ad hoc creadas por el capital financiero, se hagan con el I+D+i de las renovables y comiencen a explotar este nuevo nicho de negocio. Y también hay otro riesgo en un futuro hoy inimaginable pero que podemos describir como: inexistencia de capitales privados pero dominio de un sector político burocrático de la energía. Debemos erradicar ambos escenarios. La receta que deberíamos aplicar al capitalismo deberíamos también mantenerla en una sociedad postcapitalista.

Volviendo al más probable actualmente, el la intromisión de las grandes multinacionales en el negocio de las renovables, cabe decir que podrá hacerse realidad si no se produce un proceso de empoderamiento social de la energía. Se hará realidad si ahora apostamos por grandes campos solares o eólicos alejados centenares de kilómetros de los centros de uso.

-¿Cómo puede democratizarse la energía, lo que llaman "empoderamiento social de la energía"?

Convertir a la sociedad en dueña y señora de la energía exige la máxima democracia y una nueva hegemonía cultural en el campo de la energía acorde con criterios ecológicos y sociales. Ello es incompatible con la posición preponderante del capital privado en la generación de energía. El empoderamiento social de la energía implica que la sociedad interviene mediante la inversión pública, la propiedad socializada de los sectores energéticos estratégicos y el plan democrático elaborado con la participación popular y de obligado cumplimiento. Pero hay que dar un paso más, la democracia energética se hará realidad si además apostamos por la generación distribuida que borra las fronteras entre productor y usuario. Cuanto más apreciemos el valor de uso frente al valor de cambio de la energía más se alejará el peligro.

-¿Por qué sostienen que el cambio de modelo energético sería un "vector del cambio de modelo productivo"?

El modelo productivo actual es sumamente depredador de los recursos naturales finitos, sus procesos son altamente ineficientes en el uso de las materias y la energía, como arroja el balance de los bienes y servicios obtenidos y los residuos, emisiones y vertidos generados, que depositan ingentes cantidades de productos tóxicos y nocivos en un medio natural con una capacidad de carga limitada. Su reconversión en términos ecológicos implica asumir como criterio rector de actuación la biomímesis del aparato productivo, de los medios de transporte, de la forma de consumir, en definitiva, de la manera de vivir. Implica, pues, utilizando la expresión de Marx, un nuevo metabolismo entre la sociedad y la naturaleza que parte de la convicción de que nuestra especie forma parte y vive de la biosfera.

El problema más acuciante y urgente es detener el cambio climático. Y si bien los GEI (gases de efecto invernadero) están imbricados en la inmensa mayoría de los procesos productivos agrícolas, ganaderos, industriales o de transporte, quien en términos cuantitativos aporta mayor cantidad de uno de ellos, el anhídrido carbónico, es el sector de la energía. Sector clave en toda la cadena de valor de la producción e imprescindible para el bienestar humano.

La energía es uno de los vectores básicos en la historia de la evolución humana. También en el presente. No es posible cambiar el modelo productivo si no empezamos por la energía, por la forma de controlarla, generarla y usarla. Sin ese paso es imposible dar los siguientes de forma firme y segura en la senda de una producción, una economía y una sociedad ambientalmente sostenibles. Pero, a su vez el cambio de paradigma energético inducirá profundos cambios en el resto del proceso productivo consuntivo. Vale la pena intentarlo.