A GOLPES DE CONTRARREVOLUCIÓN

por Norberto Bacher

 

Venezuela atraviesa una nueva crisis política. No es la primera ni tampoco será la última. Es un nuevo episodio de un histórico e irresuelto conflicto de clases. Por una parte se conecta con los sucesivos episodios de golpes y desestabilización que debió afrontar el Comandante Chávez durante sus gobiernos. Pero tiene sus particularidades, que deben ser comprendidas en el marco de la actual coyuntura. No es comparable la situación en que se dieron las guarimbas del 2004 a las actuales. Aunque mucho de sus protagonistas, y especialmente sus autores intelectuales, son los mismos de aquella época, las relaciones de fuerzas tanto internacionales como nacionales han cambiado.

 

LUCHA DE CLASES

Frente a una campaña metódica y falaz de la prensa internacional de derecha para engañar a la opinión pública, presentando lo que es un plan centralizado para desestabilizar el gobierno de Maduro como una espontánea rebeldía de la  juventud universitaria contra al supuesto despotismo encubierto de un régimen ilegítimo, es necesario recordar el hilo histórico, al menos de las dos décadas pasadas.

 

El viejo conflicto entre las clases explotadoras nativas, entrelazadas por múltiples vínculos a intereses imperialistas y la  resistencia de una amplia franja del pueblo, que hunde las raíces que lo nutren en los explotados y oprimidos, se transformó cualitativamente en aguda lucha de clases cuando estalló la rebelión popular en 1989 y desde que Chávez accedió a la presidencia, hace quince años, esas clases dominantes comprendieron que su poder había entrado en cuarto menguante. Desde entonces la posibilidad de guerra abierta, de clases, ha estado latente. Con  la consolidación del bloque bolivariano y la irrupción de esa masa explotada en la escena política, los poderes tradicionales establecidos – el  llamado “establishment” y las diversas elites que vivieron a su sombra –  se han sentido perseguidas, cuestionadas, en la misma medida que iban perdiendo el control del aparato del Estado, aun cuando todavía sigan  viviendo muy bien y derivan hacia sus arcas buena parte de la riqueza nacional, bajo distintas formas de apropiación de la renta petrolera.

 

Esa guerra latente, esporádicamente estalla en violencia abierta, como en los recientes días y como viene ocurriendo recurrentemente desde 2002, no por voluntad  o acción del pueblo chavista  ni de sus gobiernos – antes Chávez, Maduro ahora – sino de las antiguas clases dominantes, que no encuentran el atajo que los lleve a recuperar el control del Estado. Reaparece cuando los centros pensantes de la derecha nativa, vinculados y financiados directamente por el Departamento de Estado, diagnostican debilidades, vacilaciones o confusiones en las fuerzas revolucionarias.

 

Tras más de un año de constante ofensiva de la derecha, especialmente en la esfera económica, en el cual la revolución fue cediendo terreno, los comandos de la MUD pensaban coronar esa ofensiva con un triunfo electoral en las municipales del pasado 8 de diciembre, que abriese el camino para su escalada hacia el poder mediante un desconocimiento abierto del gobierno de Maduro, al que por otra parte nunca terminan de reconocer. Es decir una suerte de llamado insurreccional.     

 

Una vez más el pueblo bolivariano demostró el desarrollo de la conciencia política que alcanzó bajo la dirección de Chávez y volvió a darle una bofetada a los planes de la derecha. Mayoritariamente y en lo fundamental entendió que lo que estaba en juego no era escoger entre un mejor o peor alcalde, sino reafirmar la vigencia de un compacto bloque de las fuerzas de la Revolución, máxime cuando se estaba frente a una embestida reaccionaria, en varios frentes. Lo que el pueblo comprendió tan sencillamente resulta inaccesible para la erudición de algunas supuestas vanguardias.

 

INCOMPRENSIONES CRÍTICAS

No lo entienden  por ejemplo quienes escribieron (por suerte con pocos lectores) que frente a la presente escalada no existe ningún peligro de golpe de Estado porque el gobierno controla a los militares. Seguramente creen que la única posibilidad de golpe existe cuando hay una guardia pretoriana gorila que, según el molde de los manuales yanquis de contra-insurgencia, está dispuesta a poner a un presidente en calzoncillos del otro lado de la frontera, como hicieron en Honduras. Estos ventrílocuos de revoluciones parece que desconocen el riesgo cierto de estos días pasados, que se enfrentaran sectores del pueblo entre si, es decir de una incipiente guerra civil, para allanar el camino a una fuerza intervencionista externa. Esa era la  apuesta mayor, tanto de sectores de la derecha nativa como de un ala extrema de la derecha yanqui. Justamente porque saben que actualmente no disponen de fuerza militar interna buscan por todos los caminos, los diplomáticos y los más oscuros de la conspiración, una intervención extranjera. El pedido del magnate que gobierna Panamá de intervención de la OEA o el de la dirección de COPEI (socialcristiano de derecha) pidiendo la mediación de la ONU y el Vaticano complementan la línea intervencionista de un ala de la derecha.

 

También ayudan a sembrar confusión quienes son incapaces de entender la lucha de clases bajo la forma concreta (y compleja) en que se desarrolla frente a sus ojos, aunque la mencionan en cada párrafo. Por ejemplo aquellos que reducen los recientes episodios a una confrontación inter-burguesa, entre la nueva boli-burguesía chavista y la burguesía histórica. No encuentran otra salida  para explicar la crisis actual, porque en sus cavilaciones de cenáculo hace tiempo decidieron dar por muerta a una Revolución, aún cuando el pueblo que durante todos estos años la está protagonizando nunca se enteró del velorio.  

 

Aunque lo hagan con afán pedagógico tampoco ayudan a la comprensión de la realidad quienes comparan la crisis local con los sucesos de Ucrania. Lo importante para entender la aguda lucha de clases que vive el país, una lucha entre revolución y contrarrevolución, no es dilucidar como el Departamento de Estado está aplicando las técnicas del “golpe suave” codificadas por uno de sus escribas (Gene Sharp), sino analizar las clases enfrentadas, sus objetivos históricos, las causas que las movilizan. Si acaso los cerebros de la embestida golpista usasen las mismas tácticas en los dos países el sustrato social en las cual la aplican son sustancialmente distintos, casi opuestos. Ucrania (y todos los países del este europeo) vive desde hace veinte años un proceso de despojamiento de las grandes masas, de acelerada apropiación de los bienes públicos por grupos oligárquicos, incluso mafiosos, de aumento de la desigualdad social y de exclusión de amplios sectores de la población, aunque todo eso se haga en nombre de la democracia. La consecuencia directa de este proceso ha sido una mayor fragmentación social en un país que antes era más igualitario, fragmentación que ahora se refleja en una división hasta por los orígenes étnicos o parlantes de cada sector y pone al país al borde de la división territorial. En Venezuela, en el mismo período histórico, se vive exactamente lo opuesto, avance hacia la igualdad, mayor inclusión social, reapropiación por la sociedad de bienes que estaban al servicio de grupos minoritarios, mayor sentido de la unidad nacional y del sentimiento patrio frente al acoso imperialista. Por eso el sector mayoritario del pueblo, el bolivariano, está preparado para derrotar una vez más este nuevo intento de la derecha de asalto al poder, que por vías electorales no logran.

 

Para que las contrarrevoluciones se impongan es obvio que son importantes los factores externos, las presiones del capitalismo mundial en todas sus variantes. Pero son solamente condicionantes, los factores internos son los determinantes y entre ellos la unidad del pueblo es el más relevante.  

 

LA DERECHA TIENE PLAN

Tras masticar la amargura del último fiasco electoral, el fracturado comando de la MUD, se vio en la imposibilidad política de seguir huyendo del diálogo institucional que en diciembre el gobierno les impuso a esos alcaldes y gobernadores de la derecha. El gobierno pretendió distender la confrontación mediante un acuerdo con esos funcionarios sobre políticas puntuales concretas, como la seguridad. Pero el objetivo estratégico de la derecha no es mejorar la gestión allí donde deben gobernar ni atender a las necesidades sociales. Por eso no se conformó con la oferta de un mayor presupuesto fiscal ni de recibir más patrulleros.

 

En cuánto el gobierno avanzó con mayores controles para frenar la guerra económica retomaron el impulso desestabilizador, que dos meses antes debieron engavetar. Al agravarse la contradicción entre las recientes normativas jurídicas que se imponían desde el Estado (Ley de precios justos, guerra efectiva al contrabando de escala, reafirmación de la estabilidad laboral) y una economía cada vez más presionada por los latigazos del mercado, es decir por la propia burguesía, se dispararon los planes de tomar las calles. Las clases explotadoras creen que llegó el momento de dejar de ser trasgresores de la ley en un territorio económico que  sienten como un espacio que les pertenece y que en buena medida siguen controlando.

 

Saben que no son los suficientemente fuertes como para voltear al gobierno si no se produce el escenario de guerra civil. Pero se sienten lo suficientemente fuertes como para proponerse frenar el avance al socialismo en el terreno en el que se debe avanzar y en el cual la revolución tiene enormes debilidades: en el del aparato productivo y las relaciones sociales de producción.    

 

Siguiendo a un viejo axioma político se podría afirmar que las acciones violentas en las  calles –llamadas guarimbas – de los últimos quince días no son más que la prolongación de la “guerra económica” del último año por otros métodos, los violentos. Y unas y otra no son más que manifestaciones de la aguda lucha de clases que desde hace años cruza a la sociedad venezolana. Sólo con la ignorancia política de las clases medias, supuestamente ilustradas, se puede seguir repitiendo la prédica reaccionaria que fue  Chávez quien dividió al país. Esas clases nunca le perdonarán al líder  que haya dado visibilidad social y organización política a los condenados de la historia

 

La derecha, aún con sus diferencias internas, está actuando según un plan general, que tiene alternativas tácticas diversas  y una única estrategia de poder: desestabilizar en un plazo más o menos largo al gobierno de Maduro, impidiendo las transformaciones  hacia la transición socialista, como el primer y decisivo paso para acabar con la Revolución Bolivariana

 

El gobierno denunció abiertamente y con antelación el episodio que está en curso, aunque no tuvo capacidad política para conjurarlo, del mismo modo que pudo hacerlo con intentos anteriores, algunos extremadamente graves, como el frustrado putsch fascista desatado el 14 de abril, inmediato a  la elección de Maduro por un escaso margen.

 

Las fuerzas de la Revolución no pueden distraerse ni ilusionarse en supuestas diferencias entre los personajes y grupos oposicionistas Es un imperativo estratégico de la Revolución abortar un desenlace de guerra interna, manteniendo la confrontación de clases dentro de los mecanismos previstos por la Constitución para dirimir las relaciones de fuerza. Quince años de lucha sustentan esa enseñanza.

 

LA DERECHA SE RECOMPONE

Aunque los sectores más radicales de la derecha opositora parecieran disminuidos y circunscriptos en sus destructivas acciones de calle a unos pocos territorios donde habitan los sectores medios y de la burguesía que son su base social de apoyo, están dando clara señales que no están dispuestos a deponer esas tácticas de foquismo urbano. Con la amplificación mediática tratarán de mostrar que el país sigue incendiado. Sus fuerzas, aunque poco numerosas, no son despreciables. Además de sus brigadas de choque, formada por una mixtura de sectores juveniles de clase media, falanges fascistas bien adiestradas y reclutas desclasados pagos, cuentan con la complicidad no disimulada de los alcaldes opositores que gobiernan las parroquias donde se despliega el vandalismo reaccionario. Le han liberado los espacios públicos, plazas y calles. Para echar más leña al fuego también cuentan con el apoyo de la institucionalidad universitaria, que por vía de los rectores derechistas, mantiene las universidades en un receso no decretado pero efectivo y amenazan con prolongarlo tras una inusual reunión en estos días de feriado.

 

En contra de las previsiones de algunos analistas cercanos al gobierno, la derecha no sólo no se ha fracturado sino que, aún con todos sus matices y divergencias internas, ya ha sacado rédito político de esta planificada embestida contrarrevolucionaria. El primero y más importante para ellos es que ha dado nuevos bríos al núcleo duro de la base social opositora, que estaba disperso y desmoralizado después de sucesivos fracasos electorales. Aunque poco dispuesta a plegarse a las acciones de violencia en las calles, no duda en apoyarlas sumándose a marchas y justifican cualquier desmán ante la expectativa, infundada, de socavar al gobierno bolivariano a corto plazo, como le prometen sus líderes. La derecha ha vuelto a tener presencia en las calles, más allá de las guarimbas. Por eso sus líderes los convocan para los próximos días para la protesta pacífica por una “agenda social”, como el desabastecimiento, la inflación. Hace un mes esa convocatoria hubiera sido imposible. Ahora se les abre la posibilidad de convocatorias masivas mediante la conjunción de las familias de clase media  y los sectores juveniles universitarios empujados por sus autoridades.

 

Esta resucitada capacidad de movilización masiva de una parte de la oposición será una carta fuerte para presionar al gobierno, funcional tanto para el sector “dialoguista” de la burguesía, que aceptó sentarse en las mesas de concertación, llamadas de paz, como para los más recalcitrantes opositores de línea dura, que han planteado una suerte de pliego de condiciones para avenirse a  una agenda de diálogo.

 

Aquí es donde aparece con claridad que la derecha tiene una estrategia global hacia el poder, aunque aparezca atacando al gobierno por dos flancos distintos, el de los “dialoguistas” y el de los irreductiblemente duros, que tratarán de seguir incendiando calles para obligar a una acción represiva del Estado y hacer aparecer al gobierno como violando los derechos humanos. Es necesario examinar los planteos de ambos sectores para entender esa estrategia.

 

Al instalarse la llamada Conferencia Nacional de Paz, desdoblada luego en varias mesas de trabajo, los opositores dialoguistas expresaron con bastante claridad hacia donde apuntan. En lo político puede tomarse como indicativo el discurso del diputado copeyano Pedro Pablo Fernández, quien abogó por un socialismo al estilo de Lula. Es decir fijó el modelo de sociedad  tolerable para esa derecha, que es el del llamado “estado de bienestar”, una forma de capitalismo humanizado, una forma  de distribuir el ingreso nacional menos agresiva  para los asalariados y pobres, pero que no altere las relaciones sociales de producción capitalistas. No se diferencia sustancialmente del “capitalismo popular” que levanta la líder del ala abiertamente golpista de la oposición y descendiente directa de la oligarquía, María Corina Machado. No es más que una vuelta a las propuestas originales de los partidos del puntofijismo, no sólo decadentes sino inviables en época de crisis capitalista, como lo demuestra el abismo al cual lanzaron el país antes de Chávez y  que se vuelve a confirmar con la actual crisis europea, donde esas concepciones, tanto en su versión social-cristiana como socialdemócrata naufragaron, para abrirle el camino al más brutal ajuste  neoliberal.  

 

Por su parte el ala dura de la MUD plantea como  requisito para el diálogo  una suerte de pliego de condiciones que apuntan a pasar de la  guarimba callejera a  una insoluble crisis institucional de la República mediante el control por la derecha de puntos neurálgicos del Estado, como el Fiscal General, el Contralor General, nuevos rectores del CNE y magistrados del Tribunal Supremo de Justicia. La intencionalidad  inocultable es que el conflicto de clases, transformado en crisis institucional, abra el camino a la intervención extranjera, vía OEA. Es el mismo planteo que está proponiendo en su Congreso la senadora yanqui Ileana Ros-Lethinen, una compulsiva enemiga de los gobiernos latinoamericanos que se animan a cuestionar el yugo imperial.

 

Por su lado los más connotados empresarios de la burguesía nativa no se han quedado por detrás de los líderes políticos que ellos financian y que los representan. Utilizan una discurso que habla de una “distribución equitativa de las oportunidades” para seducir a una mayoría del pueblo, incluso opositor, que no toleraría formas más regresivas luego de los logros sociales del gobierno bolivariano. Pero esa máscara simpática de la derecha en realidad esconde el rostro horrible del ajuste neoliberal que las cámaras empresariales propondrían si controlasen el gobierno.

El dueño del grupo Polar, que hace pocos meses cerró insolentemente el diálogo con el gobierno diciendo que le traspasen a él las empresas que el Estado no está en capacidad de administrar bien, ahora no se priva de levantar exigencias que son un catecismo a la “libre empresa”, tales como  asociar la inflación  “al financiamiento del gasto público con dinero inorgánico”, exigir garantías a “ los derechos de propiedad de todos los venezolanos para que quienes inviertan en Venezuela puedan hacerlo con confianza”, y – no podía faltar – un ataque solapado a la inamovilidad laboral, con la excusa de los malos trabajadores  que “la impunidad de personas que asisten a sus puestos de trabajo pero que no cumplen con sus responsabilidades”

 

Como se ve las fuerzas más poderosas de la derecha nativa no dejarán de levantar sus programas y volcarán todas las fuerzas sociales y económicas de las que disponen para que la Revolución abandone el suyo. En definitiva no se sientan para pedirle a Maduro que modere su lenguaje ni para una negociación sobre temas puntuales, sino que proponen  un abandono del programa de la Revolución y buscan una capitulación, aún cuando lo hagan con buenos modales.

 

Envuelto en el guante de seda que le muestran al gobierno está el puño de hierro de la burguesía contra las masas pobres y explotadas que convocadas por la prédica patriota y antiimperialista de Chávez han osado cuestionar al capitalismo, creen en el Programa de la Patria y renovaron su confianza en corregir las flaquezas y desviaciones que muestra el proceso bolivariano cuando el 20 de octubre de 2012 escucharon la autocrítica del líder, popularizada después como Golpe de Timón.

 

NUESTRAS DEBILIDADES

Un articulista escribía estos días en Aporrea que sentarse a negociar no implica en si ninguna traición del gobierno. En general tiene razón. Hasta en las guerras, si no son de exterminio, se negocia. Pero el problema concreto y de fondo es qué temas se van a negociar y en que condiciones se llega a la negociación. Empecemos por lo último.

 

La Revolución llega debilitada a  una negociación, que implica un esfuerzo máximo del gobierno para frenar la escalada de violencia fratricida a la cual apuntan las fuerzas reaccionarias.

Resultará paradójico para quienes razonan sólo en términos electorales e institucionales afirmar que después de triunfar en cuatro elecciones cruciales en tan sólo quince meses (octubre 2012-diciembre 2013), contar con el apoyo de la Fuerza Armada, controlar la Asamblea Nacional, la mayoría de las gobernaciones y las alcaldías, las fuerzas de la Revolución aparezcan claramente en una situación defensiva. No hay duda que cuantitativamente las fuerzas de la Revolución siguen siendo superiores a la de quienes quieren destruirla.

 

Pero el problema radica en que la Revolución no está llamada a  limitarse a administrar el país, aunque debe hacerlo lo mejor posible. El pueblo fue convocado por Chávez para realizar lo que las clases explotadoras no fueron capaces ni tenían interés de hacer en su momento: transformar las viejas estructuras productivas, soporte de una sociedad de exclusión y explotación, para crear nuevas relaciones de producción, basadas en el predominio de la propiedad social, que posibiliten consolidar una democracia revolucionaria, única posibilidad de construir una sociedad justa y amante de la paz, como exige el mandato constitucional. A pesar que bajo el gobierno bolivariano los indicadores sociales de desigualdad han mejorado drásticamente, la injusticia aún sigue prevaleciendo en la sociedad y  gran parte de las relaciones humanas siguen cruzadas por la violencia. Para concretar este enorme desafío histórico las fuerzas de la Revolución aún no han dado el salto cualitativo que es necesario. Son esas debilidades de las fuerzas de la Revolución las que permitieron levantar cabeza a las fuerzas de la contrarrevolución, que una y otra vez han sido derrotadas electoralmente.

 

Chávez conocía mejor que nadie los ciclos fluctuantes del proceso revolucionario, de ascenso y descenso de sus fuerzas motrices y las flaquezas internas que presentaba las fuerzas revolucionarias, no para ganar elecciones, sino para afrontar la concreción del Plan de la Patria, su último y grandioso legado a la historia, el plan de la transición al socialismo.

 

Por eso en forma inmediata a su gran triunfo del 7 de octubre de 2012 realizó dos acciones de honda significación, que implicaban un directo mensaje al pueblo bolivariano. Por un lado una autocrítica pública, en el ya mencionado Golpe de Timón, pero que no se agotaba en la crítica al propio gobierno sino que dio las grandes líneas de orientación para avanzar hacia el socialismo. Por el otro una clara señal de enfrentar la corrupción y la ineficiencia imperante en el ya amplio sector estatal de la economía, designando un cuerpo de inspectores, con amplias facultades, a cuyo frente puso a la actual ministra de Defensa. Es decir enfrentaba la nueva fase para avanzar en la transición con un combate interno en dos frentes: una clara definición programática para la concreción del socialismo, que oriente y sirva para valorar la acción tanto del Estado como de las fuerzas revolucionarias; y con una decisión de enfrentar el oportunismo y el burocratismo que estaba esterilizando en buena medida la gestión pública y los enormes recursos derivados hacia allí.

 

Ambos eran reclamos de las bases sociales de la revolución, a la cual la maquinaria partidaria del PSUV no supo dar respuesta. Porque el partido pasó a depender cada vez más de los gobernantes locales de turno y  de los ocasionales administradores de las instituciones o empresas del Estado y no de sus bases. En lugar del partido controlar a los funcionarios fue lo inverso, los funcionarios pasaron a adueñarse del partido. El partido siguió funcionando, bien, como maquinaria electoral, pero no como un nexo entre las bases y la dirección política de la Revolución. Toda su estructura está diseñada en función del registro electoral y se activa sólo en esos períodos. Enormes fuerzas de la Revolución no encuentran en el partido el canal adecuado ni para el debate, ni para la formación ni mucho menos para ejercer la imprescindible crítica, es decir la contraloría social de los estamentos estatales y de funcionarios. Esta situación fue reconocida de hecho recientemente por la actual cabeza del PSUV, Diosdado Cabello, quien al hacer la convocatoria a un próximo congreso extraordinario dijo que el partido debía trascender de ser sólo una maquinaria electoral.

 

Chávez buscó una vez más abrir cauces nuevos a las fuerzas sociales para que intervengan en la lucha por el poder, superando las evidentes limitaciones que a mediados de 2011 ya mostraba el PSUV para enfrentar las próximas batallas electorales, que serían definitorias por un período para el curso futuro del proceso bolivariano. Para eso planteó el Gran Polo Patriótico (GPP). Con poco éxito ya había intentado en años anteriores despejar el camino para la acción autónoma de los trabajadores industriales en las empresas básicas de Guayana, cuando planteó la necesidad del control obrero y dijo “me la juego con ustedes”. Tanto las fuerzas internas burocráticas de la Revolución, como las evidentes limitaciones corporativas y economicistas de los propios trabajadores se coaligaron de hecho para frustrar una gran experiencia de masas, que en definitiva atenta contra la estabilidad económica de las propias empresas y de sus protagonistas, los trabajadores. Lo mismo volvió a repetirse con el GPP, que aunque contribuyó indudablemente a movilizar electoralmente a colectivos sociales que no tienen espacio en la estructura partidaria, no pudo ser una fuerza centralizadora para generar grandes organizaciones de masas

 

Esta es una de las limitaciones de este proceso revolucionario. Pese al ímpetu de las grandes movilizaciones populares no han nacido grandes organizaciones de masas, ni entre los trabajadores, ni entre los campesinos, ni entre los estudiantes. Por el contrario la tendencia ha sido a multiplicarse en forma creciente, entre las que tienen vida real y las que sólo existen virtualmente. O peor aún, fraccionarse las que habían surgido unitarias. Esta circunstancia ha dado paso a una situación ambivalente porque por un lado expresa la irrupción en la lucha social y política de quienes antes nunca habían participado, pero por el otro representa una limitación muy grave para que las bases populares puedan jugar un papel autónomo y democrático, que tengan vida propia,  insuflando y trasmitiendo la energía y las expectativas del pueblo en los niveles decisorios de la estrategia revolucionaria. Casi todos los esfuerzos de centralización han nacido de la mano del Estado, con lo cual el riesgo cierto de subordinación al funcionariado y sofocación de la vitalidad espontánea es hoy, en gran medida, una realidad.

 

Por eso las fuerzas sociales de la revolución, su nervio vital, aunque mayoritarias, afrontaron los últimos procesos electorales cada vez más desmovilizadas, siguiendo fieles a Chávez en primer lugar y a la propuesta revolucionaria, pero menos proclives a participar, a movilizarse. Sólo cuando sienten el riesgo de la agresión externa, la posibilidad cierta de perder lo conquistado emerge desde lo más profundo de la sociedad la energía revolucionaria de las masas. Como en la grandiosa movilización que cerró la última campaña de Chávez, donde el pueblo comprendió que se jugaba el futuro y ese día en términos de lucha de clases se decidió el resultado electoral, aún antes del  sufragio. Como reapareció cuando despareció Chávez y ante el desconcierto creado, la derecha pretendió mediante maniobras leguleyas forzar la salida de Maduro como jefe transitorio del Estado y crear división de las filas bolivarianas. O cuando en pocas horas se acabaron con las bandas fascistas que quisieron desconocer el triunfo de Nicolás el 14 de abril.

 

LÍNEAS DEFENSIVAS

La diferencia entre las “guarimbas” de 2004 y las actuales no está dada por la mejor coordinación de las bandas que la protagonizan ni porque ahora tienen a su alcance las redes mediáticas (tuits, feisbuk) de las que entonces carecían. La diferencia radica en la distinta disposición de las fuerzas de la Revolución. Recordemos que el pueblo venía en plena ofensiva, de propinarles a la burguesía local y a sus mandantes imperialistas dos serias y contundentes derrotas, la que truncó en pocas horas el golpe de abril de 2002 y la que recuperó la industria petrolera de manos de la tecnocracia pro-yanqui que la controlaba. El agotamiento de aquellas “guarimbas” y las limitaciones geográficas a sus zonas residenciales exclusivas eran una expresión de la desmoralización en la que habían entrado sus bases sociales, que estaban retrocediendo desordenadamente y anticipaban lo que ocurriría pocos meses después: la derrota catastrófica que iban a sufrir el 15 de agosto, cuando el pueblo ratificó mediante el voto a Chávez.

 

Hay un profesor de “socialismo del siglo XXI” que desde su tribuna virtual ya se apresuró a decretar la muerte del proyecto bolivariano de Chávez. Es el mismo que durante años se pasó explicando que el factor determinante para abortar el “carmonazo” en el 2002 fue la buena disposición de los paracaidistas de Maracay. Estos profesores nunca podrán (ni querrán) entender que el verdadero poder de fuego  de esos soldados y el combustible real que movieron los tanques de Fuerte Tiuna fueron los sans-culottes criollos que bajaron de los cerros entonando las canciones de Alí y que estaban dispuestos a ponerle el pecho a las balas. Desde entonces los lazos entre el pueblo bolivariano y los soldados no han hecho más que fortalecerse.

 

Parece que una parte de la actual dirigencia de la derecha venezolana tiene la misma ceguera que este profesor y sigue alentando el vandalismo porque encuentra enfrente un pueblo más desmovilizado, confundido porque el gobierno bolivariano no encontró el camino para frenar a la burguesía en el acoso económico al que tiene sometido al pueblo durante el último año y especialmente porque está golpeado por la  pérdida de su líder histórico, que irradiaba claridad estratégica, capacidad para equilibrar entre las distintas fuerzas de la revolución y era un referente ético para las grandes mayorías.    

 

Pero la desmovilización del pueblo, pacientemente disciplinado a la táctica de no caer en provocaciones, se puede trocar en su opuesto en pocas horas. Esa es una de las características de las crisis, el rápido cambio de las situaciones. Quizás es una lección que el profesor y la burguesía aún no incorporaron de las crisis pasadas. Por eso es necesario recordarlo.

 

 Como también es necesario recordar que aquella fase de fracasados intentos de la  contrarrevolución se produjo en un cuadro latinoamericano y mundial totalmente desfavorable para la Revolución Bolivariana. Ni la crisis económica había golpeado todavía a  los grandes centros del capitalismo mundial, ni había surgido en América del Sur un entorno  de gobiernos mucho menos obsecuentes – aún con sus grandes limitaciones – al grandote mayor, que desde hace dos siglos está convencido que estas tierras son la retaguardia de su propiedad.

La ofensiva coyuntural de la derecha local  también se conecta directamente con la línea más general del imperialismo de recuperar en América Latina aquellas posiciones que perdió desde el fracaso del ALCA, en buena medida gracias a la política antiimperialista de la Revolución Bolivariana.  

Se puede asegurar que la Revolución Bolivariana ya sembró su semilla más allá de la frontera y no está sola.

  

EL IMPERATIVO DE LA UNIDAD

La Revolución Bolivariana enfrenta no sólo al conjunto de la derecha local empujada y prohijada por el imperialismo yanqui, sino en particular a su ala fascista. Como enseña la experiencia histórica, pero particularmente la latinoamericana de los años 70 (Chile, Argentina, etc)  y especialmente la del fracasado golpe de Estado de abril de 2002, donde hay avance revolucionario la contrarrevolución no puede tener otra forma política que el fascismo.

Aunque lo ignoren muchos de los jóvenes de clase media que sirven de lenguaraces a las falanges que los convocan a hacer barricadas o cerrar las universidades, no están  siendo movilizados para regresar a la vieja República que añoran  sus padres o al modelo occidental que les muestran en Miami.

La violencia de las bandas que hoy se impone en las parroquias donde habita esa juventud prefigura la violencia del Estado fascista que conformarían desde el poder y que es el que necesita la gran burguesía para subordinar a la inmensa mayoría del pueblo, que no renunciará tan alegremente a las conquistas sociales de estos años de Revolución. El cable acerado que degolló a un humilde motorizado que se atrevió a desafiar un obstáculo callejero en el este de Caracas tiene el peso simbólico de un futuro linchamiento social a los más humildes, para aplicar las políticas de “shock” que  supuestamente se requieren para restablecer los llamados equilibrios macroeconómicos que aseguren al capital las tasas de rentabilidad que la Revolución les viene recortando. De ese ajuste tampoco escaparán los sectores medios, que hoy, por ejemplo, tienen tasas reguladas para acceder a sus viviendas. Como se dice en estas tierras: “cachicamo trabajando para lapa”.

La tríada infaltable del fascismo ha vuelto a mostrar todo su rostro en estos días: violencia estatal o para-estatal (en este caso incluidos paracos), programa al servicio del gran capital y una base social movilizada de sectores medios o desclasados.

 

A la embestida fascista se la enfrenta con la unidad de todas las múltiples y poderosas fuerzas de la Revolución, defendiendo sin condiciones al gobierno de Maduro. Es en estos momentos cuando la última convocatoria pública de Chávez a la unidad aparece con toda la luminosidad de su proyección en el tiempo de la Revolución. La propia experiencia de abril de 2002 reafirma que fue la unidad, entonces surgida desde el seno del pueblo y con alto grado de espontaneidad lo que salvó a la Revolución.

Pero la historia también nos sirve para aprender de las experiencias negativas frente al fascismo. La más trágica, aunque lejana para las generaciones actuales, fue la que le abrió el camino al nazismo porque los dos grandes partidos obreros alemanes de ese entonces, uno reformista, el otro adherente a la política de la 3ª Internacional impulsada por el comunismo soviético, que se consideraba revolucionario, no quisieron unirse para cerrarle el paso a las fuerzas hitlerianas que venían creciendo, apoyadas en la desesperación de las clases medias en medio de una grave crisis mundial.

 

Es cierto como señalan algunos autores y articulistas bolivarianos, que dentro de las fuerzas chavistas no todos son revolucionarios, que hay sectores reformistas, más inclinados a la conciliación con las fuerzas de la derecha que a profundizar la revolución en la transición al socialismo. Pero así será por un largo período, por razones históricas que exceden las causas locales y ameritan otro espacio de debate. Pero frente al combate concreto, para erradicar lo antes posible el rebrote fascista de las actuales “guarimbas”, es imprescindible esa unidad entre quienes se consideran revolucionarios, incluso radicales, con todas las fuerzas bolivarianas, dispuestas a defender al gobierno.

 

Si como plantean algunos sectores bolivarianos – retomando los análisis de los teóricos marxistas más destacados – la  causa más profunda del reformismo obedece a la influencia de las concepciones de la pequeña burguesía en el seno de la Revolución, también es del caso recordar que la superación dialéctica de esta situación no se logrará en base a la lucidez organizada de un pequeño grupo, por más fieles y abnegados que sean sus integrantes, sino en la larga y compleja tarea para que sea una clase trabajadora conscientemente unida y organizada la que asuma el comando de la transición al socialismo, especialmente en el corazón productivo, que es el flanco más débil de la Revolución. Para decirlo con las imágenes de la pedagogía que empleaba el Comandante, es la colina que todavía no se pudo conquistar.

En su legado Chávez también nos dejó claras orientaciones en esta dirección.  

 

CHÁVEZ SOMOS TODOS

Las fuerzas burguesas que apostaron a sumarse a las Conferencias de Paz necesariamente deberán llevarse algunos logros concretos. El gobierno necesariamente tendrá que rectificar errores – entre ellos los del entramado burocrático del aparato estatal – pero también deberá hacerles concesiones, sino echará más gasolina al incendio fascista. Seguramente el sector capitalista tendrá más espacio en el mercado del que ya controla y con ello más fuerza para seguir presionando al gobierno de Maduro. Es decir se abre un período de fuerte tensiones políticas, signado por la puja entre concesiones gubernamentales y demandas de las viejas clases dominantes.

El primer objetivo del gobierno, además de aislar al sector fascista, sin duda deberá tender a revertir el desabastecimiento y estabilizar precios de los artículos esenciales.

 

En este previsible cuadro, las fuerzas revolucionarias la principal fortaleza que pueden oponerse a las presiones de las clases explotadoras es una mayor cohesión y solidez política. Pero esto depende fundamentalmente de la actitud  que adopte  la dirección de la Revolución, empezando por la del PSUV. Mientras se mantiene una movilización expectante de todas las organizaciones sociales y políticas revolucionarias, dispuestas a intervenir ordenadamente si los fascistas no retroceden, es imprescindible abrir otras mesas de diálogo.

Se trata del diálogo revolucionario con todas las bases sociales de la Revolución. Aún cuando se apaguen las candelas de las bandas fascistas, es necesario promover un gran debate de autocrítica sobre las fortalezas y debilidades de las fuerzas revolucionarias, un gran debate sobre la actual coyuntura y sobre las líneas para avanzar en la transición. Ante la perspectiva de un Congreso extraordinario del PSUV esta sería la mejor vía para prepararlo, aunque se prolongue un tiempo más.  

   

Cuantos más rodeos tácticos nos exijan las circunstancias de la lucha de clases, tanto más firmeza y tanto más arraigado deben estar los objetivos estratégicos, buscando las conexiones necesarias para que entre la táctica y la estrategia no se produzcan los vacíos que caracterizan a todas las políticas oportunistas y de retroceso de las revoluciones.

 

Ahora Chávez somos todos, un colectivo multitudinario, que debe unificarse no sólo en los grandes objetivos del Plan de la Patria, sino en los caminos posibles para darle concreción en las difíciles condiciones de ofensiva contrarrevolucionaria.

 

Ahora Chávez somos todos, por eso debemos recuperar colectivamente – y con urgencia – las advertencias del Golpe de Timón, no sólo para forjar el Poder Comunal, sino para avanzar en la consolidación del modo productivo de esta fase de transición al socialismo. Por eso vale recordar lo que allí decía Chávez, citando a un teórico marxista húngaro: “El patrón de medición de los logros socialistas es hasta que grado las medidas y políticas adoptadas contribuyen activamente a la constitución y consolidación bien arraigada de un modo sustancialmente democrático, de control social y autogestión general”.

 

Un modo democrático de control social implica necesariamente la irrupción del Poder Popular. Sabemos que estamos retrasados, más retrasado que cuando el Comandante hizo la autocrítica. Por esas debilidades de la revolución le facilitamos el camino a la derecha. Ahora Chávez somos todos y colectivamente debemos encontrar el camino para retomar la ofensiva revolucionaria. La dirección de la Revolución tiene la obligación con la memoria de Chávez de auspiciar este debate.

 

Un modo de autogestión general supone una sociedad basada en el trabajo humano y el papel relevante de los trabajadores organizados, no para ser mano de obra explotada, sino productores libres asociados, que asuman el hecho social de la producción.

Ahora Chávez somos todos y colectivamente debemos construir, paso a paso, como avanzamos de la situación actual a la meta que nos propuso el Comandante y que ratificamos con nuestro voto.

 

Pero para que no queden dudas que el enunciado de Chávez no fue un rapto de voluntad revolucionaria (que le sobraba) agregaba inmediatamente, citando un texto del profesor Giordani sobre la transición al socialismo, que esta exige “ La incorporación de mecanismos de autogestión productiva a nivel colectivo; la utilización  de una planificación democrática como mecanismo regulador de las relaciones productivas

Por más “guarimbas” que programe la derecha deberá enfrentar a un pueblo que ha dado más de una prueba de voluntad revolucionaria y madurez política, luchando, incluso exponiendo la vida, pero también sabiendo evitar las provocaciones, como en estos días cruciales.    

 

Ahora Chávez somos todos y colectivamente derrotaremos a los fascistas, aislaremos a los derrotistas y retomaremos la ofensiva revolucionaria hacia la Democracia revolucionaria y el socialismo.

¡¡ Chávez vive !!   ¡¡ La lucha sigue !!

 

                                                                                              Oriente, 8 de marzo de 2014