Entre el GOLPE al BOLSILLO y el OPORTUNISMO OPOSITOR se INVISIBILIZARON las PATRONALES

 

Documento de la Liga Socialista Revolucionaria, Argentina


Pasados dieciocho días desde el paro general del 10 de abril, todos los pasos dados por el amplio espectro de sus convocantes están guiados por objetivos electorales, con miras a las internas del 2015. Esto es lógico, ya que la propia convocatoria que pudo reunir desde la nefasta burocracia tradicional hasta la izquierda anticapitalista, pasando por el apoyo explícito de la Sociedad Rural y Massa, entre otros, revelaba el objetivo de desplegar una “demostración de fuerza” ante el Gobierno de CFK. Pero bastante poco tuvo que ver con los objetivos y necesidades reales de los trabajadores.
 El paro se cumplió masivamente y sin dudas mostró un cierto descontento social por la inflación, la llamada inseguridad, etc. Pero también es cierto que el principal motorizador fue la ausencia absoluta de transportes, que estaba garantizada por las burocracias convocantes. De hecho, en muchos sectores donde había que “jugarse” para garantizarlo, no hubo adhesión. El caso más emblemático fue el de Subterráneos, donde la abrumadora mayoría decidió no adherir, excepto en la Línea B. Sin embargo, las patotas de la UTA, mediante destrozos y otros métodos, impidieron la salida de las formaciones en todas las líneas, con el completo aval de Metrovías.


 Entonces, desde el punto de vista de los trabajadores, ¿qué nos dejó el paro?, ¿cuál es el sentido de un paro por “consignas generales” en situaciones “normales”? Es decir, no estamos, como en el 2001, ante decenas de miles movilizados en las calles, reclamando “que se vayan todos” y construyendo asambleas en los barrios... Por lo contrario, el paro fue típicamente “dominguero”, sólo interrumpido por los cortes programados por los partidos de izquierda, que lograron un gran protagonismo mediático. Pero fueron acciones garantizadas por la militancia y por comisiones internas combativas, sin que estuviesen acompañados por los trabajadores que representan.


 Aclaramos, por si hace falta, que ante una lucha obrera genuina, no tenemos el menor prejuicio en hacer unidad de acción “hasta con el Diablo y con su abuela” (al decir de Trotsky), siempre que ello favorezca el interés y las reivindicaciones de la clase trabajadora. Pero, qué sentido tiene hacer una acción en común (“todos contra el Gobierno”) junto a quienes reclaman mayor represión, que se achique la “ayuda social” y se termine de enterrar una política populista, basada en una década de bonanza económica que posibilitó que las patronales se llenaran los bolsillos como nunca.


El valor de las palabras. En los últimos meses, escuchamos hasta el hartazgo la palabra “ajuste” para definir el golpe al bolsillo que efectivamente estamos padeciendo. ¿Pero es correcto hablar de ajuste, cuando hablamos de inflación y devaluación?


 Repasemos: Cuando se desató la crisis económica internacional en septiembre del 2008, en las reuniones de la LSR analizamos algunos hechos. De inmediato, la primera reacción de todos los gobiernos (todos) fue fortalecer sus presupuestos de Defensa; es decir, prepararse para la represión ante una posible respuesta obrera por lo que se venía. Luego, vino la reunión del G20 para decidir qué medidas tomar ante la crisis. Allí se discutieron dos políticas: 1) agrandar los gastos del Estado, para “desendeudarse, dar ayuda social y fortalecer el consumo” (sostenida por Strauss Kahn, entonces jefe del FMI); 2) achicar los gastos del Estado, para dejar en manos de las empresas privadas los principales resortes de la economía; es decir, el tradicional “ajuste”; política defendida por EE.UU., Reino Unido y Alemania. La Argentina optó por la primera variante.


 Es decir, cuando hablamos de ajuste, hablamos de la política de la década de 1990: el Estado se “achica”, privatiza, despide en masa, etc. Resulta paradójico, que quienes cuestionaron durante los últimos años, el “despilfarro” gubernamental en los subsidios energéticos, luego pusieran el grito en el cielo bajo el título de “Tarifazo”, cuando el Gobierno redujo los subsidios y, por lo tanto, va a salir más plata de nuestros bolsillos para pagar la luz y el gas... pero las tarifas siguen siendo las mismas...


 Después del paro, el Gobierno, tal como viene haciendo desde su retroceso electoral de octubre de 2013, sigue respondiendo a los reclamos “de la derecha”: medidas más represivas, devolución de las retenciones a las exportaciones, aumento de la cuota de exportación de trigo... En esta pelea “Gobierno-Oposición”, parecería que las patronales no existen, se invisibilizaron, cuando son ellas las que aumentan los precios y provocan inflación; limitan los aumentos salariales; despiden...; son las que nos explotan. Por supuesto, el Gobierno es responsable de todo lo que pasa en el país, por cumplir su función de gobierno burgués, fiel a la clase a la que pertenece y representa. No esperamos que una “revolución” venga de su mano. Al contrario. La pelea por superar las lacras que emanan de la explotación capitalista, sólo podrá provenir de un movimiento de masas dispuesto a cambiar de manos el poder, y barrer con su Estado y los representantes políticos, burocráticos, eclesiásticos y militares que lo sostienen. Y a construir una nueva sociedad, libre, fraterna y solidaria, basada en los organismos de poder que surjan al calor de esa pelea. Ése es el desafío de los trabajadores y las vanguardias capaces de construirse en su seno.