La revolución conservadora continúa

Escribió: Luciana Garbarino en Le Monde Diplomatique

 

Al concluir la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña tuvo que enfrentar la pérdida de su liderazgo mundial. En la búsqueda de su nuevo papel, de la mano de Margaret Thatcher, se embarcó en una revolución conservadora que se ha prolongado hasta nuestros días.


“La historia del Reino Unido es la historia del avance de Inglaterra”, ironiza el periodista Jeremy Paxman (1). A tal punto que –para desazón de galeses, escoceses o norirlandeses– los términos “inglés” y “británico” suelen emplearse indistintamente.

Si caracterizar la realidad de un país no es tarea sencilla, menos aun lo es cuando el Estado de que se trata está conformado por cuatro países, dos dependencias de la Corona (las Islas del Canal y la Isla de Man no forman parte del Estado, pero mantienen un vínculo mediatizado por el monarca) y catorce territorios de ultramar. El Reino Unido, en rigor Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte (pero que para simplificar en este Explorador se denominará Gran Bretaña) está lejos de ser la amable yuxtaposición de naciones de la bandera Union Jack.

Para comprender esta complejidad, es necesario remontarse a su pasado imperial, a pesar de que el imperio se haya disuelto hace más de medio siglo. La propia formación del Reino es resultado de las políticas expansionistas de Inglaterra (con mayores o menores niveles de violencia en los casos de Irlanda del Norte, Gales y Escocia, respectivamente) y ha conducido en la actualidad a un complejo y delicado sistema institucional conformado por un Estado unitario (con sede en Londres) y administraciones nacionales descentralizadas en los otros tres países (Escocia, Gales e Irlanda del Norte) sujetas a modificaciones por parte del Parlamento de Westminster. Como es de suponer, los viejos rencores entre los pueblos persisten y tienen distintos episodios de expresión nacionalista, uno de los cuales será la celebración del referéndum sobre la independencia de Escocia el 18 de septiembre de 2014.

Pero este pasado de dominación se manifiesta también en otros planos. El imperio británico fue uno de los más poderosos de la historia, circunstancia que pesa sobre la identidad británica y su diplomacia. Aunque es indiscutible que Gran Bretaña sigue siendo uno de los países más importantes del mundo (sexta economía mundial y quinto poder militar) no es menos evidente que su declive ha sido, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, tímido pero constante. Sin embargo, esta decadencia pareciera no querer ser advertida por los decisores de su política exterior. Sus últimas “intervenciones” en Afganistán, Irak, Libia han sido un fracaso no sólo por la magnitud del desastre humanitario sino también por la indisimulable debilidad de su poderío militar y el enorme esfuerzo económico que implicaron.

Más allá del interés por el petróleo de la región, la beligerancia se sostuvo también en el deseo de conservar la vieja “relación especial” con Estados Unidos, más preocupado hoy por la zona del Pacífico y las potencias emergentes que por su antiguo aliado europeo. Como afirma Noam Chomsky, cuando Gran Bretaña asumió que perdería su liderazgo a favor de Estados Unidos tuvo que tomar una decisión: “¿Se conformaría con ser sólo un país más o se convertiría en lo que se dio en llamar un socio menor (junior partner) de Estados Unidos? […] Blair dice muy tranquilamente: ‘Aportaremos a la coalición nuestra experiencia de siglos de maltratar y asesinar a pueblos extranjeros y quizá a cambio tendremos algunos privilegios’” (2).

Nacimiento y agonía del proletariado

Margaret Thatcher llegó al poder en 1979 en un escenario de declinación luego de los procesos de descolonización. Junto a su par estadounidense, Ronald Reagan, la “dama de hierro” inició la denominada revolución conservadora, que consistió en la aplicación de un duro programa neoliberal que apuntaba a terminar con el Estado de Bienestar y cualquier tipo de control sobre los mercados. Liberada de las restricciones del sistema Bretton Woods, comenzó la desregulación del sistema financiero que conduciría a que la City de Londres sea hoy la principal plaza financiera mundial, superior por volumen de activos a Wall Street. Según datos de Eurostat, en 2010 el sector financiero e inmobiliario representaba el 32,9% del PIB de Gran Bretaña, mientras que el sector industrial apenas llegaba al 11,2%. Paradójicamente, mientras que Engels –observando la Inglaterra de 1844– afirmaba que “los primeros proletarios estaban relacionados con la manufactura, fueron engendrados por ella, son primogénitos de la Revolución Industrial” (3), hoy podríamos apuntar que su progresivo deceso también está teniendo lugar allí. Desde la guerra contra los mineros encabezada por Thatcher y su dura legislación antiobrera, la industria y los sindicatos se han ido debilitando a la par del fortalecimiento del capital financiero, la caída de los salarios y el estancamiento de la economía (cuyo crecimiento anual no llegó al 2% los últimos tres años).

Evidentemente la consolidación de este modelo fue posible gracias a la continuidad de las políticas conservadoras por parte de los gobiernos laboristas. La Tercera Vía propuesta por el Nuevo Laborismo de Tony Blair pasaría a la historia, entre otras cosas (como su vocación imperialista), por la continuidad de la ola privatizadora del thatcherismo, y el gobierno de Gordon Brown lo haría por el salvataje a los bancos tras la debacle financiera. Hoy el líder conservador David Cameron y su drástico plan de austeridad serían tan sólo la prolongación de esta avanzada conservadora.

La nueva derecha

En un escenario en el que las tres fuerzas políticas tradicionales (laboristas, conservadores y liberaldemócratas) parecen fracasar en encontrar una salida, el UKIP (Partido por la Independencia del Reino Unido), con un discurso abiertamente anti inmigratorio, euroescéptico e islamofóbico, cobra cada vez más fuerza. Este fenómeno produce una derechización de todo el arco político y conduce al electorado a inclinarse por respuestas cada vez más duras frente a los problemas. Como afirma el investigador Jean-Yves Camus (4), los años 80-90 en Europa han sido testigos de la mutación de la extrema derecha de la posguerra en derecha radical, cuya diferencia reside en que esta última acepta la democracia parlamentaria y el ascenso al poder por la vía de las urnas, pero no en su núcleo ideológico.
Así entonces, ¿las elecciones de 2015 permitirán una transformación –suponiendo que el laborismo de Ed Miliband sea renovador como él mismo sostiene, y que triunfe, lo cual, según las encuestas no es seguro– o la revolución conservadora que lleva más de treinta años continuará su curso? Esa es la cuestión. 

1. Jeremy Paxman, The English, Penguin Books, Londres, 1999.
2. Noam Chomsky, Imperial Ambitions: Conversations with Noam Chomsky on the Post-9/11 World, Metropolitan Books American Empire Project, 2005. (Traducción del fragmento: Ignacio Barbeito.)
3. Friedrich Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra, 1845.
4. Jean-Yves Camus, “¿Pero qué es la extrema derecha?”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero de 2014.