Italia-La izquierda sindical se organiza

Escribió: Andrea Martini en Viento Sur

Los días 6, 7 y 8 de mayo tendrá lugar en Rimini el XVII Congreso nacional de la Confederazione Generale Italiana del Lavoro (CGIL), el más grande de los sindicatos italianos. Heredero del sindicalismo de clase anterior al fascismo, del sindicalismo de la resistencia antifascista; sin duda, es el que tiene mayor arraigo en la historia de la clase obrera italiana. Es el sindicato que tras la Segunda Guerra Mundial reunió en su seno el trabajo sindical del Partido Comunista y del Partido Socialista y que, después, siguió todas las involuciones neoliberales de los últimos decenios. La aceptación del capitalismo como sistema de referencia, la involución reformista y la adhesión al modelo de la “concertación”, es decir, al sistema de cogestión de la política económica burguesa en la fase del cambio neoliberal, constituyen los pilares de esta involución.

Estos últimos años, la CGIL ha asistido , sin oponer ninguna oposición sustancial, a la brutal agresión desencadenada por la patronal y los sucesivos gobiernos italianos contra las condiciones de vida de las trabajadoras y los trabajadores: la congelación de los salarios, el extraordinario crecimiento del paro, la exacerbación de la explotación, la generalización de los contratos precarios, sobre todo entre los jóvenes, el cercenamiento de los derechos sindicales e individuales, el incremento de la edad de jubilación hasta los 70 años... Durante todo este tiempo, la CGIL optó por no oponerse a esta política económica y social, abandonando una orientación un poco más radical (que por otra parte había seguido en los años 2002 y 2003 logrando bloquear hasta cierto punto la política patronal), a fin de volver a la “unidad sindical” con los sindicatos sumisos a la patronal, la CISL y la UIL.

En el seno de este sindicato, que cuenta con 5.700.000 afiliados (repartidos a partes casi iguales entre activos −es decir, ocupados− y pensionistas), desde la década de 1970 se ha ido formando una izquierda influida por la radicalización juvenil y obrera de 1968-1969. Esta izquierda sindical ha desempeñado un papel importante, sobre todo en algunos sectores, en particular en la FIOM, la federación metalúrgica, donde a diferencia de la confederación se ha adoptó una política sindical antiliberal, que culminó en la participación de la FIOM en el movimiento antiglobalización de principios de la década de 2000 e, incluso, en las jornadas de Génova de 2001. Otro hito en la lucha de esta izquierda de la CGIL y de la FIOM fue la batalla contra el proyecto autoritario de la FIAT, que en 2010 impuso a las trabajadoras y trabajadores de la multinacional del automóvil un convenio que empeoraba sus condiciones laborales.

Sin embargo, en los últimos años el radicalismo de esta izquierda sindical se ha ido debilitando parcialmente, adoptando una política en sentido contrario, de “repacificación”, con la mayoría de la confederación. Esta “reaproximación” a la dirección de Susanna Camusso se ha concretado en la adhesión (aunque “crítica”) de Maurizio Landini, el máximo dirigente de la FIOM (además de gran parte de los demás dirigentes de la izquierda sindical de la CGIL) al documento de la mayoría para el XVII congreso. Sin embargo, un pequeño grupo de dirigentes (para ser exactos, seis en una dirección nacional de más de 150 componentes) no se ha rendido y ha decidido no adherirse a este pacto, presentando de cara al congreso un documento alternativo al de la mayoría, titulado significativamente “El sindicato es otra cosa”.

Se trata de un documento que propone una profunda reinterpretación del sindicato y la adopción de una plataforma de lucha radical tanto con respecto a los objetivos reivindicativos (lucha contra la precariedad y contra el desempleo mediante la reducción de la jornada de trabajo, defensa de los salarios con una nueva escala móvil de las retribuciones, recuperación de los derechos cercenados por las contrarreformas neoliberales, defensa de la salud y del medio ambiente en los puestos de trabajo y en el territorio, lucha contra las privatizaciones de servicios públicos, sobre todo en la sanidad y la educación, por una política fiscal que grave a las grandes fortunas, plenos derechos para los inmigrantes) como en la reforma del propio sindicato mediante una profunda transformación democrática de un sindicato fuertemente marcado por una pesada estructura burocrática (12.000 cargos).

En los preparativos del congreso, ante los golpes del grupo dirigente, el pacto entre Camusso y la (ex)izquierda sindical se ha roto en gran medida. Landini y los suyos se han visto obligados a romper (al menos parcialmente) con el grupo dirigente central. Al mismo tiempo, sus decisiones en este sentido han sido contradictorias y poco claras. Por consiguiente, los resultados del congreso nacional de mayo están en gran medida por escribir. La batalla librada en los preparativos del congreso por los firmantes del documento ha puesto de manifiesto una gran capacidad militante. Cerca de un millar de compañeras y compañeros, apoyados por no más de 20 cargos (de los 12.000 con que cuenta la confederación), han explicado las razones del documento alternativo en más de 10.000 asambleas de afiliadas y afiliados en los lugares de trabajo, consguiendo que alrededor de 42.000 voten a favor de dicho documento.

Es cierto que estos 42.000 votos son una parte muy pequeña de los 1.800.000 declarados (pero no demostrados) por los dirigentes del documento de la mayoría; sin embargo, hay que tener en cuenta la grave crisis de participación en la base de la CGIL, de modo que el número de votantes a favor del documento de la mayoría no merece absolutamente ningún crédito, no más que los que obtiene Putin en sus referendos. La burocracia se defiende falsificando los datos y los carnets, pero la fuerza de un sindicato se basa en su capacidad para tutelar y mejorar las condiciones de vida y de trabajo de las clases populares y no puede vivir a la larga sobre la base de la falsedad. El cualquier caso, los 42.000 votos ponen de manifiesto la persistencia en los lugares de trabajo de una importante red de compañeras y compañeros que no se prestan al colaboracionismo con la patronal y los gobiernos filopatronales, a pesar de la masiva propaganda a favor de la resignación que han desarrollado los aparatos burocráticos. Se trata de un pequeño pero fundamental patrimonio de clase que podrá contribuir decisivamente a la reanudación de una verdadera lucha de clase.

Andrea Martini es militante de Sinistra Anticapitalista