Ecofeminismo y socialismo

CRISTINA NARBONA

CTXT organiza las I Jornadas Feministas en Zaragoza el 8 y 9 noviembre. Durante dos días, más de 40 ponentes debatirán para cambiar el mundo desde el feminismo. Puedes mandar tu idea a jornadasctxt@gmail.com. 

“El ecofeminismo es un movimiento ambicioso, porque se plantea una sociedad sin ningún tipo de dominación, ni de sexo, ni de clase, ni de raza... ni de especie. La naturaleza nos está dando señales de alerta: se nos dice que iremos necesariamente hacia una sociedad más austera, menos consumista. Para cuando eso ocurra, deberemos haber construido un modelo social más igualitario, más justo”.  Alicia H. Puleo, Un futuro ecofeminista, El País, 19 de marzo de 2018.

1. El socialismo y los movimientos sociales

El socialismo, como fuerza política comprometida con la igualdad y con el progreso de la humanidad, ha ido incorporando las reivindicaciones y los planteamientos de los principales movimientos sociales. 

Desde su inicial vinculación con el movimiento obrero y con las organizaciones sindicales, a la creciente “feminización” de las propuestas socialistas y al combate contra todo tipo de discriminación por razones étnicas, religiosas o de orientación sexual..., el socialismo se ha ido impregnando y enriqueciendo con las aportaciones de muy diferentes variantes de la lucha por la igualdad.

La relación entre socialismo y ecologismo ha sido menos evidente, en la medida que solo en época relativamente reciente se ha puesto dramáticamente de manifiesto tanto el coste económico como la dimensión ética de la crisis ambiental. 

Hoy nadie puede negar que los efectos del cambio climático, de la contaminación o de la escasez de agua potable resultan especialmente graves para los ciudadanos de menores ingresos, para los países con instituciones públicas más débiles...; ni tampoco se cuestiona ya que el calentamiento global y la pérdida de biodiversidad son la consecuencia de un determinado modelo económico, que no ha tenido en consideración lo que los expertos denominan los “límites planetarios”, es decir la incidencia de la actividad humana sobre los ciclos bioquímicos de la naturaleza y sobre la disponibilidad efectiva de recursos naturales. 

Por el contrario, el socialismo ha aceptado el paradigma dominante, según el cual el objetivo principal de la política económica es el crecimiento del PIB, desde el convencimiento de que solo a partir del aumento de la riqueza se puede redistribuir la misma, para cumplir con el propio ideario de justicia social y de solidaridad.

En general, desde los partidos de izquierda apenas se ha cuestionado, hasta fecha muy reciente, la insostenibilidad ambiental (y por ello también social) de este modelo, que ha provocado una creciente desigualdad –no sólo entre países ricos y pobres, sino sobre todo dentro de los países considerados como desarrollados– así como la degradación, en algún caso irreversible, de los equilibrios ecológicos que garantizan nuestra supervivencia en el planeta.

2. El ecofeminismo desde una mirada socialista.

Feminismo y ecologismo serán los dos movimientos sociales determinantes del siglo XXI: el primero, porque una vez que las mujeres han alcanzado la formación y la concienciación necesarias, será imposible detener sus reivindicaciones; y el segundo, porque resulta cada vez más evidente la inviabilidad social y económica del paradigma dominante.

El ecofeminismo surgió en la década de los setenta del pasado siglo, en un proceso de convergencia de las reivindicaciones pacifistas y ecologistas con las demandas de emancipación de las mujeres.

Es significativo, de hecho, el papel jugado por las mujeres en la denuncia de los efectos de la contaminación asociada al desarrollo de determinadas tecnologías: el libro Primavera silenciosa (1962), de la bióloga americana Raquel Carson, representó el primer grito de alerta frente a las consecuencias del uso de los pesticidas sobre la salud. 

Los movimientos feministas también fueron especialmente beligerantes en la lucha antinuclear, tras el incidente de la central estadounidense de Three Mile Island (1979) , así como en la exitosa defensa pacifista de la conservación de los bosques del Himalaya por parte de las mujeres Chipko, de las que fue portavoz la prestigiosa científica y activista india Vandana Shiva. En los últimos años, se ha multiplicado en América Latina el activismo ecofeminista, con referentes muy importantes incluso en el ámbito político –Marina da Silva, ex ministra de Medio Ambiente con Lula y candidata del Partido Verde a la presidencia del gobierno de Brasil–, y con víctimas mortales como la activista hondureña Berta Cáceres, asesinada en 2016 tras enfrentarse con éxito a la construcción de un gran embalse que habría inundado las tierras de la etnia lenca. 

Recordemos aquí, también, a muchas líderes africanas, muy bien representadas por quien fue ministra de Medio Ambiente de Kenia, Wangari Matthai, que se empeñó en implicar a muchas mujeres keniatas en la construcción del “cinturón verde africano”, es decir la mayor operación de reforestación del continente, diseñada para frenar el avance del desierto y al mismo tiempo empoderar a las mujeres que protagonistas de dicha actuación. 

Sin embargo, la convergencia entre feminismo y ecologismo ha sido, hasta la fecha, relativamente marginal: ni todas las feministas se consideran ecologistas, ni tampoco los ecologistas han integrado el feminismo en su análisis de la realidad.

Entre otras cuestiones, cabe destacar que la emancipación de la mujer respecto de la carga de muchas tareas domésticas es el resultado del modelo económico dominante, basado en el consumo de bienes y servicios con un importante impacto ambiental (desde los productos de limpieza a la intensidad energética de los electrodomésticos, pasando por el creciente recurso a alimentos procesados...). 

Y por parte del movimiento ecologista ha primado el combate contra las actuaciones depredadoras de los ecosistemas, sin tener suficientemente en cuenta que las mujeres son especialmente vulnerables en cuanto a los efectos negativos del paradigma económico. Hoy sabemos, por ejemplo, que la salud de las mujeres sufre con mayor frecuencia e intensidad las consecuencias del uso de determinadas substancias químicas presentes en la alimentación, en la ropa o en el aire, dado el mayor porcentaje de células grasas en sus cuerpos, que actúa a modo de bioacumulador de la toxicidad, aumentando la incidencia y la gravedad de la fibromialgia, el cáncer o la sensibilidad química aguda.

El proceso de convergencia entre feminismo y ecologismo es, por lo tanto, gradual, pero imparable.

Por un lado, la perspectiva de género se impone en cualquier enfoque ecologista crítico con la sociedad de consumo; y por otro, las reivindicaciones de las mujeres conducen a entender la analogía entre la dominación del hombre sobre la mujer y la dominación de la “cultura” de la humanidad sobre la naturaleza. Feminismo y ecologismo coinciden, cada vez más, en la exigencia de una aproximación a los avances de la ciencia y de la tecnología desde una premisa de precaución, que otorgue la debida prioridad al interés general frente a intereses económicos individuales. También coinciden en el reconocimiento de la interdependencia entre todos los seres vivos, y entre estos y los procesos físicos y químicos de las leyes de la naturaleza. 

Es obvio que la opresión de las mujeres y de la naturaleza no ha sido tenida en cuenta en el análisis económico dominante, que ha infravalorado la contribución material tanto de las mujeres como de los servicios prestados por los ecosistemas.

De hecho, las tareas desempeñadas tradicionalmente por el género femenino (la atención gratuita al mantenimiento del hogar, a los hijos, a los mayores y a los enfermos...)  no computan en el PIB, y se consideran tareas asociadas a la  “reproducción” y no a la “producción”. El PIB tampoco mide la aportación imprescindible de la seguridad climática, del acceso al agua potable, la calidad del aire o la fertilidad de los suelos: es más, el PIB aumenta gracias a la actividad económica necesaria para corregir las consecuencias negativas de la polución o del cambio climático (por ejemplo, depurando las aguas residuales cada vez más contaminadas, reponiendo las playas afectadas por la subida del nivel del mar, o compensando con nieve artificial la reducción de la cuantía de nieve necesaria para practicar determinados deportes...).

Por otro lado, la evidencia de que las mujeres más pobres de los países más desfavorecidos son las principales víctimas de todos los procesos de degradación ambiental ponen de manifiesto que las demandas de igualdad y de justicia –compartidas por el feminismo y el ecologismo– solo serán satisfechas cuando se aborden, de forma holística, las graves consecuencias de una globalización del capital frente a las que no se ha desarrollado una globalización de los derechos.

Es en esa perspectiva en la que cobra pleno sentido la convergencia entre el ecofeminismo y un socialismo profundamente renovado, adaptado a los desafíos del siglo XXI, que cuestiona algunos de los fundamentos del sistema capitalista en su fase actual. 

Un socialismo que persiga la satisfacción de las necesidades básicas –alimentación, agua potable, trabajo decente, acceso a la sanidad y a la educación...– de todos los ciudadanos del planeta, hombres y mujeres, los que viven hoy y los que nacerán mañana, reduciendo las dramáticas desigualdades existentes y adaptando la actividad económica a los “límites planetarios”.

Para consolidar la deseable renovación del socialismo hay que insistir, en particular desde la reorientación de la política económica, en la lucha contra cualquier forma de dominación al servicio de nuestros ideales básicos de la igualdad, la libertad y la solidaridad, a los que hay que añadir la sostenibilidad ecológica como garante de un auténtico progreso para el conjunto de la humanidad: un progreso más justo, más seguro y más duradero.

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Cristina Narbona es presidenta política y economista, especialista en transición ecológica, y Miembro de la Red Española de Desarrollo Sostenible.

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