¿El futuro? Ya lo hemos visto todo antes

Escribió: David Boyle en Sin Permiso

Dos peculiares datos de este año sobre el mundo digital contrarios a lo que pudiera esperarse. En primer lugar, las ventas de ordenadores de tablilla han ido a la baja. Segundo, y aun menos previsiblemente, las ventas de libro electrónico (ebook) – al menos en verano – bajaron en una cuarta parte en relación a dos años antes, mientras que las ventas de libros impresos han ido subiendo.   

Lo sé, son las grandes tendencias las que son importantes, pero resulta extraño que la tecnología digital no lo esté arrasando todo a su paso. Se suponía que los libros de verdad quedarían relegados a las tiendas de segunda mano; se dice que hasta Ikea ha rediseñado las estanterías infantiles a la vista del declive del libro convencional.   

El historiador francés Jean Gimpel predijo algo por el estilo justo antes de morir en 1996. Fue en realidad más allá, saludando el glorioso regreso de muchas de esas tecnologías que de algún modo consideramos más “reales” y que se suponía que habían quedado desplazadas. Y tenía razón: los tranvías, andar en bicicleta, las casas con estructura de ladrillo y madera, el algodón y las fibras naturales, todo ello ha ido volviendo a hurtadillas, tal como dijeron. A lo cual se podrían añadir otras tecnologías finiquitadas que se niegan a dejarse ir y morir, como los discos de vinilo, cuyas ventas están en cifras récord en relación a los últimos dieciocho años.  

Si se adopta un punto de vista de mayor perspectiva, el fenómeno resulta todavía más extraño. Durante las misiones a la luna de los Apolo a finales de los años 60, las comidas que tomaban las astronautas – guisos de carne en una bolsa de plástico al que se le añadía agua, píldoras de alta potencia para el desayuno – se tenían popularmente por el futuro de la alimentación. Se suponía que desaparecerían las cocinas, y las comidas nos llegarían a casa en pulcros paquetes envasados al vacío. Pero no habían contado con  Nigella [Lawson, cocinera inglesa célebre por sus libros y programas de televisión] y – lejos de desaparecer – nuestras cocinas, con sus relucientes cacerolas sin usar colgando encima de los fogones, son hoy los espacios más grandes de la casa.

Hay dos casos en los que la vieja tecnología casi ha desplazado a la nueva. Por curioso que parezca, considerando el tiempo que hay que pasar haciendo cola en los cafés, mientras la maquina silba y gargariza continuamente con cada cliente. El café instantáneo sigue existiendo, pero no resulta del todo educado. Tampoco el puré de patatas instantáneo. Aquellos robots Smash, que solían partirse de risa con los pelapatatas, deben estar criando herrumbre inquietos.

Así pues, ¿qué está pasando? Bueno, yo creo que dos cosas. La primera es que nos aferramos más estrechamente al mundo real a medida que el mundo virtual afirma sus pretensiones, fenómeno predicho por el filósofo norteamericano Robert Nozick. Puede que una minoría cada vez mayor de nosotros no desdeñe las tablillas o libros electrónicos (pero, por Dios, si yo los escribo). Puede que hasta bebamos a veces café instantáneo. Pero estamos decididos a que lo no centrifugado, no manipulado y no comercializado no desaparezca de esta Tierra. Aunque tengamos que esperar haciendo cola ante una cafetera silbante.

Se ha desechado esto como una moda pasajera de clase media, pero la mayoría de nosotros parece estar pidiéndole más personalidad a los políticos, más coherencia moral a las empresas. La autenticidad es básicamente algo que no tiene que ver con las clases, aunque se manifieste de modos diferentes para distinta gente. 

La otra tendencia resulta más controvertida. Y es que, pese a lo que se nos dice, el cambio tecnológico se está ralentizando. Llevo toda mi vida viajando en modelos Boeing 747s y conduciendo al volante de Minis (y tengo 56 años). Y aunque la tecnología que contienen sea muy diferente, no hay más que comparar con hace un siglo: con el extraordinario desarrollo en igual periodo, 56 años, de coches, aviones, submarinos, teléfonos y todo lo demás.

Si yo hubiera nacido en 1858, seguiría yo avanzando penosamente en mi carreta en el Año Nuevo de 1915? En estos tiempos vivimos en las mismas direcciones que hace un siglo. Viajando por Londres, por lo menos, tomamos las mismas rutas de autobús y utilizamos las mismas estaciones.

La noción de que el cambio tecnológico va acelerándose se basa en dudosas trivialidades acerca de la idea de que la penetración del teléfono móvil en el mercado norteamericano fue más rápida que la de la radio. En realidad, es justo lo contrario.

 

El futuro ya está aquí, como escribió William Gibson; sólo que se difunde de manera desigual. La verdad es que es algo más complicado que eso. El futuro ya no es lo que era, y con frecuencia resulta notablemente parecido al pasado. 

David Boyle (1958), periodista y escritor sobre muy diversas temas de economía e historia, es miembro de la New Economics Foundation y autor de un libro sobre la tregua navideña de 1914, Peace on Earth: The Christmas Truce of 1914.