Palestina, entre la desesperación y la resistencia

 

Jordi Córdoba en Rebelión

 

Los brutales ataques de las tropas israelíes contra activistas palestinos durante las últimas semanas en la franja de Gaza han sido una nueva muestra de terrorismo de estado por parte del gobierno de Benjamin Netanyahu. Tanques, drones y francotiradores han disparado contra cualquier palestino que ha intentado acercarse a la frontera, matando a más de 120 personas e hiriendo a más de 3.000 durante la llamada "gran marcha del retorno", una gran protesta para recordar los 70 años de la fundación del Estado de Israel, una verdadera catástrofe para los palestinos, lo que ellos denominan nakba. Una nueva revuelta contra el cinismo de un estado que, según una buena parte de sus dirigentes se pretende erigir como la "primera línea del mundo libre en la zona" (sic).

La ocupación de los territorios palestinos por parte de Israel se prolonga ya durante más de setenta años, después de que las tropas británicas abandonaran lo que durante varias décadas había sido un protectorado de la Sociedad de Naciones. El plan de partición del país entre hebreos y palestinos, promovido por las Naciones Unidas (ONU), se materializó en la creación del estado de Israel (1948), una decisión que no fue aceptada por los palestinos, pero tampoco por los estados árabes más próximos. La consecuencia directa sería la primera guerra árabe-israelí, un conflicto que acabó con la victoria del nuevo ejército hebreo, dirigido por los jefes de los antiguos grupos armados hebreos ("resistentes" o "terroristas" como pueda ser hoy en día Hamas), en lo que sería el inicio de la gran diáspora del pueblo palestino.

La lucha contra la ocupación unificó en buena parte a los principales grupos políticos y militares palestinos, con la creación, en 1964, de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Pero a pesar de la creciente resistencia popular, el ejército israelí desencadenó, en 1967, la llamada "Guerra de los seis días", que supuso la invasión de Cisjordania y Gaza, los Altos del Golán sirio y la península egipcia del Sinaí, una ocupación que no ha sido nunca reconocida por la ONU ni por ningún organismo internacional. Israel ha promovido desde entonces el establecimiento sistemático de colonos judíos en Cisjordania, lo que ha comportado cada vez más tensión entre las dos comunidades, y que llevaría a la primera gran intifada (1987-1993), una insurrección civil nacida en los campos de refugiados de Gaza que se extendería al resto de los territorios, con el balance de más de 2.000 muertos, la práctica totalidad palestinos.

En plena intifada, el Consejo Nacional de Palestina, presidido por Yasser Arafat, líder del Movimiento Nacional de Liberación de Palestina (al-Fatah) y de la OLP, aprobó la declaración de independencia (1988), sobre la base de los territorios ocupados y con la ciudad de Jerusalén como capital, que evidentemente Israel rechazó. Sin embargo, negociaciones secretas condujeron a la firma de los Acuerdos de Oslo de 1993 entre la OLP y el gobierno hebreo, que comportaron la concesión de una cierta autonomía para los territorios de Gaza y Cisjordania. Fue un acuerdo fuertemente criticado, especialmente por el Movimiento de Resistencia Islámico (Hamás) y por el Frente Popular para la Liberación de Palestina, lo que llevaría a crecientes discrepancias con los seguidores de Arafat, hasta entonces el principal grupo de la resistencia, un Arafat que, sin embargo, se convertiría en el primer presidente de la llamada Autoridad Nacional Palestina.

Durante los años 2000-2005 tuvo lugar la segunda intifada, en medio de una dura represión y la proliferación de nuevos asentamientos ilegales en los territorios ocupados, además de una provocadora visita del entonces primer ministro hebreo Ariel Sharon a la explanada de las mezquitas de Jerusalén. Una revuelta con un balance de más de 4.000 muertos, una vez más la gran mayoría palestinos. Sin embargo la Autoridad Palestina, especialmente a partir de la muerte de Arafat en 2004, fue cayendo progresivamente en un cierto descrédito, por la mala gestión y los numerosos casos de corrupción, lo que acrecentó la popularidad de Hamás. Dando un paso más en su injustificable política de apartheid, Israel inició en 2002 la construcción del muro de Cisjordania, que aislaba a gran parte de los territorios ocupados y permitía a los hebreos anexionarse numerosas tierras. Mientras tanto, el ascenso del islamismo radical se fue consolidando, especialmente en Gaza, hasta el punto de producirse un grave conflicto armado que terminó con la expulsión de Fatah de la franja y la existencia, de facto, de dos gobiernos paralelos en Cisjordania y Gaza, a pesar de la presidencia formal de Mahmud Abbas sobre el conjunto de los territorios ocupados, enfrentamientos que se han prolongado hasta 2017.

Durante la última década, Israel ha continuado aplicando la misma criminal política. Así, durante los ataques de 2008-2009 murieron más de 1.300 personas, entre ellas numerosas criaturas, mujeres y personas de edad avanzada (también una decena de israelíes). Pocos años después, durante los bombardeos de 2014, también en Gaza, dejaron la vida más de 2.300 personas (también unos 70 israelíes en ataques palestinos, la práctica totalidad militares). Durante estas décadas, el régimen sionista han destruido decenas de miles de viviendas, el agua potable es muy escasa y la electricidad se encuentra enormemente restringida, además de existir graves limitaciones para la movilidad entre los territorios de mayoría palestina. La supuesta neutralidad en este conflicto, sobre todo por parte de algunos países europeos, juega claramente a favor de los israelíes y en contra del pueblo palestino, pues cada vez se hace más difícil la posibilidad material de una Palestina independiente, geográficamente homogénea y con una cierta continuidad territorial. Hay quien pretende defender a Israel acusando a sus enemigos de antisemitismo, cuando lo cierto es que el sionismo ha acabado encerrando a los palestinos en verdaderos guetos, no demasiado diferentes de los que los judíos sufrieron durante los primeros años del nazismo, ni demasiado distantes tampoco de los bantustanes sudafricanos, durante el régimen supremacista que dio nombre al apartheid.