El mundo bajo el prisma neoclásico

En el escenario nacional, resulta difícil encontrar un cuerpo consistente de programas de estudios que se caractericen por su amplitud y pluralidad. Por lo general, predomina una lógica de abordaje de “sentido común” vinculada con la escuela ortodoxa.

Crisis de identidad

Por Leandro Marcelo Bona *

El advenimiento de la crisis que atraviesa el mundo desde hace más de dos años ha ratificado las dificultades que enfrentan las teorías económicas más difundidas para abordar este concepto. Exponentes del neoliberalismo y el neokeynesianismo identificaron el problema en el sector financiero, hecho que se puso en discusión en la reciente cumbre del G-20.

La noción de crisis asume un carácter exógeno o de “desvío del equilibrio” para la ortodoxia. Esto se sintetiza en la llamada teoría del Ciclo Real de Negocios, que entiende que las crisis surgen por efecto de shocks (siendo incapaces de describir la dinámica de los mismos) o bien en las denominadas Crisis de Primera, Segunda y Tercera generación, que hacen hincapié en ciertos condicionantes del sendero de crecimiento de una economía, y donde buena parte del cuerpo de sus argumentos está previamente esquematizado en heroicos supuestos de carácter irreal. La crisis, entonces, se define implícitamente como un “fenómeno” coyuntural posiblemente desconectado de las formas que encuentra el capital para recrearse y desarrollarse. De ahí que las posibles soluciones a las mismas se resuman, por ejemplo, en una nueva regulación de los mercados financieros para la crisis vigente.

A pesar de la sistematicidad de las crisis a lo largo y a lo ancho del mundo, y hacia delante y atrás en la historia de los últimos dos siglos, los exponentes de las líneas argumentales dominantes no ponen el acento en el posible carácter estructural o inherente a la lógica del capitalismo del surgimiento de las crisis. Para escuelas como la marxista, la estructuralista, la regulacionista y para algunos enfoques poskeynesianos, el concepto de crisis surge más bien como un modus operandi del capitalismo en su fase de reacomodamiento de ganancias y eliminación de competidores, en un proceso de concentración que no tarda en evidenciarse en la distribución del ingreso a escala planetaria.

Nuestro país ha sido un inmenso laboratorio de diversas y múltiples crisis durante toda su historia. Sin embargo, a pesar de estas innumerables experiencias, la formación en nuestros centros de estudios y fundamentalmente universidades, continúa divorciada de las visiones heterodoxas previamente mencionadas. Se trata de una paradoja de mayúscula envergadura: en uno de los países de mayor volatilidad y crisis recurrentes, la formación de economistas está desvinculada de su historia y sustentada en una única e importada cosmovisión de la ciencia económica. Esta realidad debe entenderse no sólo como un fenómeno limitado al campo del análisis de las crisis, sino como una problemática universal del conjunto de fundamentos estudiados en las carreras de Economía en las distintas facultades del país.

En el escenario nacional, resulta difícil encontrar un cuerpo consistente de programas de estudios que se caractericen por su amplitud y pluralidad. ¿Cuáles son las razones? En el comunicado elaborado por el Encuentro Nacional de discusión sobre Planes de Estudios de las Carreras de Economía (formado por estudiantes, docentes y graduados que organizan las Jornadas de Economía Crítica) se destacaba, entre otras cosas:
- La prácticamente nula cantidad de doceentes con formación plural.
- La suscripción a una lógica de abordajje de la ciencia económica de “sentido común” vinculada con la escuela neoclásica u ortodoxa.
- La formación está apoyada (casi) únicaamente en manuales que “edulcoran” y tamizan discusiones visiblemente más ricas en las obras originales.
- El escaso vínculo con otras ciencias, especialmente de índole social. En este sentido, se asocia a la ciencia económica con el campo de las ciencias duras.

A estas problemáticas, que reflejan las falencias propias del conjunto de nuestras universidades, se le debe incorporar una premisa fundamental que les da un sustento coherente: el rol político que tiene la formación de un profesional y, en este caso, el de un economista. La voluntad que han encontrado los exponentes de la heterodoxia para dotar de pluralidad a nuestras carreras más de una vez ha tropezado con los condicionantes políticos que promueven un modelo de formación sujeto a los intereses de ciertos sectores. Ejemplos de esto son el cierre de carreras de formación amplia, la expulsión y discriminació n de profesores heterodoxos y la avanzada por reducir contenidos en el grado para llevarlos a los posgrados, a lo largo de los últimos cuarenta años.

Una vez más, una crisis pone de relieve la discusión sobre la formación de nuestras carreras. Mientras no se prospere en este debate, en las facultades se seguirá aprendiendo que con una tenue regulación financiera blindaremos a la economía de las futuras crisis. Hasta que surja una nueva.

* Estudiante de la Lic. en Economía (UNLP). Miembro del Centro de Estudios para el Cambio Social (Cecso).