El fenómeno de una derecha “sin ideología”

¿Qué hay de nuevo en el PRO?

Escribió: Gabriel Vommaro* en Le Monde Diplomatique

 

El PRO de Mauricio Macri encarna el exitoso esfuerzo por construir un partido de derecha sin los tics habituales de las formaciones conservadoras. Convergen en su estilo desde tácticas empresarias hasta prácticas del voluntariado.

Por primera vez en la historia argentina reciente, un partido de centro-derecha tiene posibilidades de llegar al gobierno nacional por vías electorales. En los años ochenta, la UCEDÉ estuvo atravesada por la oposición entre quienes preferían mantenerse como una voz doctrinaria de propagación del (neo)liberalismo y quienes, en cambio, pretendían transformar al partido en un proyecto electoral de acceso al poder. De alguna manera, el triunfo del peronismo en su versión menemista, en 1989, trastocó los términos del debate, y se convirtió en una solución de compromiso que permitió a muchos de sus dirigentes convertirse en funcionarios de gobierno, para producir reformas afines con la doctrina partidaria. El peronismo había dejado de ser un mundo hostil para esas vertientes del centro-derecha argentino.

Algunos años más tarde, la cuasi disolución de la UCEDÉ en el PJ noventista dejó espacio para la aparición de otros experimentos que quisieron ocupar ese territorio político. Esta vez, el discurso pro-mercado fue completado por uno de defensa de la moral pública y de lucha contra la corrupción, de la que se acusaba al gobierno de Carlos Saúl Menem. La Alianza entre la Unión Cívica Radical y el Frepaso recogió parte de esas banderas, y hasta convocó nuevamente al Ministerio de Economía a Domingo Cavallo, quien por entonces ya había conformado una incipiente organización electoral, Acción por la República. Fue la crisis de la Alianza, que terminó de estallar en diciembre de 2001, lo que dio por terminadas las esperanzas de ese intento de renovación del centro-derecha.

El PRO (1) es, en cierta forma, heredero de esas tradiciones y de esas experiencias, pero también es más que eso. Sin duda, en sus inicios, es un producto de la lógica de construcción política de los años noventa, y en especial de los grupos modernizadores identificados con las ideas neoliberales. Así, nace de una fundación que, con apoyos empresarios –en este caso, fundamentalmente, de Francisco de Narváez–, se proponía formar equipos técnicos y programas de gobierno para proveerlos a los partidos con posibilidades de acceder al poder. Probablemente, podría haber sido una usina de ideas y de cuadros para un gobierno del PJ que, a comienzos de 2001, cuando Creer y Crecer comienza a funcionar, con el debilitamiento de la Alianza y la imposibilidad de rehabilitar la convertibilidad, aparecía como horizonte probable. Sin embargo, había una novedad: esta vez, a diferencia de otros think tanks como CIPPEC o el Grupo Sophia, presidido por Horacio Rodríguez Larreta, que terminaría integrado plenamente al proyecto político macrista, la nueva Fundación contaba con una figura política propia, con proyección electoral, alto grado de conocimiento y popularidad, en virtud de ser por entonces presidente de Boca Juniors. Mauricio Macri era así una promesa de renovación del espacio político que buscaba dar nuevos aires, ante su evidente crisis, a las políticas económicas dominantes en los años noventa.

Sin embargo, no son tanto los componentes de la Fundación los que terminarían por diferenciar su derrotero de sus competidoras en el mercado de la expertise de Estado, sino la estrategia adoptada en el contexto al que ésta se enfrentó a poco de nacer. En efecto, la crisis política, social y económica de diciembre de 2001 y comienzos de 2002 cambió el diagnóstico que tenían los líderes de Creer y Crecer de los pasos a seguir. Entonces, ya no sólo circulaban por las oficinas de la Fundación técnicos organizados por áreas de gobierno, sino también dirigentes partidarios, en especial del centro-derecha y del peronismo, “disponibles” tras la crisis del sistema de partidos. Contar con un dirigente popular que venía de una actividad política no emparentada con la política partidaria, en tiempos de impugnación de la política partidaria, se convirtió en un recurso de legitimación. Macri podía presentarse como un recién llegado. Y la situación política de comienzos de 2002 constituyó una oportunidad favorable para un posicionamiento de ese tipo: la crisis cambió las condiciones de ingreso al campo político, disminuyó los costos de entrada, por así decirlo; aumentó las chances de interpelar con éxito a un electorado disponible, luego de la crisis de la Alianza y de la conflictiva fragmentación del PJ (recordemos que, como señaló Juan Carlos Torre, la ciudad de Buenos Aires fue epicentro de la crisis de representación que afectó, sobre todo, al hemisferio no peronista del electorado); favoreció también la disponibilidad de dirigentes políticos, sin oportunidades de crecimiento en sus partidos y seducidos por un candidato con alta popularidad y prometedora intención de voto.

La crisis como “llamado”

Ya a fines de 2001 Macri se veía como un dirigente de aquellos que el país necesitaba. Así, planificado emprendedor, decía en una entrevista brindada al diario La Nación: “Ahora quiero dedicar los próximos diez años a contribuir a la solución de los problemas de la Argentina, a través de la actividad política […] La Argentina necesita, igual que lo necesitó Boca, una nueva generación de dirigentes y una reestructuración en su organización” (La Nación, 24-11-01).

La crisis de 2001 trastocó en parte esta percepción. La crisis de legitimidad de la “clase política” era leída por Macri y su grupo más cercano como una oportunidad favorable para trascender la lógica profesionalista de los think tanks, así como la de integrarse a una fuerza partidaria existente. Para ellos, la crisis era, como lo fue desde el comienzo, un llamado a “meterse en política” para moralizarla y hacerla más eficiente, pero esta vez con el objetivo de reemplazar a la “vieja política”, paulatinamente, por una nueva. Desde luego, a diferencia de la lectura de la situación que realizaban por entonces asambleístas y militantes de diferentes formas de autonomismo y auto-organización, que impugnaban los principios del gobierno representativo, por hablar como Bernard Manin, el diagnóstico de Macri no implicaba un radical rechazo a la “clase política”. Así, decía: “Hay gente valiosa, que se tiene que juntar. No estoy de acuerdo con el ‘que se vayan todos’, la renovación va a venir de a poco” (Ámbito Financiero, 14-7-02). Lo importante era, ante todo, meterse. De Narváez coincidía en la evidencia de ese llamado: “Lo que me motivó a armar la Fundación es un país con más del 50% de la población pobre y uno de cada cuatro chicos indigente, con todo lo que esto implica. Hice un análisis de mi vida. Hay que involucrarse, participar de la forma más activa posible en la reconstrucción” (La Nación, 1-9-02).

En definitiva, PRO se propone, desde sus orígenes, como una fuerza que ingresa a la actividad política con el objeto de renovarla, y moviliza para ello valores del mundo de la empresa –“soy un emprendedor”, decía De Narváez en la entrevista recién citada– y de la sociedad civil del voluntariado y la expertise. Lo hace, como veremos enseguida, en buena parte reclutando cuadros políticos de larga data, pero eso no le impide presentarse como un partido de quienes nunca hicieron política. Un nuevo ethos político –basado en el hacer emprendedor y festivo y en el don de sí , voluntario– estaba en proceso de construcción.

La ambigüedad de ese nacimiento, a caballo de dos épocas, explica en parte las indeterminaciones y hesitaciones de los momentos fundadores del PRO. ¿Era aconsejable ingresar en la disputa nacional o, más bien, comenzar por la vía municipal? La estrategia a seguir dividió a los socios de Creer y Crecer. De Narváez terminaría por ser, en las presidenciales de 2003, parte del equipo de campaña de Carlos Menem. Macri, en cambio, iniciaría un trabajo de construcción partidaria en la ciudad de Buenos Aires, para competir por la jefatura de gobierno de ese distrito. En consonancia con los hábitos de la política mediática que dominaba buena parte de las prácticas políticas desde la década de 1990, la decisión fue anunciada por televisión, en el programa Hora clave, el 14 de julio de 2002. Dijo Macri: “No hay voluntad de cambio suficiente en la dirigencia política. En estas condiciones es preferible apuntar a la Ciudad con un proyecto de cambio verdadero, en un ámbito más manejable […]. Formaremos un partido vecinal y trabajaremos con orgullo por la ciudad, con la misma pasión con que lo hice cuando asumí en Boca” (La Nación, 15-7-02).

A pesar de la disponibilidad de personal político, no fue sencillo construir una fuerza política en los farragosos meses que van de mediados de 2002 a mediados de 2003. Los profesionales del comentario político (periodistas, intelectuales, opinadores) daban cuenta de la fluidez de las lealtades políticas, así como de la ampliación de los marcos de lo posible en cuanto a alianzas entre grupos partidarios. En Clarín, por ejemplo, se decía que “la UCR porteña busca su candidato” y que había al respecto al menos tres posiciones: “Un sector quiere que el partido tenga su propio candidato a jefe de Gobierno. Otro, quiere apoyar a Ibarra. También hay un grupo trabajando con López Murphy. Y hasta hubo tanteos con Macri” (Clarín, 29-7-02).

Algunos radicales se sumarían finalmente a las listas macristas y conformarían una de las facciones que dan vida al partido desde entonces (2). En el peronismo la situación era vista de manera similar, mucho más luego de que a su principal posible candidato, Daniel Scioli, le fuera propuesto compartir fórmula presidencial con Néstor Kirchner: “El PJ porteño tantea aquí y allá buscando aliados posibles, pero hasta ahora no ha podido cerrar con nadie. Viene intentando hace rato algún tipo de acuerdo político con las dos opciones electorales que se perfilan como mayoritarias en la elección del 24 de agosto: el actual jefe de Gobierno y candidato a la reelección, Aníbal Ibarra, y el presidente de Boca y líder de Compromiso para el Cambio, Mauricio Macri. Los principales dirigentes partidarios creen que cualquiera de las dos alternativas promete darle al peronismo de la Capital un sabor un poco más dulce que el camino de presentarse con boleta propia. La última vez que eso sucedió, en 2000, el partido sacó menos del 2 por ciento de los votos” (Clarín, 18 de junio de 2003). Finalmente, la mayor parte del peronismo del distrito decidiría sumarse a las listas de Macri. Sin embargo, éste no se convertiría en un aliado peronista; antes bien, muchos de los cuadros de ese partido que entonces se sumaban al PRO terminarían por transformarse en cuadros del nuevo armado político.

En efecto, a pesar de que la relación de Macri con el peronismo menemista había sido desde siempre muy cercana, y de que, durante la primera mitad de 2002, el presidente de Boca aparecía como un candidato “disponible” para diferentes fuerzas políticas, pero especialmente para el PJ, una vez que decidió fundar un partido local para luego “saltar” a la política nacional el hecho de evitar ser fagocitado por las internas peronistas fue una de las principales orientaciones estratégicas del macrismo. Esta se mantendrá a lo largo de los años y llevará finalmente al nuevo partido a ubicarse, en el campo político, más cerca de las opciones no peronistas, y progresivamente próximo al radicalismo, hasta estar llamado a ser, para algunos de los principales dirigentes del PRO, su legítimo heredero.

Tampoco fue sencillo mantener la cohesión interna de la nueva fuerza política luego de las elecciones de 2003, cuando aún no tenía contornos definidos, no estaba clara su perdurabilidad y, además, el kirchnerismo vivía su primavera de transversalidad, dispuesto a cobijar a dirigentes y pequeños grupos de orígenes políticos diversos. Así, el PRO tuvo en sus inicios una amplia circulación de su personal político: la fórmula del “borocotazo”, empleada por entonces por la prensa, daba cuenta del cambio de bloque parlamentario en la Legislatura de la Ciudad o en la Cámara de Diputados nacional que protagonizaron dirigentes peronistas y radicales electos por las listas del PRO. A ello se sumó un conflicto generacional, que tuvo lugar en la Legislatura de la Ciudad, entre los recién llegados a la política, llamados por sus adversarios los “Festilindo”, y los de mayor experiencia, que formaron el “Grupo Nogaró”. Los primeros acusaban a los segundos de reproducir las prácticas de la “vieja política”. Los segundos, en tanto, trataban a los primeros de naifs, así como de mirar a sus compañeros de partido desde una supuesta superioridad moral. Lograr articular políticos de larga data con nuevos ingresantes a la actividad fue una tarea casi tan ardua como organizar energías de actores provenientes de culturas políticas diferentes, desde la derecha más rancia y el conservadurismo popular peronista hasta resabios del alfonsinismo.

Tanto al mantener unidos los grupos heterogéneos que forman el partido, como al garantizar la continuidad organizativa a pesar de los “pases” políticos, la figura de Macri se consolidó como el líder indiscutido en el interior del partido, y las facciones se fueron ordenando internamente en función de la aceptación de esta posición de quien es, por otra parte, la figura electoral más convocante. Con una forma de carisma alejada de los valores progresistas de la militancia y de la entrega de sí del dirigente político, Macri actúa como team leader, quien escucha a todos, reparte las tareas eficientemente, y en sus decisiones busca siempre garantizar el éxito antes que la defensa de ideologías bien articuladas. Al mismo tiempo, la centralidad de este liderazgo hacia el interior del partido no deja de emparentar al PRO con elementos de la cultura política argentina dominante. En efecto, el fuerte peso del líder tanto en la definición de las estrategias políticas como de las candidaturas, en un partido altamente informal, lo asemeja a buena parte de los partidos argentinos. No ha habido, hasta ahora, en el PRO, internas partidarias, ni convenciones, ni congresos masivos. Las listas se cierran en una “mesa chica” en la que, usualmente, Macri tiene la última palabra. La situación actual en la ciudad de Buenos Aires constituye sin duda una novedad: por primera vez el partido definirá sus candidatos sin la opinión del líder como última ratio.
Gabriela Michetti, que había ampliado el horizonte electoral del PRO en 2007 más allá de la alianza de centro-derecha ya clásica entre el norte y el sur de la Ciudad, al darle un componente de cercanía que parecía emparentarse con el progresismo, ahora desafía a su líder y a buena parte de su partido.

Una fiesta sin conflictos

A pesar de los debates académicos que van en ese sentido, no parece haber evidencia conclusiva para sostener que, en las últimas décadas, los partidos hayan dejado de ser organizadores centrales de la competencia política, y mucho menos de la competencia electoral. Al mismo tiempo, los partidos se transformaron, se volvieron muchas veces flexibles organizaciones al servicio de un liderazgo –partidario o no, según los casos y las coyunturas– que promete o dio pruebas de asegurar votos, y por tanto la conquista de cargos. En eso, como dijimos, el PRO se parece bastante a las demás fuerzas políticas del país. Esta centralidad institucional de los partidos, acentuada además por la reforma política de 2009, convive con una relación fluctuante de los ciudadanos con estas organizaciones, y podría decirse que, a partir del “desencanto” de los años ochenta, de un compromiso creciente con espacios socio-políticos por fuera de la vida partidaria.

En este contexto, la cuestión de la movilización de ciudadanos-militantes, así como la de los electores-simpatizantes, se vuelve crucial. Así las cosas, sostenemos que la conexión de PRO con ciertos mundos sociales de pertenencia permite una imbricación social del partido en espacios sociales en los que se nutre de militancia, visiones del mundo y un ethos político que moviliza maneras de actuar exteriores a la política. De este modo, logra canalizar y organiza fuerzas sociales que, en cierta medida, lo preexisten. Frédéric Sawicki ha llamado la atención sobre la importancia de estudiar, en tiempos de debilitamiento de las estructuras organizativas de los partidos, y aún si reconocemos la fuerte interpenetración entre las fuerzas políticas y el Estado (lo que Richard Katz y Peter Mair llaman el “partido cartel”), lo que define como “entorno partidario”, es decir el medio social en el que está implantado un partido (3). Este entorno, que vinculamos a lo que llamamos aquí mundos sociales de pertenencia, funciona también como un acervo de recursos que puede movilizar una organización política.

Recursos simbólicos (imágenes) y morales (valores) que crean complicidades –marcos interpretativos comunes– con militantes y electores: al hablarles un lenguaje de gestión y de éxito, por ejemplo, o de entrega de sí y desinterés del voluntariado; al mismo tiempo, proveen ciertos repertorios de acción, formatos de escenas y roles para actuar.

El PRO se construye como grupo político enraizado en el mundo empresario, por un lado, y en el mundo del voluntariado, por el otro. De allí toma los formatos de rituales partidarios (los actos tienen mucho de la fiesta de fin de año de una gran corporación en la que el manager les habla a sus empleados sobre los éxitos cosechados y los objetivos a alcanzar), valores morales (la entrega de sí en actividades voluntarias; la importancia del éxito emprendedor), modos de ver el mundo (la positividad, el cuidado de sí, que lo ha vinculado, por ejemplo, con las llamadas nuevas espiritualidades). En este sentido, el disfrute en el hacer, “Haciendo Buenos Aires”, es una forma de emprendedurismo que gobierna buena parte de la estética y la moral partidarias. Ese hacer es, al mismo tiempo, festivo: el uso de globos, de banderines de colores, de coreografías festivas (el flashmob), de cotillón de casamiento o de pelucas y disfraces, se liga precisamente a esta celebración de la vida plácida en una ciudad estetizada, sin violencia ni conflicto. De ese modo el PRO sortea, desde hace tiempo, definiciones ideológicas tajantes como las que tenían los partidos de derecha tradicionales. Más allá de la izquierda y la derecha, busca posicionarse como un partido que mira hacia adelante.

Música y política

Durante las campañas electorales, cuando crece la frecuencia de los rituales de encuentro de la militancia del PRO con sus dirigentes, así como la intensidad emotiva que vincula a ambos grupos, los eventos dan cuenta de esta inserción del PRO en mundos sociales, a priori, ajenos al campo político. Así, por ejemplo, el 24 de octubre de 2013, en el cierre de campaña de las elecciones legislativas nacionales y locales, el partido organizó un acto muy breve e informal en el Puente Pacífico, en el barrio de Palermo (4). Las demás listas políticas de peso habían elegido escenarios más tradicionales de la política, así como formatos rituales propios de ese mundo: UNEN, la alianza que entonces unía a radicales, socialistas y otras fuerzas de centro y centro-izquierda, cerró su campaña en el Palacio San Miguel, en un acto donde los candidatos fueron presentados por una locutora; el Frente para la Victoria, en tanto, lo hizo en la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo, con discursos pronunciados desde un atril. En la esquina de la Avenida Santa Fe y la Avenida Intendente Bullrich no hay marcas políticas, no hay memoria histórica de otras movilizaciones. Se trata, en cambio, de una esquina visible de la ciudad, ubicada en un barrio de clases medias-altas, pero al mismo tiempo de gran circulación, por ser nudo de transportes de todo tipo. Además, la zona está asociada con dos políticas que el PRO ha publicitado como marcas de su gestión: una de las cabeceras del Metrobús que une Puente Pacífico con Liniers, y una estación de alquiler de bicicletas del sistema de bicing público retomado por Macri de la gestión anterior, y ciertamente potenciado hasta volverlo una bandera. Allí, los discursos son breves (los candidatos evitan hablar más de diez minutos), el carácter festivo todo lo domina, en consonancia con los eventos que el PRO había realizado a lo largo de toda la campaña. Hay un espacio vallado con algunas sillas de plástico negras ubicadas entre una estación saludable y el bicicletero (que forma parte del “Plan de Movilidad Sustentable”), los cuales se entremezclan con los globos y carteles multicolores con la leyenda “Juntos se puede”. A los costados del espacio vallado se encuentran los parlantes, que amplifican una progresión de temas de rock y pop nacional que formó parte del cancionero de la campaña del PRO aquel año, entre ellos Ciudad mágica, del grupo Tan Biónica. Cerca del vallado se ubicaron periodistas, fotógrafos y camarógrafos: el acto está hecho, ante todo, para ser difundido por los medios. Militantes reparten boletas entre los presentes y entre los transeúntes. A veces se refugian en una sombrilla multicolor con la consigna “La Ciudad nos une”, de la campaña de 2011. Algunos de ellos llevan los volantes y boletas en bolsas ecológicas del programa “BA Verde”. Después de los discursos, los militantes sueltan globos, en una acción que se replica en otras –más pequeñas– realizadas en mesas de campaña ubicadas a lo largo de la Avenida Santa Fe. Con el cancionero otra vez en los parlantes, los militantes comienzan a bailar. Michetti canta al micrófono. También cantan otros dirigentes del PRO. Santilli grita “¡Gracias totales!”, emulando la frase de Gustavo Cerati. Luego vuelve a sonar Ciudad mágica. Por fin, dirigentes y candidatos parten –sin Macri– en dos autos antiguos y un bus double-decker estilo inglés a recorrer otros sectores de la Ciudad, especialmente el barrio de Caballito, uno de los barrios de tradición radical conquistados por el PRO a partir de 2007.

El PRO construye así una ciudad emprendedora, no atravesada por los conflictos de la polis. Lo público es una prolongación del mundo privado, formato compatible con un partido que quiere atraer a los grupos sociales menos politizados, y que confía en los recién llegados a la política los resortes de su vida interna (son los cuadros que provienen del mundo de la empresa y de las ONG los que ocupan los principales puestos en el partido). Buena parte de las políticas públicas llevadas a cabo en la Ciudad de Buenos Aires se vinculan con este enmarcamiento, en términos goffmanianos. La construcción de un sello asociado a la ecología (“Buenos Aires Verde”), al uso de transportes no contaminantes, al reciclaje de basura, las ferias de comidas orgánicas, construyen una estética del cuidado propia, al mismo tiempo, del electorado de clases medias y medias altas que es el core electoral del PRO, desde que el partido logró penetrar definitivamente en las comunas donde hasta 2007 dominaba el voto de origen radical. El no compromiso con el pasado, la reivindicación de un mundo sin conflictos, por otra parte, al contrastar con el encuadramiento político de la discursividad kirchnerista, contribuyó a la conquista de un electorado mayoritariamente contrario a las opciones peronistas.
La reciente decisión de la UCR en su Convención Nacional de realizar una alianza electoral con el PRO parece reconocer, por un lado, el hecho de compartir buena parte de su electorado con el nuevo partido de centro-derecha; por otro lado, que es en esa alianza donde encuentra sus mayores posibilidades de desarrollo o de supervivencia. El sueño del PRO de constituirse en el relevo histórico del radicalismo por primera vez encuentra un eco orgánico en el partido que vendría a ser, hegelianamente, superado. Al mismo tiempo, el triunfo del sector más conservador de ese partido, apoyado por los grupos más pragmáticos, acepta una de las lecturas dominantes que realiza el PRO de la política argentina, y que lo liga, sin duda, a los marcos interpretativos construidos por las derechas regionales: que el gran mal de Argentina (y de la región) es el populismo, estigmatizado como una combinación de autoritarismo e “irresponsabilidad” económica, frente a la cual debe oponerse la república (confinada a una defensa de la división de poderes) y el realismo económico.

Así las cosas, el PRO y el kirchnerismo, los dos grupos políticos, en buena parte, hijos de 2001, y que habían buscado construirse como alteridad a lo largo de casi una década, finalmente pueden encontrarse en la disputa electoral nacional.

1. Por comodidad de la exposición, llamaremos siempre PRO a la fuerza política liderada por Mauricio Macri, aunque antes de 2005, cuando toma ese nombre en virtud de la alianza entre el macrismo y el partido Recrear, de Ricardo López Murphy, se llamó Compromiso para el Cambio.
2. En otro trabajo hemos identificado cinco facciones en el interior del PRO: la de los dirigentes provenientes de la derecha tradicional, la peronista, la radical, la de los cuadros empresarios y la de los profesionales provenientes del mundo de los think tanks y las ONG. Cf. Gabriel Vommaro y Sergio Morresi, “Unidos y Diversificados: La construcción del partido PRO en la CABA”, Revista SAAP, Vol. 8, Número 2, pp. 375-417.
3. Ver Frédéric Sawicki , Les réseaux du Parti socialiste: sociologie d’un milieu partisan, París, Belin, 1997.
4. Agradezco a Gabriela Mattina por su colaboración en las observaciones de campo que reconstruimos aquí.

* Investigador docente en la Universidad Nacional de General Sarmiento y en el CONICET.