Para comerte mejor…

De la alimentación a la gastronomía de la sociedad consumista. Editorial de la revista Topía Nº71, agosto 2014.

Escribió: Enrique Carpintero

La palabra “comida” tiene múltiples sentidos metafóricos. Nos evoca esos momentos agradables que compartimos en una mesa con familiares y amigos o la de millones de personas que no tienen la posibilidad de alimentarse. Pero también nos dice de los deseos y las emociones que encuentran en la pulsión oral un objeto de amor y odio con el Primer otro. Por ello, alimentarnos da cuenta del placer que obtenemos de una buena comida, como de las consecuencia trágicas del capitalismo mundializado. Sin embargo, no nos enfrentamos solamente a un mundo que hace ostentación de su riqueza mientras condena a millones de personas a morirse de hambre; nos enfrentamos al predominio de obsesiones, cuyos síntomas compulsivos construyen cuerpos obesos o cuerpos excesivamente flacos en la anorexia y la bulimia.

Caperucita Roja: un futuro con trastornos alimenticios

Podemos establecer una analogía entre el “comer” y el alimento que nos proporciona “devorar” algunos libros. En el recuerdo de la infancia aparecen imágenes que alimentaron nuestros sueños y fantasías. Una de ellas es el relato de Caperucita Roja. Recordemos su historia. Caperucita era una niña -en realidad una púber- que un día su madre le dio una cesta llena de comida para que la llevara a su abuelita que vivía en una casa en el bosque. En el camino se encontró con el lobo que la invitó a correr una carrera hasta la casa de la anciana. Como el lobo tomó el camino más corto, llegó primero a la casa de la abuela y se la comió de un solo bocado. Luego se puso la ropa para hacerse pasar por ella y se metió en la cama para esperar a Caperucita. Mientras ella olvidaba las recomendaciones de su madre se fue entreteniendo recogiendo flores. Cuando llega a la casa de su abuela, el lobo le dice que abra la puerta; así lo hizo Caperucita y ya adentro empezó a hablar con quién creía que era su abuelita. El lobo le dice que se meta en la cama para darse calor. Aquí se da el famoso diálogo con que termina el cuento:

Caperucita: ¡Qué ojos tan grandes tienes!

Lobo: ¡Para verte mejor!

Caperucita: ¡Qué orejas tan grandes tienes!

Lobo: ¡Para oírte mejor!

Caperucita: ¡Y qué dientes grandes tienes!

Lobo: ¡Son para comerte mejor!

Y el lobo se la comió.

Este cuento es anónimo. Sus orígenes pueden rastrearse en la tradición medieval donde muchos relatos se trasmitieron de manera oral durante siglos. Las historias relataban detalles macabros, de violencia y con alusiones sexuales para un público adulto. En el siglo XIX y XX, cuando se acepta al niño como un sujeto singular, se adaptan estas historias para crear una literatura infantil. Charles Perrault fue el primero en escribir el cuento de Caperucita; pero la versión que conocemos hoy es la de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm escrita a fines del siglo XVIII. Estos se volvieron célebres al publicar Los cuentos de Hadas, donde reelaboraron la historia con una interpretación más inocente y un final feliz; suprimieron los pasajes escabrosos y acentuaron el mensaje moral. También incluyeron una figura que simboliza al padre, en el personaje de un leñador, que mata al lobo y rescata a Caperucita y a la abuela viva de su vientre.

No vamos a exponer los múltiples significados simbólicos que tiene este cuento desarrollados -entre otros- por Bruno Bettelheim y Erich Fromm. Lo que queremos destacar es que en el mismo se ejemplifica la relación existente entre el comer y la sexualidad. Entre el deseo y la prohibición. Caperucita, al hablar con el lobo, no sigue las indicaciones de su madre. Aún más, le da la dirección de la casa de su abuela para luego dejarse seducir. En la versiones originales suprimidas, cuando el lobo se encuentra con ella, dice: “que gordita está esta niña, y que tierna debe ser; estará mucho más rica que la anciana: tengo que actuar con tiento a ver si me las como a las dos.” Luego, ya en la casa de la abuela la invita a comer la carne y beber la sangre de su abuela descuartizada antes de que se meta en la cama. El lobo, representante del hombre depredador, quiere comerse a ambas y la invita a comer los restos de su abuela estableciendo una relación simbólica entre la sexualidad y la comida.

Caperucita es un personaje que gusta a todo el mundo porque es una muchacha virtuosa que cede a la tentación. En su ingenuidad trata de experimentar el peligro y el acto sexual con el lobo. Por eso es que se desviste cuando el lobo la invita a que se acueste a su lado. Podemos decir que Caperucita es un síntoma de la madre, ya que envía a la niña a la casa de su abuela sabiendo de los peligros que acechan en el bosque; lo cual habla de un conflicto con su propia madre que estaba sola y enferma en el medio del bosque. Desde este conflicto, Caperucita pasa de llevar alimentos para su abuela a ser el “alimento” del lobo. La enseñanza moral del cuento es trasmitir que ceder al deseo se castiga teniendo una experiencia traumática; aunque queda elidido el lugar de la madre donde determina que “alimento” y sexualidad encuentran un anudamiento a partir del cual el trauma puede expresarse en un trastorno alimenticio. Esta situación es la que en general se encuentra en los síntomas de anorexia/bulimia.

De Brillat-Savarin a Ronald Mc Donald

Las formas de la alimentación fueron una preocupación a lo largo de la humanidad. En épocas antiguas estaban ligadas a rituales religiosos que se debían preservar. El pasaje de lo “crudo a lo cosido” fue uno de los logros culturales más importantes como señala Levi Strauss. Si la mayoría de la población se alimentaba poco y mal, los sectores del poder hacían ostentación de sus riquezas organizando fastuosas fiestas donde en muchas oportunidades se comía durante varios días. En el Renacimiento la aristocracia se rodeaba de los artistas más importantes junto a cocineros que trabajaban para preparar grandes banquetes. Esto lo atestigua Leonardo Da Vinci cuya fascinación por la comida amenazará en muchas oportunidades el éxito de sus otras actividades; aunque su poderosa capacidad inventiva y artística le permitirá superar los problemas que se tendrá que enfrentar a lo largo de su vida. El interés de Da Vinci por la comida le viene desde muy joven. Deja de estudiar con el pintor y escultor Verrocchio de Florencia para abrir con un amigo una taberna que llama La Huella de las Tres Ranas de Sandro y Leonardo. Allí decoran las paredes con cuadros y reemplazan el plato principal que comían en esa época -un potaje grasiento con trozos de carnes irreconocibles- por pequeñas rebanadas de vegetales finamente decorados con una anchoa dispuesta en el plato. Obviamente esta excéntrica comida no tiene éxito. Pero es con el gobernante de Milán, el conde Ludovico Sforza quien le otorga el cargo de Consejero de Fortificaciones y Maestro de la Corte, donde desarrolla su pasión por la cocina. Aquí empieza a escribir sus anotaciones en un libro que luego se conoce como el Códice Romanoff (1490). Veamos un fragmento:

Sobre los modales en la mesa de Mi señor Ludovico y sus invitados

Las costumbres de Mi Señor Ludovico de atar conejos a las sillas de sus invitados, para que puedan limpiar la grasa de sus manos en los lomos de las bestias, me parece indignante de los tiempos que vivimos. También, cuando las bestias son recogidas después de la comida y llevadas al lavadero, su hedor contamina otras ropas con las que los lava. Tampoco comprendo el hábito de Mi Señor de limpiar su cuchillo sobre las camisas de sus acompañantes ¿Por qué no lo hace sobre el mantel como los otros miembros de la corte?

Sobre los hábitos alimentarios de algunos otros que conocí en la alta sociedad

Mi Señor César Borgia tiene tantos Probadores en su séquito, que sus comidas se enfrían mientras ellos las prueban. Estoy seguro de que nunca ha comido ni siquiera un plato tibio.

A mi Señor Maximiliano Sforza se lo debe ubicar en la mesa cerca de una puerta abierta, ya que nunca se cambia la ropa interior y cuando ya ha comido tiene la sucia costumbre de soltar los hurones sobre la mesa para que se coman la comida de los demás.

Durante 30 años Da Vinci se dedica -entre sus innumerables actividades que lo hicieron famoso- a inventar decenas de instrumentos para la cocina y organizar comidas que muchas veces terminaron en desastrosos fracasos culinarios. Mientras pinta retratos crea un asador automático para evitar que un miembro del personal tenga que estar todo el día dando vueltas lo que se desea asar; la servilleta; el sacacorchos para zurdos; un surtidor que trabaja con carbón a leña; para mantener el piso siempre limpio utilizará dos bueyes con un cepillo de metro y medio; diseña artefactos para limpiar, moler, rebanar pan, picar carne, mantener alejado los olores y la lista sería muy larga. El mural La última cena le lleva tres años debido a que esta ocupado por el arte culinario para realizar el menú especial que aparece en la pintura.

Luego de dejar a Ludovico Sforza sigue pintando y ocupando su tiempo con sus inventos. Es aquí donde hace un instrumento para crear el espagueti. La pasta que se cocinaba en ese tiempo era una lasaña grande y pesada que con su máquina la transforma en espagueti o como la llama Da Vinci spago mangiable.

En sus últimos años, cansado de su vida errante, acepta la invitación del joven rey Enrique para viajar a Francia donde continúa experimentando en una sencilla cocina de piedra. Entre las pocas cosas que lleva se encuentra una caja negra que guarda la máquina para hacer espagueti, de la cual se sentía orgulloso.

Con la Revolución Francesa (1789-1799), los grandes cocineros de la corte comienzan a servir en los importantes establecimientos de la nueva burguesía en ascenso. Las bacanales de la aristocracia encuentran en el iluminismo una nueva racionalidad: se deja de hablar de alimentación para incorporar el término gastronomía. Muchos de los instrumentos de Da Vinci tienen un sentido estético e higiénico dentro del nuevo orden que impone la burguesía. Grimod de la Reyniére es el primero que establece las reglas de la gastronomía en los Almanaques del Gourmet (1808). Pero recién con Jean Anthelme Brillat-Savarin encontramos toda una filosofía del comer y el beber. En su libro Fisiología del gusto (1825) establece que al placer se llega a través de la experiencia de algo comprobable a través del gusto que da la boca y la nariz. El libro tuvo sus detractores, en especial por las características personales de su autor, un conservador que “comía copiosamente mal, hablaba titubeando, sin ninguna vivacidad en la mirada y se dormía al fin de cada comida.” Entre sus admiradores estaba Honoré de Balzac que lo consideraba no solo un gran gastrónomo y fundador de la literatura gastronómica, sino un gran escritor. Lo cierto es que su libro se transformó en un clásico al ser el primer tratado de la gastronomía que la consideraba una de las bellas artes. Sus famosos aforismos se siguen citando en la actualidad. Citemos algunos de ellos:

-De la manera como las naciones se alimentan depende su destino.

-Dime lo que comes y te diré quién eres.

-Durante la primera hora de la comida la mesa es el único sitio donde jamás se fastidia uno.

-Los que tienen indigestiones o los que se emborrachan no saben comer ni beber.

-El orden que debe adoptarse para los comestibles principia por los más substanciosos y termina con los más ligeros.

-Para las bebidas, el orden que debe seguirse es comenzar por las más ligeras y proseguir con las más fuertes y de mayor aroma.

-Un postre sin queso es como una mujer hermosa que tiene solamente un ojo.

-A cocinero se puede llegar, empero con el don de asar bien es preciso nacer.

-La cualidad indispensable del cocinero es la exactitud; también la tendrá el convidado.

-Convidar a alguien equivale a encargarse de su felicidad en tanto esté con nosotros.

Sin embargo, estas indicaciones de Brillat-Savarin se refieren a la alimentación propia de la aristocracia o de los sectores de la alta burguesía. En la actualidad, los problemas que trae aparejada la alimentación han llevado que la gastronomía deba responder a la cultura del consumo. Si los aforismos de Brillat-Savarin todavía responden a una cultura que rescata el júbilo de sentarse con otras personas alrededor de una mesa como vínculo importante para la vida en sociedad, el modelo socialmente instituido es el de Ronald Mc Donald: hay que comer lo más rápido posible.

La estrategia del capitalismo tardío: el consumo que te consume

Para el capitalismo mundializado el consumo es fundamental; para ello ha generado la necesidad del consumismo como estrategia para perpetuar el sistema. Su lógica implica la creación artificial de necesidades para supuestamente vivir mejor, donde aparecen constantemente nuevos productos que se convierten en indispensables y que fomentan la cultura del consumismo. Si seguimos a Marx, este modelo convierte a las mercancías en “personas” mientras que las relaciones entre las personas se mercantilizan y se “cosifican”. De esta manera el capitalismo transforma las relaciones entre las personas como si fueran entre cosas y se personifican las relaciones entre las mercancías. Es así como los productos toman vida más allá de su valor material. Las personas se transforman en consumidores donde el objeto adquiere características fetichistas. De allí que sí el consumo es necesario para satisfacer nuestras necesidades, el consumismo es un deseo irrefrenable de consumir que, al quedar siempre insatisfecho, activa permanentemente el circuito de seguir consumiendo.

Sin embargo, en esta sociedad de la abundancia, cerca de 1.000 millones de personas padecen hambre. Las grandes hambrunas fueron algo habitual en la historia de la humanidad por razones económicas, políticas y sociales ya que, al no existir alimentos suficientes, las poblaciones más pobres eran las que sufrían sus consecuencias. En la actualidad se da una situación inédita, como sostiene el economista indio y premio Nobel Amartya Sen, el hambre no se debe a la falta de alimentos, sino a la exclusión de sectores sociales y países que no acceden a los beneficios del capital.

Si retomamos lo que decíamos en otros artículos, debemos señalar que la actualidad del capitalismo tardío trajo como consecuencia la precarización de la vida social. No hay orden duradero, el pasado no existe y el futuro es vivido como catastrófico. Esta incertidumbre conlleva la imposibilidad de hacer proyectos a largo plazo. El deseo basado en la comparación, la envidia y las supuestas necesidades que permitían los procesos de subjetivación en otras épocas del capitalismo hoy no alcanzan para vender mercancías. Por el contrario, la angustia y la incertidumbre que la propia cultura genera se ha transformado en el camino del consumismo. Los agentes del mercado saben muy bien que la producción de consumidores implica la producción de nuevas angustias y temores. Por ello en la actualidad no es el goce en la búsqueda de un deseo imposible el motor del consumismo, sino la ilusión de encontrar un objeto-mercancía que obture nuestro desvalimiento originario, ya que se repite en la búsqueda de poder resolver lo que quedó inacabado y que la actualidad de la cultura lo pone en evidencia.

Para entender este proceso usamos el concepto de corposubjetividad para definir una subjetividad corporal que se construye en una intersubjetividad en el interior de una cultura. Este se crea en el anudamiento de tres espacios (psíquico, orgánico y cultural) que tienen leyes específicas al constituirse en aparatos productores de subjetividad.

Veamos su funcionamiento en relación al consumismo. El capitalismo mundializado necesita para su reproducción de una sociedad que se sostenga en el consumo. Esto lleva a la hegemonía de los valores simbólicos de una cultura donde aparece que la plenitud del consumidor significa la plenitud de la vida. Compro, luego existo; caso contrario soy un excluido social. Su resultado es la exclusión o el consumismo donde se afianzan los síntomas adictivos. De allí que la singularidad del sujeto se encuentra con una cultura que potencia -entre otros- los síntomas alimenticios.

Trastornos alimenticios: un síntoma del sujeto

En este sentido las mercancías son importantes por lo que simbolizan culturalmente. De allí que se definen criterios para el consumo no solo para el grupo social al que se pertenece, sino al que se quiere pertenecer. Las diferencias de lo que se consume se definen por el grupo en el que las personas van construyendo sus identidades. Los medios de comunicación se convierten en una herramienta para incidir en las prácticas del consumo que van generando esas identidades. Una de las mejores prácticas es la comida.

Se están dejando atrás los pequeños negocios y los mercados por la infraestructura del supermercado que se ha convertido en el lugar de distribución de los productos promocionados en los medios de comunicación. Estos lugares colaboran en su posicionamiento a partir de la distribución en las góndolas, las diferentes ofertas, los colores, las formas y hasta los olores. El problema es que para lograr estos efectos se ha desarrollado una manipulación industrial que genera desconfianza por la calidad y seguridad: dioxinas en los pollos, priones en las vacas, transgénicos y antibióticos para el engorde, intensificación de cultivos y ganados donde se alteran los procesos. En definitiva, no se produce y se vende lo que necesita la población para una alimentación sana y suficiente, sino para asegurar más beneficio al capital invertido. Allí esta Mc. Donalds y la comida llamada “chatarra”. Pero también aquellas elaboradas que ofrecen en los canales Gourmet o los suplementos de los diarios y revistas que cada vez tiene más espacios para recomendar restaurantes y bebidas que regularmente cambian. En Internet hay programas de búsqueda que nos avisan cuales son los lugares y comidas que debemos consumir.

Esta situación determina la necesidad de tener en cuenta cómo administramos el ambiente, cómo manejamos el agua, la tierra y la energía, ya que esos elementos son críticos. También resolver el problema global de producir alimentos saludables, sostenibles y accesibles. Su solución no la vamos a encontrar en una crítica al consumismo llena de buenas intenciones, sino se cuestiona el sistema económico mundial y el sistema global de explotación de los recursos planetarios que sostienen el malestar de la civilización, la tremenda desigualdad y la degradación de las condiciones de vida.

En este sentido al redefinirse la vida en el marco del consumo, se redefine el sentido de la salud. Es decir, ser sano conlleva los parámetros del costo-beneficio. Si consumir es “sano”, no se puede eludir los problemas que acarrea en relación a la alimentación. Es así como nos encontramos con indicaciones acerca del beneficio de “comer sano”. Los consejos para no engordar son acompañados por numerosas dietas cuyos resultados -en la mayoría de los casos- son efímeros, ya que se desdibuja la conexión entre salud y condiciones de vida vinculada con la situación de la persona en la sociedad. De esta manera se reduce el “arte de vivir” a fórmulas filosóficas o a su compra en el mercado cuya contradicción ha llevado a paradojas y contradicciones.

(Un ejemplo -que va a tener resonancias en los textos de César Hazaki- lo podemos encontrar en la selección de fútbol de Samoa Americana. Desde que perdió 31 a 0 con Australia fue considerada la peor del mundo. Para solucionar este problema se contrató al director técnico holandés Thomas Rongen cuya primera medida fue cambiar la dieta. Hasta ese momento se alimentaban en el Mc Donalds del la isla como la mayoría de los 5.000 habitantes de la isla. Al poco tiempo pudieron ganar sus primeros partidos. Una observación que no tiene relación directa con este artículo, pero sí con otras cuestiones que venimos escribiendo en la revista. El héroe del equipo es el jugador Johnny Saelu, el primer transgénero reconocido por la FIFA que forma parte de un equipo masculino. Saelu nació hombre pero se siente mujer; compite con hombres porque la FIFA le prohíbe hacerlo con mujeres. Nadie lo juzga por ello. Es una Fa´afafine, término que se refiere a su condición en esa cultura. Ella se ha convertido en alguien muy importante y respetado dentro y fuera de la cancha. Diario El País, 29 de marzo de 2014.)

En buena parte del mundo el signo de pobreza es la delgadez famélica que causa la desnutrición, mientras en los países desarrollados el signo de pobreza es la obesidad. Una obesidad producto de comer mucho y mal; es decir, de dietas desequilibradas y altamente calóricas que en general consumen los sectores pobres. Todo ello acompañado de un estilo de vida que deriva en afecciones cardiovasculares graves y enfermedades como la diabetes, de la que se espera una epidemia por el rápido aumento de la obesidad.

La epidemia de sobrepeso y la obesidad avanza sin freno alrededor del mundo y ya afecta a 2.100 millones de personas en el planeta, casi un tercio de la población mundial…entre 1980 y 2013, los índices de obesidad en adultos han pasado del 28,8 % al 36,9 % en el caso de los hombres y del 29,8 % al 38 % en las mujeres de todo el mundo…Según la investigación (del Instituto de Mediciones Sanitarias de la Universidad de Washington) la epidemia se ha ralentizado entre los adultos de los países desarrollados, pero tiende a desplazarse hacia los jóvenes. La franja de menores y adolescentes con este problema se incrementó casi un 50 %...EEUU encabeza la lista de países con mayor población obesa, ya que concentra el13 % de la población total. Este país junto a Brasil y México suman la mitad del total de personas obesas del mundo…Los investigadores calculan que la epidemia causó 3,4 millones de muertes en 2010. (Diario El País, 30 de mayo de 2014)

En otros tiempos se consideraba que ser obeso era sano y característico de un sector de estratificación alta, ya que determinaba la calidad de su alimentación y daba a conocer, a través del cuerpo, su bienestar económico. En la actualidad el modelo social es la persona flaca y la obesidad no solo es un factor de enfermedad, sino de insatisfacción y un factor de riesgo al intentar comportamientos no saludables para adelgazar. Las conocidas dietas restrictivas, recomendadas en muchos medios de comunicación como saludables, conllevan a nefastas consecuencias en una sociedad que promueve la insatisfacción corporal para la prosecución de un ideal imposible. Esto nos lleva a los otros síntomas alimentarios: la bulimia y la anorexia.

Llegados a este punto es necesario hacer algunas aclaraciones sobre diferentes perspectivas clínicas. Cuando hablamos de un trastorno nos referimos a fenómenos observables que plantean un tratamiento generalizable. En este se apunta a suprimir el síntoma con una dieta y/o un fármaco y/o una psicoterapia especifica sin dar cuenta de la coyuntura vital, familiar y social en la que surgió la enfermedad. El resultado lo encontramos en esas personas que hacen una dieta rigurosa para perder muchos kilos que a los meses lo vuelven a recuperar, ya que en esta manera de entender la clínica se pierde la importancia de las causas que la provocan. En cambio, referir al síntoma de un sujeto implica entender su singularidad donde los trastornos alimenticios hablan de su corposubjetividad. Por lo tanto, ya no se trata de una intervención que opera únicamente sobre la desaparición del síntoma; su objetivo es tomar a este para que el sujeto haga una modificación de sí mismo y con los otros donde pueda conseguir un efecto duradero.

En esta perspectiva, la bulimia se presenta en aquellos sujetos que tienen deseos compulsivos de comer. En un corto tiempo consumen grandes cantidades de alimentos; después del atracón, cuando se sienten llenos tienen conciencia de que todo lo que comieron les hará aumentar de peso. Se sienten culpables y para colmar la ansiedad y la depresión se producen vómitos hasta vaciar su estómago. También es frecuente que utilicen laxantes o diuréticos. En la anorexia se deja de comer hasta poner en peligro su vida. En general vamos a encontrar ambos síntomas asociados.

Es necesario decir que la anorexia/bulimia se encuentra en sociedades con abundancia de comida; no existen estos síntomas donde se padece hambre. Si bien en otras épocas había anoréxicas y bulímicas, en la actualidad tienen carácter epidémico a partir de los valores simbólicos que han adquirido socialmente el consumo y la delgadez como ideal estético. Aunque lo padecen hombres, en su gran mayoría son mujeres adolescentes que tratan de buscar reconocimiento de la belleza de sus cuerpos o de la delgadez, que para ellas son equivalentes. De esta manera la motivación es producto del predominio de un narcisismo primario vinculado a un atributo corporal que funciona a partir de la fetichización de la delgadez.

No vamos a describir toda la problemática que tienen estos síntomas y las dificultades que se presentan en el trabajo clínico; lo que podemos destacar es que la singularidad de los procesos psíquicos tienen en común la vulnerabilidad narcisista a partir del encuentro con el desvalimiento primario, los desafíos en la sexualidad y el colapso del yo-ideal. Por ello una adolescente mujer recurre al supuesto perfeccionamiento corporal como defensa narcisista que le ofrecen los valores simbólicos de la actualidad de la cultura.

Los vampiros vegetarianos

El vampiro es un mito que se popularizó en Europa durante el siglo XVII, en parte para explicar el miedo colectivo a las epidemias y hambrunas que causaban estragos en la población. Es una criatura que se alimenta de la sangre de otros seres vivos; habita en el mundo de las tinieblas y le teme a la luz del sol. Es la encarnación del mal y representa el aspecto oscuro de los seres humanos. Sus atributos en la cultura contemporánea provienen de la literatura, en especial de la novela Drácula y de películas, como el clásico Nosferatu de Friederich W. Murnau. En este mito nuevamente encontramos simbólicamente la asociación entre la alimentación -beber sangre- y la sexualidad, representada por los colmillos gozosos siempre dispuestos para hincar los cuellos de jóvenes mujeres. Pero también, el vampiro representa la explotación de un poder que chupa la sangre de los sectores oprimidos, como lo muestran obras literarias y películas.

En la actualidad, los vampiros no son los representantes de la noche que aparecen con ojos sedientos de sangre buscando a una víctima para alimentarse; por lo contrario, son vegetarianos. En la saga de las películas Crepúsculo, la familia Cullen actúa en sociedad a la luz del día donde fraternizan, se enamoran y, lo más importante, no beben sangre humana. Son unas lindas personas que se enamoran a tal punto de los humanos que llegan a dar la vida por ellos. Sus cuerpos brillan con el sol y si tiene deseos de sangre -todo vampiro puede tener una recaída- recurren a pequeños animales o a bolsas de sangre que se utilizan para las transfusiones.

Este retrato hogareño y domesticado de los vampiros nos está hablando de la representación de un mundo donde se elude los aspectos oscuros del sujeto y de la sociedad para mostrar la felicidad que se obtiene en el consumismo. Pero esta ilusión de la felicidad privada encuentra un límite en los síntomas personales y sociales de nuestra época. Para finalizar, nada mejor que recordar lo que dice John Berger: “El consumismo consume toda capacidad de cuestionamiento. El pasado se hace obsoleto. En consecuencia, la gente pierde su personalidad, su identidad y, entonces han de buscar y encontrar un enemigo a fin de definirse”.

Se puede consultar otros artículos relacionados del autor: “La curiosa anatomía del alma”, revista Topía Nº 53, setiembre 2008; “Tiempo libre para comprar (el consumidor consumido por la mercancía)”, revista Topía Nº 54, noviembre 2008; “El mal y el bien son inmanentes a nuestra condición humana”, revista Topía Nº 65, agosto 2012; “El costo de integrarnos. Los procesos actuales de subjetivación”, revista Topía Nº 66, noviembre de 2012; “El Grito del silencio”, revista Topía Nº 67, abril de 2013; “Celebración del amor fundado en la alteridad”, revista Topía Nº 69, noviembre de 2013. En www.topia.com.ar

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