Entrevista a Gilbert Achcar. La “nueva guerra fría

Entrevista: Ilyá Budraitskis; publica: Viento sur

 [El historiador y periodista ruso Ilyá Budraitskis entrevista al politólogo franco-libanés Gilbert Achcar sobre las causas de la “nueva guerra fría” y las ideas progresistas que podrían servir de fundamento para el orden mundial.]

Ilyá Budraitskis: Me gustaría preguntarle, para empezar, qué opina usted sobre el lugar de Rusia en el sistema global. Actualmente el discurso predominante al respecto es el que habla de la “nueva guerra fría”. ¿Piensa usted que es un término acertado y a quién beneficia más esta retórica?

Gilbert Achcar: Creo que es un término muy acertado y que lo es desde hace varios años. De hecho, justo después de la guerra de Kosovo en 1999 publiqué un libro que se titula The New Cold War (“La nueva guerra fría”). A mi modo de ver, esta nueva guerra fría comenzó en aquel periodo. La década de 1990 supuso una transición entre la antigua guerra fría –la bipolaridad, la Unión Soviética y todo aquello– y cierta fase nueva en las relaciones internacionales. En aquellos años, EE UU gozaba de una situación de plena hegemonía global. Es lo que un columnista estadounidense denominó “el momento unipolar”. Es una buena fórmula porque comprendió que era un momento –esto no es para siempre−, pero era un momento unipolar. EE UU tenía el poder de determinar –en gran medida, no enteramente, por supuesto− el futuro de las relaciones internacionales. Si uno examina los documentos oficiales de estrategia de EE UU en la década de 1990, la fórmula que se utiliza en ellos es la de “shaping the world” (“configurar el mundo”). Así que EE UU tenía muy claro que podía cambiar el mundo, lo que hasta cierto punto –repito, no enteramente− era cierto. Y tenían opciones, podían elegir. Este fue un debate clave en la primera legislatura de Clinton, quien ejerció durante dos mandatos. La primera legislatura estuvo marcada por un arduo debate entre quienes abogaban por una política hacia Rusia similar a la que practicó EE UU con respecto a Alemania Occidental y Japón a partir de 1945, consistente en proporcionarles financiación y ayuda económica, prestarles apoyo para modernizar sus economías e integrarlos en el campo occidental. Este punto de vista se formuló como una especie de Plan Marshall para Rusia, análogo al Plan Marshall que se aplicó en Europa después de la segunda guerra mundial.

La otra opción –patrocinada por Zbigniew Brzezinski, quien intervino a través de [la secretaria de Estado] Madeleine Albright, y Antony Lake– propugnaba la consolidación de la hegemonía unipolar y un trato a Rusia como enemiga potencial, por mucho que fuera la Rusia de Yeltsin. Fue al amparo de esta política que se decidió mantener la OTAN y extenderla a Europa Oriental, incluidas las antiguas repúblicas soviéticas bálticas. Por supuesto, esto provocó en Rusia –repito, en la Rusia de Yeltsin– una reacción nacionalista, pues la gente se decía: nos hemos deshecho del comunismo y siguen tratándonos como si fuéramos enemigos. Este fue, a mi juicio, un importante factor que incrementó el sentimiento nacionalista en Rusia, proceso que se vio reforzado a raíz de las guerras de los Balcanes y en particular con la decisión de lanzar la guerra de Kosovo en contra de la opinión de Rusia, e incluso de China en aquel entonces, aunque la clave era Rusia. Yeltsin estaba dispuesto a ejercer cierta presión real sobre Milosevic a favor de un arreglo pacífico de la cuestión de Kosovo, pero EE UU descartó esta opción y empujó a la OTAN a emprender la guerra. Esta guerra marcó el 50º aniversario de la OTAN, que había sido fundada en 1949, lo que supuso una carga simbólica añadida. El cálculo era este: condenar a Rusia al ostracismo favorecía a EE UU al atemorizar a los europeos para que mantuvieran su lealtad a Washington.

De hecho, el gobierno de Clinton hizo lo mismo con China: en 1996 agudizó la tensión en torno a Taiwán con el fin de reforzar la sumisión de Tokio a Washington, puesto que los japoneses tenían miedo. Por supuesto, China no ha llevado a cabo una transición poscomunista como Rusia, de modo que en este último caso el desaire fue más evidente. El resultado fue que reinventaron a Rusia como enemiga pese a que no representa ningún desafío ideológico real ni amenaza sistémica para Europa Occidental. Por tanto, el principal responsable de este resurgimiento de la guerra fría es EE UU.

En su día la califiqué de “guerra fría posideológica”. ¿Qué es la guerra fría? Es un término que designa una carrera de armamentos en que ambos países –EE UU y la URSS/Rusia– se afanan por armarse hasta los dientes, pero sin enfrentarse directamente. No podían hacer la guerra debido al disparatado arsenal nuclear acumulado por ambos. Así es la guerra fría: una economía de guerra permanente, como dijeron algunos economistas con respecto a EE UU, pero el término es aún más ajustado con respecto a la URSS/Rusia. Tenían que mantener sus presupuestos militares. Así que en este sentido la nueva guerra fría se inició en la década de 1990 a causa de las decisiones antes mencionadas. Escribí este ensayo –el principal que contiene el libro citado– justo después de la guerra de Kosovo, examinando cómo Occidente provocó de alguna manera la nueva guerra fría. Estos son los antecedentes inmediatos del ascenso al poder de Vladímir Putin. La exaltación nacionalista generó una tendencia en el Estado ruso postsoviético y en el ejército por encontrar a un líder fuerte.

EE UU produjo a Putin a través de la terapia de choque del Fondo Monetario Internacional, que impulsó los programas económicos aplicados por Yeltsin, que fueron un desastre. Hay que recordar que a finales de la década de 1990 el Producto Interior Bruto (PIB) de Rusia no era mayor que el presupuesto militar de EE UU. Este cambio económico catastrófico, el ostracismo de Rusia, sentó las bases del ascenso de Putin. EE UU necesita a algún villano para justificar su papel de protector en sus alianzas con Japón y Europa Occidental. Esas alianzas se mantuvieron al término de la guerra fría, una decisión que también favoreció a Putin –tenemos ahí una relación dialéctica–, porque la actitud de EE UU le permitió justificar su política interior y exterior. Por consiguiente, son los dos bandos los responsables directos de esta nueva guerra fría. El presupuesto militar ruso crece a marchas forzadas y el presupuesto militar estadounidense, en vez de reducirse radicalmente, se mantiene en los niveles de la guerra fría; si bien no alcanza las cotas de la era Reagan en porcentaje del PIB, que ostenta el récord en “tiempos de paz”, pero sigue siendo bastante elevado. Estamos en una economía de guerra, con presupuestos militares de guerra, en un contexto propio de una guerra fría.

I. B.: Una de las principales cuestiones que formula la retórica internacional de Putin y su diplomacia es la idea del “doble rasero”. Considera que el “doble rasero” no debería ser un monopolio de EE UU y que Rusia debería poder aplicar el mismo tipo de cinismo internacional. ¿Cree usted que en esta situación podría haber algún principio, alguna alternativa basada en una visión del orden internacional distinta del “doble rasero” utilizado por Rusia y EE UU?

G. A.: ¡Sí! Creo que el instante más prometedor –instante, es decir, un breve lapso de tiempo– en las relaciones internacionales de la época contemporánea fue el periodo inmediatamente posterior a la segunda guerra mundial, cuando se creó la ONU sobre la base de la cooperación entre la URSS y EE UU. Desde luego, la ONU no es perfecta –la perfección no es de este mundo–, pero si se compara con toda la historia de las relaciones internacionales, fue un momento muy prometedor, cuando se aprobó la Carta de las Naciones Unidas y todo aquello. La idea de establecer unas relaciones internacionales basadas en el derecho y en principios –no en la ley de la jungla, no en la ley del más fuerte, sino en el Estado de derecho mundial– es una idea progresista que debemos defender frente al cinismo de las grandes potencias, de Moscú y de Washington o de quien sea. Las grandes potencias son todas muy cínicas, maquiavélicas en el peor sentido. Estamos lejos de aquel proyecto de 1945 y los años posteriores. Al comienzo, bajo la presidencia de Roosevelt, la perspectiva seguía siendo buena, pero con Truman cambió rápidamente a una perspectiva de guerra fría. Aquella visión de 1944, 1945, Yalta, Potsdam y todas aquellas conferencias, aquel tipo de coexistencia –a pesar de la división entre imperios, de la división del mundo– fue, entre otras cosas, un intento de decir: fijemos unas reglas de juego, o dicho de otro modo, establezcamos unos principios. Y esos principios, formulados en la Carta de las Naciones Unidas, eran principios progresistas.

Si uno lee la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 comprobará que es un documento muy progresista. Este documento de 1948 es progresista incluso en nuestros días, porque no sólo habla de democracia, libertad, igualdad, antirracismo, antimachismo, sino también del derecho al trabajo, que es una cuestión muy progresista. La Declaración representaba una mezcla de liberalismo estadounidense y, por el lado soviético, de los llamados principios socialistas amparados en su ideología. Los documentos iniciales del periodo posterior a 1945 fueron los elementos constitutivos de un orden mundial de tipo progresista sin ser utópico. No estamos hablando de la federación universal de repúblicas socialistas, sino de algo que se puede palpar, que existe, y que se supone que es el Derecho internacional. En mi opinión, los progresistas deberían esgrimir el Derecho internacional contra las potencias existentes. Esto siempre es así porque el progreso histórico se codifica en leyes, y esas leyes codifican la relación de fuerzas en la sociedad.

En algunos instantes de la historia, la relación de fuerzas puede deteriorarse en detrimento de los progresistas, pero entonces el Derecho es una especie de juego conservador-progresista: la derecha tratará de atacar y cambiar la ley. Sin embargo, es muy difícil cambiar la Carta de las Naciones Unidas. Está ahí. Codifica un equilibrio de fuerzas diferente del que impera en estos momentos: en el mundo de 1945, la clase obrera era mucho más fuerte que hoy; la socialdemocracia europea estaba mucho más a la izquierda que lo que está actualmente; era un mundo en que proliferaban las nacionalizaciones, la seguridad social y todas esas cosas. Había competencia entre el bloque soviético y Occidente en torno a los derechos sociales. Era un mundo muy distinto. Ahora la competencia es por ver quién es más neoliberal que el otro. Era una situación completamente distinta. Eso es algo que los progresistas deberían esgrimir como alternativa no utópica; claro que existen alternativas utópicas, y son muy bonitas, pero si queremos concretar, hacer política y no solo soñar, esta es una alternativa progresista realmente existente, que está ahí.

I. B.: ¿No cree usted que este significado progresista de todo ello no se basaba tanto en la idea del equilibrio de fuerzas, la idea de un mundo multipolar, que es una de las figuras retóricas predilectas de Putin, como en la responsabilidad colectiva de la humanidad al término de la guerra más terrible de la historia?

G. A.: Desde luego. Ese instante progresista en las relaciones internacionales también se basó en la lucha contra el nazismo y el fascismo. Y hubo esa convergencia entre el liberalismo y el estalinismo. Como sabemos, el estalinismo es un asunto más complejo, pues es una mezcla de rasgos totalitarios con retórica socialista. Con el fin de legitimar el estalinismo hubo esa mezcla de retórica socialista y nacionalismo. Aunque el nacionalismo se recreció mucho en esta combinación durante la guerra, en la confrontación global el nacionalismo no servía. Moscú no podía convencer ni siquiera a los partidos comunistas con una retórica propia del nacionalismo ruso, y por eso necesitaba la retórica socialista. Este es el punto en que se da esa clase de convergencia en la lucha contra el nazismo. En la propia Unión Soviética se hablaba de la “gran guerra patriótica”, y fuera de la URSS, en el movimiento comunista, esta guerra podía presentarse como la “gran victoria del comunismo sobre el fascismo”. Dos maneras muy diferentes de presentar la misma guerra, una para consumo interno –de Rusia y otras repúblicas soviéticas– y otra para consumo extranjero no soviético. Eso es todo.