Educación: dos matrices dialécticamente antagónicas

Por Walter Fernández Val *

Hay quienes afirman que la educación sintetiza dos mandatos contradictorios: transmitir el acervo cultural y cognitivo de la humanidad de generación en generación, o la necesidad de dotar a los ciudadanos de herramientas para la sociedad presente, así como para la que proyectamos o deseamos para el futuro.

La educación está -y debe estar- siempre en crisis, buscando las formas de resolver de forma creativa estos mandatos contradictorios que le son inherentes. Sin embargo, no es esta la idea de crisis educativa que circula cotidianamente entre nosotros.

Lo que se nos presenta como “crisis de la educación” suele estar asociado a los resultados de pruebas estandarizadas internacionales como PISA, y suele ligarse a la educación pública y sus educadores. Así, este relato de la crisis, a la vez que produce una explicación parcial y reduccionista de los problemas de la educación, en tanto relato, es funcional a (en rigor, es producido por) un determinado programa de reforma.

En términos concretos existen muchos antecedentes que muestran que la idea de “crisis educativa” ha sido en diferentes momentos explotada políticamente con fines reformistas por los sectores neoliberales y neoconservadores.

Así fue en la reforma neoliberalizante de Margaret Tatcher para el caso inglés en los ‘80 – cuando todavía hablar de privatización educativa parecía una novedad- y así viene siendo en la actualidad en el continente, desde México a Argentina, pasando por Brasil.

Por eso se hace necesario desmontar el relato propagandístico-tecnocrático que se presenta como objetivo y desprovisto de ideología, y situar el debate en el despliegue de toda su politicidad. Sin dudas, el discurso de la crisis de la educación tiene elementos empíricos sobre los que erigirse. No se trata aquí de relativizar los problemas existentes, pero es utilizada por algunos sectores para consolidar una alternativa de reforma tecnocrática y mercantilizadora.

Con la excusa de “centrarse” en el estudiante, reduce contenidos de enseñanza y promueve la pedagogía de las competencias, bregando por un aggiornamiento con las tendencias globales que subsumen la educación a los requerimientos del mercado.
El relato dominante de la crisis, y los programas reformistas produce a su vez otro efecto: el de un profundo cambio en la concepción del docente, como corolario de la destitución de la función de enseñanza en tanto tal, concepción que destituye la autonomía técnica del docente, que pasa a ser concebido como un aplicador de paquetes tecnodidácticos que preparen eficientemente a los estudiantes para el rendimiento en las pruebas estandarizadas.

El discurso tecnocrático subalterniza a los educadores, al mismo tiempo que los culpabiliza de los problemas de la educación. Sin embargo, son los educadores en la reflexión colectiva y la investigación sobre sus propias experiencias de enseñanza, la principal fuente a la que debería acudir cualquier perspectiva de cambio profunda.

Una mirada a la región muestra un patrón común en muchos de los procesos reformistas en curso. La formulación de un discurso de la crisis educativa como crisis docente, la entronización de la evaluación como eje para reestructurar la institucionalidad educativa en un sentido privatizador y un régimen de competencia, la destitución de la autonomía técnica del docente, y la reforma pedagógica que suprime contenidos disciplinarios por competencias cognitivas, prácticas y “socio-emocionales”, son algunos de los elementos que se repiten.

También se repite el mecanismo: la construcción de un “frente reformista civil empresarial” con gran poder económico, capacidad de presión política, perfil tecnocrático y legitimación mediática. Lo que aquí presentamos se enmarca en la necesidad de disputarle al discurso tecnocrático neoconservador el relato sobre los problemas existentes y los cambios necesarios en nuestra educación.

Es fundamental comprender las implicaciones ideológicas y pedagógicas de lo que se nos presenta como “libro abierto”, pero tiene ya el índice y el capítulo de conclusiones prescrito por los manuales de la OCDE. Al “frente reformista civil empresarial” es necesario oponerle otro frente, democrático y popular, que convoque a docentes, estudiantes, padres y madres, intelectuales, movimientos sociales y diferentes colectivos comprometidos con la cultura y la defensa y transformación de la educación pública.

* Profesor de Matemáticas e integrante del Grupo de Reflexión Educativa (GRE), Uruguay.