¿Qué se juega Europa en Ucrania?

Escribió: Ángel Ferrero en Sin Permiso 

            “Queremos crear seguridad en Europa con Rusia, no contra Rusia.” Estas declaraciones de Angela Merkel en la última Conferencia de Seguridad de Múnich son prácticamente un calco de una intervención del portavoz de La Izquierda en el Bundestag, Gregor Gysi, en marzo de 2014. “Adopte una postura positiva –dijo Gysi, interpelando directamente a la canciller– para que podamos tener una Europa no contra ni sin Rusia, sino con Rusia. De lo contrario nuestra seguridad quedará en nada.” ¿Qué ha ocurrido en ese intervalo de tiempo de casi un año para que Merkel haga suyas las palabras de la oposición?

            Las economías alemana y francesa, ya afectadas por la crisis económica en la eurozona, se resienten por el conflicto en Ucrania. Eckhard Cordes, presidente de la Ost-Ausschuss der Deutschen Wirtschaft –la asociación de los empresarios alemanes con intereses en Rusia–, advirtió a finales de enero que una caída de un 20% de las exportaciones a Rusia podría comportar la destrucción de 60.000 de los 300.000 puestos de trabajo que se calcula que dependen directamente de las relaciones comerciales con este país. Por su parte, el veto ruso a las importaciones de carne, frutas, hortalizas, pescado, queso y productos lácteos aprobado en respuesta a las sanciones occidentales pasa factura a la agricultura gala. Francia exportó a Rusia mil millones de euros en productos agrícolas en 2013: era, por ejemplo, el segundo país europeo después de Polonia en la exportación de manzanas a Rusia, exportó carne de cerdo por valor de 150 millones de euros y productos lácteos por 119 millones en 2013. La cancelación de la entrega de dos buques portahelicópteros clase Mistral, valorados en 1.200 millones de euros, se ha convertido en la prensa francesa en el símbolo del bumerán que ha supuesto para la Unión Europea la política de sanciones a Rusia. Además del veto ruso a las exportaciones agrícolas, las sanciones occidentales han contribuido a la devaluación del rublo, y con ello, a la pérdida de poder adquisitivo de muchos rusos, afectando negativamente al consumo interno o el turismo.

            Por otra parte, tanto François Hollande como Angela Merkel se enfrentan a una creciente presión política en sus respectivos países. En Francia, con el ascenso del Frente Nacional; en Alemania, con el de Alternativa para Alemania (AfD) y las recientes manifestaciones de Pegida, que son una muestra de descontento ciudadano canalizado a través de la xenofobia. En los medios alemanes se rumorea que empresarios con intereses en Rusia se encuentran entre quienes financian a AfD y Pegida como medida de presión política.

            En este pulso entre bloques con Ucrania como tablero, el gobierno ruso cuenta con algunas cartas a su favor. A diferencia de Alemania y Francia, el Kremlin cuenta con una débil oposición interna. Además del mayor control sobre el flujo informativo y la oposición política, su población es más resistente a las crisis debido a su experiencia histórica reciente y a su miedo a regresar a una situación como la que vivió en los noventa. El gobierno ruso ha intensificado también en los últimos meses sus contactos en Oriente Próximo y Asia, a la espera de que los conflictos internos de la UE obren en su favor. Y en caso de que todo falle, a Rusia le queda el botón nuclear, que no son los misiles intercontinentales, sino la economía: si Rusia cae, arrastra a todos los demás en su caída.

            Ambas partes se han conducido a sí mismas a una posición difícil. La búsqueda a una salida al conflicto en Ucrania probablemente acabe pasando por la aceptación de la reincorporación de Crimea a territorio ruso, cuya renuncia por parte de Rusia sólo significaría una crisis interna de dimensiones desconocidas y quizá la llegada al poder de un impredecible gobierno revanchista. Por lo demás, en Rusia no existe ningún actor político lo suficientemente maduro ni con el suficiente apoyo popular como para sustituir a Putin y su gobierno, cuyos índices de aprobación siguen siendo elevados. Las sanciones no sólo no han hecho mella en la moral de amplios sectores de la población, sino que han contribuido a galvanizarla, aumentando la sensación de que Occidente trata de aislar, e incluso humillar a Rusia.

Descontento hacia los planes de austeridad en Kiev

            Un acuerdo de esas características, cuya forma definitiva habría de concretarse para que nadie pareciese salir perdiendo del mismo, probablemente también pasaría por el reconocimiento de un nuevo “conflicto congelado”, con la aparición de un Estado no reconocido –Novorrossiya–, cuya mera existencia sería un recuerdo de que, de reanudarse las hostilidades, podría extender sus fronteras hasta el óblast de Kherson para proteger la frontera con Crimea, sino hasta Odesa, privando a Ucrania de acceso al Mar Negro y algunas de las regiones económicamente más importantes. Estabilizar políticamente a Nueva Rusia, en cualquier caso, no supondría ningún problema, pues Rusia cuenta ya con la experiencia de Transnistria, Abjasia y Osetia del Sur. La patata caliente pasaría a estar, por lo tanto, sobre el tejado del gobierno de Kiev.

            El primer ministro ucraniano, Petró Poroshenko, no sólo puede enfrentarse a una oposición política cada vez mayor –luego de no haber cumplido varias de sus promesas electorales, como cerrar el canal 5 de televisión de su propiedad–, sino a un descontento popular que va ya en aumento. El Fondo Monetario Internacional (FMI) anunció el 12 de febrero un nuevo acuerdo de financiación, por el cual la institución desembolsará más de 21.000 millones de euros condicionados a una larga lista de reformas y ajustes que se sumarán a los ya realizados, como las subidas del precio del gas y del combustible para la calefacción –cuyo precio se quintuplicará en cuatro años– y la libre fluctuación del tipo de cambio de la divisa ucraniana, a raíz de la cual la grivna ha perdido casi la mitad de su valor frente al dólar y el euro en un año. Según un reciente artículo de la fundación Friedrich Ebert, vinculada a la socialdemocracia alemana, la economía ucraniana está en caída libre, la inflación ronda el 30%, la producción industrial –con uno de sus principales motores, la cuenca del Donbás, apagado por el conflicto– ha descendido y la financiación de su deuda ya no puede llevarse a cabo en los mercados, sino a través del FMI, el Banco Europeo de Reconstrucción y la UE. Miles de salarios y pensiones no se pagan desde hace meses.

            Las difusas reivindicaciones económicas del Maidán, limitadas a las llamadas a luchar contra la corrupción, ofrecen pocas esperanzas de cambio a la población ucraniana. Según los pronósticos del FMI, el gasto público caerá 4,8 puntos, un nivel similar al del gobierno griego entre 2010 y 2014. La diferencia estriba en quién plantará cara a los planes de austeridad en Ucrania. Desde que comenzó el conflicto, los sindicatos vienen sufriendo constantes daños materiales y pérdidas económicas, debilitándolos aún más si cabe con respecto a su posición anterior. Quedan pocas vías, pues, que canalicen este descontento, y ello en un país con un conflicto militar que ha visto cómo en los últimos meses aparecían por doquiera grupos paramilitares de extrema derecha y ejércitos privados financiados por oligarcas, cuyo control por parte de Kiev no siempre parece claro. El pasado domingo, el líder de la formación neofascista Pravy Sektor Dmitro Yarosh anunció en su página web que no acataría los acuerdos de Minsk y ordenaría a sus militantes continuar con los combates “hasta expulsar a los invasores rusos” y “liberar todos los territorios ucranianos”. El 9 de febrero, un grupo de manifestantes encapuchados quemó neumáticos frente al Ayuntamiento de la capital en protesta contra el aumento de las tarifas de transporte. El pasado viernes Poroshenko fue abucheado a su llegada a la Plaza de la Independencia de Kiev, donde se conmemoraba el primer aniversario de la revuelta, dos días después de que el Ejército ucraniano hubiese sufrido una dolorosa derrota a manos de las milicias de las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk en Debáltsevo. Quién sabe si, a este paso, Kiev no acabará viendo un Antieuromaidán.

(Este artículo es una versión ligeramente ampliada del aparecido en el diario Gara el pasado lunes 16 de febrero.). Ángel Ferrero es miembro del comité de redacción de Sinpermiso