¿Es posible una Europa democrática?

Escribió: Frédéric Lordon*

Antes que hablar de los problemas comunes de la Unión Europea, las elecciones europeas yuxtaponen 27 escrutinios donde los electores se pronuncian sobre sus gobiernos locales. Sin embargo, el margen de maniobra de cada Estado es muy acotado a causa de los tratados europeos. ¿Qué puede proponer la izquierda para superar esta situación?

Un fantasma recorre la izquierda: Europa. Se le aparecerá a los “chalecos amarillos” desde el momento en que estos se interroguen concretamente acerca de las políticas alternativas; de hecho eso ya está ocurriendo. Sucede que toda idea de hacer “otra cosa” está consagrada a chocar contra el muro de los tratados. Aflojar las políticas de austeridad que destruyen los servicios públicos, acabar con la anomalía democrática de un Banco Central independiente sin ninguna legitimidad política, deshacer las estructuras que constituyen el dominio de las finanzas tanto sobre las empresas como sobre los gobiernos, terminar con la competencia realmente falseada (por el dumping social y ambiental) o con las deslocalizaciones desbocadas, reconquistar la posibilidad de las ayudas estatales: todo esto, que necesariamente tiene que ver con una política de justicia social, se ha vuelto formalmente imposible por los tratados.

“¡Entonces rehagamos los tratados!”. Después de “la Europa social”, “el euro democrático” es la ilusión de reemplazo que permite a la “izquierda inconsecuente” seguir difiriendo el momento de enfrentar el problema europeo. De Yanis Varoufakis (1) a Benoît Hamon, pasando por Raphaël Glucksmann, todo el mundo quiere “rehacer los tratados”. Digámoslo sin más demora: no van a rehacer nada.

Los tratados no son un “error” más que para aquellos que consideran que una comunidad política no puede ser tan retorcida como para prohibirse a sí misma decidir en materia de moneda, de presupuesto, de deuda o de circulación de los capitales, es decir, como para amputarse voluntariamente políticas que pesan de la manera más cruel sobre la situación material de las poblaciones. Pero los tratados son perfectamente funcionales para el pequeño número de otros que, por el contrario, persiguen el proyecto apenas oculto de sacralizar cierto tipo de políticas económicas, favorables a cierto tipo de intereses. Y por añadidura, dejan todo atado al esfuerzo neurótico especial de un país que desde hace más de medio siglo se cuenta a sí  mismo que la ortodoxia monetaria y presupuestaria es su única muralla contra el nazismo…

En consecuencia, así es como se presenta el impasse europeo:

1. Sustraer, como lo hacen los tratados, los contenidos sustanciales de algunas de las más importantes políticas públicas de las deliberaciones de una asamblea ordinaria para sacralizarlas en tratados que no responden más que a procedimientos de revisión extraordinarios es una anomalía que descalifica radicalmente toda pretensión democrática.

2. Sólo una revisión de los tratados apta para instituir un verdadero parlamento, al que le sería devuelta la totalidad de los campos de decisión actualmente fuera de alcance de toda nueva deliberación soberana, está a la altura del proyecto de hacer democrática a Europa.

3. Desgraciadamente, en el actual estado de las cosas, semejante revisión será objeto de por lo menos un rechazo categórico seguro: el de Alemania. Ocurre que Alemania, precisamente, condicionó su participación en el euro a la sacralización de su ortodoxia en los tratados. Si fuera puesta en minoría en este aspecto, preferiría la integridad de sus principios a la pertenencia a la Unión.

Ese es el dilema con el cual la “izquierda europea democrática” tendrá que vérselas: democratizar (realmente) el euro supone rehacer los tratados, pero rehacer los tratados provocará sin lugar a dudas la partida de Alemania… y la rotura del euro. Por supuesto, cuando lo real es demasiado duro de enfrentar, siempre está la solución del refugio en el fantasma o el arrullo del “euro democrático”.

Un gran arco de fuerzas

Para aquellos que aceptan ver la contradicción, y escogen las políticas progresistas contra el fetichismo del euro, el problema, sin embargo, no es menos agudo. Así, para Stefano Palombarini (2), la perspectiva de salida del euro no puede encararse en el marco del bloque electoral de izquierda actualmente constituido, algunas de cuyas fracciones sólo ante el enunciado de esa idea gritan “repliegue nacional”. Desde cierto punto de vista, tiene razón. Desde 2010 el debate en la izquierda sobre el euro mostró suficientemente qué divisiones lo atravesaban. Y es en verdad ese reflejo epidérmico lo que testimonia la persistente quimera del “otro euro” a la que el desastre griego no bastó para torcerle el cuello, y cuya expresión más patética son los vagabundeos obstinados en busca del “Parlamento del euro”. Si, por otra parte, hay un solo obstáculo que se haya opuesto al retiro de Hamon a favor de Jean-Luc Mélenchon después de la primera vuelta de la elección presidencial de 2017, haciéndole preferir la humillación a una victoria de la izquierda, es realmente la cuestión europea.

Ahora bien, realmente existe toda una fracción de la opinión de izquierda que, desaprobando a veces con vehemencia los contenidos particulares de las políticas europeas, y las coerciones que de ello resultan sobre la conducción de las políticas nacionales, no deja de encabritarse ante la idea general, sin embargo consecuente, de romper con el euro. Estos harán repetidas tribunas contra la “Europa austeritaria”, pero apenas les propongan salir responderán “¡en absoluto!”. Mientras este atolladero permanezca sin resolución, la izquierda no accederá al poder.

Ocurre que siempre tendrá que vérselas con la clase ilustrada, que es el lugar neurálgico de esta situación. Creyéndose la punta avanzada de la racionalidad en la sociedad, esta clase es de hecho su punto de incoherencia por antonomasia: porque realmente es ella la que, más que cualquier otra, es presa de los estados afectivos de miedo, sublimados en humanismo europeo y en posturas internacionalistas abstractas que le permiten, cree, ocupar una elevada posición moral, cualquiera sea el costo económico y social (para los otros). Es realmente ella, sin embargo, la que no termina de buscar en el “euro democrático” y su “parlamento” una resolución fantasmática a sus contradicciones íntimas. Y por lo tanto es con ella, como lo observa Palombarini, con quien, para su desgracia, debe contar una estrategia política de izquierda.

Entonces, ¿cómo sostener un arco de fuerzas que vaya desde los sectores populares –que por su parte experimentan de primera mano los estragos de las políticas europeas, y por eso no son tan víctimas de los escrúpulos preciosistas del europeísmo– hasta la burguesía ilustrada de izquierda, a quien su hipersensibilidad hace que toda idea de romper con Europa se convierta en un motivo de crisis histérica? Está absolutamente fuera de toda duda que a los primeros habrá que darles la salida del euro, porque viven la cosa en lo concreto. Es a la segunda a la que hay que reservar un tratamiento especial, es decir, encontrar algo para concederle.

¿En qué consistiría entonces la contribución del internacionalismo real a la resolución del dilema europeo para la izquierda? En no dejar a la clase ilustrada huérfana de Europa y en darle una perspectiva histórica europea de recambio. Es decir, en convencerla de que dejar su objeto transicional, el euro, no la priva de todo, todavía le permite creer en lo que le gusta creer, y en lo cual desde cierto punto de vista tiene razón en creer, a saber: a modo general, el esfuerzo de descentrar los pueblos nacionales, de acercarlos tanto como sea posible, comenzando lógicamente a escala europea. Pero tampoco de cualquier manera, ni a cualquier precio, vale decir, dejando hacer correr sin consideración alguna ese deseo internacionalista fundado en las peores proposiciones del economicismo neoliberal: el internacionalismo de la moneda, del comercio y de las finanzas.

Sin abandonar el esfuerzo por convencerla de que no habrá “otro euro”, de que el “euro democrático” no va a existir, entonces hay que decirle a la clase ilustrada que, en buena parte, en efecto, tiene el destino de una hegemonía de izquierda en sus manos, que no tiene que renunciar al europeísmo genérico que tanto le preocupa. Y por lo tanto hay que hacerle una nueva proposición en esta materia. Una proposición lo suficientemente fuerte como para reemplazar la promesa caída del euro a la cual la burguesía de izquierda sigue aferrándose porque tiene demasiado miedo al vacío. La promesa de una suerte de “nuevo proyecto europeo” al que es necesario darle la consistencia de una perspectiva histórica.

Por un “nuevo proyecto europeo”

Ocurre que es posible acercar a los pueblos europeos por caminos muy distintos a los de la economía. Estudios universitarios y, por qué no, escolares, artísticos, investigaciones, semilleros sistemáticos de traducciones cruzadas, historiografías desnacionalizadas, todo es bueno para ser intensamente “europeizado”, y así “europeizante”.

Sin embargo, no estamos obligados a permanecer en el registro de las intervenciones dirigidas a la “Europa de la cultura”, de la que se sabe bien qué clases sociales son sus principales beneficiarias. En realidad, Europa tiene un fabuloso pasivo por liquidar ante los sectores populares. Debería tener un gran interés en recordarlo, no en nombre de una economía del perdón o de la redención, sino porque en eso se juega decisivamente el propio interés político de tener a esos sectores con ella. Su hostilidad, perfectamente fundada, digámoslo, ¿no habrá sido su herida desgarradora desde el tratado de Maastricht? Si, por lo tanto, esa nueva Europa, liberada del euro, quiere reactivar algún lazo con esos sectores debe tener interés en dirigirse directamente a ellos, y ante todo en el lenguaje que será el suyo: aquel, concreto, de la intervención financiera. No hay medio más sencillo para Europa de volverse deseable que reemplazar a los Estados desfallecientes que, por otra parte, están en esta situación por causa de la moneda única: vastos programas de rehabilitación de los suburbios, planes de integración digital, fondos de reindustrialización, financiamiento de redes de educación popular, apoyo a las redes asociativas, lo que falta no son ideas en las que Europa volvería seriamente a hacerse una “imagen de marca”.

Y como no son ideas lo que falta, tampoco debe faltar los medios. A decir verdad, es aquí donde se juega la diferencia entre palabras en el aire y la consistencia de un proyecto político cuya ambición se medirá exactamente en los recursos que se le otorguen. Debe evaluárselos simplemente según una meta cuantitativa global, que indique una trayectoria de medio término hacia un objetivo presupuestario del 3% y luego, ¿por qué no?, del 5% del Producto Interno Bruto (PIB) europeo, en vez del ridículo 1% de hoy.

No es que haya que partir de la nada y que ninguna de esas cosas no exista ya: Erasmus (3),  Fondo Europeo de Desarrollo Regional (Feder) (4), etc. Pero hay que extender considerablemente su campo, también sus direcciones, en particular hacia destinatarios hasta ahora por completo abandonados, dar a todas esas acciones una amplitud inédita, ensamblarlas en un discurso con alcance histórico y, para darle mejor crédito, planear nuevas expresiones institucionales visibles. Expresiones necesarias, por lo demás, porque será preciso que una instancia decida acerca de los ámbitos, los volúmenes y la distribución de las intervenciones. ¿Qué puede ser si no una asamblea? Para el caso, cualquier otra cosa que el inhallable “Parlamento del euro”, falsa apariencia democrática consagrada a encubrir la irremediable falta de democracia de la unión monetaria.

En el punto al que hemos llegado, se puede empezar a esperar que hasta la burguesía ilustrada, que se cree primera en inteligencia cuando la mayoría de las veces es de una ceguera política que confunde, pueda comprender que es urgente salvar a Europa de sí misma, y que esto sólo se hará a costa de un cambio radical. No, sin embargo, por alguna “transformación” de la moneda única, congénitamente y por largo tiempo todavía ordoliberal, sino, precisamente, por su mismo abandono. Europa no volverá a conquistar los favores de los pueblos más que devolviéndoles todo cuanto hasta ahora les prohibió. Y sobre todo el derecho democrático fundamental de experimentar, de ensayar, de intentar otra cosa. Una vez quitada la camisa de fuerza del euro todo vuelve a ser posible, por supuesto según la autodeterminación soberana de cada cuerpo político. Y puesto que se trata de pensar una estrategia para la izquierda: abordaje de las finanzas de mercado, socialización de los bancos, reducción a la obediencia del poder accionario, propiedad social de los medios de producción…

Es muy posible explicar a los más inquietos que, si persistir en la senda del euro será la tumba de toda esperanza de izquierda, la idea de una comunidad política europea no requiere  salir del paisaje, que incluso esa idea podría ser salvada. Con tal de que se consienta en ofrecerle sus condiciones de posibilidad histórica como coronamiento de un largo proceso de acercamiento, pero esta vez realmente “cada vez más estrecho”, entre los pueblos del continente, al que el “nuevo proyecto europeo”, desintoxicado del veneno liberal de la actual Unión, finalmente dará su tiempo, sus medios y su oportunidad. 

1. Véase Yanis Varufakis, “Hacia una ‘Primavera europea’”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo 2019.

2. “Face à Macron, la gauche ou le populisme ?”, el blog de Stefano Palombarini, 10 -7-17, https://blogs.mediapart.fr

3. N. de la T.: Erasmus es el programa de la UE de apoyo a la educación, formación, juventud y deporte en Europa. 

4. N. de la T.: Un instrumento financiero de la Comisión Europea cuya finalidad es la ayuda para el desarrollo económico de las regiones deprimidas de la Unión Europea.

* Economista. Autor de La Malfaçon. Monnaie européenne et souveraineté démocratique, Les Liens qui libèrent, París, 2014.