LO SIEMPRE NUEVO: MARX DESPUÉS DEL POSMARXISMO

por DAVID PAVÓN-CUÉLLAR

Revuelta posmoderna

Marx ha sido el más importante de los referentes e inspiradores del peculiar espíritu crítico y emancipador de la moderna izquierda occidental. Sin embargo, por su desarrollo en un sentido posmoderno hacia el último cuarto del siglo XX, el mismo espíritu se ha sentido a veces importunado, estorbado y hasta oprimido y sofocado por Marx. Ha intentado entonces desembarazarse de él, sacudírselo, dada la percepción de que su ascendente abrumador, su infalible autoridad y su metanarrativa totalizadora inhibían más de lo que estimulaban la crítica y la emancipación.

La revuelta posmoderna de la izquierda contra Marx también ha sido justificada y estimulada por el creciente desprestigio y el estrepitoso derrumbe del socialismo real. Este colapso no fue sino el desenlace de una progresiva separación entre el mundo y cierto marxismo cada vez más desacreditado. Fue como si la realidad se decepcionara poco a poco de quien resultase su gran encantador, el revolucionario convertido en lo contrario de sí mismo, y al final, de pronto, lo abandonase.

El giro posmarxista debe situarse además en una escala histórica y cultural de mayor amplitud. Descubrimos entonces el proceso por el que se han ido erosionando y desmoronando figuras tutelares como la de Marx, un proceso explicado en el psicoanálisis como un efecto de la declinación de la paternidad.1 En la reciente historia de la izquierda, tal proceso ha culminado precisamente con la revuelta posmoderna donde se rechaza todo lo paterno que Henri de Man ya descubrió alguna vez en Marx: la idea misma de un padre para la izquierda, su endiosada paternidad simbólica, su testamento fundador, su opresivo legado, la identificación con su persona, su nombre que lo da a los marxistas y las diferentes formas de culto de su personalidad.2

Lo que se pierde

El caso es que el padre fue desconocido por la izquierda posmoderna. Muchos izquierdistas dejaron de ser marxistas, algo comprensible –según hemos visto– de considerarse el ocaso de identificaciones como la establecida con Marx, la desacreditación de cuanto se le atribuía y la fuerza liberadora que transmitió y que terminó volviéndose contra él. Estos factores y otros más hacen que la falta de identificación de Marx, juzgada hoy retrospectivamente, se comprenda. Con todo, por más aceptable que sea por sus razones, tenemos derecho a que nos parezca deplorable por sus efectos, por lo que significa, por lo perdido con ella.

Al dejar de ser marxistas perdemos lógicamente algo que sólo podemos conservar a través de nuestra militancia en el marxismo. Ello puede saberse sólo al serlo y hacerlo de algún modo. Es algo que implica una práctica, la cual, a su vez, exige una implicación del sujeto, una identificación militante de su propio ser con aquello de lo que se trata.

No se trata del personaje Marx al que sus partidarios harían vivir de modo fantasmagórico. Es más bien lo personificado por Marx, aquello a lo que su persona da nombre y rostro, aquello social e histórico venerado en el culto a su personalidad. Se trata de una idea, una actitud, un afán, un movimiento, una estrategia, una lucha. Es, como vimos, una inspiración crítica y emancipadora, y –como analizaremos– una verdad y un futuro. Todo esto podría perderse al perder el marxismo. Es aquello con lo que se identifican los marxistas, lo que intentan ser, a lo que rinden culto en la persona de Marx.

Nuestra verdad, la de Marx

Estamos prevenidos contra el culto a la personalidad. Sabemos que Marx ya lo llamó por su nombre, personenkultus, y que lo repudió tanto en general como cuando se le rindió a su persona.3 Sabemos también que este culto constituye una suerte de enajenación como la religiosa descrita por Feuerbach4 y explicada económicamente por Marx: enajenación en la que algo humano se adora como algo ajeno sobrehumano, en el exterior, tras desprenderse a sí mismo en su proceso productivo.5 Sin embargo, así como la religión puede ser desenajenante al reconocerse el “carácter intramundano de la salvación”,6 por el mismo rodeo una religiosidad secular como la de los marxistas consigue desenajenarlos cuando les permite reapropiarse lo depositado en Marx al identificarse de modo militante con su persona, la cual, en su indiscutible presencia de “cuerpo singular”, como ha observado Badiou, es la mejor “garantía” y el único “punto fijo” de todo lo social e histórico pretendidamente representado por el marxismo.7 

El marxismo pretende representar lo que Marx parece presentar al personificarlo y así encarnar su verdad, la cual nos hace reconocernos en Marx. Es la que inmediatamente, sin que medie su personificación, se ve sólo a través del microscopio de la abstracción. Es la concretada y mistificada en la ideología, la del rastro de nuestra existencia en la conciencia, en la historia que protagonizamos, en las mercancías donde desaparecemos. Es la de aquello a lo que nos hemos visto reducidos en el sistema capitalista, la de nuestro lugar en este sistema en el que no hay lugar para nosotros, la de nuestra vida convertida en fuerza de trabajo con la que se anima el vampiro del capital.

Con el capitalismo se nos arrebata lo que retorna bajo la forma de Marx. Es también lo que intentamos recobrar mediante la identificación militante con su persona. Encarna una vez más nuestra verdad, la de Marx, la negada en el capitalismo y afirmada por el comunismo de Marx, no un comunismo incauto sino uno advertido que aparece como promesa que puede cumplirse, ideal realizable, algo que sólo espera que la práctica revolucionaria lo realice, pues ya se encuentra de modo potencial en la misma realidad que lo conjura, en lo subyacente a ella, en su negativo, en el reverso verdadero de su anverso engañoso.

Entre Marx y la realidad

Marx denunció el engaño constitutivo de una realidad irremediablemente ideologizada en el capitalismo. Para desengañarnos de esta realidad nos reveló una verdad que no corresponde a ella sino que la contradice y podrá tornarse real sólo si la transforma, volviéndola verdadera, con el gesto revolucionario.8 Esta contradicción entre la verdad y la realidad, que da la razón al dogmatismo delirante de algunos marxistas, quiere decir ni más ni menos que el equivocado es el mundo y no Marx, que Marx es más verdadero que la realidad en que vivimos, la cual –delatándose a sí misma– se nos muestra cada vez más aberrante, absurda, errática y errónea, y por eso, mas no sólo por eso, no está en condiciones de patentizar ningún supuesto error de Marx.9 

Por más que se haya esforzado, el mundo real ha fracasado en su refutación de Marx. No ha conseguido refutarlo con el intervencionismo político-estatal que hizo imaginar a Habermas10 por un momento, antes del neoliberalismo, que se había superado el determinismo socioeconómico ni con el dispositivo neoliberal que hizo creer a Fukuyama11 en el momento siguiente, antes de 2008, que el capitalismo podía operar perfectamente, en una eternidad posthistórica, sin crisis, sin regulaciones, sin contradicciones, sin agudización de las contradicciones y sin conflictos como los que desgarran hoy a la sociedad.

La realidad no deja de tropezar, acumulando actos fallidos, y así va traicionando la verdad y confirmando a Marx al tratar de refutarlo. Y, sin embargo, por más que falle, la misma realidad no deja de tener éxito. Después de todo, es la realidad y, como tal, consigue engañar a los mayoritarios, a quienes siguen confiando en ella por más que los defraude, a los que trabajan para perpetuarla en lugar de luchar para superarla. No debemos culparlos. Todo está hecho para que olvidemos eso verdadero de lo que Marx es el nombre, para que no lo sepamos, para que no lo seamos.

Marx, el futuro

Como notaba Derrida, todo “conjura” para “conjurar” al marxismo.12 Todo conspira contra nuestra identificación militante con Marx. Todo intenta desviarnos de lo que nuestra militancia marxista nos promete: la única “alternativa”, la única opción viable que puede “competir” con la del capitalismo, como bien ha señalado Badiou.13 

Mientras que la devastación capitalista cierra el horizonte, el legado de Marx sigue siendo la única salida. Supone aún la única posibilidad para seguir adelante: el único futuro distinto del presente de muerte del capitalismo. Derrida mismo, quien no era marxista siquiera, supo advertirnos que “no hay porvenir sin Marx”.14

Por fortuna para nosotros, Marx insiste y resiste a través y a pesar de una realidad donde todo parece querer olvidarlo, todo da la impresión de configurarse para hundirlo en el pasado, todo es como un inmenso mecanismo defensivo globalizado contra él y su vigencia.15 Pero todo fracasa. Marx va siempre un paso por delante. Su verdad, como bien notó Lacan, se mantiene “siempre nueva”.  Su novedad es la del futuro: el único posible. Aunque incesantemente se pretenda superar esta verdad, ella siempre se mantiene adelante, insuperable.