Transiciones pos-progresistas

Por Pablo Stefanoni*

Tras la hegemonía neoliberal en los 90 y progresista en los años 2000, América Latina atraviesa una etapa de transición, en la que la situación de Brasil y Venezuela alerta sobre el estado de la democracia. Por debajo de estos cambios, el avance político del evangelismo choca contra la vitalidad del movimiento feminista y revela las grietas sociales que se ensanchan en la región.

Un viejo chiste soviético decía que, en la URSS, el pasado era tan imprevisible como el futuro. Y no erraba: los próceres de ayer eran villanos de hoy, y otros directamente desaparecían de las fotos. Pero en verdad en todas partes –aun a salvo de alteraciones salvajes– el pasado se va (re)escribiendo desde el presente –eso es la historia misma–, y en esa medida está lejos de permanecer invariable. Podemos verlo hoy con los procesos progresistas hegemónicos durante más de una década en varios países sudamericanos.

Reescribir el pasado, disputar el futuro

Las experiencias progresistas parecen estar siendo vaciadas exitosamente de sus propios logros por un discurso antipopulista que toma diferentes formas según los países y que tiene en Argentina su caso más exitoso con la experiencia de Cambiemos. Pero esta operación no es en sí misma novedosa; los discursos sobre la “crisis del neoliberalismo” en los primeros años 2000 lograron construir en su momento un consenso antineoliberal que sacó de juego a varios partidos y políticos tradicionales, permitió leer la multiplicidad de crisis políticas, económicas y sociales como el “fracaso del modelo” neoliberal (borrando sus “éxitos”), habilitó la emergencia de renovadas identidades políticas y llevó al gobierno a nuevas figuras.

Hoy, con la crisis del progresismo, el antipopulismo busca construir un consenso similar, que le atribuye todos los problemas a la herencia populista. Para las izquierdas no se trata solo de “tener los medios en contra” sino de estar retrocediendo en una contienda político-ideológica de mayor envergadura, en la que nuevas y viejas derechas luchan con más eficacia que antaño por el sentido común, expresan espacios –y demandas– sociales y ponen en juego nuevas estéticas políticas (1). No cabe duda de que los progresismos de la región fueron perdiendo imaginación política, padecen el desgaste de largos años de gobierno –en un contexto en el que la corrupción se transformó en un eje de la disputa política– y parecen haber abandonado la batalla por el futuro para concentrarse solo en la defensa del legado. En este contexto, Venezuela juega como una suerte de “espantapájaros” funcional a las diversas derechas regionales, cuya oferta central es evitar la “venezuelización” imaginaria de sus países; Brasil es un ejemplo incómodo para los conservadores pero no completamente disfuncional, ya que se argumenta que “allá la justicia sí funciona”, y Argentina aparece como un caso provisoriamente exitoso de transición a “la república” pos-populista.

Brasil y Venezuela: distintas varas

Hoy es posible observar síntomas de desdemocratización, o al menos retrocesos democráticos específicos, en dos países con signo político opuesto: Venezuela y Brasil. La crisis en estos países presenta no pocos problemas para las izquierdas y las fuerzas populares latinoamericanas. La coincidencia temporal de ambos procesos obliga a buscar una vara común para evaluarlos, a riesgo de mostrar serias inconsistencias argumentativas –lo que, hay que decirlo, no desanima a algunos exponentes de las izquierdas “antiimperialistas” continentales ni, claro está, a los analistas y políticos conservadores–. Las grietas nacionales alimentan las lecturas de los procesos regionales e impiden construir análisis comparados por encima de las crispaciones políticas locales.

En Venezuela, la consolidación de un poder de facto encarnado en una Asamblea Constituyente “soberana”, que en lugar de redactar una Constitución se dedica a gobernar sin contrapesos, representa hoy solo el paraguas de un profundo deterioro político, económico e institucional, acompañado de pérdidas de garantías constitucionales y represión política. Al mismo tiempo, la expansión de todo tipo de ilegalidades en connivencia con el Estado y en el interior del mismo –el denominado “pranato” (2)– convive con formas agresivas y paramilitarizadas de combate a la delincuencia en los barrios mediante las llamadas Operaciones de Liberación y Protección del Pueblo (OLP), denunciadas por organizaciones de derechos humanos.

Que la oposición no haya podido capitalizar este deterioro no significa que el régimen liderado por Nicolás Maduro no esté transitando el camino hacia un sistema no democrático. Por otro lado, el pasaje de cierto umbral de crisis está beneficiando en parte al gobierno, que es quien tiene los mecanismos para entregar bienes de primera necesidad en medio de carencias de todo tipo. En este contexto, el Carnet de la Patria, un documento de identidad electrónico con código QR imprescindible para acceder a cualquier tipo de asistencia social, aparece como una renovada forma de “biocontrol” que despierta diversos tipos de fantasmas. Mediante una política de las necesidades vitales, cuya expresión más emblemática son los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), el gobierno no solo viene neutralizando la protesta social sino sacando provecho de lo que a primera vista sería una fuente de crecimiento para la oposición debido al descontento que generan las gigantescas dificultades cotidianas. Esta perspectiva tomó tal fuerza que una publicación oficial proclamaba “¡Todo el poder a los CLAP!” como si se tratara de soviets rusos de 1917 (3).

Brasil, desde el juicio político contra Dilma Rousseff, viene transitando también un proceso de deterioro democrático, en el marco de un recrudecimiento de la violencia política, que tuvo como hecho más difundido el asesinato de la concejala Marielle Franco (4), y una instrumentalización del “mani pulite” que evidencia que la lucha contra la corrupción puede ir acompañada por un fuerte deterioro democrático e institucional. El segundo candidato según las encuestas para las elecciones de octubre, Jair Bolsonaro, es la expresión de la degradación que vive el país. Ex militar nostálgico de la dictadura, Bolsonaro expresa a la extrema derecha con un discurso permanentemente condimentado con expresiones homófobas, racistas y misóginas. Al mismo tiempo, la denominada “Bancada BBB” (bala, buey y Biblia, por los defensores de la mano dura, los ruralistas y los evangélicos) conforma una derecha con fuerte poder en el Congreso gracias a la sobrerrepresentación que le garantiza el sistema electoral. 

  El encarcelamiento de Lula, a la cabeza de todas las encuestas con más del 30% de la intención de voto, sustentado en pruebas débiles y una particular celeridad, sin duda puede ser percibido como un intento de proscripción política. Y aun más: como una venganza de las elites contra el presidente obrero nacido en el Nordeste pobre y más tarde devenido sindicalista combativo en el ABC paulista, que sacó a millones de compatriotas de la pobreza y les abrió camino a un ascenso social tanto material como simbólico. El propio Lula dice ser juzgado no por el tríplex que el juez Sérgio Moro dice que le cedió la constructora OAS, sino por haber hecho entrar a los negros a la universidad, llevado un plato de comida a la mesa de los más pobres y roto ciertos techos de cristal en la desigual sociedad brasileña.

  No obstante, el Lula ochentista y épico reconstruido por parte de la izquierda y por él mismo resulta poco realista. El PT fue atravesado por diversos escándalos de corrupción y está contaminado por vínculos poco transparentes con la “burguesía nacional” brasileña. Sin embargo, no es menos cierto que el anti-lulismo constituye el vector de poderosas fuerzas desigualitarias y reaccionarias, protagonistas de la historia brasileña y muy activas en la actualidad. El Lava Jato hizo caer a varias figuras otrora poderosas, como el propio Eduardo Cunha –artífice del golpe parlamentario contra Rousseff– o el empresario Marcelo Odebrecht, y no puede reducirse a una guerra anti-PT. Pero no es menos cierto que la venganza de clase está latente en los imaginarios creados alrededor de la lucha contra el lulismo como fenómeno político-social. Como señaló la escritora Eliane Brum, lo ocurrido en Brasil es resultado de la crisis de la política lulista de conciliación, que las elites aceptaron en un comienzo y repudiaron más tarde (5). El presidente Getúlio Vargas se suicidó y dejó una carta para la historia. Lula busca seguir batallando desde la cárcel. Pero el PT está inmerso en una grave crisis que se suma al hecho de haber perdido fuerza en sus bastiones tradicionales como San Pablo, con una intensa tradición militante, en favor de un Nordeste con menos capacidad para transformar el afecto por  el líder en una movilización política en su defensa.

Otras grietas

La política latinoamericana no transita solo por las superestructuras políticas y partidarias. Uno de los fenómenos societales más significativos de las últimas décadas es el enorme crecimiento de los evangélicos en el mundo popular. Esta expansión no solo es religiosa: por primera vez los evangélicos lograron poner en pie fuerzas políticas que tradujeron su crecimiento espiritual en un avance en las urnas. El triunfo del obispo de la poderosa Iglesia Universal del Reino de Dios, Marcelo Crivella, como alcalde de Río de Janeiro, la incidencia de los evangélicos colombianos en el triunfo del No en el plebiscito por los acuerdos de paz con las FARC, la victoria del predicador ultraconservador Fabricio Alvarado en la primera vuelta de las presidenciales de Costa Rica son solo algunos ejemplos de este fenómeno, que constituye una vía para el avance de ideas conservadoras en el terreno político y social. A menudo, el evangelismo es uno de los frentes de lucha contra la denominada “ideología de género” –término cargado de connotaciones negativas que alude a los avances de los derechos sexuales y reproductivos, ideas feministas contra los roles tradicionales de la mujer y defensa de las poblaciones LGBTI–. Si bien hay evangélicos también en las fuerzas de izquierda –producto de su avance entre los sectores populares–, los partidos que organizan asumen en general posiciones ultraconservadoras.

“Estamos en guerra, estamos a la ofensiva. Ya no a la defensiva. La iglesia por mucho tiempo ha estado metida en una cueva esperando ver qué hace el enemigo, pero hoy está a la ofensiva, entendiendo que es tiempo de conquistar el territorio, tiempo de tomar posición de los lugares del gobierno, de la educación y de la economía”, exclamó el pastor evangélico Ronny Chaves Jr. durante la campaña presidencial de Costa Rica en el Centro Mundial de Adoración (6). Finalmente, la mayoría de los costarricenses se inclinó por el candidato moderado, pero el resultado expresó el desborde desde los templos hacia la política y el uso de las iglesias como espacios de proselitismo electoral. Las izquierdas continentales, poco afectas a los abordajes sociológicos de los sectores populares, prestaron poca atención a estos fenómenos que, mediante la “Teología de la Prosperidad”, la cotidianidad de los milagros y la (re)construcción de comunidades imaginadas, sumados a efectos reales en la vida de las personas (como la lucha contra el alcoholismo) se han vuelto estructurantes de las sensibilidades y los proyectos de vida de grandes masas de latinoamericanos.

Como contracara de este fenómeno –y no siempre de manera lineal–, cabe mencionar el avance del feminismo mediante diversas expresiones que tienen como ejes la lucha contra los femicidios y la igualdad y, de manera creciente, la despenalización del aborto. El caso argentino es significativo: las masivas marchas de “Ni una menos” se expandieron por el país y la región. Poco después, y tras la decisión del presidente Mauricio Macri de habilitar su tratamiento en el Congreso, el debate sobre la despenalización del aborto adquirió una potencia y una dinámica inédita en la historia democrática.

Pero además de las vías feministas más tradicionales hay todo un caleidoscopio de experiencias de activismos de mujeres que incluyen movimientos que no se perciben como feministas, junto a feminismos más asentados en tradiciones y sensibilidades sostenidas en corpus de textos. Y a menudo las fronteras entre ambos pierde nitidez, especialmente a la luz de las movilizaciones masivas de mujeres, como la del 8 de marzo en Buenos Aires u otras contra la violencia de género en toda América Latina. Las reacciones masculinistas –sobre todo desde las redes sociales– dan cuenta de que los avances “de género” son profundos y generalmente van de la mano de nuevos derechos para las denominadas “minorías sexuales”, que en estos años conquistaron uniones civiles o matrimonios igualitarios y, en menor medida, la visibilización de las iniquidades frente a las poblaciones trans. Sin duda, el activismo feminista y de mujeres es hoy una de las palancas de democratización en la región que opera con cierta independencia de los procesos macropolíticos o las grietas entre “república” y “populismo”.

Territorio en disputa

América Latina parece haber dejado atrás los consensos fuertes, como el neoliberal de los 90 y el progresista de los 2000. Ni siquiera una victoria de Andrés Manuel López Obrador en México o una más improbable de Gustavo Petro en Colombia podrían regresar a la región a los años dorados del “giro a la izquierda”. Por el momento, sin embargo, las derechas tampoco tienen mucho que ofrecer en términos de modelos de desarrollo o bienestar social. América Latina perdió varias de sus certezas nuestramericanas y no puede reemplazarlas por las “liberales”. Quizás, simplemente se sumó a las incertidumbres globales que rigen el capitalismo actual. 

1. José Natanson, ¿Por qué? La rápida agonía de la Argentina kirchnerista y la brutal eficacia de una nueva derecha, Siglo XXI, Buenos Aires, 2018.

2. En el lenguaje carcelario, Pran remite a jefes del hampa en las cárceles y significaría “preso reincidente asesino nato”. Hoy se habla de pranato para referirse a espacios manejados por diversas mafias.

3. Pablo Stefanoni y Ayelén Oliva, “La guerra del billete, el plan conejo, y otras batallas”, revista Anfibia, 2018.

4. Bruno Bimbi, “Marielle: un asesinato político”, Nueva Sociedad (versión web), marzo de 2018, nuso.org

5. Eliane Brum, “Lula, el inconciliable”, El País, Madrid, 12-4-18.

6. Álvaro Murillo, “El poder evangélico parte en dos Costa Rica a cinco semanas de las presidenciales”, El País, Madrid, 20-2-18.

* Jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad.

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur